23
Era principios de julio. Debía hacer un calor brutal, pero Londres y su particular versión de lo que significa el verano tenían otros planes.
—Está lloviendo a cántaros —dijo Presley mirando al cielo y realzando lo evidente.
Hadley también llevó su vista en dirección al exterior, pero no hacia arriba, sino a la pista. En poco más de una hora se correría el Gran Premio en Silverstone.
No quería pensar en la última llamada de la junta aquella misma mañana advirtiéndole que Jesse se estaba convirtiendo en un problema.
No quería pensar en los dos patrocinadores que habían amenazado con retirarse si Jesse y Edward volvían a pelearse en público.
Ni cómo la prensa se había frotado las manos con aquello.
Ni en Julian.
Ni en su padre.
Todo el mundo parecía tener una opinión muy concreta sobre lo que estaba pasando, pero ella solo pensaba en la pista, en las curvas, en el trazado, en que seguía confiando en Jesse... en que Calder también lo habría hecho si estuviera allí.
Hadley golpeó con delicadeza la puerta de la oficina de Jesse.
—Adelante —dio paso él.
La voz, daba igual que solo hubiera sido una palabra, despertó algo en ella, como si fuera su propio canto de sirena.
Empujó suavemente la madera y encontró a Jesse sentado en el sofá anudándose las botas.
Jesse levantó la mirada. No se sorprendió al verla.
Sabía que estaba allí. No era consciente de cuándo había empezado, puede que desde siempre, pero era capaz de saber si ella estaba cerca, como si fuese un lobo perdido en el bosque y tuviera la habilidad de distinguir su esencia en diez kilómetros a la redonda.
—¿Podemos hablar? —le pidió.
Jesse asintió.
—Claro.
—Es por la carrera —sintió la necesidad de especificar.
Él sonrió. Era un «No vengo aquí por los besos» con otras palabras.
—Te escucho.
—Necesitamos que esta carrera vaya mejor —se sinceró.
Era obvio que lo necesitaban, pero estaban llegando a una especie de límite.
Hadley ni siquiera estaba segura de poder convencer a la junta de que aguantara hasta el final de la temporada si no tenía algún dato positivo que ofrecer—. Tenemos que conseguir algún resultado.
Jesse la observó, entendió sus palabras y acabó suspirando al tiempo que se dejaba caer contra el tresillo.
—Me estás pidiendo que corra como sé para ganar, pero eso significa que quizá no pueda hacer lo que es mejor para el equipo —le recordó Jesse.
—Necesitamos puntos.
—Necesitas que me la juegue.
Hadley dio una bocanada de aire. No podía dejar de pensar que se estaba traicionando, pero conservar Legacy era demasiado importante.
—Sí —sentenció—, y solo me vales tú.
Jesse soltó algo a medio camino entre una risa sincera y un resoplido.
—Al menos eres honesta.
Se levantó y fue hasta la mesa para coger los auriculares.
—¿Qué quieres que te diga, Jesse? —planteó Hadley casi exasperada, casi enfadada. ¡Todo estaba siendo mucho más difícil de lo que se suponía que debía ser!
Jesse se giró hacia ella.
—Decepcionarte en Mónaco me jodió más de lo que puedas imaginar, Hadley —dijo sin dudar, sin esconderse, dando un paso hacia ella—, así que quiero estar seguro de que quieres esto.
Experimentarlo una vez fue suficiente para el resto de su vida. Tenía que asegurarse de que ella entendía las posibles consecuencias de lo que le estaba pidiendo.
—Sé lo que me estoy jugando.
Jesse la observó estudiándola durante un puñado de segundos.
—A Julian no va a gustarle.
—Yo me ocupo de Julian.
—No me hace falta que me defiendas —replicó Jesse bañado en toda esa seguridad—. Solo quiero que lo sepas.
Lo sabía. Claro que lo sabía. Julian pensaba como ella, se jugaba en equipo, se ganaba en equipo. Ese fue uno de los motivos por los que lo eligió como director deportivo.
—Lo sé.
—Jesse —lo llamó uno de los ingenieros asomándose a la habitación.
Al ver a Hadley, se calló de golpe.
—Siento la interrupción —añadió veloz—, pero faltan diez minutos para la apertura del pit lane y tenemos que repasar algunas cosas.
Hadley asintió adelantándose a lo que Jesse pensase responder y salió de la estancia.
La locura empezó a la hora prevista. El desfile de pilotos, las fotos con las celebridades y gente con el suficiente dinero para permitírselo, las pequeñas entrevistas y todos en silencio escuchando el himno.
—«God save the Queen» sonaba mejor —comentó Presley—. A «God save the King» le falta punch .
Hadley sonrió a su lado. Presley tenía ese superpoder: hacerla sonreír incluso cuando tenía la cabeza en mil sitios a la vez.
—Tenemos que subir ya al palco —comentó Sebastian.
Presley asintió.
—Yo me quedo —respondió Hadley.
Tenía que estar en el box. Era lo más cerca posible de estar físicamente en el circuito y lo necesitaba para sentir que tenía algo de control, aunque fuese mentira. En ese momento lo necesitaba desesperadamente.
Sebastian la miró, pero durante un instante no respondió y, sin quererlo, sus ojos volaron hacia Jesse.
Desde que él apareció sentía que estaba perdiendo en una guerra en la que ni siquiera sabía que luchaba.
Lo estaba alejando de Hadley y lo peor era que ni siquiera podía quejarse porque él seguía conservando su sitio, solo que el de Jesse parecía.
.. pesar más. Odiaba aquella maldita situación.
—Llámame si necesitas algo y lo resolveré —le dijo a Hadley.
Ella asintió, aunque la frase no le gustó.
Entendía la buena intención, pero ella podía resolver sus propios asuntos.
En cualquier otro momento, se lo habría hecho ver a Sebastian, pero en aquel instante concreto de su vida tenía un frente abierto demasiado importante y tenía que concentrar toda su atención en él.
—Vas a arrasar —vaticinó Presley guiñándole un ojo con una sonrisa mientras seguía a Sebastian hacia la zona más exclusiva.
Hadley le devolvió la sonrisa y, cuando los dos se alejaron, respiró hondo. Miró el reloj. La carrera estaba a punto de empezar. Uno de los asistentes le pasó los cascos.
Hadley se los puso y no tardó en oír los primeros recordatorios técnicos a Edward y a Jesse desde el muro de boxes.
Arrancaron los motores.
Dieron la vuelta de calentamiento.
La primera luz roja se encendió.
El corazón le latía como un loco en el centro del pecho.
La segunda luz.
—Hadley —su nombre llegó claro a través de los auriculares.
Ella tragó saliva, sintiendo otra vez el peso de todo lo que estaba en juego.
Tercera luz.
—¿Estás segura de que es lo que quieres? —preguntó Jesse.
No necesitó decir «¿Estás segura de que quieres que corra así?».
Cuarta luz.
Hadley bajó la cabeza. Sabía lo que estaba pidiendo. Sabía lo que estaba en juego. Volvió a subirla. No dudó. No conseguiría nada haciéndolo. No podía rendirse con Legacy ni dejar que otros decidieran sobre el sueño de Calder.
Quinta luz.
Las tres de la tarde.
—Sí.
Todas se apagaron y Jesse salió disparado.