Daytona 14
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Jesse empezó a correr, pero algo pareció no ir bien prácticamente desde la primera curva.

—¿Todo bien, Jesse? —preguntó Julian girándose para ver el coche con sus propios ojos, no a través de la pantalla.

—Sin problemas, señor.

La prueba avanzó, pero, cada vez que el coche parecía ganar velocidad, se hundía. Era como si Jesse no controlara bien el trazado.

Hadley frunció el ceño, pero su confianza no decayó.

A su lado, Edward sonrió medido. Lo estaba disfrutando.

Pasó el sector uno, el dos, se deslizó por la gravilla. Cada vez parecía tener más problemas.

Y entonces se detuvo en seco justo a punto de estrellarse contra uno de los muros de seguridad.

Todos observaron la escena confusos. ¿Ni siquiera había sido capaz de terminar una vuelta?

—Te dije que no te trajeras a alguien de la NASCAR. Aquí no conducimos tractores —le recordó Edward a Hadley—. Son todos iguales. —Se giró hacia Sebastian—. Esto es culpa tuya —añadió apuntándolo con el índice.

Sebastian lo miró mal, pero no dijo nada.

Hadley ni siquiera se molestó en responderle. Sabía que no estaba equivocada. Sabía lo que había visto en Daytona. Pero es que todo eso daba igual porque... confiaba en Jesse, aunque no entendiese cómo ni por qué.

Julian observó las pantallas, las marcas, las estadísticas ofrecidas casi en tiempo real, y volvió a girarse hacia el asfalto.

Jesse salió del monoplaza, se quitó el casco y, decidido, lo rodeó. Lo observó un puñado de segundos y, sin dudarlo, arrancó una parte de la carrocería bajo el alerón y la lanzó a la zona de césped.

—Pero ¿qué hace? —planteó confuso el jefe de mecánicos.

—Ha perdido un tornillo —comentó burlón Edward a punto de echarse a reír.

Antes de meterse de nuevo en el coche, Jesse lo miró y le dedicó una media sonrisa engreída y desafiante. Algo incómodo se agitó dentro de Edward y tomó forma cuando, un segundo después, Jesse salió disparado en el fórmula uno.

En el muro de boxes se miraron confusos sin ser capaces de entender lo que estaba pasando mientras las estadísticas empezaban a llenar la pantalla. Sector tres: récord de tramo de Edward pulverizado; sector uno: aún más diferencia; sector dos: récord del circuito.

Cuando terminó la segunda vuelta, ya no había ni una sola duda de por qué estaba allí.

Hadley sonreía satisfecha y orgullosa mientras lo veía salir del coche con el pelo húmedo por el esfuerzo y varios de los mecánicos y del equipo técnico se acercaban a felicitarlo.

—Y yo te dije que él era la persona correcta —le replicó Hadley a Edward la crítica de antes, disfrutando de cada palabra justo antes de caminar hacia el circuito.

Mientras se dirigía hacia allí, se cruzó con Jesse, quien, a unos pasos de ella, regresaba al interior del box. No dijeron nada, pero esa inexplicable conexión tiró con fuerza de los dos. Ella había confiado en él. Él le había demostrado que podía hacerlo.

—¿Qué opinas? —le preguntó Hadley a Julian sin poder ocultar que estaba realmente contenta.

Julian se incorporó con el trozo de carrocería que Jesse había roto, después de recogerlo del césped.

—Lo mismo que te dije hace tres días. Los pilotos así nunca son buena idea.

—Los pilotos así ganan —replicó Hadley.

—Los pilotos así son peligrosos.

Ella le mantuvo la mirada sin ceder un solo milímetro. Respetaba muchísimo a Julian, pero eso no implicaba aceptar lo que él pensase sin más.

—Es lo que Legacy necesita —sentenció Hadley.

Julian ladeó la cabeza.

—Espero que sepas lo que haces —respondió antes de alejarse

Jesse comprobó alguna de las cifras con los ingenieros de carrera y regresó al box.

La mayoría de los miembros del equipo ya se habían marchado, solo quedaban un par de mecánicos.

Sebastian también se había ido. Le había explicado a Hadley que tenía que atender algunos asuntos de la compañía y que se verían para cenar.

—Esto debería ser suficiente —indicó la analista señalando la segunda línea de datos en la tablet.

Hadley observó el gráfico pensativa.

—¿Estás segura? —insistió—. No quiero correr ningún tipo de riesgo, nos jugamos demasiado.

La mujer asintió, se giró hacia uno de los ordenadores y empezó a teclear. La pantalla sobre ellas se llenó de planos del fórmula uno en cuestión de segundos.

En ese mismo instante, Hadley oyó un pequeño ruido, o eso se dijo, si no, no entendía por qué se había girado sabiendo perfectamente que a quien iba a encontrar al otro lado de la habitación sería a Jesse.

Todavía llevaba el mono de competición que le quedaba ridículamente bien, pero se había desabrochado el cuello, dejando ver el inicio de la camiseta blanca y ajustada que llevaba debajo... blanca y ajustada ... de pronto esas dos palabras sonaban increíblemente bien.

—La resistencia al viento siempre será un problema —continuó la analista.

Hadley se obligó a concentrarse. Se llevó una de las manos a la cadera y apoyó la otra en el mueble mientras se fijaba en los planos.

Pero todo dio igual porque oyó sus pisadas, lentas, cadenciosas, y su calidez la bañó entera antes incluso de que él llegase a su destino: exactamente a un paso de ella.

Jesse se inclinó, sin avisar, sin pedir permiso, como lo hacía todo. Su olor, esa mezcla perfecta de menta y jabón para la ropa, la mareó de la mejor de las maneras.

Hadley nunca se había sentido así en sus veintiséis años de vida, como si algo la estuviera arrasando por dentro a una velocidad de vértigo pero a la vez la dejase llena de flores salvajes, de los colores más vivos, de las que no puedes ignorar.

Apoyó la palma de la mano en el mueble blanco, muy cerca de la de Hadley.

—Creo que hay algo que tenemos que hacer —susurró Jesse con la voz ronca, casi tocando el lóbulo de su oreja.

Calor.

Cosquillas.

Más flores.

Hadley giró la cara y de inmediato sus ojos se toparon con los de Jesse, que no se había movido ni un milímetro, en absoluto incómodo. Esa seguridad, esa comodidad, esa naturalidad, eran hipnóticas.

Ella le mantuvo la mirada sin achantarse.

Jesse se movió, extendiendo su mano. Aquel gesto tuvo mucho de invitación, mucho de orden; mucho de peligroso y mucho de deseo del que te acelera la respiración y te deja con ganas de más.

Hadley miró su mano. Sonrió. Confió. No sabía por qué, pero tampoco necesitaba preguntárselo.

Él cerró sus dedos alrededor de los de ella, como si siempre hubiese sido así, y tiró suavemente haciéndola caminar.

—Tienes que sentirlo —dijo Jesse.

Iba adelantado unos pasos, sin soltarla. Hadley se mordió el labio inferior conteniendo una sonrisa. Había algo en aquella postura que le gustaba.

—¿El qué? —preguntó siguiéndole el juego.

Él se giró, sin detenerse, caminando de espaldas para tenerla de frente.

—La velocidad.

En ese segundo alcanzaron la pista. Hadley frunció el ceño sin entender a qué se refería, pero entonces lo vio, un imponente Mustang negro.

No tenía ningún sentido que estuviera en una pista de Fórmula 1 y, sin embargo, no había nada en el mundo en aquel momento que combinara tan bien con ese instante, con Jesse, con el corazón de Hadley latiendo deprisa.

—¿De dónde lo has sacado? —le preguntó ella.

Jesse le guiñó un ojo con una media sonrisa haciéndose el interesante. Ella negó con la cabeza dándolo por imposible, pero, cuando Jesse le abrió la puerta del copiloto, no dudó en montarse.

Jesse ocupó el puesto tras el volante. Se inclinó sobre Hadley y le abrochó el cinturón asegurándose de que estaba lo suficientemente apretado.

Ella iba a sonreír, pero la intensidad del momento le ganó la partida y solo pudo suspirar mientras los ojos de él, en ese momento más azules que nunca, la dominaban por completo justo antes de recolocarse frente al volante.

Arrancó.

El Mustang voló.

No hubo un momento para aclimatarse, no hubo un inicio suave. Daba igual, Hadley no lo sabía, pero no lo quería. Quería sentirlo todo.

Jesse tenía una mano en el volante mientras la otra descansaba sobre el cambio de marchas. La vista fija en la carretera, dominando el circuito igual que antes lo había hecho con ella, comiéndoselo, jugando con él.

Las curvas.

La velocidad.

Cada metro avanzado despertaba algo en Hadley.

Sus terminaciones nerviosas se hacían hiperconscientes de todo.

Su cabeza, su cuerpo, su corazón reconocían el coche, a Jesse, pero también lo que había fuera, lo que pasaba a un millón de revoluciones, y hubo una extraña comunión entre sentir que todo lo que importaba estaba en el interior de aquel Mustang Shelby GT500 y que el mundo fuera se hacía más grande, significaba más cosas. Todo era posible.

Jesse sonrió sin mirarla, como si supiese que ya la había atrapado... y frenó.

—Quítate el cinturón y ven aquí —le ordenó.

Hadley lo miró confusa, pero la emoción, el riesgo, lo que fuese que Jesse quisiera enseñarle, ganó la partida y se quitó el cinturón.

Él la agarró de la cintura, tomándola por sorpresa, y la sentó en su regazo.

Primero de lado. ¿Importó? Sí. ¿Lo sintieron?

Muy adentro. Muy rápido. Pero entonces la movió hasta que quedó frente al volante.

Su espalda contra el pecho de él. Sus muslos sosteniendo los suyos.

Sus brazos flanqueándola, bañándola de un calor perfecto.

—Pon las manos en el volante —dijo Jesse.

Su cálido aliento impactó en la piel bajo la oreja de Hadley, casi en su cuello.

Ella lo hizo a la vez que dio una bocanada de aire. Sonaba música, pero la radio no estaba puesta.

Jesse controlaba los pedales y las marchas. Aceleró. Hadley conducía. Cada vez más rápido. Cada vez más emocionante. Las rectas se transformaron en curvas.

Cada vez más libres.

Libertad. A eso sabía la velocidad. A la sensación de que controlabas tu destino; de que eras más fuerte que las circunstancias; de que podías con absolutamente todo.

Y era sexy.

Y catártico.

Y sentía a Jesse a su espalda. Sentía su suave aliento. Quería moverse. Quería que se rozaran más, que la estrechara entre sus brazos.

Más revoluciones. Más emoción. Más piel.

Él llevó su mano hasta la cintura de ella. La ancló allí. Apretó con fuerza. Los dos gimieron. Y el Mustang voló por el asfalto.

Jesse frenó hasta parar. La respiración de Hadley era un caos.

—Date la vuelta —volvió a ordenarle.

Ninguno de los dos supo qué había pasado primero, si ella se había movido o si él la había recolocado en su regazo, pero ya estaba a horcajadas sobre él.

Había habido otros chicos, pero ya todos daban igual.

Había habido otras manos, pero ya ningunas parecían importar como esas.

Había habido otros besos... pero ella se moría por ese.

La agarró de las caderas. Apretó con fuerza, deslizándola sobre él hasta que quedaron perfectamente encajados. Ella colocó las manos en sus hombros. La mirada de Jesse se había oscurecido y no era capaz de levantarla de ella, de sus ojos castaños, de su nariz, de sus labios, de ella.

—Jesse... —susurró Hadley antes de que su mente diese luz verde.

—Joder... —gruñó él.

Todas las defensas habían ardido.

Pero un fuerte carraspeo los separó de golpe trayéndolos de vuelta al mundo real. Los dos se giraron hacia la ventanilla y vieron a la misma analista con la que Hadley había estado en el box junto al monoplaza.

Jesse apartó la mirada demostrando lo poco que le importaba cualquier cosa que pasara fuera de ese Mustang.

Hadley la observó esperando a que hablara. La chica, que tenía la vista clavada a un lado visiblemente mortificada por la interrupción, llevó sus ojos de nuevo al interior del Mustang un segundo y otra vez perdió su mirada en cualquier otro lugar.

—Hadley, el señor Carmichael está aquí. Quiere verte.

—¿Mi padre? —preguntó incrédula.