Daytona 16
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Jesse disfrutó de pronunciar ese apelativo por muchos motivos. No iba a fingir que no era un tío posesivo, lo era, mucho, y a esas alturas de su vida no iba a disculparse.

Sebastian no le parecía un mal tipo, pero sabía que Aldridge no lo quería cerca de Hadley y él no pensaba marcharse por nada del mundo.

Hadley apretó los labios un segundo ocultando el inicio de una sonrisa, que se coló media y engreída en los de Jesse.

—Buenos días, Jesse —respondió ella echando a andar hacia el interior del box.

Sebastian tardó un segundo más en hacer lo mismo y en esa fracción de tiempo sus ojos se encontraron con los de Jesse, que había seguido a Hadley con la mirada antes de centrarse de nuevo en Sebastian, sin que la sonrisa abandonara sus labios, provocándolo con esa naturalidad convertida en arrogancia devastadora, sabiendo perfectamente que estaría ahí, esperándolo.

Sebastian no dijo nada y comenzó a caminar tras Hadley. Jesse tampoco y volvió al motor.

—Por fin llegáis —se quejó Presley levantándose del sofá del despacho de Hadley.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí?

—No aguantaba más en Nueva York sabiendo que todos estabais en Montecarlo sin mí —contestó como si fuera la piedra angular de toda lógica.

—¿Y el trabajo?

—Soy la mejor relaciones públicas de Manhattan y tengo un equipo excelente trabajando conmigo —respondió casi ofendida, echándose el pelo rubio hacia atrás con un golpe de muñeca.

Presley parecía una pija malvada de realeza británica, pero era solo una pose, su manera de enfrentarse al mundo. Era leal y fiera a la hora de defender a las personas que quería. Hadley estaba en los primeros puestos de esa lista junto a su madre Millicent y su hermano pequeño, Lloyd.

—¿Has dicho que estabas enferma? —replicó Hadley conociéndola demasiado bien.

—No, he dicho que tú estabas enferma y, por supuesto, tenía que cuidarte —añadió con un pucherito que se transformó en una sonrisa—. Montecarlo puede ser un sitio terriblemente peligroso con ese mar tan azul y el casino y esa oleada de edificios tan románticos y bonitos.

Hadley asintió reconociéndole el mérito y Sebastian sonrió al tiempo que negaba con la cabeza, dándola por imposible.

—Además está la prensa —les recordó Presley—. En unos días será la carrera. Os vengo mejor que bien. Sé exactamente cómo controlarla.

—Ahí no te equivocas —intervino Sebastian.

Presley frunció el ceño confusa.

—¿Ha pasado algo? —preguntó.

Hadley también miró a Sebastian sin entender a qué se refería exactamente.

—Afortunadamente nada todavía, pero estamos pisando terreno pantanoso. Los pilotos son la imagen directa de la escudería. Tienen que saber comportarse.

Presley agitó la mano, quitándole importancia.

—Ya sabes cómo es Edward —empezó a decir—.

Siempre tan excesivo, como si fuera la Anna Wintour de la alta sociedad de Nueva York —enarcó mucho las cejas para hacer más hincapié en su discurso—, pero después siempre se comporta con la prensa.

Nunca se arriesgaría a ser protagonista de un escándalo. Sus padres lo matarían.

Los Haistead estaban en la cúspide de la cadena alimentaria de Manhattan. Siempre habían estado allí, con toda probabilidad inventaron la cadena. Si permitían a Edward ser piloto era porque la Fórmula 1 era el deporte más exclusivo que existía.

—No estoy hablando de Edward —aclaró Sebastian.

Hadley arrugó la frente. ¿A qué venía aquello?

—¿Estamos hablando del señor vaquero, entonces? —preguntó Presley divertida.

—No es ningún vaquero —la bajó su amiga de la nube, o lo siguiente que haría sería imaginarse a Kelcey Dutton con un mono de carreras.

—Es exactamente eso —la corrigió Sebastian—. Arrancó una pieza del coche durante la prueba.

—Una pieza que, visto lo visto, no tendría que haber estado allí desde el principio —replicó ella.

—Se burló de Edward.

Hadley soltó una carcajada.

—Edward se metió en ese problema solito.

—No está siendo profesional, Hadley —insistió Sebastian—. No dudo de sus capacidades técnicas, es un piloto extraordinario, pero la forma en la que viste, cómo te trata... Eres la dueña de la escudería, no puede llamarte «nena» en mitad del box. Las impresiones que causamos son muy importantes.

Abrió la boca dispuesta a contestar, pero Presley se le adelantó. Nadie podría haber sido más rápido que ella en ese momento.

—¿Te llama «nena»?

Hadley se encogió de hombros, mandándole la señal fundamental a su sistema nervioso central de que no podía sonrojarse justo en aquel instante.

—No lo he notado —respondió muy digna.

—¿Ah, no? —contraatacó Presley dando un paso hacia ella con esa sonrisilla de «amiga, amiga»—. ¿No notas cuando se te caen las bragas?

Hadley le mantuvo la mirada esforzándose en no sonreír, le estaba costando muchísimo, y cuando Presley no cedió ni un centímetro, no pudo más y una sonrisita de lo más tonta se coló en sus labios.

—No te juzgo. Te entiendo... —la apoyó Presley en un susurro— y te envidio... —añadió cayendo en la cuenta— un poco, sanamente. Bueno, no, te envidio muchísimo. ¿Qué más ha pasado? ¿Te ha llevado a correr?

La sonrisa de Hadley se hizo enorme.

Sebastian carraspeó con corrección.

—Creo recordar que has dicho que ibas a ocuparte de la situación con la prensa —apuntó él.

Presley solo necesitó una mirada para dejarle claro a Hadley que esa conversación no había acabado. Se inclinó para coger su teléfono, que descansaba sobre el brazo del sillón, y se giró dispuesta a salir.

—No lo dudes —respondió a Sebastian justo antes de echar a andar, ya de frente a él—. Contad con que no va a haber ni un solo problema.

Hadley activó su tablet antes de que su amiga saliera y reanudó el trabajo. Aquella mañana tenía un millón de cosas que hacer y quería dejar todo lo relativo a la vicepresidencia listo para poder centrarse en Legacy. Faltaban solo unos días para el Gran Premio y no podía quedar un solo cabo suelto.

Sebastian se quedó observándola con la mente funcionándole a mil kilómetros por hora.

Era un hombre acostumbrado a tenerlo todo bajo control, a observar y decidir, pero, desde que Jesse llegó, de alguna manera todo parecía estar.

.. precipitándose y odiaba la maldita sensación de que la situación se le estuviese escapando entre los dedos.

—Hadley... —la llamó de pronto dando un paso hacia ella. Su voz sonó de una manera que ella jamás habría relacionado con él.

La chica soltó un «hummm» concentrado sin levantar la vista de la pantalla.

Sebastian abrió la boca dispuesto a hablar, pero el móvil de Hadley se le adelantó. En cuanto ella vio la pantalla, su expresión cambió.

—Es Whitemore —uno de los principales accionistas de la junta—, tengo que cogerlo.

Sebastian asintió. Hadley descolgó mientras salía del despacho.

La llamada fue incómoda, como siempre. Hadley poseía el cuarenta por ciento de las acciones de Legacy One.

Era la inversora mayoritaria, pero no la única, así que, le gustase o no, tenía que rendir cuentas ante la junta.

Whitemore era especialmente quisquilloso, complicado, y siempre trataba de ponerla contra las cuerdas.

Cuando al fin colgó, tenía demasiada energía, de esa que no es positiva, sino de la que tienes que quemar rápidamente para no acabar con un humor de perros.

Fue hacia la zona de ingeniería y empezó a trabajar en los gráficos.

Aquella misma tarde tenía la reunión con los accionistas y quería ir tan preparada que no existiera pregunta técnica para la que no tuviera una respuesta.

La meta estaba clara: Legacy no había conseguido que ninguno de sus pilotos acabara entre las diez primeras posiciones en las siete carreras anteriores.

Necesitaban hacerlo urgentemente y puntuar.

La junta entendía que no fueran a estar al mismo nivel que McLaren o Ferrari el mismo año de su fundación, aunque secretamente era lo que esperaban, pero tampoco estaban dispuestos a aceptar un fracaso absoluto.

—Jesse —lo llamó Hadley cruzando el box con un iPad entre las manos, aunque él se dio cuenta de que esa vez no era el suyo—, he estado comprobando el trazado del circuito con Melinda —una de las estrategas—. Los analistas tienen claro el punto exacto en el que debes acelerar en la segunda curva.

Conforme hablaba, señalaba puntos en la pantalla que había movido para que él también pudiese ver.

Hadley llevaba horas entre gráficos y listas de números interminables.

Jesse, que estaba limpiando unas piezas pequeñas con un trapo, frunció el ceño suavemente a la vez que casi sonrió cuando vio. .. ¿una puta ecuación?, ¿en serio?

—Lo importante es que, cuando llegues a esta zona —tocó en un punto y un plano en 3D de las calles de Montecarlo apareció en la pantalla—, seas consciente de la previsión de vientos. Si le aplicamos el rozamiento de base...

Jesse echó a andar hacia el coche concentrado en la pieza mientras Hadley lo seguía.

—Las especificaciones en entorno cero del monoplaza más los resultados en el simulador indican que este tramo podría ser el más complicado.

—Él se acuclilló frente al fórmula uno y colocó la pieza donde debía—.

Tomando como base las estadísticas, podrías controlarlo si vas a este baremo de velocidad.

Jesse se irguió y la observó mientras ella seguía hablando y volvía a mostrarle la pantalla.

—En esta parte, en cambio, el simulador es claro en que...

—Hadley —la llamó con esa arrebatadora naturalidad.

—¿Qué?

—Para.

—No, esto es importante —insistió frunciendo el ceño—. Las cifras y las estadísticas y los ensayos en el simulador... Tienes que conocerlos.

—Las cifras nunca van a hacer que ningún piloto gane una carrera.

—Claro que sí. Solo tienes que prestar atención y escuchar. —Reactivó la tablet para mostrársela de nuevo—. En la segunda y en la tercera curva, las probabilidades indican que un tercio de los coches pasarán a una media de doscientos dieciséis kilómetros por hora.

Jesse siguió observándola mientras ella no paraba de parlotear sobre números y tantos por ciento y... simplemente no dudó, se inclinó, la cogió de las caderas y la cargó sobre su hombro.

Hadley soltó un gritito por la sorpresa. Todos los ojos del box se clavaron sobre ellos, pero a Jesse no le importó lo más mínimo y echó a andar.

—¡Jesse! —lo llamó Hadley con una mezcla de esa misma sorpresa y de algo más.

Se sintió como si no pesase nada en el hombro de él mientras atravesaba el lugar a grandes zancadas, tomaba el pasillo e irrumpía en su despacho.

La sentó en la silla en un fluido movimiento e inmediatamente colocó las manos en los reposabrazos, inclinándose sobre ella, acorralándola.

Los ojos de Jesse atraparon los de Hadley a esa distancia tan corta, tan peligrosa, tan increíble.

Ella sintió su pulso acelerarse, como si su corazón tuviese su propio ingeniero de carreras. Ese calor que no le daba tregua volvió, cada músculo se estiró.

Él siguió mirándola, torturándola, provocándola. Todo a la vez. Sin descanso, sin medida. Hadley nunca había deseado nada tanto como deseaba que él la besase.

La mirada de él bajó a los labios de ella. La de Hadley se derritió en esos ojos en ese momento infinitamente azules.

Y entonces...

Jesse...

Se incorporó.

La comisura derecha de sus labios se elevó en el inicio de una sonrisa y se marchó bañado en la misma deliciosa y mezquina seguridad con la que había entrado.

Hadley tardó un segundo en reaccionar, pero, cuando lo hizo, miró a su alrededor completamente aturdida hasta que acabó resoplando al mismo tiempo que dejaba caer su cabeza contra el respaldo de la silla.

¿Qué acababa de pasar?