Daytona 5
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El jet relucía en la pista privada del aeropuerto. Parecía recién salido de fábrica, como todo lo que rodeaba a la familia Carmichael.

Hadley salió del Rolls decidida, le dio las gracias a su chófer con una sonrisa y se dirigió llena de seguridad a las escalerillas.

—Sigo pensando que no es una buena idea.

La voz de Sebastian la frenó y se giró hacia él. Dio una larga bocanada de aire, levantando los hombros en el proceso. No era la primera vez que hablaban de eso a lo largo de aquella mañana y Hadley ya había dejado clara su postura.

—Voy a ir —sentenció—. Legacy One necesita un piloto así.

—Hay otros pilotos —le recordó Sebastian.

Ella negó con la cabeza.

—Dos se han marchado en lo que va de temporada. Ninguno es capaz de darlo todo hasta el final.

—¿Y qué pasa con Edward?

—Edward es bueno, pero no lo suficientemente... arriesgado —completó la frase Hadley después de necesitar un segundo para encontrar la palabra adecuada.

—Querrás decir temerario —la corrigió Sebastian con ese aire de profesor sexy echando una reprimenda.

—Sí, temerario —admitió ella sin arrepentirse—. Es lo que necesitamos y Jesse James lo es.

Sebastian se quedó observándola. No la estaba estudiando, era otra cosa. Hadley podía ser demasiado impulsiva, pero eso no era el problema, él podía protegerla. Lo que realmente le preocupaba era Jesse.

—¿Por qué no aceptó el trato en Daytona? —planteó él.

Era incapaz de entender por qué Hadley había accedido a seguirlo a Tennessee.

—No lo sé —respondió sincera—. Dijo que no era el lugar para hablar de esas cosas.

Sebastian resopló mentalmente. ¿En serio el garaje de una carrera no era el lugar ideal para hablar de un contrato para un piloto? Sonaba a chiste malo.

—No quiero que juegue contigo —pronunció.

—No va a jugar. Me conoces, Seb —añadió—. Sé defenderme y sé marcar mis límites. Voy hasta allí porque haré lo que haga falta para que Legacy One salga adelante.

Una ligera brisa de mediados de mayo cruzó la pista del JFK moviendo suavemente el bajo del vestido de Hadley.

—El problema es que él puede saber todo eso y usarlo a su favor.

—Bueno —se encogió de hombros con ese aire dulce que a veces parecía ocultar el hecho de que era una mujer que tenía muy claro cómo funcionaba el mundo—, tendré que ser más lista.

Sebastian negó con la cabeza un par de veces con la vista perdida en ninguna parte en realidad antes de volver a centrar sus ojos en ella. La idea seguía sin gustarle lo más mínimo. Hadley se dio cuenta y caminó hasta quedarse frente a él.

—Déjame al menos que vaya contigo —propuso—. Pospondré la reunión con los accionistas de...

Ella lo interrumpió colocando las palmas de las manos en su pecho.

—No hace falta —replicó manteniéndole la mirada—. Me las apañaré.

—Puedo ocuparme de esto por ti.

Hadley dudó. No quiso, pero lo hizo; al fin y al cabo, Sebastian solo la estaba protegiendo...

—Es cosa mía —respondió en cambio, porque lo cierto era que esa manera de protegerla la hacía sentir insegura y eso no le gustaba. Ella era consciente de lo que era capaz. No podía flaquear.

—Está bien —cedió Sebastian.

Hadley sonrió.

—Pues vámonos —dijo apartándose con una sonrisa y encaminándose de nuevo a la escalerilla del jet llena de energía.

Sebastian la siguió con la mente yéndole demasiado rápido en demasiados sentidos.

Menos de tres horas después aterrizaron en el aeropuerto de Memphis. La ciudad los recibió con casi treinta grados y una humedad sofocante. Todo el estado estaba inmerso en una de las peores olas de calor de los últimos años.

—En Nueva York están a veinte perfectos grados —gruñó Sebastian ajustándose la chaqueta.

Hadley lo miró de reojo mientras ambos caminaban hacia el coche y sonrió.

Sebastian era una persona que cuidaba mucho su imagen.

Era una norma en la familia Aldridge que había aprendido desde pequeño, así que era materialmente imposible que se quitara la chaqueta y se paseara por ahí en mangas de camisa.

—Pues yo creo que deberíamos disfrutar —respondió deteniéndose un segundo, cerrando los ojos y apuntando su cara hacia el sol.

Cuando él la miró confuso con el ceño fruncido, ella rompió a reír.

—Vámonos al hotel antes de que te derritas dentro de ese traje. Creo que Hugo Boss no los diseñó para eso —añadió burlona.

El tráfico les dio un poco de tregua y no tardaron en llegar al Peabody, el hotel más exclusivo y casi aristócrata de la ciudad. Era clásico, elegante y una opción segura.

Hadley revisó su móvil. Tenía varios mensajes, la mayoría de Presley, su mejor amiga, pero también había uno de su padre y dos de Vivian, su madrastra.

Al contrario de lo que las películas Disney se habían empeñado en perpetuar, no todas las madrastras eran malvadas.

Hadley adoraba a Vivian y el sentimiento era más que mutuo.

Además, la admiraba muchísimo. Tenía su propia empresa, que había levantado de la nada, y con tan solo treinta y cuatro años era una de las gestoras de crisis más importantes y reclamadas, incluso a nivel internacional.

Miró el reloj. Tenía que salir ya o no llegaría a tiempo. Decidió contestar los whatsapp a la vuelta y salió de la habitación. El coche y su chófer ya la esperaban abajo. Sebastian ya se había marchado a su primera reunión.

Hadley intentó empaparse de todo lo que pudo durante el viaje.

Memphis le pareció una ciudad eléctrica y llena de vida.

Los rascacielos competían con edificios de no más de una planta de un precioso ladrillo visto de un intenso color rojizo y los locales estaban llenos de las promesas de neones que convertirían las noches de la ciudad en magia.

Pero lo mejor fue que, cuando empezaron a salir de Memphis, el asfalto se transformó en caminos de tierra, y todos esos edificios, en campos de girasoles, trigo y maíz. Lo que antes parecía eléctrico en ese momento era una suave calma llena de paz y cosas antiguas, pero esenciales.

Nadie podía decir que el cambio era brusco, las dos versiones de la ciudad coexistían, se complementaban. Hadley no pudo evitar pensar que así era como debía ser. Daba igual lo diferente que fueran dos cosas, siempre podían ayudarse a ser mejores.

Finalmente, el coche se detuvo frente a una casa de madera con el techo de un tenue marrón y las paredes color crema y blanco. Era sencilla, pero muy bonita. El porche delantero estaba rodeado por una baranda también de madera blanca y separado del suelo por cuatro escalones.

Varios árboles grandes albergaban la casa, protegiéndola, y el viento, que cada vez soplaba con más fuerza, movía las hojas, haciéndolas sonar.

—Puedes irte —le dijo amable al conductor—. Te avisaré cuando vaya a marcharme para que me recojas.

Él asintió.

—Tenga cuidado, señorita. Este viento trae lluvia.

—Lo tendré, gracias.

El todoterreno se fue rodando suavemente sobre el camino de tierra y Hadley dio un paso hacia delante.

No tenía miedo. Una mezcla de expectación y emoción le recorría el cuerpo.

Una pequeña sonrisa se coló en sus labios mientras su corazón se aceleraba.

Sentía que estaba exactamente donde debía estar.

Por Legacy, pero también por ella. ¿Aquello tenía algún sentido?

Se oyeron pasos dentro de la casa, unas botas contra el suelo de madera. La puerta se abrió, una mano empujó la otra de malla de metal y Jesse apareció en aquel porche.

Llevaba unos vaqueros gastados y una camiseta de manga larga remangada con cuatro botones en el cuello redondo.

Los dos primeros estaban desabrochados. El pelo castaño claro, casi rubio, seguía revuelto como si se lo hubiese peinado con las manos, como si no lo hubiese hecho en absoluto y esos ojos que no había sido capaz de descifrar continuaban jugando a esconder su color.

Jesse la miró. No dijo nada. Pero ella se sintió vista.

Él caminó hasta apoyarse en la baranda de madera que rodeaba el porche. Sus ojos volvieron a encontrarse.

—Aquí estoy —dijo ella.

Jesse se humedeció el labio inferior ocultando una sonrisa. Ese gesto que Hadley ya había aprendido que significaba más.

—Aquí estás —sentenció.

Y el viento volvió a colarse entre los árboles, haciéndolos sonar.