Daytona 13
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La mano de Hadley estaba sobre el pecho de Jesse, con los dedos escondidos en la parte desabrochada de su camisa, sintiendo el latir de su corazón. Eso era lo que había hecho que Hadley hubiese dormido tan plácidamente. ¡Durante todo el vuelo!

Se sonrojó.

¡Era imposible no hacerlo!

Hadley apartó la mano como si el pecho de Jesse quemara y susurró una disculpa mientras empezaba a recoger sus cosas, en realidad, una excusa para no tener que mirarlo.

Jesse la observó y sonrió. Pensó en fastidiarla un poco, pero no quiso hacer leña del árbol caído.

Apenas unos minutos después, Hadley se levantó con su bolso y su tablet entre las manos con la intención de escapar marcharse, pero Jesse, acomodado en el asiento, no se movió.

—¿Me dejas pasar, por favor?

—Me siento un poco utilizado —contestó haciendo rodar las palabras por su lengua, torciendo un poco la boca con la última.

Fastidiarla era demasiado divertido como para resistirse.

Hadley apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea. Se estaba muriendo de la vergüenza, pero cualquier cosa antes de dejárselo ver a ese descarado.

—¿Te sientes utilizado? —Él asintió—. ¿Tú?

—Sí, señora.

Aquellas dos palabras fueron las gotas que hicieron colmar el vaso.

—Tú no podrías sentirte utilizado ni aunque te lo propusieras, Jesse James —le dejó claro Hadley.

Él se humedeció el labio inferior conteniendo una sonrisa y se puso de pie despacio. Su uno ochenta y tres hizo que ella tuviera que alzar la cabeza para seguir mirándolo a los ojos.

Cuando lo hizo, algo se estiró deliciosamente en el interior de Hadley, como si solo Jesse tuviese el poder de despertarlo.

Los ojos de ella se perdieron en los de él esperando a que dijese lo que fuera que iba a decir, pero Jesse sonrió una vez, se giró y se dirigió a la puerta del avión, disfrutando de dejar a Hadley exactamente así.

Ella tardó un segundo de más en reaccionar, pero, en cuanto lo hizo, cuadró los hombros y echó a andar como si nada hubiera pasado, aunque le temblasen las rodillas. Jesse podía ser todo lo guapo que quisiese, pero ella estaba por encima de las circunstancias... o, al menos, eso esperaba.

Él se detuvo junto a la puerta y apenas alzó la cabeza, lo justo para que sus ojos volviesen a encontrar los de ella mientras se acariciaba con los dedos la zona de la mejilla junto a la boca.

Era una maldita provocación. Todo en él lo era.

Hadley le mantuvo la mirada y caminó hasta él, resuelta a demostrarle que no le afectaba.

—Usted primero, señorita —dijo con esos estúpidos modales que lo hacían parecer terriblemente sexy, no porque los tuviera, sino porque en él eran parte de cómo era, de cómo se comportaba, no una imposición ni algo que hacía para ganar puntos.

—No te lo tengas tan creído —lo desafió Hadley justo antes de salir.

—No me des motivos —respondió él.

Hadley fingió no oírlo. De verdad que era un descarado.

Un imponente SUV los estaba esperando a pie de pista y los condujo inmediatamente al circuito Paul Ricard, a poco más de dos horas en coche.

Era impresionante. Había sido construido a finales de los sesenta y, aunque guardaba esa estética, como una joya vintage , todo había sido remodelado y equipado con la mejor tecnología e instalaciones.

El coche pasó los controles de seguridad sin ni siquiera detenerse y finalmente lo hizo junto al paddock .

Hadley observó las vistas con una sonrisa antes de bajarse.

Estaba emocionada. Jesse no pudo evitar hacer lo mismo.

Ese entusiasmo era casi contagioso, como tratar de no mirar un arco iris o algo parecido.

A unos pasos del box, la veintena de empleados que estaban trabajando en él se detuvieron.

Jesse levantó las cejas impresionado. Aquello siempre le había llamado la atención, la devoción que algunas personas podían sentir por otras.

Al fin y al cabo, todos eran seres humanos, sin más.

Todos habían llegado a este mundo de la misma manera y todos acabarían igual.

—Chicos —los llamó Hadley—, quiero presentaros a alguien. Él es Jesse James y a partir de ahora será nuestro piloto.

La audiencia los observó un poco confusa. Estaban convencidos de que el nuevo conductor saldría de la Fórmula 2, quizá de la 3, pero nadie conocía a Jesse James de ninguna de esas dos categorías; es más, algo en su aspecto, en su actitud, hacía patente que él no pertenecía a ese ambiente.

—Pilota en la NASCAR... —explicó Hadley, pero antes de que pudiera seguir un hombre la interrumpió.

Él y la chica parecían de la misma edad. Tenía el pelo oscuro y ondulado, los ojos claros y la misma aura de tipo rico que Sebastian, pero en él parecía más decadente, como si se hubiese escapado de la película Saltburn .

—También lo ha hecho en la Fórmula 1. Hace seis años, ¿verdad?

—Cinco —lo corrigió Jesse.

Lo siguiente que sucedió fue educado, elegante, pero resultó más que obvio que esos dos hombres ya habían decidido que el otro no iba a ser su mejor amigo.

—¿Y tú eres?

Hay quien diría que Jesse lo había preguntado, pero lo que estaba constatando, en realidad, era lo poco que le impresionaba alguien que resultaba evidente que estaba muy impresionado consigo mismo.

—Edward Haistead.

Lo miró esperando a que Jesse lo reconociera. Si eso sucedió, lo disimuló increíblemente bien solo para molestarlo.

—Edward también pilota para Legacy —intervino Hadley.

—¿Cómo que también? —replicó Edward con el inicio de una engreída sonrisa en los labios—. ¿El señor James ya se ha ganado el puesto sin ni siquiera hacer una prueba? No te ofendas —añadió con una falsa amabilidad.

—Tranquilo —contestó Jesse con esa comodidad que lo hacía parecer arrogante—. No me ofendo, Eddie.

Hadley, que había estado a punto de pararle los pies a Edward, solo que Jesse se le había adelantado, mal disfrazó una sonrisa.

Edward y ella tenían un tipo de relación muy concreta.

Tenían la misma edad y se conocían desde antes de saber andar.

Eran como esos hermanos que se comportan como si no se soportaran, pero a los que les encanta pasar tiempo juntos. Un amor-odio fraternal en toda regla.

Por eso Hadley tenía clarísimo que odiaba como pocas cosas que lo llamaran Eddie.

—Edward —lo corrigió con los dientes apretados.

—Pillado —respondió Jesse, pero toda esa insolencia seguía ahí—, y si lo que queréis es una prueba, me parece justo.

Edward dio un paso atrás alzando suavemente las manos en un gesto que pretendía ser humilde cuando era todo lo contrario. Ya había obtenido lo que quería y, como era una norma no escrita en la alta sociedad, no iba a regodearse aunque estuviese disfrutando muchísimo por dentro.

—Julian es quien decide eso —sentenció.

Por inercia todas las miradas volaron a un hombre negro, de mediana edad, que había observado toda la escena apoyado, casi sentado, en uno de los muebles que bordeaban una de las paredes laterales. Tenía los brazos cruzados e imponía respeto, mandaba solo con su actitud.

—Jesse, te presento a Julian Krauss —intervino Hadley señalándolo—, el director de equipo de Legacy.

Jesse asintió como una forma de reconocimiento. No pensaba hacer más.

—Creo que una prueba a estas alturas es bastante inútil, puesto que ya estás contratado.

—Miró a Hadley. Estaba al tanto de lo que los demás le habían dicho sobre Jesse James.

No sabía si traerlo había sido un error, pero estaba seguro de que iba a complicar las cosas.

Los hombres como él siempre acaban haciéndolo incluso si no era lo que querían—.

Pero quizá te gustaría darte una vuelta para familiarizarte con el coche.

Ya te habrás dado cuenta de que andamos cortos de tiempo.

«Solo quedan catorce días para la carrera», pensó Hadley, y contuvo el aliento. Era una locura, pero al mismo tiempo estaba convencida de que saldría bien.

—Claro —respondió Jesse.

Uno de los asistentes lo llevó a la «oficina del piloto», así era como llamaban a la habitación personal que estos tenían en el paddock .

Jesse se cambió. La camiseta blanca ignífuga, el mono del mismo color con rayas negras en los laterales y los brazos, las botas.

Cuando Hadley lo vio salir fue... Ni siquiera sabía qué estaba sintiendo, aunque no tenía dudas de que, fuera lo que fuese, se estaba extendiendo rápido entre el resto de las mujeres que estaban en aquel box y también en un par de mecánicos.

Ver a Jesse con un mono de carreras era una fantasía.

De las que te calientan cuando la cama está fría, para ser precisas.

Escuchó las explicaciones del jefe de mecánicos acerca de las especificaciones del trazado del circuito y el propio monoplaza y simplemente se subió en él, como si lo hubiese hecho un millón de veces antes.

Hadley frunció el ceño. Podía entender que le pasara con un coche de la NASCAR, pero llevaba sin conducir un fórmula uno años.

Entonces recordó las palabras de Jesse en el avión y lo entendió.

Eso no iba de conducir, iba de la velocidad, de no rendirte cuando otros sí lo hacían.

El box se quedó vacío en cuestión de segundos. Nadie quería perdérselo. Hadley cogió unos cascos y se los colocó mientras Julian hacía lo mismo en el muro de boxes, con la vista puesta en las pantallas de datos, flanqueado por el ingeniero principal, el estratega y su analista de datos.

Jesse aceleró.

Hadley sonrió.

La suerte estaba echada.