Daytona 17
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—¿Estás nerviosa? —le preguntó Sebastian a Hadley mientras recorrían el inmenso, casi palaciego, pasillo del hotel. Desde luego, en Mónaco sabían hacer las cosas cuando esas cosas tenían que ver con el lujo.

La respuesta obvia era sí.

—No —contestó Hadley. Había crecido viendo que, en el mundo de los negocios, el nerviosismo se interpretaba como debilidad y no estaba dispuesta a dejar que nadie pensara eso de ella—. Lo tengo controlado.

Repasó mentalmente una vez más la ristra de cifras y el discurso que había perfeccionado con ayuda de Presley. La junta no iba a ser un problema.

—Creo que estás siendo testaruda —dijo Sebastian— y que te estás sobreesforzando. Yo puedo encargarme...

Hadley se giró para mirarlo y el resto de la frase murió en los labios de él.

No dijo nada y abrió la puerta para que ella pasara primero.

Por un momento, la situación hizo sentir mal a Hadley y al mismo tiempo la sensación no le gustó por injusta.

Le agradecía a Sebastian lo bien que se portaba con ella y que estuviese dispuesto a enfrentar cualquier circunstancia potencialmente complicada por ella, pero también le habría gustado que en algún momento comenzase a verla como alguien capaz de enfrentar sus propios retos sin necesidad de que nadie cuestionase sus decisiones.

Hadley resopló suavemente para poner cada cosa en su sitio y volvió a centrarse en lo inmediato: la reunión.

Entró en el enorme salón. El director del hotel lo había preparado sin olvidar un solo detalle. La gran mesa de centro de una cuidada madera, las sillas, las pantallas de alta definición, la zona de refrigerios. A simple vista, nadie podría decir que no estaban en cualquier empresa de Manhattan.

Una decena de ejecutivos enchaquetados la esperaban en sus respectivos asientos, pero fue Jesse quien robó su atención. Por un segundo, no más, su mirada buscó la de él y Jesse se descruzó de brazos. Había sido un saludo que solo habían entendido los dos.

Él tenía que estar allí. La junta quería conocer al nuevo piloto.

—Buenas tardes a todos —saludó Hadley ocupando su puesto en la presidencia.

Sebastian se sentó a su derecha, frente a él estaba Jesse.

—Si les parece, comencemos la reunión...

Ese fue el pistoletazo de salida. Hadley tenía las ideas muy claras y lo demostró.

Un discurso con fuerza y eficaz, cifras que la respaldaban a ella y al potencial de la escudería.

.. pero esa junta era lo más parecido a una charca llena de tiburones.

Ni uno solo de ellos la apoyó. Todo lo que recibió fueron presiones, preguntas maliciosas y amenazas veladas.

Hadley no se rindió en ningún momento, contestó, argumentó, no se dejó pisar, pero cada vez estaba siendo más complicado. Esos accionistas no pensaban darle tregua. Tenían claro lo que querían: o la escudería se convertía en una mina de oro o la venderían.

El peor de todos era Mitch Whitemore.

—Solo hemos corrido siete carreras. Ni siquiera es un trimestre completo. Ninguna empresa se rige por tiempos tan pequeños para saber si es viable o no —les recordó Hadley.

—Las empresas reciben entradas de dinero incluso si no superan las pérdidas —contraatacó uno de los miembros de la junta, un hombre de unos sesenta, que la miraba como si fuera el día de llevar a tu hijo al trabajo y Theodore fuese a aparecer en cualquier momento para hacerse cargo de la reunión—.

Actualmente, Legacy One es un pozo sin fondo.

—Tenemos el dinero de los patrocinadores. Ingresamos más de doscientos millones de dólares en publicidad —puso sobre la mesa Hadley.

—Doscientos millones que podrían haber sido más de quinientos si ganáramos —contestó otro de los inversores.

—Ninguna marca quiere estar en un equipo que no gana —comentó una de las ejecutivas—. Los que tenemos se marcharán si los resultados no mejoran.

—Y esos resultados dependen enteramente de su gestión, señorita Carmichael. No está tomando las decisiones adecuadas —intervino Whitemore—. Aún tenemos que ver correr al señor James, pero, si tampoco es el revulsivo que necesitamos, ¿qué pasará entonces? Sin duda alguna habrá consecuencias.

La sala se quedó en un profundo silencio. Las implicaciones de esas consecuencias estaban claras e irían en escalada, desde que Hadley se viera obligada a tomar decisiones que no quería hasta que Legacy One fuese vendida, pasando porque la destituyeran como CEO.

Hadley les mantuvo la mirada, tan valiente como era, pero resultaba obvio que ella era la más consciente de cómo podían terminar las cosas y también a quien más le dolía.

Whitemore asintió y una de las secretarias indicó a los camareros del hotel que ya podían servir el refrigerio.

Hadley aprovechó la pequeña pausa para alejarse de la mesa con la excusa de ir a buscar su café en vez de esperar a que se lo trajeran. Sebastian hizo el ademán de seguirla, pero ella le indicó suavemente con la mano que se quedara sentado.

—Gracias —le dijo al camarero que le entregó un macchiato con un poco de canela a una temperatura perfecta.

Se quedó quieta, frente a la ventana, observando el mar y pensando.

La cabeza le iba demasiado rápido, era como un maldito hervidero con una mezcla imposible de rabia, esperanzas y esa sensación que le apretaba el corazón de que no podía fallarle a su hermano.

Presión. Decisión. Tomar la mejor decisión.

Defenderla. Convencerlos. Convencerlos a todos. ..

—Respira.

La voz de Jesse llegó en un susurro tranquilo que solo ellos dos pudieron oír.

Ella volvió la cabeza hacia él, un segundo, y después la devolvió a la elegante Montecarlo mientras hizo eso, respirar. Parecía sencillo cuando otra persona lo decía, pero Hadley, por un momento, había olvidado cómo hacerlo.

—¿Por qué dejas que te traten así cuando tienes claro lo que quieres? —planteó Jesse en el mismo tono privado.

Hadley volvió a mirarlo.

—No dudes de ti —le recordó—. Eso es lo que ellos quieren.

Jesse le entregó su taza de café solo a otro de los empleados y volvió a la mesa mientras ella pensaba en lo que había dicho. Claro que sabía lo que quería. Claro que estaba convencida de su plan. Y era indudable que iba a funcionar.

—Los patrocinadores no van a marcharse porque nuestro plan para esta escudería será un éxito —dijo Hadley con una claridad absoluta llamando la atención de los accionistas y regresando a la mesa.

Todos se sentaron, ella no—. Pero cualquier estrategia exige un tiempo.

Las inversiones funcionan así. Ver el desarrollo del potencial de Legacy One les costará un año y no será hasta que acabe que veremos si realmente somos rentables o no.

—Como junta tenemos una responsabilidad y unos derechos adquiridos sobre Legacy One —respondió uno de los ejecutivos.

—Y como accionistas aceptaron un riesgo —le cerró la boca Hadley—. Aunque es cierto que no todas las personas están cómodas en esa posición.

El hombre la fulminó con la mirada, pero a ella no le importó.

—Ningún patrocinador va a retirarse antes de que termine la temporada.

Es mi trabajo asegurarme de que sea así.

En cuanto a lo demás, lo discutiremos cuando sea el momento, en diciembre.

—El Gran Premio de Abu Dabi se celebraba el día 7 de ese mes—.

Hasta entonces, no voy a permitir que nadie discuta el futuro de Legacy One. Buenas tardes a todos.

Hadley se marchó sin esperar el permiso de nadie. En cuanto la puerta se cerró a su espalda, le temblaron las rodillas, pero también se sintió poderosa y, sobre todo, en paz con el recuerdo de Calder.

El día aún no había acabado. Es más, la noche prometía ser larga. La FIA había organizado un baile en el icónico Casino de Montecarlo en honor a los pilotos y escuderías que disputarían la carrera. Todo el que era alguien en la industria automovilística estaba allí.

—Da igual las veces que haya estado aquí —comentó Presley con una sonrisa y el brazo entrelazado con el de Hadley mientras entraban en el gran salón—, es como un cuento de hadas.

No le faltaba razón. La gran lámpara de araña, el resto de la decoración, incluso el propio edificio y el hecho de que estuviera a tan solo unos metros del Mediterráneo en plena Costa Azul lo hacían el mejor escenario del mundo para vivir una fantasía.

—¿Qué tal ha ido la junta? —preguntó a continuación.

Hadley sonrió feliz.

—He dicho lo que quería decir —sentenció.

Su amiga le devolvió una sonrisa radiante y orgullosa.

—Tú puedes con todo, Hads, y quien lo dude, aparte de que tendrá que vérselas conmigo, es francamente estúpido.

La sonrisa de Hadley se ensanchó.

—Eres como mi escudera —bromeó.

—Y tu caballero de brillante armadura si lo necesitas —apostilló ella—. No lo dudes.

—Lo mismo digo.

—¿Sigo teniendo trabajo? —preguntó Edward burlón con una copa de champagne en la mano cuando las vio acercarse. Sebastian estaba con él.

Presley puso los ojos en blanco melodramática y Hadley fingió mirarlo mal, aunque tuvo que torcer los labios para contener la sonrisa.

—Recuérdame por qué te contraté en primer lugar —le pidió ella.

—Porque soy el mejor —afirmó casi en un suspiro hastiado antes de darle un sorbo a su copa de Dom Pérignon— y porque soy terriblemente guapo.

Hadley sonrió dándolo por imposible.

—Yo creo que lo hizo porque el fórmula uno te hace parecer más alto —intervino Presley.

—Estoy con ella —dijo Sebastian.

—Ja, ja —se rio mordaz Edward—, muy graciosos —se quejó mirándolos alternativamente a los tres.

Hadley alzó las manos con suavidad.

—Yo no he dicho nada —le recordó, pero el retintín en su tono resultó de lo más evidente.

Edward entrecerró los ojos sobre ella.

—Pero lo has pensado.

—Culpable —admitió.

—No puede ser, en serio que no puede ser —pronunció Presley asombrada.

Hadley siguió su mirada hasta la entrada principal del salón y, con total franqueza, pensó lo mismo que ella.