Daytona 10
21%

10

D E VUELTA AL HANGAR DEL AEROPUERTO

Hadley se acercó hasta él y sonrió.

—¿Sigo siendo tu persona favorita? —preguntó mirándolo con esos enormes ojos castaños, como el gatito de Shrek en plena forma.

Sebastian dio una bocanada de aire sin levantar su mirada de ella y, aunque intentó hacerse el duro, acabó sonriendo.

—Está claro que no te lo mereces, pero, sí, sigues siéndolo —contestó entre resignado y divertido.

Al oírlo, la sonrisa de Hadley se ensanchó.

—De todas formas, Seb, no tenías por qué preocuparte —le recordó.

Ya habían hablado por teléfono mientras ella iba de camino a Memphis, así que Sebastian ya tenía toda la información necesaria.

—Sé cuidar de mí misma —sentenció Hadley.

Él le mantuvo la mirada una vez más, pero acabó apartándola con una sonrisa que tenía dibujada una pizca de condescendencia y el preocuparse realmente por ella.

Hadley resopló, pero no dijo nada más. Aquella era la historia de su vida.

Su padre y Sebastian siempre la trataban como si fuera una muñequita a punto de romperse o como si fuera demasiado inocente para poder tomar sus propias decisiones.

La hacían sentir pequeña. Tenía veintiséis años.

Era adulta y capaz y ellos tenían que empezar a entenderlo.

Sin embargo, daba igual cuántas veces hubiesen tenido esa conversación.

Era como chocarse contra un maldito muro con traje italiano a medida.

—¿Ha aceptado? —preguntó Sebastian.

—No lo sé —respondió sincera.

Le gustaría pensar que sí, pero eso sería autoengañarse. Cada vez tenía más claro que Jesse era el piloto que necesitaban, pero también que él no iba a aceptar si no era lo que realmente quería.

—Le dije que, si aceptaba, viniese aquí a las cinco.

Sebastian miró su reloj de pulsera. Aún faltaban unos minutos.

A en punto, observó a Hadley con empatía. No quería que ella tuviese que pedirle que se quedaran un poco más «por si acaso», así que le dio una salida.

—Voy a hablar con el piloto —la informó señalando hacia atrás, hacia la escalerilla.

Ella asintió agradecida y lo vio subir hasta perderse en el interior del jet privado.

Solo habían pasado unos segundos cuando Hadley, sin ninguna noción del tiempo por lo nerviosa que estaba, comprobó la hora en su móvil.

«Supongo que toca aceptarlo», pensó.

Dio una bocanada de aire, cuadró los hombros y se dirigió al avión. Las cosas no estaban perdidas del todo todavía. Encontraría a otro piloto. No iba a dejar de pelear por Legacy.

—¿No me das ni cinco minutos de cortesía, Nueva York?

Hadley se giró al oír ese suave acento sureño, aunque no necesitó hacerlo para saber que cada palabra pertenecía a Jesse James.

Caminaba hacia el avión con esa seguridad que nunca lo abandonaba, con las botas, los vaqueros gastados y una camisa de cuadros remangada que dejaba ver sus antebrazos.

El pelo revuelto, los ojos de ensueño y uno de los brazos levantado, sosteniendo con dos dedos el asa de la bolsa de viaje cruzada sobre su hombro y que se perdía a su espalda.

Era sur. Y gasolina. Y bourbon. Y Memphis.

—Tengo tres reglas —le advirtió deteniéndose frente a ella. Hadley le mantuvo la mirada con una sonrisa insolente, diciéndole sin palabras que disparara—: Nadie decide por mí, ni tú, ni los directivos, ni los patrocinadores.

—Me parece justo.

—Solo me importa el coche, no las ruedas de prensa ni las fiestas ni el saludar a tus amiguitos ricos para que se sientan mejor.

La sonrisa de Hadley brilló un poco más. No le sorprendía ni siquiera un poco. Así era exactamente Jesse, imposible de controlar, imposible de comprar.

—¿Y la última? —lo azuzó.

—Nada de promesas vacías. Ofrece solo lo que puedas cumplir y yo haré lo mismo.

Hadley pensó que aquello era ser honesto de verdad, sin florituras ni ganas de convertirlo en un gran gesto.

Asintió.

—Yo también tengo mis reglas, James.

A Jesse, su actitud, cómo lo estaba encarando, el hecho de que también tuviera algo que dejar claro, le gustaba.

—Soy todo oídos.

—Primera regla —anunció alzando el índice—: Lo que vale es el equipo, no tú. Por muy bien que corras, aquí contamos todos y nos respetamos todos.

La esquina de la boca de Jesse se elevó en el inicio de una sonrisa. En la NASCAR, la Fórmula 1, la Indy, puede que en la pista estuviesen el coche y el piloto, pero no estaban ni mucho menos solos. Las escuderías, en realidad, eran como un motor, todas las piezas importaban.

—Segunda regla —continuó, subiendo el dedo corazón—: No dejes que tu pasado en la Fórmula 1 te afecte. Si te cuesta, habla conmigo y lo afrontaremos juntos.

—¿Te estás preocupando por mí? —replicó socarrón.

—Sí —contestó sincera con una falta de remordimientos que lo desarmó—, así que acostúmbrate.

Jesse sonrió.

—¿Y la tercera?

Hadley añadió el pulgar.

—Quiero que te impliques al cien por cien en esto. Es lo que ofrezco, así que es lo que quiero a cambio.

Jesse le mantuvo la mirada sin que la sonrisa abandonara sus labios. Le gustaba que fuese clara, que no se escondiese, que pidiese lo que quería.

—Sí, señora —contestó dejando que el south drawl , que ya había notado que hacía que le temblasen las piernas, hiciera un poco de magia.

Hadley se obligó a contener una sonrisa. Fracasó un poco, pero se esforzó al máximo.

—Sube al avión —lo riñó.

—Detrás de ti.