Daytona 22
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—Tendrías que haber visto cómo terminó la sala. No me había topado con más espuma en mi vida —comentó Vivian moviendo las manos, incluyendo la que sostenía el tenedor.

Hadley sonrió, casi rio.

La puerta principal sonó cerrándose y a continuación se oyeron una ristra de pasos calmados.

—Eso te pasa por dejar que mi padre tome ese tipo de decisiones —soltó divertida.

—Tomo las mejores del mundo —intervino el aludido entrando en la habitación.

Vivian y Hadley sonrieron desde el sofá donde estaban cenando un bol de ramen mientras veían una serie en Netflix.

Theodore caminó hasta ellas con una sonrisa. Inclinándose desde detrás del tresillo, le dio un beso en la cabeza a Hadley y a su mujer uno en los labios más largo de lo que la única espectadora consideró necesario.

—Iros a un hotel —se quejó Hadley.

Su padre sonrió orgulloso y Vivian le dio un manotazo en el hombro.

—¿Qué están haciendo mis chicas? —preguntó el recién llegado mientras se deshacía de todo lo que sabía a oficina: su maletín, su chaqueta, su corbata y los primeros botones de su camisa.

—Estamos cenando y viendo una serie.

La mansión Carmichael era espectacular, al norte de Glen Cove, con más terreno lleno de árboles del que alcanzaba la vista, panorámica del Long Island Sound y embarcadero propio.

Su interior era igual de increíble, con salones kilométricos, mármol italiano y obras de reconocidos artistas colgando de las paredes, pero, a pesar de todo ese lujo, los Carmichael siempre habían sido una familia de lo más normal.

Por eso les encantaba estar en el salón donde se encontraban en ese momento.

No era más grande que el de una casa común y no estaba decorado para resultar elegante o sofisticado, sino para resultar cómodo.

Dos sofás que formaban una ele grises y mullidos, un mueble con una televisión, una pequeña mesa de centro y una estantería llena de libros.

Había fotos en los muebles, en las paredes; esa era la parte favorita de Hadley.

—Me apunto a las dos cosas —contestó Theodore, sentándose en el sofá.

—Ey —se quejó Vivian cuando la obligó a moverse para hacerle sitio, dejándola sentada en medio.

Él sonrió y la acomodó junto a su costado y Hadley sonrió viéndolos a los dos. Aunque la sonrisa se transformó en risa cuando su padre aprovechó que Viv había bajado la guardia para robarle una gyoza y declararse inocente después con la empanadilla aún en la boca.

Vivian era una de las gestoras de crisis más solicitadas del mundo y una de las mujeres más tenaces que había conocido. Sin embargo, ahí estaba, dejando que le robaran comida japonesa y mintieran divertida y descaradamente después, y todo por amor.

La sonrisa en los labios de Hadley volvió a evolucionar en algo más pequeño, pero más intenso, como el mejor secreto de la historia, y automáticamente pensó en Jesse.

Cuando terminó el capítulo que estaban viendo, Hadley se levantó.

—¿Ya te vas a la cama? —preguntó Vivian.

Ella negó con la cabeza.

—Tengo unos archivos que repasar antes. Si no me voy ahora —explicó dirigiéndose ya a la puerta—, voy a terminar de convencerme de que pueden esperar hasta mañana.

—Vale, pero no trabajes demasiado —replicó Viv.

—Lo intentaré. Buenas noches.

—Buenas noches —respondieron su padre y su madrastra al unísono.

Ya en su habitación en la primera planta, Hadley caminó hasta su escritorio, cogió las dos carpetas y resopló. La verdad era que no le apetecía nada tener que lidiar con ellas.

Su móvil pareció oír su petición silenciosa y empezó a sonar, dándole una excusa para dejar los dosieres de lado.

Hadley cogió el teléfono y al mirar la pantalla algo dentro de ella dio un pequeño vuelco y encajó en su lugar al mismo tiempo.

Jesse la estaba llamando.

La última vez que se habían visto o hablado había sido en el paddock del Gran Premio de Mónaco. Esa misma noche ella había cogido un avión a Nueva York para resolver algunos temas relacionados con su trabajo como vicepresidenta de Carmichael Multinational.

Le habría gustado decirle que se marchaba, pero los besos lo habían complicado todo y después pasó lo de la carrera.

Ella se había enfadado mucho y estaba claro que Jesse tampoco estaba contento.

.. Creyó que lo mejor era poner un poco de distancia, algo así como volver a puerto seguro.

No obstante, nada de eso significaba ni por asomo que Hadley no hubiese pensado en él cada día.

.. y en lo malditamente sexy que le sentaba el mono de carreras.

—Hola —descolgó.

Hubo un segundo de silencio al otro lado y después oyó a Jesse dar una suave bocanada de aire.

La conexión brilló como si acabara de oír su particular «Preparados, listos, ya» y cada músculo del cuerpo de Hadley se despertó glotón.

—¿Te pillo mal?

Ella negó con la cabeza.

—No —contestó cuando se dio cuenta de que no podía verla—. Estaba a punto de ponerme a trabajar un rato.

—¿Qué tal las cosas por la empresa?

—Como imaginé que irían.

Volvió a haber un pequeño silencio.

Jesse la había echado de menos. No como estaba acostumbrado a echar de menos. Eso era diferente, más intenso y más molesto. Había pensado en llamarla muchas veces, pero no lo había hecho. Había aguantado todo lo que había podido.

—He visto lo que pasó en Montreal —comentó ella al fin.

Una media sonrisa se coló en los labios de Jesse, pero estaba vacía. Por supuesto que lo había visto.

—¿De verdad tenías que pelearte con Edward?

Había sido una carrera horrible como las anteriores en Barcelona y Spielberg. No habían puntuado, el coche no había estado al cien por cien y Edward seguía comportándose como un capullo.

—Es un capullo —puso lo que pensaba en voz alta.

—Tú tampoco eres un santo, Jesse.

Sonrió. Por alguna razón que no llegaba a comprender, le parecía sexy que le echara la bronca. Que Dios lo ayudase.

—Nunca he dicho que lo fuese.

—Julian no está contento.

—¿Qué tal con la junta? ¿Te sigue dando problemas?

Hadley suspiró. Jesse supo que la respuesta era sí y también que ella no iba a pronunciarla en voz alta.

—Lo tengo controlado.

—Sé que sí.

Se quedaron callados de nuevo, pero esa vez fue más cómodo, más manejable, más ellos.

—Siempre dices esas cosas y consigues que me las crea —pronunció Hadley con una sonrisa—. Después de hablar contigo podría ganarle un concurso de mates a LeBron James.

No lo entendía, pero Jesse tenía ese efecto en ella. No la salvaba, la cosa no iba por ahí, ni la convencía de que era capaz, simplemente le recordaba que podía.

—Hummm... una metáfora deportiva. Sabe cómo hacer feliz a un hombre, señorita Carmichael —bromeó—. Lo único es que soy de Tennessee, a nosotros nos va el fútbol.

—Imagino que el europeo —lo picó.

—Imaginas mal.

Ella sonrió y sintió su sonrisa al otro lado.

—Jesse —lo llamó Hadley, y él cerró los ojos disfrutando de su voz llamándolo.

—Dilo otra vez —le ordenó.

Hadley se mordió el labio inferior, sintiendo cómo el calor y las mariposas volaban a cada rincón dentro de ella.

—Jesse.

—Joder, nena.

Las palabras bailaron en su lengua y el acento hizo el resto para que Hadley deseara tenerlo justo enfrente, no a más de cinco mil quinientos kilómetros. Londres estaba demasiado lejos.

—¿Me echas de menos? —inquirió Hadley.

—No deberías preguntarme eso. Trabajamos juntos, ¿recuerdas? —contestó con retintín.

—Sí que puedo, ahora mismo ni siquiera compartimos continente ni huso horario. Es una laguna técnica.

—Pues... puede ser que no quiera contestarte.

—Creí que Jesse James siempre iba de frente.

—Jesse James sabe perfectamente lo que haría si pudiese estar en una misma habitación contigo sin compartir continente ni huso horario.

Hadley sintió la necesidad de apretar los muslos.

—Habrá que reinventar las leyes de la física entonces.

—Una tarea complicada.

—Te veo capaz.

Jesse sonrió y sintió la de ella. No la vio, pero la imaginó.

Los dos se quedaron callados, disfrutando de saber que el otro estaba cerca.

—Lo que pasó con Edward no puede volver a pasar —dijo Hadley.

—Y mucho menos en Canadá. Son tan amables que es como pelearse encima del arco iris de los ositos amorosos. Me siento aún peor.

Aún. Esa palabra importó para Hadley.

—¿Qué tal está Cody Lee?

—Adaptándose a Inglaterra. Dice que le gusta que llueva, pero no como llueve aquí.

—Cody Lee es un hombre mucho más complicado de lo que parece —bromeó Hadley.

—Dímelo a mí —respondió Jesse, y lo hizo tan melodramáticamente resignado que ella rompió a reír.

El sonido atravesó la línea e hizo sonreír a Jesse.

«Merece la pena —pensó— si puedo oírla reír».

—Tengo que colgar —se obligó a pronunciar Hadley.

—Lo sé. Tienes que trabajar.

Ella volvió a sonreír. Era tan fácil...

—Nos veremos en dos días —le recordó.

—Nos veremos en dos días —repitió él.

Y en aquel momento, en aquella habitación de la mansión Carmichael que se entremezclaba con la de una suite en el Peninsula de Londres, esa frase alcanzó el rango de código legendario entre los dos.

Hadley colgó, sonrió y recogió las carpetas.

Jesse le dio un trago a su cerveza con la mirada perdida en las vistas de la ciudad. Sabía que faltaban menos de cuarenta y ocho horas para verla y aun así no había podido contenerse para no llamarla.