Daytona 15
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Las miradas de Jesse y Hadley volvieron a quedarse enganchadas. Ella seguía teniendo la respiración acelerada, pero en ese momento la cabeza le iba increíblemente rápido y Jesse se dio cuenta.

—Tengo que irme —dijo ella tratando de volver a su asiento, pero todo lo rápido que había sido llegar hasta allí, casi como si flotara, era lo complicado que se había vuelto salir.

Jesse la cogió de la cintura y la dejó de nuevo en el puesto del copiloto.

Volvieron a mirarse. Él fue capaz de ver que estaba nerviosa, acelerada, y supo también que no tenía nada que ver con lo que casi había pasado.

—Gracias —murmuró Hadley. No había pasado un segundo completo cuando carraspeó y volvió a hablar esforzándose en que su voz sonase más fuerte—. Y gracias..., ehh..., por esto.

Jesse le mantuvo la mirada sin decir nada, solo captando todo lo que ella decía sin pronunciar una sola palabra.

Hadley salió alisándose el vestido y siguió a la analista hasta su oficina en la motorhome , el cuartel general de cada escudería junto a los boxes.

Theodore Carmichael no era un hombre que pasara desapercibido.

Apenas alcanzaba los cincuenta años, pero tenía la actitud de los que habían llegado todo lo lejos que habían deseado gracias a su propio esfuerzo.

Puede que hubiese nacido en una familia poderosa, pero no se había conformado y había luchado ferozmente por su éxito.

Y Theodore Carmichael no había sonreído ni una sola vez desde que había puesto los pies en Montecarlo.

—Hola, papá —lo saludó Hadley entrando en el despacho.

Él la miró y suspiró con fuerza. Una manera bastante evidente de dejar clara su desaprobación.

—¿Cuánto tiempo va a durar esto? —planteó.

—La última carrera es a principios de diciembre...

—Sabes perfectamente que no es a eso a lo que me refiero.

—Claro que lo sé —contestó sin achantarse.

Theodore había perdido a su mujer cuando solo tenía veintisiete años. Se había quedado devastado; más que eso, todavía sentía un vacío que nadie, ni siquiera su nueva pareja, a la que quería y respetaba muchísimo, había conseguido llenar.

Calder y Hadley eran sus hijos, el mayor tesoro que Theodore había tenido jamás, más que su apellido, que la empresa, que el dinero... y ya había perdido a uno. Iba a proteger a Hadley a toda costa, incluso de sí misma.

—Tienes que volver a Nueva York, retomar tus responsabilidades como vicepresidenta...

—Nunca he dejado de lado mis responsabilidades —fue el turno de interrumpir de ella.

—Controlar asuntos en remoto y gestionar reuniones por videoconferencia puede funcionar, y muy bien, en empresas pequeñas o en otros cargos intermedios, pero la vicepresidenta de la compañía más importante del país tiene que estar, tienen que verla.

Confunden que no estés con debilidad. Además, todo esto —continuó mirando a su alrededor, como si pudiera hacerlo a todo lo que implicaba la Fórmula 1— no es el ambiente apropiado para ti.

¿Por qué presionarte con esta historia cuando puedes estar en Nueva York, viviendo una vida sin complicaciones?

«Me hace sentir pequeña —eso es lo primero que Hadley pensó—, me hace sentir como una niña», pero no lo dijo porque entendía que todo venía de las pérdidas que a su padre le había tocado sufrir. Aun así, no podía evitar sentirse infravalorada y al mismo tiempo frustrada e impotente y enfadada.

—Puedo con esto —trató de hacerle entender, pero su voz no salió tan firme como le hubiera gustado—. Era el sueño de Calder. Quiero hacerlo por él.

Theodore negó con la cabeza.

—Voy a protegerte siempre, ¿entiendes eso?

Hadley tragó saliva a la vez que desvió la mirada un segundo.

—Sí. —Pareció una respuesta, pero en realidad estaba aceptando algo que dolía.

No dijo nada más, caminó hasta su padre y lo abrazó con fuerza, y él sonrió por primera vez en todo el día.

—¿Has pensado en lo que hablamos? —preguntó Sebastian sacándola de su ensoñación.

Ella parpadeó confusa en el asiento trasero del imponente Rolls antes de volver a la realidad... pero lo cierto era que no recordaba a qué se refería.

Sebastian sonrió con ternura y una chispa de condescendencia.

—Siempre tienes la cabeza en las nubes —se metió un poco con ella—. El viaje. Irnos todos a Ushuaia, en Tierra del Fuego, a ver auroras australes.

Hadley asintió. Ya lo recordaba. Sebastian había comentado con Presley, Edward y ella que podrían hacer ese viaje, pero la verdad era que no estaba de humor para pensar en eso.

La conversación con su padre de la tarde anterior seguía rondándole por la cabeza.

Además, la junta la había citado. Los accionistas estaban en Montecarlo para la carrera y habían pensado que sería una buena idea celebrar una reunión.

—Lo siento, estoy un poco distraída por lo de la junta. —Prefirió no mencionar que seguía dándole vueltas a la visita de su padre. No se sentía cómoda hablando de eso con nadie, ni siquiera con Sebastian.

—Ya te he dicho que yo puedo encargarme —le recordó—. Tú solo haces acto de presencia y yo hablo con ellos. Simple.

—Te lo agradezco —respondió—, pero voy a encargarme yo, Seb.

Legacy era su proyecto, su manera de seguir cerca de Calder. Si alguien tenía que defenderlo, debía ser ella.

El coche se detuvo suavemente mientras la verja de seguridad del circuito se abría, reanudando la marcha apenas unos segundos después. No tardó mucho más en detenerse junto al paddock .

El conductor abrió la puerta de Hadley y ella salió. No necesitó caminar más que un puñado de metros para saber exactamente dónde mirar y, lo que encontró, llamó poderosamente su atención.

Jesse estaba en el box, pero no como cualquier otro piloto estaría, comprobando datos con el director de equipo y hablando con el jefe de mecánicos, él estaba con los mecánicos, trabajando en el motor del monoplaza.

.. con el mono bajado hasta la cintura, con las mangas atadas a ella y la camiseta ignífuga blanca remangada.

Hablaba con ellos como uno más, completamente integrado.

Hadley lo observaba con el ceño fruncido, casi sin poder creerlo, pero de alguna forma esa imagen era una confirmación a todo lo que ella sabía de él.

Jesse levantó la vista, como si alguien le hubiese dicho que se hiciese el favor de hacerlo, y la vio, con la tablet descansando entre el pecho y el antebrazo y uno de esos vestidos de niña buena que era como una invitación a fantasear con un centenar de malas ideas.

—Buenos días, nena.