21
El Gran Premio de Mónaco era distinto a cualquier otro.
No se trataba de su historia, era el lugar, lo que se respiraba en él.
Las propias calles de Montecarlo servían como pista, pasaban bajo túneles, pilotaban junto al mar.
Era como si por un momento fueran conductores de una carrera clandestina a una velocidad demasiado peligrosa.
El protocolo precarrera fue el de cada vez. La apertura del pit lane , los invitados vip y los patrocinadores paseándose entre los pilotos, haciéndose fotos; la gente de prensa acreditada haciendo breves entrevistas.
Hadley observaba a Jesse desde el box sin poder quitarse los besos de la cabeza. Ella había sido quien había dicho que aquello no podía ser, y seguía pensándolo, pero su cuerpo no parecía captar el mensaje.
Su número.
Su coche.
—Sé que puedes no entenderlo o no ir con tu forma de correr, pero hoy no se trata de ganar, se trata de sumar —le explicó Julian mirándolo a los ojos.
Jesse le mantuvo la mirada y dio una bocanada de aire antes de asentir.
Solo faltaban cinco minutos cuando los ingenieros de carrera abandonaron la pista.
Jesse, al mando del monoplaza, con el casco puesto, la buscó con la mirada.
En cuanto se encontraron, la conexión brilló de una forma brutal.
En aquel momento, Hadley estaba confiando ciegamente en Jesse, poniendo en sus manos lo que más le importaba.
Jesse estaba jurando proteger esa responsabilidad, aunque nunca hubiese pronunciado esas palabras.
Si lo pensaban con lógica, era ridículo, se conocían hacía menos de dos semanas y, sin embargo, el confiar así no parecía lo incorrecto. Ni Hadley ni Jesse eran capaces de explicarlo, pero ninguno de los dos podía negarlo y, lo que era más peligroso, tampoco querían.
Cada persona en ese circuito urbano ocupó su lugar.
Las cinco luces rojas.
La carrera comenzó.
Desde el primer segundo fue voraz. Ningún piloto quería ceder la posición, todos querían adelantar. Las carreras eran hambre y fuerza y ser más listos que nadie a trescientos kilómetros por hora.
Jesse hizo lo que mejor sabía hacer. Ser más valiente. Más rápido. Acelerar donde otros dudaban. Muy pronto se colocó entre los doce primeros.
Hadley no quiso subir a la zona vip con el resto de la directiva y los patrocinadores. Se quedó en el box, con los cascos puestos, pendiente de las pantallas, del asfalto, sin perderse un solo detalle.
Tanto Jesse como Edward estaban manteniendo posiciones, pero todo empezó a ir en picado demasiado rápido después de la entrada a boxes; perdieron demasiado tiempo, salieron demasiado juntos y dos vueltas después estaban peleando por la décimo quinta posición.
—¿Quién es el puto primer piloto aquí? —casi gritó Edward por la radio—. Que se aparte.
Julian, en el muro, mantuvo la expresión seria con la mirada en la pantalla mientras la estratega principal y el director deportivo lo observaban esperando a que tomara una decisión.
—Aquí no hay primer piloto, Edward. Al menos, no todavía —respondió Julian.
—No me jodáis.
—Concéntrate en la carrera —le ordenó.
Siguieron midiéndose en cada curva, en cada recta. Edward, tratando de atacar. Jesse, cubriendo los huecos. Hasta que simplemente lo dejó pasar.
—¿A qué ha venido eso? —murmuró Julian con los ojos clavados en la pantalla, incluso se giró rápidamente hacia el circuito para asegurarse de que no había nada raro.
Hadley frunció el ceño.
Edward enseguida se vio bloqueado. Varios coches se movieron demasiado lento y crearon lo más parecido a un atasco de tráfico, lo que no dejaba de tener gracia teniendo en cuenta que estaban en carreteras reales.
—¿Qué está pasando? —preguntó Hadley.
—Es habitual —respondió uno de los analistas—. Es una de las zonas más estrechas del circuito. Si el piloto no es lo bastante rápido o lo bastante listo, tiene que frenar para poder tomar la curva y eso crea el atasco.
El embotellamiento no tardó dos segundos completos en deshacerse, pero fue suficiente para que un piloto que viniese rápido desde atrás, si los sorteaba y no tenía miedo a acelerar, los adelantase a todos, y ese piloto fue Jesse.
El ingeniero de carreras rompió a reír en el muro de boxes.
—Por eso ha dejado que Edward lo adelantara. Sabía lo que pasaría.
Julian sonrió medido. Jesse sabía leer la carrera, tenía que reconocerle el mérito.
Hadley lo hizo orgullosa.
Pero un par de vueltas después volvieron a la misma situación. Jesse, undécimo. Edward, duodécimo.
—Que me deje pasar, joder —se quejó Edward.
Julian leyó la situación.
—Jesse, cédele tu posición. Tú has entrado antes en boxes, tus neumáticos están más gastados. Necesitas cambio.
Jesse no contestó. No obedeció.
—¿De qué va ese tío? —volvió a protestar Edward.
—¿Me has oído, Jesse? —insistió Julian.
Edward no pensaba esperar, trató de acelerarlo y Jesse le cerró el hueco hasta casi hacerlo chocar contra las protecciones laterales. Lo intentó una vez más, dos, tres. Fracasó cada una de ellas.
—Jesse, cédele tu posición —insistió Julian con voz autoritaria.
Edward lo volvió a intentar y, cuando Jesse volvió a cerrarlo, en vez de retirarse, tocó el monoplaza de Jesse, solo una vez, solo un poco, pero lo suficiente para que los coches perdieran el control y se desplazaran haciendo trompos hasta la zona de seguridad provocando un doble abandono, el mayor bochorno para una escudería.
—¡¿Qué coño ha sido eso?! —irrumpió Edward en el box, lanzando el casco sin importarle dónde o sobre quién acababa.
—Cálmate —le exigió Julian.
—¡No pienso calmarme! ¡Ese tío me ha sacado de la pista!
—Siendo técnicos y justos, tú lo has sacado a él.
En ese momento Jesse entró en el garaje acompañado de dos mecánicos, sin el casco.
—¡¿De qué vas?! —lo encaró Edward alzando la voz—. Yo soy el primer piloto de esta puta escudería. Si quiero pasar, tú me dejas.
Jesse lo miró y una sonrisa mordaz entremezclada con un breve resoplido salió de sus labios sin levantar la vista de su compañero de equipo.
—Ahí fuera tú eres un piloto y yo otro —replicó Jesse. No gritó. No lo necesitaba para demostrar que no estaba nada contento con la situación ni para resultar amenazante—, y yo no le cedo mi puesto a nadie. Si quieres adelantarme, consíguelo.
Edward apretó los dientes completamente al límite.
—No creas ni por un solo segundo que tú y yo somos iguales —le escupió dando un paso hacia él.
—No lo somos —sentenció Jesse mirándolo a los ojos—. Tú te comportas como si fueras un campeón cuando ninguno de los otros dieciocho pilotos que hay en esa pista te respeta.
El aire se tensó aún más haciéndose casi irrespirable. El box enmudeció.
—¿Y crees que a ti te respetan? —trató de burlarse Edward, pero estaba demasiado cabreado y con el ego demasiado tocado para lograr que su tono sonase mordaz.
—No, porque todavía no me lo he ganado —respondió Jesse sin ningún problema con esa respuesta—, pero al menos lo tengo claro.
Edward lo miró con la mandíbula tensa y el odio saliéndole a borbotones. Quiso decir algo, pero lo único en lo que pudo pensar fue en un «No voy a ser yo quien desaparezca» y se negó a verbalizar eso delante de Jesse.
Jesse se dio media vuelta para marcharse, pero una voz lo detuvo.
—Quizá tengas razón en eso —era Julian—, pero, la próxima vez que te dé una orden directa, la cumples.
—Lo siento —contestó con el respeto que el director de equipo merecía—, pero solo lo haré si tiene sentido.
—Las cosas no funcionan así.
—Puede ser —utilizó su misma estrategia—, pero ¿sabe cómo seguro que no lo hacen?
Rezando para sumar algún punto sin atreverse a meter la presión necesaria.
Si solo corremos para sumar, solo vamos a conseguir perder.
Hay que salir a cada pista a ganar, siempre.
Otra cosa es aceptar correr y no esforzarme al máximo.
Antes de la carrera, Jesse había aceptado correr así, no sin lucha interna, porque se dijo a sí mismo que toda estrategia necesita un voto de confianza, pero ya estaba claro que, si las cosas seguían esa línea, nunca iban a funcionar y algo le decía que en el fondo Julian también lo sabía.
—Para todo hay un momento y este premio no era el adecuado para comportarse así. Si no lo sabes, deberías hacerlo —cerró la conversación Julian—. Lárgate.
Jesse asintió, de nuevo como signo de respeto, y se dirigió hacia la oficina del piloto.
Apenas había recorrido la mitad del pasillo cuando Hadley salió a su encuentro desde el otro extremo.
Solo necesitó un segundo para saber que estaba enfadada, aunque, en realidad, lo tenía claro incluso antes de mirarla.
—¿Recuerdas la primera maldita regla? —le preguntó casi gritando, empujándolo en el pecho con determinación con las dos manos. Hadley no tenía ni la mitad de fuerza que Jesse, pero él cedió al movimiento y dio un paso hacia atrás—. Somos un equipo.
Otro empujón. Otro paso hacia atrás, hacia la pared.
—Nos respetamos.
Hadley siguió empujándolo. Jesse, moviéndose sin oponer resistencia.
¡Estaba tan enfadada! Más que eso, estaba decepcionada.
Podía entender que Edward se había comportado como un capullo, que las elecciones de Julian podían estar o no equivocadas, pero Jesse se había comprometido con el equipo y el equipo jamás se abandonaba.
—Así no se hacen las cosas.
Con el último empujón, Jesse cogió a Hadley de las muñecas y la obligó a girarse, llevándola contra la pared y colocándose frente a ella. No soltó sus manos. No dejó que el aire que sobraba, que no sabía lo enfadada que estaba ella, lo cabreado que estaba él, se quedara entre los dos.
Jesse lo estaba porque sabía que la había decepcionado. Ella tenía razón. Se había comprometido y le había fallado. Pero de pronto, tan cerca, eso no fue lo único que empezó a importar.
Los besos. El «No puede ser». La carrera. Todo se entremezcló y ya no supo si sus respiraciones estaban aceleradas por la rabia o por el deseo.
Se miraron a los ojos. Se quedaron enganchados.
—No volverá a pasar —dijo al fin Jesse.
Miró a Hadley un segundo más —joder, se la habría comido entera— y se separó un paso, sin dejar de mirarla, sin dejar de provocarla, sin dejar de repetirse que eso no podía ser.
El corazón le golpeaba con furia contra las costillas.
Hadley abrió la boca dispuesta a decir algo, pero volvió a cerrarla.
Jesse se dio cuenta, se alejó un paso más, giró sobre sus talones y se marchó, abriendo la puerta del camerino con brusquedad con la palma de la mano.