20
Salieron a la terraza. Tan pronto como sus pies pisaron el suelo de losa gris, Jesse se giró hacia ella, dejándolos frente a frente y peligrosamente cerca.
—Tengo una regla más —dijo decidido, con esa seguridad que lo hacía imposible de domesticar.
Ella lo miró a los ojos. En ese momento eran azules, pero a ella le encantaban en cualquier versión.
—¿Cuál? —preguntó.
—No vas a sonreírle a otro hombre —sentenció—. No vas a dejar que revoloteen a tu alrededor. No vas a permitir que piensen que tienen una oportunidad.
Ella se derritió con cada palabra, pero se negó a dejárselo ver.
—¿Y qué pasa con las mujeres y contigo?
—Que no me interesan lo más mínimo porque no son tú.
No dudó. No dudó una maldita décima de segundo.
Un paso más. La temperatura hizo lo imposible y subió. Hadley sintió su corazón batir el récord de velocidad del Paul Ricard.
—Eres un poco territorial, ¿no, Jesse James?
—Soy posesivo, mucho —contestó—, y no pienso disculparme por eso.
Ella se mordió el labio inferior con una sonrisa. Él dio el último paso para tenerla exactamente donde quería y, agarrándola de las caderas, la atrajo hacia él besándola con fuerza.
No empezó despacio ni suave ni probando. Cogió lo que quería desde el primer instante, jugando con los labios de ella, controlando el beso, tentándola, provocándola, deslizando la lengua contra la de ella cuando fue imposible para Hadley pensar en otra cosa.
A ella le temblaron las rodillas; qué cliché y qué real. Jesse sintió que el hambre no se apagaba, que solo crecía y crecía como una puta locura que hacía que la deseara más, que lo excitara más. Hadley iba a ser su perdición.
Se separaron con las respiraciones aceleradas.
No había espacio para pensar. Jesse volvió a inclinarse.
Hadley terminó de recorrer la distancia hasta él y volvieron a besarse.
Fue delirante. Delicioso. Una locura transformada en coreografía perfecta.
Se movían como si lo hubiesen ensayado antes mientras su conexión brillaba y brillaba, mientras sentían más y más, mientras querían más y más.
—Jesse —susurró Hadley contra sus labios.
Le costó un mundo separarse esos centímetros, pero necesitaba hacerlo antes de perder el poco sentido común que le quedaba.
Él la miró a los ojos a una distancia que en ese momento sabía a tortura.
—No podemos hacer esto —dijo Hadley.
—¿Qué? ¿Por qué?
Frunció el ceño. No quería nada que le dijera que debía separarse de ella.
—Porque trabajamos juntos. Hay demasiado en juego.
El Gran Premio era en solo unos días. No podían permitirse una distracción así. Todos iban a mirar a Jesse con lupa y, por extensión, a Hadley. Un solo paso en falso podría acabar con su vuelta a la Fórmula 1 y con Legacy.
Jesse lo odió, pero lo entendió y, más que nada, la entendió a ella.
Asintió. Eso fue lo máximo que su fuerza de voluntad le dejó hacer. En aquel instante su cuerpo estaba sublevado, gritándole que era idiota, que se la llevara allí donde no importase quiénes eran, sino lo jodidamente bien que sabía besarla.
—Vale —pronunció Hadley casi en un jadeo.
Precisamente que estuviese a punto de jadear hizo que Jesse perdiese el poco control que había conseguido almacenar.
Volvió a besarla. Hadley gimió contra su boca disfrutándolo y se lo devolvió. Las manos de ella se deslizaron por sus hombros y se unieron tras su nuca. Las manos de él viajaron hasta el final de su espalda, estrechándola un poco más contra su cuerpo.
No querían parar.
No podían parar.
Pero debían hacerlo.
Esa vez Jesse fue el primero.
Ella se quedó mirándolo, con una mezcla de deseo y ganas, casi suplicante. Él dejó caer su frente sobre la de ella.
—Entra en el salón —le ordenó cerrando los ojos un instante— o voy a volver a besarte, Hadley, y esta vez no voy a poder parar.
Ella tardó un segundo de más en asentir aturdida, en separarse, en darse media vuelta. Se giró para mirarlo antes de reemprender la marcha y finalmente entró. Jesse no levantó sus ojos de ella. Siguió mirando en la dirección por la que se había marchado incluso cuando ya no era posible verla.
—Joder... —pronunció con las manos en las caderas—. Joder —repitió pasándose una palma por la boca al tiempo que se giraba buscando poner más distancia entre ellos, convenciéndose de no volver a entrar a buscarla.