Daytona 19
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Hadley frunció el ceño. «¿Quién es?». Trató de hacer memoria, pero no la recordaba de otros eventos de la competición ni de fiestas en Manhattan.

La mujer sonrió a algo que dijo Jesse y levantó levemente el hombro con una mirada cómplice.

«En serio, ¿quién es? —volvió a decirse—. Es guapísima, con unas piernas de infarto y pelo de anuncio de champú. Maquillaje perfecto. Vestido perfecto. Zapatos perfectos».

—Todo perfecto —gruñó bajito haciendo unos ruiditos después.

Jesse volvió a hablar. Ella volvió a sonreír.

«Conozco a Jesse y Jesse no es tan gracioso, así que ¿de qué demonios se está riendo?».

«La risa está sobrevalorada... y los esmóquines también. Además, no es tan guapo».

Justo en ese momento, Jesse giró la cabeza suavemente y su mirada se encontró con la de Hadley.

Ella relajó el gesto de inmediato, pero, por muy rápida que fue desfrunciendo el ceño, Jesse lo notó, ató cabos y una media sonrisa se coló en sus labios torcida, engreída e irritante; a Hadley le pareció sobre todo esto último.

«¿Quién se ha creído que es? —masculló en su cabeza—. ¿De verdad cree que me molesta que esté con esa chica?».

Hadley le mantuvo la mirada y solo moviendo los labios, sin llegar a vocalizar, le dijo:

—Diviértete.

Él se mordió el labio inferior apenas medio segundo, pero el gesto fue increíblemente sexy, mientras le mantenía la mirada.

—Gracias —respondió él sin usar la voz, y aun así ella pudo notar su acento sureño.

La rubia dijo algo y Jesse volvió a prestarle atención.

«Tiene que ser una mujer superinteresante», volvió a gruñir obligándose a apartar la mirada.

Un camarero le ofreció una bandeja llena de copas de champagne rosado y Hadley estiró la mano para coger una, pero, justo en ese segundo, otra mano entró en su campo de visión.

—Lo siento —dijo Hadley.

—No te disculpes —se apresuró a decir la voz.

Ella llevó la vista hasta su dueño y se topó con un hombre de unos treinta, rematadamente guapo.

—Permíteme —le pidió cogiendo dos copas, agradeciéndoselo al camarero y entregándole una de ellas a Hadley.

—Gracias.

—Es lo mínimo que podía hacer. —Hubo un segundo de silencio que no llegó a ser incómodo—. Soy Mark.

—Hadley.

Él le ofreció la mano. Ella se la estrechó. Y los dos sonrieron.

«Pero ¿quién coño es ese tío?», pensó Jesse demasiado rápido mientras veía cómo Hadley le sonreía a otro hombre exactamente a diez metros de distancia y ese otro hombre se la comía con los ojos.

Antes había sido divertido ponerla celosa.

No buscó hacerlo. Esa mujer se le había acercado diciendo que era una de las relaciones públicas de Carolina Herrera y quería saber si estaba interesado en protagonizar su anuncio.

Él simplemente fue educado; recordaba lo que había pasado en la junta y sabía que los patrocinadores eran importantes para garantizar que las cosas pudiesen seguir haciéndose en Legacy como Hadley quería.

Pero entonces levantó la mirada y la vio observándolo con el ceño fruncido y ganas de llamarlo idiota y no se pudo resistir. Solo para fastidiarla un poco.

No era ningún estúpido, la mujer era guapísima, pero no podía interesarle menos.

«Sin embargo, a menos que me estén buscando una pareja para el anuncio y ese tío también sea relaciones públicas de Carolina Herrera, esto ha dejado de tener gracia, joder».

La relaciones públicas continuó hablando, pero no le hizo el más mínimo caso.

«El imbécil vuelve a hablar. Hadley vuelve a sonreír. Suficiente».

Echó a andar hacia ellos, la rubia lo llamó y lo siguió.

—Jesse —lo saludó Hadley como si no recordase que estaba allí—, ¿ya estás aquí? Creí que estabas ocupado —añadió con retintín.

«Todavía celosa. Genial», pensó él.

—Lo estoy —contestó Jesse casi regodeándose en cada palabra—. Solo quería que conocieras a —no recordaba el nombre, pero Dios le echó una mano y se lo chivó en el último microsegundo— Sylvana.

—Sylvana, ella es Hadley.

—Encantada —comentó la mujer llevándose la palma de la mano al pecho.

A Hadley le costó todas las tablas adquiridas en fiestas como esa conseguir que las palabras «Lo mismo digo» cruzaran su garganta.

«De cerca es aún más guapa. Genial», pensó.

—¿Y él es? —planteó Jesse.

Hadley sonrió de oreja a oreja, como si estuviera oyendo cantar a todos los animalitos de Montecarlo a su alrededor.

—Mark —respondió por él—. Mark —lo llamó girándose y mirándolo como si fuera el único hombre sobre la faz de la tierra—, él es Jesse James.

—Jesse James, ¿el piloto? —replicó entregado.

Hadley se contuvo para no fruncir el ceño observando cómo había dejado de existir para Mark. «¡Vamos, Mark! —se quejó—. ¡No te pongas de su lado!».

Entonces le tocó a Jesse el turno de sonreír encantado, que nunca había disfrutado tanto de conducir un fórmula uno y que a los pijos de cualquier país les pareciera un deporte interesantísimo.

—¿Jesse ya te lo ha comentado? —le dijo Hadley a la rubia. Ella lo miró con curiosidad, como el aludido, solo que él sumó la cautela—. Lo de los gemelos.

Jesse casi se atraganta con el whisky mientras Sylvana abría la boca sin saber exactamente qué decir. Hadley pilló su pista para continuar.

—Su novia vive en Tennessee, en cualquier momento sale de cuentas.

La mujer, que obviamente no estaba interesada solo en Jesse a nivel colonia, le lanzó una mirada un poco aprensiva. Jesse observó a Hadley y ella se llevó una mano al pecho, imitando a Sylvana, haciéndose la inocente y por eso precisamente no siéndolo en absoluto.

—Ooops, ¿era secreto? —siguió con el teatro.

«Chúpate esa, Jesse James».

—Será mejor que me vaya —comentó la rubia desapareciendo a toda velocidad.

Hadley la observó alejarse y la despidió moviendo los dedos de la mano. «Ya eres libre, sé feliz, Miss Dinamarca».

Hadley se giró hacia los dos hombres. Mark seguía hablando emocionadísimo del Gran Premio que se disputaría en unos días mientras Jesse la observaba a ella por encima del vaso con una mirada divertida y peligrosa al mismo tiempo.

—Jesse, Mark y yo nos estábamos conociendo —dijo endulzando su voz a propósito—, ¿te importaría dejarnos solos?

Mark sonrió devolviéndole su atención. Jesse tuvo que controlarse para no tumbarlo de un puñetazo.

—En realidad, estábamos teniendo una charla muy interesante. Creo firmemente que Mark podría ser un gran piloto.

Al aludido se le iluminó la cara.

—¿En serio?

—Por supuesto.

Hadley fulminó a Jesse con la mirada. Aunque no la miró, una media sonrisa apareció en la boca de Jesse. Intuía que quería asesinarlo.

—Buah, es increíble. Dame un segundo para que se lo cuente a mis amigos y vuelvo para que sigamos hablando. Van a morirse por conocerte.

Mark comenzó a caminar emocionado, Hadley no dudó y lo siguió, pero, cuando solo había dado un paso, notó la mano de Jesse rodear su muñeca y tirar de ella para que se girara.

Deslizó sus dedos por su palma hasta entrelazarlos con los suyos, atrapó su mirada con la velocidad de un chasquido mientras la intensidad subía, el calor se comía el aire entre ellos y la suave música de violín llegaba a sus oídos transformada en la banda sonora de Los Bridgerton .