11
Hadley estaba a punto de subir cuando su teléfono empezó a sonar.
Pensó en descartar la llamada, pero, viendo que era el CEO del mayor patrocinador de Legacy, decidió responder.
Todos estaban nerviosos con el hecho de que la escudería siguiese sin segundo piloto y, dados los acontecimientos de los últimos cinco minutos, era una buena oportunidad para apagar ese fuego.
—Tengo que contestar —le explicó a Jesse dando los primeros pasos para alejarse.
Él asintió. No podían irse sin Hadley, así que se separó de la escalerilla y se apoyó cómodamente contra uno de los coches que estaban aparcados relativamente cerca del jet .
No había pasado un minuto completo cuando una figura salió del avión.
Sebastian se detuvo un segundo en la escalerilla antes de bajarla.
.. lo suficiente para ver las botas, los vaqueros gastados, la camisa de cuadros y el pelo revuelto del hombre que estaba a unos metros, incluso la bolsa a sus pies que sin duda había vivido tiempos mejores.
No necesitó preguntar para saber que era Jesse James.
Tenía las palabras sur y NASCAR escritas por todas partes.
Una media sonrisa se coló en los labios de Jesse porque dedujo a la perfección lo que Sebastian estaba pensando.
Él era elegante y llevaba traje. Olía a dinero viejo y a colegios caros.
A ese tipo de personas les encantaba reducir al resto a estereotipos pobres, sureños, marginales.
.. Siempre se preguntaba si alguna vez se darían cuenta de que los más clichés eran ellos mismos.
—Debes de ser Jesse James —comentó Sebastian acercándose y tendiéndole la mano con una educación que no dejaba huecos.
Jesse le mantuvo la mirada, pero no movió la mano. No lo estaba desafiando. Simplemente Sebastian no lo impresionaba en ningún sentido, ni él ni su dinero.
—Depende de quién lo pregunte.
Sebastian asintió y recogió el brazo, como si hubiera esperado exactamente esa respuesta.
—Soy Sebastian Aldridge, amigo de la familia Carmichael.
No le gustaba Jesse. No iba a decírselo abiertamente, esa clase de cosas no se hacían, pero quería que le quedara claro en qué terreno se estaba metiendo.
La media sonrisa volvió a los labios de Jesse porque supo exactamente lo que Sebastian estaba diciendo en realidad: «Amigo de Hadley».
—He oído muchas cosas sobre ti.
Ahí estaba la sutil advertencia.
—No te las creas todas —respondió Jesse con esa naturalidad que le hacía parecer arrogante. Tampoco se esforzaba mucho por desmentirlo—. No soy tan interesante.
—Eso le he explicado a Hadley —aparentó bromear.
—A mí, en cambio, ni siquiera me había dicho tu nombre.
Los dos se mantuvieron la mirada, Sebastian, con una sonrisa de director ejecutivo; Jesse, con una traviesa. Se estaban midiendo.
—Supongo que la seguiré oyendo hablar de ti ahora que estás aquí —comentó Sebastian, y ahí estaba otra vez esa territorialidad.
Pero el «territorio» que Sebastian estaba marcando era Hadley y a Jesse le molestó, aunque no supo exactamente por qué.
—Y no voy a irme a ninguna parte —sentenció siendo el mayor tocapelotas de Tennessee, como él solo sabía serlo, y no pudo evitar apretar los puños en los bolsillos de sus vaqueros hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Ninguno apartó la mirada, la tensión empezó a volverse irrespirable, pero entonces los pasos de las deportivas de Hadley sobre el suelo del hangar llenaron el ambiente.
—Jesse —lo llamó con una sonrisa que pudo sentirse en esa única palabra.
Sebastian llevó su vista hacia ella y, en el momento en que la miró, sus ojos se suavizaron.
Jesse también la miró y la tensión de sus ojos se transformó, pero fue una suavidad completamente diferente.
Por un segundo los dos fueron conscientes del otro más que de Hadley.
—Ey, estás aquí —dijo ella al reparar en Sebastian.
Hadley caminó hasta ellos y, sin planearlo, al detenerse lo hizo un paso más cerca de Jesse.
—He hablado con nuestro patrocinador más importante —les explicó—. Está deseando verte correr en Mónaco.
Jesse asintió con esa sonrisa perezosa y engreída que siempre le dedicaba a ella.
—Entonces más me vale hacerlo bien.
Hadley le devolvió la sonrisa.
—Finges muy bien que te importa. Me alegra ver que eres capaz —añadió burlona.
Jesse se rascó la mejilla simulándose pensativo.
—A mí me alegra ver que valoras mi esfuerzo. Me cuesta muchísimo.
Hadley ladeó la cabeza sin dejar de mirarlo, recordándole que a ella no podía colarle semejante frase.
Finalmente Jesse sonrió, ella lo empujó suavemente con una mano y él se dejó. Entre los dos convirtieron aquellos metros de hangar en algo que solo los concernía a ellos.
—Al avión —ordenó.
—Detrás de ti —repitió Jesse.
Como siempre, Sebastian ocupó el asiento junto a la ventanilla, de espaldas a la cabina. Sabía que a Hadley le encantaba mirar el paisaje, pero odiaba ir en sentido contrario a la marcha.
Ella llegó a los asientos justo después y se sentó frente a él. Sebastian sonrió. «Como siempre», pensó. Habían volado juntos en aquel jet más veces de las que era capaz de recordar y todas ellas había sido así.
Jesse apareció tras Hadley. Metió su bolsa en la cabina portaequipajes y se dejó caer en el asiento junto a ella. No pidió permiso. No preguntó. Simplemente se sentó, junto a Hadley. Ella no se sorprendió, pero Sebastian no pudo evitar observar la escena.
Había cierta naturalidad tácita entre Jesse y Hadley, como si sus cuerpos se hubiesen acostumbrado a la cercanía del otro antes de que sus cabezas hubiesen comprendido el mensaje.
Y eso lo enfadó muchísimo... porque Sebastian siempre había querido sentarse junto a Hadley.
El despegue fue tranquilo y apenas media hora después estaban atravesando cómodamente el cielo de Carolina del Norte.
—Bien —empezó a decir Hadley rompiendo el silencio mientras reactivaba su tablet. Al instante la pantalla se llenó de gráficos—. Los chicos me han mandado los datos de Mónaco. Me he pasado gran parte del día viendo vídeos, leyendo estadísticas y comparando números.
Sebastian sonrió orgulloso. Eso era lo que él le había enseñado, a recopilar información, analizarla y tomar la mejor decisión a sangre fría. Hadley podía ser impulsiva, muy visceral, y aunque Sebastian adoraba eso de ella, también sabía que no era la mejor actitud en la vida adulta.
—Mónaco no perdona errores. Es un circuito estrecho con curvas realmente complicadas. Tener un buen coche no garantiza nada —sentenció Hadley.
—Tener un buen coche nunca te lo garantiza —replicó Jesse.
—Pero los datos son claros y leerlos apropiadamente nos da ventaja en un circuito así —intervino Sebastian.
—Lo único que va a darte ventaja en Mónaco o en cualquier carrera es no dudar cuando otros lo hagan —pronunció Jesse.
—Es un trazado complicado —insistió Hadley armada con sus gráficos.
—Todos lo son —argumentó Jesse.
—¿Estás insinuando que nos centremos en seguir corazonadas? —planteó Sebastian.
—No, eso es una estupidez —contestó Jesse sin esconderse—, pero, si las carreras se ganaran solo con los datos, esto no sería un deporte real, sería de fantasía.
—Entonces, ¿qué propones? —continuó Sebastian—. Legacy One es una empresa, no puede basarse en el miedo o la valentía de un piloto.
—Legacy no es una empresa —lo corrigió Hadley—. Es un equipo, una escudería.
Jesse sintió una punzada de orgullo y sonrió. Hadley entendía lo que significaba todo aquello.
—Tienes razón, es un equipo —cedió Sebastian—, pero tenemos que encontrar objetivamente la mejor forma de enfocar esta carrera.
—Y trazaremos un plan —convino Jesse—. Estoy seguro de que habéis contratado al mejor equipo técnico posible y de que tenéis un buen director.
Él creía firmemente en lo que Hadley había dicho. La Fórmula 1 era un deporte de equipo.
—Pero en toda carrera llega un momento, una décima de segundo, en la que el piloto tiene que decidir, es instinto, y tiene que elegir entre apretar el acelerador o no, implique el peligro que implique. Peligro real, no el que dice un simulador.
—Como cuando aceleraste en Daytona después del accidente —señaló Hadley.
Sin darse cuenta, Hadley se había girado suavemente hacia él. Las palabras de Jesse la estaban hechizando, hablaba desde detrás de las costillas. Era como escuchar a un vaquero, como sentir la fuerza de un rodeo. Había algo magnético y muy sexy y auténtico... y sensual.
Jesse atrapó su mirada y asintió.
—La estadística habría dicho que frenase, que me rearmase detrás del safety car y esperara el mejor momento para atacar, pero vi una oportunidad y la aproveché.
Esa era la manera más sencilla de leer aquella situación y la más real.
—Aunque fuese peligroso... —dejó en el aire Hadley casi en un murmullo.
—La velocidad es peligrosa —le recordó Jesse.
Ella no dijo nada, pero tampoco fue capaz de levantar los ojos de él. Tardó un segundo de más en darse cuenta de que se había quedado embobada. Jesse no hizo leña del árbol caído, pero una sonrisa se coló en sus labios.
La azafata, una mujer alta, rubia e increíblemente guapa, enfundada en un uniforme que parecía diseñado para ella, se detuvo junto a ellos.
—¿Les apetece algo de beber? —ofreció.
— Champagne . Dom Pérignon Rosé —pidió Sebastian.
—Agua —añadió Jesse.
La azafata asintió y se marchó, no sin antes mirar más de lo estrictamente necesario a Jesse con una sonrisa en los labios.
Hadley frunció el ceño. ¿A qué había venido aquello?
Unos minutos después se oyó el tapón de una botella al descorcharse y la misma auxiliar regresó empujando un elegante carrito.
Dejó primero una botella de agua frente a Jesse.
Este le dio las gracias sin mirarla, la cogió y la abrió.
La azafata puso una copa frente a Hadley, pero, apenas tocó la mesa de una madera carísima y el mejor barnizado del mundo, Jesse la cogió y la dejó frente a Sebastian, colocando la botella de agua que acababa de abrir en su lugar.
Hadley lo observó confusa. Jesse leyó a la perfección su mirada.
—Alcohol sin haber comido nada en todo el día no suele acabar bien en un avión.
Los ojos castaños de la chica se llenaron de insolencia.
—¿Cómo sabes que no he comido nada?
Jesse le mantuvo la mirada sin arrepentirse ni un poco.
—¿Has comido algo? —preguntó conociendo de sobra la respuesta.
Hadley quería decirle que había arrasado con todo el restaurante del Peabody solo por fastidiarlo, pero acabó sonriendo, en contra de su voluntad.
—No.
Había estado demasiado ocupada recopilando información, calmando patrocinadores, hablando con la directiva, comparando cifras con Julian y los ingenieros.
.. Cuando se había dado cuenta de la hora que era, había tenido que salir hacia el aeropuerto.
El hecho de que Jesse se hubiese percatado de ello hizo que unas burbujitas se despertaran en la boca de su estómago.
Jesse le sonrió de vuelta y acabó suspirando melodramático. Eso solo sirvió para que el gesto de Hadley se ensanchara aún más.
—Por favor, tráigale algo de comer a la señorita —le pidió a la auxiliar.
—¿Salmón con verduras marinadas? —preguntó dedicándole a Jesse una sonrisa arrebatadora que se llevó la de Hadley.
«Esta azafata es muy poco profesional —se dijo—. ¿Desde cuándo flirtear así con los clientes forma parte de sus tareas?».
Pero Jesse no le hizo el más mínimo caso y observó a Hadley esperando a que decidiese. Hadley dudó por un momento. Lo esperado habría sido que Jesse le hubiese hecho caso a un bellezón así, pero... no.
—Eso estará bien, gracias —contestó saliendo de su ensoñación.
La azafata se retiró y Hadley no pudo evitar quedarse pensativa un instante.
Tenían por delante un vuelo de más de nueve horas.
Después de la comida, el jet se sumió en un agradable silencio.
Sebastian estaba trabajando en su portátil y Jesse optó por sumergirse en un libro con las hojas un poco amarillas y el lomo y la portada algo surcados, como si lo hubiesen leído un millón de veces.
Era Lonesome Dove , de Larry McMurtry. Hadley estaba repasando una veintena de contratos. Quería tenerlo todo atado.
Y entonces pasó.
Una turbulencia.