Daytona 18
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Jesse James de esmoquin era algo simplemente imposible de olvidar.

Hadley lo supo en el instante en que lo vio.

Parecía una estrella de Hollywood, más aún, parecía Hollywood entero.

Alto, con el cuerpo delgado pero fibrado que resaltaba casi con malicia enfundado en ese Valentino.

Los ojos más increíbles del mundo y el pelo, que siempre llevaba revuelto, peinado de una manera tan deliciosa que ponía muy complicado a cualquier mujer no quedarse mirándolo un segundo de más.

Aquella versión de él no negaba ninguna de las otras. No traicionaba al mecánico, al piloto, al tipo que se manchaba las manos de grasa en el box. Simplemente añadía otra peligrosa capa.

—Por hombres como ese existen las portadas de revistas —comentó Presley.

Y Hadley tuvo ganas de contestar que acababa de fabricarse un ranking de los momentos en los que Jesse parecía recién salido de una fantasía.

El mono de carreras atado a la cintura, con el pelo húmedo y la cara un poco manchada de grasa, el tercer puesto; en su casa, sentado en el porche, con la camisa de cuadros remangada y los vaqueros gastados, en el segundo; Jesse de esmoquin, irrumpiendo en el primer puesto.

Él también la vio y tuvo que contenerse para no cargarla al hombro otra vez, llevársela al hotel y hacerla reír y gemir hasta que esa locura de vestido estuviera en el suelo de su habitación.

No entendía qué le pasaba con ella. Había estado con las mujeres que había querido. Sabía lo que era desearlas, jugar con ellas, provocarlas, pero con Hadley tenía que luchar por mantener el control porque no solo la deseaba, sentía hambre y era algo salvaje, directo desde detrás de las costillas.

Sus miradas se encontraron a través del lujoso salón de baile. El castaño contra esa combinación de verde, azul y gris.

Jesse dominó su mirada despacio, de una forma casi deliberada, y en ese gesto lento hubo algo íntimo, como un saludo secreto que solo les pertenecía a ellos.

Bañado en esa seguridad que parecía arrogancia y con una sonrisa esbozada con la misma provocadora lentitud, cruzó el salón.

—Buenas noches —saludó Jesse al llegar al grupo—. Eddie —se dirigió directamente a él, aunque no le dedicó más que un par de segundos.

El aludido apretó los labios molesto.

—James.

—Buenas noches —repitió más educado, pero también más distante, mirando a Presley.

Ella le mantuvo la mirada sin dudar.

—¿Así que tú eres Jesse James? —entrecerró los ojos evaluándolo—. Me han hablado mucho de ti —dijo con la misma sinceridad con la que se enfrentaba a todo.

—Lo mismo digo.

—Me ofendería si hubiese sido de otra manera. Ese esmoquin te queda ridículamente bien, ¿lo sabías? —añadió.

Su frase por un momento dejó a Jesse sin palabras, pero se recuperó rápido disimulando una sonrisa.

—Sebastian —lo saludó, pero, como con Edward, su atención voló rápido a otro lugar.

—Jesse.

Giró el cuerpo hacia Hadley y automáticamente el mundo a su alrededor se apagó.

—No esperaba verte aquí —lo picó divertida.

—Pensé que podría hacer una excepción por una vez —replicó contagiado de su humor.

Hadley se acercó un poco más fingiendo que tenía que comentarle algo privado a salvo de oídos indiscretos. Jesse se inclinó para facilitarle la tarea.

—Las excepciones con esmoquin siempre merecen la pena —murmuró en su oído.

Los dos se apartaron lo justo para que sus miradas volvieran a encontrarse. Jesse se humedeció el labio inferior conteniendo una sonrisa y ese gesto viajó por el torrente sanguíneo de ella iluminando cada centímetro de piel.

Jesse volvió a inclinarse. Lo hizo más despacio, más cadencioso.

—Ese vestido —susurró, y sus labios casi tocaron la sensible piel bajo su oreja— sí que merece la pena. Estás preciosa.

Hadley notó el calor subirle por el cuello. Sonrió bajando la cabeza para evitar que él pudiera ver que se estaba sonrojando, pero Jesse lo vio y mantener las manos quietas empezaba a serle tan difícil que dolía.

—No deberías hacer esa clase de cosas —le advirtió Jesse.

Ella levantó la cabeza guiada por la curiosidad, buscando una explicación a esa frase, pero Jesse solo la miró y sonrió otra vez sin prisas.

—¿Por qué? —insistió.

—Bailemos.

Jesse le tendió la mano. Hadley la miró y después a él y después perdió su vista a un lado luchando por no sonreír. Aceptó y él entrelazó sus dedos justo antes de tirar suavemente de ella, la misma secuencia del box cuando se la llevó para que probaran el Mustang en la pista.

Ni Edward ni Presley ni, más que ninguno, Sebastian se perdieron esa interacción y sus miradas los siguieron mientras caminaban hacia la pista de baile.

Sonaba una pieza muy suave, interpretada en directo por un cuarteto de violines.

No era música clásica, desde luego, aunque tampoco Taylor Swift.

Con toda probabilidad, una canción de Taylor Swift interpretada como una pieza de música clásica por un cuarteto de violín habría sido una definición muy adecuada.

—¿Tú sabes bailar este tipo de música? —planteó socarrona Hadley jugando a eso de fastidiarlo un poco.

—En cuanto empiece a sonar Blake Shelton —un cantante country— estará controlado —bromeó Jesse.

Hadley no se esperaba esa respuesta y, en cuanto la oyó, rompió a reír. A Jesse le encantó el sonido, puede seriamente que lo adorara, y una sonrisa se coló en sus labios.

Él se giró hacia ella. Los dos recolocaron sus manos sin soltarse. La libre de Jesse iba a tocar la cintura de Hadley, la libre de ella iba a tocar el hombro de él...

—¿Y tú eres?

La voz llegó desde atrás. Grave. Segura. Imposible de ignorar.

Hadley se giró; Jesse llevó su mirada hasta Theodore Carmichael, de pie, en mitad de la pista de baile a un par de pasos de ellos.

No sonreía, tampoco parecía enfadado. Estaba alerta, como un halcón protegiendo un polluelo mientras estudiaba y decidía sobre Jesse prácticamente en el mismo segundo.

—Jesse James —contestó.

No sonó intimidado. No lo estaba.

—Jesse, él es Theodore, mi padre —los presentó Hadley tratando de aliviar un poco la tensión—. Papá, él es el nuevo piloto de Legacy One.

—Un largo viaje desde Tennessee, ¿no?

Theodore lo estaba poniendo a prueba, pero Jesse no tenía nada que esconder y se comportaba en consecuencia.

—Lo importante no es la distancia, es que valga la pena.

Los dos hombres se miraron a los ojos. Jesse no cedió terreno, no bajó la cabeza, y Theodore confirmó lo que ya pensaba de él: Jesse significaba problemas porque no era una variable controlable, porque nunca sería dócil.

—El senador De Soleano quiere saludarte —comentó Theodore con los ojos aún clavados en el piloto, aunque resultaba obvio que la frase era para Hadley.

Ella no quería irse y menos en ese momento, pero había compromisos que no podía eludir.

—Será solo un minuto —le dijo a Jesse volviéndose hacia él.

Este movió los ojos, entonces grises, casi salvajes, de padre a hija. La miró sereno, presente, con seguridad.

—Ve —respondió.

No fue una orden. Fue confianza.

Se soltaron despacio de la mano y Hadley echó a andar hacia su padre. Theodore dejó su vista clavada en Jesse hasta que Hadley se alejó unos metros de los dos. Jesse la siguió con la mirada antes de volver a mantenérsela a su padre.

La misma seguridad seguía ahí.

Los hombres no se comportaban así con Theodore, mucho menos los que pretendían formar parte de su familia casándose con su hija; a esos... los odiaba a todos, pero ninguno de ellos le pareció por un solo segundo la mitad de peligroso que Jesse.

Para cuando Hadley terminó de hablar con el senador, Mohammed ben Sulayem, presidente de la FIA, y Stefano Domenicali, CEO de la FOM, la empresa que controlaba el flujo de dinero que daba ese deporte, habían cogido el micrófono y ofrecido un pequeño discurso sobre la importante carrera que se avecinaba, lo agradecidos que le estaban a la casa real del Principado por su apoyo, además de invitar a todos los presentes a pasarlo muy bien.

Hadley estaba impaciente, pero también un poco tensa.

Conocía muy bien a su padre. Puede que fuera un empresario de éxito y todo lo que ello conllevaba, pero en su día a día siempre había habido un hueco para Calder y para ella, así que podía distinguir si estaba enfadado solo con mirarlo un segundo y también cuando estaba en modo halcón-padre sobreprotector en alerta.

Jesse no le había gustado lo más mínimo.

Resultaba obvio. Hadley no era ninguna estúpida y entendía por qué, pero eso no significaba que pensase que su padre tuviera razón.

En cuanto la ola de aplausos a los hombres en el escenario terminó, los invitados por fin empezaron a moverse deslizándose sin prisas a pequeñas reuniones improvisadas entre ellos o camino de la barra.

Hadley regresó a la pista de baile en busca de Jesse, pero él ya no estaba. Miró a su alrededor, pero solo le valió para acabar frunciendo el ceño. ¿Dónde se había metido?

Tardó unos pocos segundos en distinguirlo entre la multitud.

Una sonrisa se coló en sus labios cuando lo vio con los antebrazos apoyados en la barra y el cuerpo ligeramente echado hacia delante, con un vaso frente a él con un líquido ambarino sin hielo que sin duda alguna era bourbon, pero que él, como todos los de Tennessee, llamaría whisky.

Dio el primer paso en su dirección, con mariposas revoloteando en su estómago, pero, con el segundo, su expresión cambió por completo. Jesse no estaba solo, una rubia imponente estaba junto a él... y no parecía nada molesto.