Daytona 8
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El sonido del teléfono llenó la habitación estridente y molesto. Hadley torció los labios antes de abrir los ojos y, cuando por fin lo hizo, soltó un gruñido al estirar el brazo para coger el móvil.

Estaba muy cómoda. No tenía intención de despertarse todavía. Sin embargo, Presley, su mejor amiga, tenía otros planes.

—¿Qué?

—¿Cómo que qué? —contestó divertida—. ¿Estás viva e intacta o te falta un riñón?

Presley y Hadley se habían convertido en mejores amigas desde que la primera lo decidió unilateralmente durante una aburridísima e interminable gala de la Reserva Federal de Nueva York.

A Hadley le pareció muy divertida y la mejor compinche que podía encontrar en aquel tostón de fiesta, así que aceptó. Lo demás es historia.

—Estoy viva y, aunque no lo he comprobado, creo que sigo teniendo los dos riñones.

La almohada olía genial. Esa era la inquietante verdad. A una mezcla perfecta de madera, jabón y algo suave y limpio y peligroso.

—Vale —contestó Presley—, creo que por ahora me conformo con eso, pero igual Sebastian no opina lo mismo —añadió con retintín—. La última de las siete veces que me ha llamado estaba ajustando los detalles del plan de asalto a la propiedad de Jesse James con los federales.

Presley, Sebastian, Edward, Calder, Hadley, todos pertenecían al mismo selectísimo círculo social, así que todos eran amigos.

—¿Solo los federales? —murmuró Hadley cerrando los ojos de nuevo—. Me siento decepcionada.

—Los mercenarios sin bandera corren a cargo de tu padre —replicó Presley—. Sabes que Theodore siempre ha sido más internacional.

Hadley sonrió. Obviamente sabía que su amiga bromeaba, pero también que, después de una noche incomunicada, Sebastian y su padre debían estar subiéndose por las paredes.

Si lo de los mercenarios no había pasado de hipótesis a realidad era porque, sin duda alguna, Vivian había metido algo de calma en la cabeza de Theodore.

—Estoy bien —aseguró Hadley.

—Yo siempre lo he tenido claro.

Porque se conocían muy bien, Hadley no tuvo ningún problema en detectar el tonillo de esas seis palabras.

—No en ese sentido —despejó dudas abriendo los ojos.

—Es muy guapo —le recordó.

—No está mal.

«Mentirosa», la llamó la voz de su conciencia. Hadley acabó sonriendo en contra de su voluntad.

—Mientes fatal —canturreó Presley—. Pero por eso te quiero.

Hadley entrecerró los ojos. ¿Por qué no era capaz de mentir con soltura? Calder, sus amigos, incluso Vivian y su padre, siempre se reían de ella por eso. Iba a tener que tomar clases o algo así solo para devolvérsela a aquella pandilla.

—¿Lo has visto sin camiseta? —volvió Presley al tema que le interesaba.

Hadley sospechaba que ese era el motivo real de la llamada y no su seguridad.

—No.

—Huele su ropa —decidió de pronto.

—¿Qué? —planteó confusa Hadley—. ¡No! —gritó en cuanto racionalizó lo que acababa de oír.

—Sí —trató de convencerla su amiga—, y luego me lo cuentas.

—Voy a colgar.

—Róbale una camisa de cuadros.

Hadley se quedó boquiabierta.

—Adiós. Te quiero —dijo al fin, y realmente colgó. La conversación se estaba yendo de madre. Eso era bastante habitual con su mejor amiga.

Con el teléfono entre las manos se incorporó hasta apoyarse en el cabecero de madera y escribió un mensaje a Sebastian.

Desactiva la búsqueda. Estoy bien. Nos vemos en el hotel.

Después le pidió al chófer que, por favor, regresara a buscarla.

Hadley perdió la mirada en la habitación y acabó dando una bocanada de aire.

La noche había sido rara, pero no en el mal sentido, aunque tampoco tenía muy claro de qué forma lo había sido.

Le había gustado. No había pasado nada más allá de compartir un techo y ni siquiera el de una misma habitación.

Todo era aún más abstracto e inofensivo y. .. sin embargo...

Decidió no seguir dándole vueltas. Se levantó y fue al baño. Su ropa estaba lista en la secadora. Se cambió, se arregló el pelo y salió.

Solo había dado unos pasos en el salón cuando sus pies se detuvieron casi por iniciativa propia, un sesenta-cuarenta.

Jesse seguía durmiendo en el sofá. Uno de los antebrazos le tapaba los ojos. No llevaba camiseta y la sábana se le había deslizado lo suficiente para dejar ver el músculo que le nacía en las caderas y descendía sexy bajo sus pantalones.

Hadley sonrió y por fin se dirigió hacia la salida principal.

La recibió el olor a lluvia y a hierba mojada; desde que tenía uso de razón le había encantado ese aroma. Allí parecía intensificarse, como si en aquel rincón de Tennessee pudiese estar más cerca de la naturaleza.

Empezó a caminar sin preguntarse a dónde, rodeando la casa. Le encantaban los árboles que se asentaban en la propiedad, que hubiese arbustos. No era un jardín. Aquello era más auténtico.

Una edificación apareció de la nada. Hadley se acercó curiosa. Solo necesitó dar un paso más para darse cuenta de que era un taller. El coche dentro fue una gran pista. Unas escaleras a un lado conducían a la primera planta. Allí, la puerta estaba abierta. Esa debía de ser la casa de Cody Lee.

Hadley se acercó un poco más. Desde el garaje llegaban ruidos de alguien trasteando con herramientas entremezclados con una suave canción country. Cody Lee no tardó en aparecer desde el interior concentrado en lo que Hadley habría jurado que era una llave de tubo.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió después de dar un pequeño respingo que hizo sonreír a la chica—. ¿Una taza de café?

—Te lo agradecería mucho.

Él asintió y volvió al interior del garaje. No tardó en reaparecer con una taza blanca llena de café negro. Con el primer sorbo, Hadley frunció el ceño y apretó los labios.

El hombre sonrió.

—Jesse siempre dice que, si no te despierta, no es café.

—Pues tiene que estar muy contento con este —replicó divertida—. Resucitaría a un muerto.

—Así nos gusta en Tennessee —sentenció.

Los dos volvieron a sonreír.

Cody Lee se acercó al coche y empezó a trabajar en él mientras Hadley curioseaba a su alrededor, un poco en el taller, un poco en la naturaleza que lo flanqueaba.

—Anoche, en la cena, me dio la impresión de que Jesse y tú os conocéis muy bien —comentó Hadley.

No buscaba sacarle información y Cody Lee lo entendió. Simplemente se sentía muy cómoda y quería conocer un poco más de aquel ambiente, incluidos los que lo protagonizaban.

—Toda la vida —contestó él sin sacar la cabeza de debajo del capó.

—¿Gracias a los coches?

Cody Lee se quedó muy quieto un momento, con las manos todavía sobre el carburador, y después volvió a moverlas muy despacio. Lo que sea que fuera que había recordado era complicado.

—Gracias a mi hermano —respondió—. Es lo único bueno que hizo por mí.

Hadley se quedó callada. La verdad es que no sabía qué decir. Tenía la sensación de que le faltaban demasiados datos para responder y que importara y también para que no lo hiciera.

—Mi hermano Kurt era un animal —continuó sincero Cody Lee—.

Me sacaba siete años. Yo era un canijo que apenas pasaba el metro y su entretenimiento favorito y el de sus amigos era hacerme morder el polvo.

No había un santo día que ese desgraciado me dejara tranquilo.

Yo intentaba defenderme, pero le tenía un miedo terrible y nunca conseguía espantarlo.

Hasta que un día, cuando Kurt ya tenía el puño echado hacia atrás para estampármelo en la cara, apareció una bola de pelo rubio a toda velocidad y lo tumbó.

Jesse era otro canijo como yo —añadió con una sonrisa sin dejar de trabajar—, un poco más alto, eso sí, pero no le tenía miedo y le dejó claro que, si volvía a meterse conmigo, se metía también con él y le plantaría cara.

Kurt y los capullos de sus amigos siguieron molestándonos, pero Jesse no agachó la cabeza ni una sola vez ni tampoco me dejó solo.

.. y desde entonces es mi hermano de verdad, de los que importan.

Hadley absorbió cada palabra y sintió como si otras piezas empezaran a encajar, aunque no supiese ni cómo ni dónde ni de qué iba el maldito puzle, pero estaban allí.

—Jesse me ha parecido sincero —dijo Hadley.

—Lo es, y leal también.

Cody Lee se irguió y lanzó un suspiro antes de seguir hablando.

—No te creas todo lo que oigas por tu lado de él. No están siendo justos.

—¿Te refieres a lo que pasó cuando lo intentó en la Fórmula 1?

Hadley frunció el ceño y de inmediato recordó lo que le habían dicho aquellos directivos de otros equipos: «Jesse James no es de fiar», «Jesse James es peligroso». No sabía la historia completa, solo retazos; una mujer, italiana...

Sin embargo, nada de eso parecía cuadrar con lo que ella estaba descubriendo por sí misma.

Cody Lee asintió con los labios apretados. Fuera lo que fuese lo que ocurrió, resultaba evidente que lo llenaba de rabia.

—¿Me contarías lo que pasó?

—Esa historia le pertenece a Jesse.

Ella asintió entendiéndolo.

—Así que aquí estáis. —La voz llegó ronca y un poco rasposa por el sueño.

Hadley se giró y vio a Jesse acercándose, con los vaqueros, la camiseta y las botas, obviamente la ropa del día anterior. Lo primero que había pillado y lo justo para no aparecer en pijama.

—¿Café? —le ofreció Cody Lee.

—Por favor —respondió—. Buenos días, nena —dijo cuando pasó junto a Hadley en busca de su taza.

—Buenos días —murmuró por inercia.

La forma en la que la llamó no le pasó desapercibida a Hadley, que se quedó mirando cómo caminaba sintiendo una mezcla de confusión y chispas brillantes. Lo había dicho con absoluta naturalidad, pero allí, para ella, aquella palabra se había quedado flotando a su alrededor.

—¿Has dormido bien? —le preguntó después de dar el primer sorbo.

—Muy bien —respondió Hadley—. Perdón otra vez por robarte la cama.

—Perdonada —contestó Jesse con esa sonrisa torcida, divertida y engreída a partes iguales.

Ella echó un vistazo a su reloj de pulsera y por un momento se sorprendió a sí misma sin querer decir lo que debía decir.

—Tengo que marcharme ya —anunció—. El chófer me estará esperando.

Jesse asintió.

Hadley sabía que no tenía que repetir que, si aceptaba, lo esperaría en el aeropuerto. Las cosas estaban claras, las apuestas echadas y las decisiones por tomar.

Jesse la acompañó de vuelta a la entrada principal. Caminaban prudentemente separados, pero era imposible escapar de la energía de un hombre como él.

—Buen viaje de vuelta —se despidió Jesse.

Fue el turno de asentir de Hadley.

—Buena suerte conduciendo, lo hagas donde lo hagas.

Jesse le mantuvo la mirada. Era una estupidez decir que eran amigos, pero también que se conocían igual de poco que hacía unos días en Daytona. Para bien o para mal, para que siguiera contando o no, las cosas entre ellos ya eran diferentes.

Hadley se montó en el coche y regresó a Memphis.

Sebastian tenía una reunión detrás de otra, así que no pudieron verse.

Por su parte, Hadley pasó el resto del día en su habitación de hotel, primero en una larga videoconferencia con Julian Krauss, el director de Legacy, y después hablando con los ingenieros y analistas y recopilando información, y, cuando faltaba poco más de una hora para las cinco, salió hacia el Aeropuerto Internacional de Memphis.

Se bajó del elegante todoterreno negro con mariposas en el estómago. No sabía qué iba a pasar. No sabía si Jesse aceptaría, pero no tenía dudas de que era lo que necesitaba.

—Te habría caído genial —murmuró como si pudiese hablar con Calder.

Le agradeció al chófer por hacerse cargo de sus maletas y accedió al hangar, donde descansaba el avión privado en el que despegaría en unos minutos.

Hadley contuvo incluso la respiración sin ni siquiera darse cuenta.

Y entonces lo vio.

A unos pasos del jet .

Buscándola con la mirada.