Daytona 6
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Jesse no pensó que Hadley llegaría hasta Tennessee. Aun así, cuando la vio allí, no se sorprendió.

—¿Qué quieres? —preguntó.

Sabía qué era, pero también que esa pregunta era el punto de partida de esa conversación. No es que tuviera especial interés en tenerla, pero le había dicho que, si iba hasta allí, la escucharía y Jesse siempre cumplía su palabra.

Hadley también sabía que él sabía lo que ella quería, pero entendió las normas del juego.

—Quiero que seas el piloto de Legacy One.

—Ya tenéis un piloto.

—No es el hombre que necesitamos.

Jesse le mantuvo la mirada. No se escondía. Eso tenía que reconocérselo.

En ese instante alguien silbando apareció desde el lateral de la casa. Hadley lo reconoció de inmediato. Era el hombre que confundió por Jesse en Daytona.

Cuando él la vio, sonrió. La sonrisa de alguien que había ganado una apuesta.

—Señora —la saludó levantando ligeramente la visera de la gorra que llevaba. Tenía el mismo acento que Jesse.

—Hola —le respondió Hadley con una sonrisa.

Por unos segundos los tres se quedaron en silencio. Jesse estaba cómodo así, era su elemento; Hadley estaba esperando para una nueva ronda en la conversación que se traían entre manos, y Cody Lee supo que era el momento de complementar el carácter de su mejor amigo.

—¿Le apetece algo de beber? —le preguntó.

Ella asintió.

—Sí, gracias.

Cody Lee entró en la casa y salió con tres cervezas. Le pasó una a Jesse y dejó la suya en la mesa para poder abrir la de Hadley antes de entregársela.

Con un golpe de cabeza, Jesse le señaló la mesa a unos pasos, con dos sillas que parecían más de playa que de jardín. En cuanto Hadley se sentó en una de ellas, Cody Lee lo hizo en la otra y Jesse se acomodó en el primer escalón del porche.

—Aquí las conversaciones importantes siempre empiezan así —le dijo Cody Lee a Hadley divertido antes de guiñarle un ojo.

Hadley volvió a sonreír. No sabía por qué, pero la verdad era que se sentía extrañamente cómoda.

Tenía algo que ver con el ambiente, con que se estuviera poniendo el sol con una mezcla imposible de naranjas y dorados iluminándolo todo, volviéndolo del color de una espiga de trigo, o aquellos árboles, o ese calor húmedo que cruzaba el ambiente.

—Me gusta este sitio —pronunció mirando hacia el atardecer.

No lo hizo para ganarse a Jesse y él lo entendió.

—Es muy diferente de Nueva York —marcó él lo obvio.

—Al contrario de lo que has dado por hecho, nunca he considerado que Nueva York fuese el único sitio que merece la pena, Memphis —se burló de él usando su ciudad como apodo, exactamente como él había hecho con ella.

Cody soltó un silbido y Jesse se llevó el botellín a los labios ocultando una sonrisa. Hadley hizo lo mismo, pero no se molestó en esconder su gesto, que tenía un deje de orgullo.

A Jesse empezaba a picarle la curiosidad porque, sí, había dado por hecho que Hadley era la típica niña rica que pensaba que solo las cosas que podías encontrar en una gran ciudad eran importantes; en cierta manera lo seguía pensando, pero ella decía cosas como esa, había ido hasta allí, sola, valiente, y de pronto las piezas ya no encajaban en el puzle.

—¿Por qué crees que yo soy el piloto que estás buscando? —preguntó Jesse.

—Te vi correr.

—Una vez. —Torció los labios desdeñoso—. Pudo haber sido suerte.

—¿Ahora es cuando tengo que regalarte los oídos diciéndote que sé que no?

—No, ahora es cuando me dices que me necesitas y yo sigo haciéndome el interesante.

Hadley soltó una risa mordaz.

—Te caes demasiado bien.

—Nunca he afirmado lo contrario.

Los ojos de él atraparon los de ella. Hadley le mantuvo la mirada, pero por dentro sentía un pequeño motín, su cuerpo despertándose de nuevo como en el garaje, centímetros nuevos iluminarse, llenarse de música, brillar.

—No somos el mejor equipo —confesó—, ni tenemos el mejor coche, pero hay mucho potencial y estoy segura de que saltará con el piloto adecuado, uno que no levante el pie del acelerador cuando la cosa se ponga complicada.

Jesse sonrió.

—Eso es peligroso.

—Soy consciente de lo que pido.

—Eso ya es algo.

—También sé que no sería la primera vez que lo intentaras en la Fórmula 1.

Las palabras tocaron algo dentro de Jesse, pero, como cada vez, no le dio espacio para quedarse. Aquella historia pertenecía a su pasado y, cuando algo está en ese lugar, darle vueltas no va a hacer que tenga otro final.

—Parecía gustarte muy poco y no suele ser lo normal en los pilotos, así que hice un par de preguntas —se explicó—. ¿Quieres saber lo que me contaron?

Jesse le dio un trago largo a su cerveza.

—Lo que pasó, pasó —sentenció—. No me arrepiento ni tampoco quiero redimirme.

Cody Lee lo observó. Pareció querer decir algo, pero guardó silencio.

Hadley asintió.

Ella no sabía la historia completa, ni siquiera gran parte. Solo le habían mencionado que se había metido en un lío, que había cabreado a quien no debía y que había acabado fuera del equipo cuando era uno de los pilotos más prometedores aquella temporada.

—Si aceptas, tendrás menos de una semana para prepararte.

—¿Quieres que me haga con un coche de Fórmula 1 en una escudería nueva en una semana?

—Y que ganes el Gran Premio que toca, Mónaco, siendo precisos.

—Si quieres, también puedo hacerte un truco de magia y pintarte un retrato mientras estoy al volante.

—No te exijas tanto —replicó burlona.

Hadley le dio un trago a su botellín. Era consciente de que estaba pidiendo un imposible, pero también de que ya iba siendo hora de que las tornas giraran un poco y fuera ella quien le lanzara un desafío a él.

Una sonrisa —la sonrisa, torcida, perezosa e irritante— volvió a los labios de Jesse. Otro gesto que Hadley estaba aprendiendo a asociar solo con él.

—No saldrá bien —le aseguró Jesse.

Podría aceptar cobrar una millonada y pasearse de circuito en circuito el resto de la temporada, pero no quería engañarla. No lo hacía con nadie, pero justo en aquel momento no quería hacerlo con ella.

—No puedo permitirme otra posibilidad. Legacy One es demasiado importante.

Si hubiese estado hablando con cualquier otra persona, Jesse habría tenido claro que era un problema de dinero, recuperar la inversión, seguir funcionando, pero no era ningún estúpido y Hadley era una Carmichael.

Esa familia tenía más dinero que el resto de los ciudadanos del país juntos.

Tener una escudería podía contar perfectamente como capricho.

.. Y aun así algo le decía que la cosa no iba por ahí para nada.

Hadley guardó silencio un puñado de segundos. No porque dudase, sino porque había cosas que no le apetecía rememorar. Sin embargo, se negaba a que fuera un recuerdo triste y simplemente habló de él.

—Legacy One era el sueño de mi hermano Calder. Murió hace un año y yo decidí seguir adelante con el proyecto por él.

Hadley adoraba a su hermano mayor. Era su persona favorita en el mundo. Divertido, inteligente, con carisma, protector. Era su mejor amigo y su mayor apoyo. Su familia, en todos los sentidos bonitos de la palabra.

Jesse, que estaba apoyado contra la columna del porche, perdió su vista al frente. El sol casi había desaparecido y la noche empezaba a tomar el cielo.

—Siento tu pérdida —contestó sincero—, pero no voy a aceptar por eso. Por aquí, los hermanos mayores no siempre significan buenos recuerdos.

Hadley frunció el ceño y esperó algo más de información, pero Jesse mantuvo silencio. Cody Lee tampoco dijo nada y, con la mirada clavada en algún punto del suelo, en el pasado, en realidad, le dio un trago a su cerveza.

—No espero que aceptes por eso —respondió Hadley—. Esos son mis motivos, no los tuyos. Quiero que aceptes porque quieras hacerlo, porque quieras ganar, o esto no saldrá bien.

Había probado con pilotos cegados por el sueño de la Fórmula 1, con los que lo hacían por el dinero, incluso con los que les motivaba la fama y la perfección de ese deporte en concreto, como pasaba con Edward, y nada de eso parecía funcionar.

Necesitaba a alguien que conociese los problemas, los peligros, y aun así siempre eligiese ganar, costara lo que costase.

Jesse asintió.

—Si acepto, lo haré por mí —contestó sin dudar— y por ti.

No lo dijo en un sentido romántico, ni siquiera por empatía. Lo hizo porque ella era quien estaba al otro lado de la mesa. Si aceptaba, eso los uniría en el mismo frente. La frase de Jesse era como un acuerdo de palabra.

Hadley lo entendió.

—Es lo justo —respondió—. Mañana por la tarde salgo a Mónaco. Si aceptas, te espero en el aeropuerto de Memphis a las cinco.

Ya había dicho todo lo que tenía que decir. La pelota estaba en el tejado de Jesse.

Hadley se levantó. En el momento en el que lo hizo, Jesse y Cody Lee hicieron lo mismo. Ella sacó el móvil de su bolso y dio un paso hacia el porche.

—Gracias por escucharme —le dijo a Jesse. Se giró hacia Cody Lee y sonrió—. Gracias por la cerveza.

—Un placer —contestó el amigo de Jesse.

Hadley giró sobre sus talones, aunque francamente no quería hacerlo, le gustaba aquel lugar. Se había hecho de noche y los grillos empezaban a cantar. Se respiraba paz.

No se había alejado más de un par de pasos cuando sintió cómo le caían un par de gotas. Frunció el ceño y abrió el registro de llamadas para ponerse en contacto con el conductor.

No pudo hacerlo. De pronto empezó a llover, pero no de una manera normal, aquello era una lluvia torrencial.

Hadley se quedó inmóvil, pillada completamente por sorpresa.

Solo fue un segundo, pero, antes de que pudiera reaccionar, sintió unos dedos rodear su muñeca y tirar de ella hasta hacerla correr.

Al girarse, vio a Jesse guiándola de nuevo hasta el porche.

Subieron las escaleras y al fin consiguieron refugiarse.

—Pero ¿qué ha sido eso? —preguntó confusa.

No había habido previo aviso, solo dos gotas y de repente estaba cayendo el diluvio universal.

—En esta época del año funciona así —explicó Cody Lee—. Un par de segundos bajo esta lluvia y acabas calado hasta los huesos.

Por inercia, Jesse observó a Hadley. Su pelo castaño en ese instante le caía húmedo hasta casi tocarle los hombros y la camiseta se le había pegado a la piel igual que la falda de flores, y probablemente tendría las zapatillas empapadas.

Parecía más frágil, más pequeña, pero extrañamente más valiente.

—Ni siquiera he tenido tiempo de llamar al conductor —comentó Hadley.

—Olvídate de que un coche atraviese los caminos de tierra para llegar hasta aquí con esta lluvia —contestó Jesse.

Solo las camionetas preparadas podían hacerlo y, aun así, era arriesgado. Cuando diluviaba de esa manera, lo mejor que podías hacer era prepararte algo de comer y quedarte en casa.

—¿Y qué voy a hacer? —planteó mirando al cielo, tratando de discernir cuándo dejaría de llover.

—De momento, cambiarte de ropa si no quieres pillar una pulmonía —respondió Jesse como si fuera obvio— y, a no ser que el cielo nos sorprenda a todos y deje de llover, quedarte a dormir.