12
No fue suave.
Tampoco lo suficientemente brusca como para rezar todo lo que supiese, pero Hadley la sintió. Se puso tensa, mucho, en un segundo; después se obligó a relajarse. Fue sutil, como el pequeño suspiro que soltó, pero Jesse lo notó.
La observó de reojo sin mover la cabeza y, cuando supo que todo estaba bien, volvió a su libro, pero entonces las turbulencias volvieron, más fuertes, más largas.
La respiración de Hadley se aceleró. No quería demostrar que estaba nerviosa o asustada, las mujeres de negocios no se asustaban, las mujeres adultas no se asustaban.
Si quería que Sebastian, su padre, los directivos, cada hombre con el que hablaba sobre un contrato o una colaboración, dejaran de verla como a una cría, una damisela en apuros o las dos cosas, no podía comportarse de esa manera, por muy justificado que estuviese.
Era injusto, sí, pero aquellas eran las reglas.
Jesse volvió a observarla de reojo, aunque, si alguien lo hubiera estado mirando, habría creído que seguía leyendo.
Al mismo tiempo, con naturalidad, se recolocó en el sillón, otro gesto en teoría vacío pero que tenía un propósito.
Su rodilla tocó la de Hadley. No fue algo romántico ni sensual y ella lo entendió enseguida, fue apoyo.
Un «No pasa nada. No te preocupes» dicho sin usar palabras.
El alivio fue inmediato. Seguía inquieta, pero ya no sentía que estaba flotando sin nada a lo que anclarse.
Sin embargo, el cielo sobre algún punto del Atlántico tenía otros planes y las turbulencias se hicieron un poco más intensas.
De nuevo nada tan alarmante como para que las luces se apagaran y saltaran las mascarillas de oxígeno, pero sí lo suficiente para que a Hadley se le estuviese volviendo loco el corazón.
Jesse apoyó su antebrazo en el muslo, dejando que su palma descansara sobre la rodilla que tocaba la de Hadley.
Ella lo entendió, lo sintió, y, con la siguiente turbulencia, movió su mano por debajo de la mesa, sin dejar que nadie más que ellos se percatasen, y la colocó sobre la de Jesse.
Él no levantó la vista de su libro, no dijo nada, pero dejó que la mano de Hadley estuviese ahí, todo el tiempo que ella necesitara.
Gracias a Dios, las turbulencias no duraron más que un puñado de segundos más. Hadley apartó la mano; Jesse, la rodilla.
El momento terminó.
Hadley no se sintió juzgada.
Jesse no sonrió con condescendencia.
Fue fácil. Fue justo lo que ella necesitaba.
—La FIA ha organizado una gala —le explicó al rato Sebastian a Hadley, refiriéndose a la Federación Internacional del Automóvil, el organismo regulador de la Fórmula 1—. En el Casino de Montecarlo. Ya sabes, con baile y todo —añadió con una sonrisa.
Su gesto se imitó en los labios de ella.
—El Casino de Montecarlo es un lugar increíble. Desde luego han sabido elegir.
—¿Quieres que envíe el jet a buscar a Presley?
Asintió entusiasmada.
—Eso sería genial, Seb.
Tener a su mejor amiga cerca siempre lo era. Al pensar en aquello, Hadley cayó en la cuenta de algo.
—¿Quieres que traigamos a Cody Lee?
—Cody Lee irá con la camioneta a Nueva York —contestó Jesse.
Lo dijo como si fuera algo normal, pero Sebastian lo miró como si fuese una auténtica insensatez. Ese viaje incluía más de dieciséis horas y cruzar cuatro estados.
—El centro de entrenamiento de Legacy está allí, pero tardaremos en volver —comentó Hadley.
Jesse lo había imaginado. El Gran Premio de Mónaco y el de España se celebraban con una semana de diferencia y estaban relativamente cerca. No tenía sentido volver a Nueva York a entrenar entre los dos.
—Dile a Cody Lee que el avión lo esperará cuando llegue a Legacy —añadió ella—. Es un gran mecánico, cuanto antes se incorpore al trabajo, mejor.
No había mentido, Cody Lee le parecía un mecánico increíble, pero la verdadera razón de traerlo era que entendía a Jesse a un nivel al que ella todavía no lo hacía y seguro que a su piloto le venía bien tenerlo cerca.
—Hablaré con él —prometió Jesse.
Poco a poco, el cansancio fue ganándole la partida a Hadley.
Llevaba semanas de trabajo extenuante, sin apenas descansar, así que el silencio, el zumbido constante y el calor controlado se aliaron en su contra y los párpados empezaron a cerrársele sistemáticamente sin que se diera cuenta.
Luchó todo lo que pudo, aún tenía una docena de archivos que revisar, pero el sueño pudo más y acabó durmiéndose.
Primero, contra su asiento, pero hubo otra cosa que se interpuso en el camino de Hadley en aquel vuelo: la gravedad, y su cabeza acabó cayendo en el hombro de Jesse.
Él se giró un segundo para mirarla y devolvió su vista al libro a la vez que una tenue sonrisa pintaba sus labios.
Sebastian volvió a ser testigo de todo aquello, pero se obligó a apartar la vista y clavarla en la ventanilla al tiempo que la mano de su codo apoyado en el reposabrazos escondía sus labios.
Lo sentía casi ridículo. Jesse acababa de entrar en la vida de Hadley, ¿por qué parecían tener esa especie de.
.. conexión?, ¿por qué le enfadaba siquiera pensar en esa palabra?
Unas horas después el avión aterrizó en la pista privada del Niza-Costa Azul, a poco más de veinte kilómetros del Principado de Mónaco.
La azafata se acercó a decirles que ya podían desabrocharse el cinturón. Sebastian fue el primero en ponerse en pie. Jesse miró a su izquierda, a la cabeza de Hadley aún descansando sobre su hombro. Debía de estar realmente cansada, el aterrizaje ni siquiera la había despertado.
Sintió la mirada de Sebastian sobre ellos, pero le importó soberanamente poco.
Se inclinó sobre ella, dejando que sus labios casi tocaran su mejilla.
—Nena —la llamó con suavidad.
El apelativo inmediatamente captó la atención de Sebastian de nuevo.
Ella murmuró algo y soltó un gruñidito que hizo sonreír a Jesse, pero no abrió los ojos.
—Nena —repitió—, tienes que despertarte. Ya hemos llegado.
Hadley abrió los ojos adormilada, moviendo apenas su cabeza. Sus ojos castaños se toparon con los de Jesse. «Ahora son azules», fue la primera cosa que pensó con claridad.
—¿Ya hemos llegado? —preguntó confusa.
Jesse asintió.
—Hace unos minutos.
Hadley miró el hombro sobre el que estaba apoyada. Estaba tan aturdida por el sueño que tardó en atar cabos, pero entonces se dio cuenta de que el hecho de haber dormido sobre su hombro no era lo peor. ¡Dios, no era lo peor ni de lejos!