Daytona 9
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U NAS HORAS ANTES, AQUELLA MAÑANA, EN T ENNESSEE

Jesse y Cody Lee estaban trabajando en el coche, los dos con la cabeza bajo el capó, los dos en silencio. Era algo muy común en ellos, se conocían tan bien que las palabras eran solo un añadido.

No obstante, Cody Lee decidió hablar. El tema bien merecía la pena.

—¿Has decidido ya qué vas a hacer? —le preguntó.

Jesse no levantó la mirada de la bujía que estaba cambiando.

—Recuerdas la última vez. No hay nada que pensar.

—Y, aun así, aquí estás, pensando —se rio un poco de su mejor amigo.

Jesse no se inmutó, pero tuvo que contener una sonrisa.

No era ningún estúpido, veía dónde estaba lo complicado del asunto y también dónde lo sencillo.

Cinco años atrás, la historia había acabado mal.

No solo para él, aunque fue él el único que pagó las consecuencias.

No le importaba, estaba en paz con aquello, pero no quería volver a sentir que se colocaba en una situación donde otros tenían el poder de controlarlo.

Los dueños, los patrocinadores, la prensa.

.. eran como un puto dolor de cabeza adornado con un lazo rojo gigante.

—Hadley es una monada —contraatacó.

—No estoy ciego, Cody Lee.

—Y no solo eso, te pone en tu sitio y te sigue el juego.

—¿Vas a pedirle una a Santa Claus? —planteó mordaz Jesse.

—No, eso ya lo hiciste tú.

Cody Lee no aguantó y rompió a reír por su propia broma mientras Jesse sonreía. Sabía reconocer un buen chiste cuando lo escuchaba, aunque no tenía tanta gracia si era a su costa.

Jesse se irguió con la mirada aún en el motor y se rascó la nuca tratando de encontrar el problema que hacía que el colector no funcionase como debía.

Durante un rato siguieron trabajando en silencio hasta que Cody Lee volvió a hablar.

—Podría entender que hayas aceptado por ella.

Jesse frunció el ceño.

—¿Cuándo he dicho que fuera a aceptar? —replicó—. Y si lo hiciera, ya lo oíste, lo haría por mí y por Hadley, pero no en ese sentido.

Cody Lee también se incorporó y miró a Jesse de frente.

—Pues entonces escúchame —le pidió—: deberías aceptar. Sé que lo que pasó fue la hostia de injusto y una putada con todas las letras, pero está en el pasado, ¿no? Ahí lo dejaste. ¿Por qué tiene que influir en una decisión que tomes ahora?

Jesse esbozó una sonrisa que pretendía ser irónica para ocultar que estaba vacía.

—Porque hasta los perros aprenden que, si el fuego quema, no tienen que acercarse a una hoguera.

—Pues entonces sé más listo que un perro y aprende a coger el fuego sin quemarte en la hoguera. Confío en ti —añadió fingiéndose muy serio.

—Te diría que no apuestes tan fuerte en contra de un perro —replicó burlón Jesse.

Cody Lee se encogió de hombros.

—Me van los riesgos.

—Podrías pilotar tú para Legacy One.

—Y quitarte lo que más te gusta... me refiero al coche, claro —especificó socarrón, aunque no hacía ninguna falta, solo para recordarle a Jesse... otras cosas.

El aludido contuvo otra sonrisa a la vez que murmuraba «Eres un cabrón». Perdió la mirada a su alrededor. Los pájaros estaban cantando después de la tormenta y todo olía a hierba mojada y a lluvia. Le encantaba ese olor.

Aquel era su refugio. Le costaba imaginarse lejos de él.

—Decidas lo que decidas —volvió a llamar la atención de Jesse Cody Lee—, estaré a tu lado.

Jesse le mantuvo la mirada. Aquello era su constante. Cody Lee era su hermano.

No dijo nada más, giró sobre sus botas y caminó hacia la casa.

—¿A dónde vas? —le preguntó Cody Lee observando cómo se alejaba.

—A hacer lo que mejor se nos da —contestó sin girarse ni detenerse—: tomar malas decisiones.