7
Jesse caminó hasta la puerta, la abrió y la mantuvo así mientras sus ojos dominaban los de Hadley. Ella recordó todas las veces que había oído que Jesse James era peligroso, las que lo había pensado, pero aun así echó a andar y cruzó el umbral de aquella casa.
Lo primero que sintió cuando el suelo de la casa crujió bajo sus pies fue que aquello era un refugio.
Era sencillo, pero estaba lleno de la calidez de las cosas importantes.
Un sofá viejo, mullido y cómodo; una lámpara en una esquina llenando el salón de la luz más bonita del mundo; una mesa redonda de madera pesada y estable, cuatro sillas a su alrededor.
Los muebles no hacían juego, no había nada elegante, pero es que aquel lugar no lo necesitaba. Olía a las flores silvestres del jardín cuyo aroma se colaba por todas partes, a madera y a jabón.
Hadley se fijó en una foto en una de las estanterías.
Era de dos chicos de unos diez años con el pelo rubio, la cara y las camisetas manchadas de grasa y dos sonrisas enormes.
Uno de ellos le pasaba el brazo por los hombros al otro, los dos delante de un coche con el capó abierto.
Sonrió. Estaba segura de que eran Jesse y Cody Lee.
Siempre habían sido amigos. Esa idea, no supo por qué, le gustó.
En otra foto, Jesse debía de tener unos veinte. Estaba vestido con un mono de competición delante de un Chevrolet con el número 46. Se veía igual de seguro que en aquel momento. Hadley volvió a sonreír. Igual de engreído. También parecía satisfecho, orgulloso... feliz.
—Aquí tienes. —La voz de Jesse le hizo volver la cabeza.
Él se detuvo a su lado con una sudadera doblada y lo que parecía un pantalón de chándal.
—¿Dónde es esta foto? —preguntó señalándola.
Jesse frunció el ceño.
—¿No te preocupa lo más mínimo que piense que estabas cotilleando?
Hadley se encogió de hombros en absoluto arrepentida.
—Estaba cotilleando —sentenció.
La clara aceptación del delito pilló por sorpresa a Jesse, que sonrió. El gesto automáticamente se calcó en los labios de ella.
—La primera vez que gané en Indianápolis.
Hadley volvió a mirar la foto.
—¿Toda tu vida han sido las carreras? —indagó.
—Toda mi vida han sido los coches —contestó Jesse cruzándose de brazos y apoyando el costado en la pared—. Lo de las carreras llegó después.
—¿Cuándo?
—Estás preguntando demasiado.
—Y tú te estás escondiendo —replicó rápida manteniéndole la mirada.
Jesse se separó de la pared sin decir una palabra al tiempo que se descruzaba de brazos y daba un paso hacia ella. La distancia tan pequeña obligó a Hadley a levantar la cabeza para poder seguir mirándolo a los ojos. A Jesse le gustó, lo calentó por dentro.
—Desafiarme —pronunció con la voz ronca, llena de un salvaje magnetismo capaz de rendir imperios a la vez que se inclinaba sobre ella— no va a valerte siempre para salirte con la tuya.
Por un instante Hadley perdió la capacidad de hablar. Jesse estaba muy cerca y su cuerpo lo notaba, como las cerillas notan cuando se prende la llama.
—¿Qué hay de malo en saber un poco más de ti?
—Nada —respondió Jesse sincero negando con la cabeza—, pero soy yo quien decide qué contarte y cuándo hacerlo.
—¿Y si no puedo esperar?
Jesse le mantuvo la mirada sin ningún problema, dejando que esa seguridad que siempre lo bañaba de pies a cabeza brillara hasta cegarlo todo.
—Pues a lo mejor tienes que suplicar, señorita Carmichael.
Hadley tuvo la sensación, otra vez, de que Jesse la tocaba aunque sus manos no se hubiesen movido.
La lluvia cayendo constante contra las ventanas, sobre el techo, los aislaba de todo.
—Cámbiate —le ordenó Jesse—. Después cenamos.
Hadley recogió la ropa y fue hasta el baño.
Regresó a los pocos minutos envuelta en una sudadera que le llegaba hasta la mitad del muslo y unos pantalones de chándal que le estaban ciertamente enormes.
Se remangó las mangas camino de la cocina, donde Jesse y Cody Lee estaban preparando la cena.
—¿Con qué me pongo? —planteó, pero la pregunta murió en sus labios cuando Jesse caminó hasta ella, la cogió de las caderas y la sentó en la encimera.
—Quédate ahí y no estorbes —le dijo, y al final de la frase su irritante sonrisa hizo acto de presencia.
Las manos de Jesse abandonaron la piel de Hadley tan rápido como llegaron, sin quedarse un segundo de más. Ni siquiera pareció darle importancia. Solo fue práctico, físico, directo, pero Hadley sintió todos esos adjetivos y un par más un poco más complicados.
—Así que este es el legendario encanto sureño —se burló desde la encimera.
Jesse no la miró, pero la recordó con su sudadera que le quedaba enorme y esbozó otra sonrisa.
—Así hacemos las cosas por aquí, Nueva York —sentenció.
Los chicos siguieron preparando la cena. Menos de una hora después los tres estaban sentados a la mesa disfrutando de pollo frito picante, ensalada de col y pan de maíz.
Hablaron un poco de todo, menos de Legacy One o la Fórmula 1, y de nada. Música, programas de televisión, cómo era viajar, cómo era quedarse en Memphis, incluso de las chocolatinas preferidas de cada uno. Hadley fue muy clara: «Ninguna Goo Goo Cluster puede compararse a una 3 Musketeers».
Al terminar, ella se levantó y empezó a recoger los platos, era lo mínimo que podía hacer ya que no la habían dejado ayudar con la cena, pero, en cuanto alcanzó la verticalidad, Jesse y Cody Lee hicieron lo mismo y empezaron a coger platos y vasos.
Hadley sonrió camino del fregadero. Ya se había dado cuenta de que los dos tenían esa clase de modales.
Si ella se levantaba, ellos lo hacían. Jesse le había abierto la puerta, Cody Lee, la cerveza, y, durante la cena, le habían servido primero.
A Hadley le gustó. Obviamente estaba acostumbrada, pero en Nueva York, en las cenas de alta sociedad, siempre le había parecido algo impostado; allí sonaba real.
—Creo que es un buen momento para marcharme a casa —anunció Cody Lee dejando un par de vasos en la pila—. Pasamos demasiado tiempo juntos —picó a Jesse.
—Vives en esta propiedad —replicó el aludido cerrando el frigorífico, donde acababa de dejar las sobras—, literalmente a diez metros.
Cody Lee fingió mirar al infinito melodramático.
—Mi remanso de paz —soltó.
Hadley sonrió y el amigo de Jesse le guiñó un ojo divertido.
—Señora —se despidió colocándose la gorra.
—Eso no va a protegerte de la lluvia —le recordó Jesse.
—Pues serán diez metros muy interesantes —respondió abriendo la puerta.
El ruido de la lluvia se hizo más fuerte, recordándoles a los tres que lo que había allí fuera era una auténtica tormenta.
—Buenas noches, Cody Lee —se despidió Hadley.
Para cuando la puerta se cerró, ella ya estaba camino de su bolso. Sacó el móvil. Tenía mensajes pendientes, pero, sobre todo, quería hablar con Sebastian. Seguro que estaba preocupado.
Sin embargo, el teléfono parecía no pillar cobertura.
Hadley frunció el ceño.
—¿En serio...? —protestó en un murmullo sin levantar los ojos del pequeño símbolo en la esquina superior de la pantalla.
—Es la lluvia —le explicó Jesse—. La señal volverá cuando pare.
Hadley resopló, dejó el móvil junto a su bolso y se olvidó de él. Enfadarse no iba a hacer que la cobertura regresase. Tocaba adaptarse. Solo esperaba que Sebastian no se preocupase demasiado.
—¿Podrás sobrevivir sin tu teléfono una noche? —se burló Jesse.
Ella torció los labios.
—No me preocupa, siempre puedo pedirte que me enseñes a hacer señales de humo.
Jesse asintió grandilocuente.
—Yo soy más de palomas mensajeras.
Hadley le mantuvo la mirada. Quería seguir con la broma, pero no pudo más y rompió a reír.
El sonido se hizo pequeño hasta diluirse en esa especie de suave silencio que se había extendido entre los dos, en toda la casa. Era extrañamente cómodo, peligrosamente sencillo. Algo a lo que podías acostumbrarte demasiado rápido.
—Quédate con la cama —dijo Jesse señalando vagamente hacia el dormitorio—. Yo dormiré en el sofá.
Hadley negó con la cabeza casi interrumpiéndolo.
—No me parece bien robarte tu cama.
Jesse atrapó sus ojos castaños. Con esa luz, los suyos parecían más grises que nunca.
—No hay ninguna posibilidad de que yo duerma en una cama mientras tú lo haces en un sofá.
No dejó espacio para las dudas ni para las réplicas. Hadley se dijo que era por eso de los modales de chico del sur, pero su cuerpo volvió a encenderse despacio, sin miedo, disfrutando del fuego que empezaba a arder.
No dijo nada más y se dirigió hacia la habitación. Ese silencio, la calidez que se respiraba, pareció guiarla, seguirla, envolverla. Jesse lo notó.
Justo antes de entrar, se giró.
—Buenas noches, Jesse.
Tres palabras, un mensaje claro, normal, pero parecieron sonar muchas más cosas.
Él la miró, con su ropa, en la puerta de su dormitorio, con el pelo recogido en un moño sin ninguna intención. Si en aquel momento hubiese pensado en una palabra, habría sido familiaridad .
—Buenas noches, Hadley.
Y sus tres palabras también dijeron más cosas, muy bajito.
La noche fue avanzando. La lluvia siguió cayendo.
Ella, en esa cama que olía a Jesse. Él, en el sofá, bocarriba, con el antebrazo bajo la cabeza y la otra mano descansando en su pecho desnudo, con la mirada al techo.
Los dos eran conscientes de dónde estaba el otro.
El repiqueteo de las gotas se empeñaba en recordarles que estaban solos allí, que la intimidad era exactamente eso.
Que eran solo... ellos.