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Hadley entrecerró los ojos un segundo y pensó muchas cosas durante los siguientes.
Lo enfadada que estaba, por ejemplo. Lo idiota que era él, también.
¡En serio, ¿quién se creía que era?! ¡Ya era urgente saberlo!
Sin embargo, empujó todo eso hacia abajo; le costó, muchísimo, pero, por muy de los nervios que le pusiera Jesse, al final estaban hablando de negocios y ella iba a controlar la situación.
—Lo siento, señorita Carmichael —se disculpó el hombre al que había tomado como al piloto.
Cody Lee, ese era su verdadero nombre, apartó la mirada un poco incómodo. Se levantó y se alejó unos pasos para no acabar en medio del fuego cruzado.
Hadley observó como huía y volvió a centrarse en Jesse. Él seguía mirándola sin ningún tipo de problema, casi divertido, y con el mismo desafío en esos ojos de un color imposible.
Podría haber hablado, haberle puesto las cosas más fáciles, pero Jesse no tenía ninguna intención.
No porque estuviese molesto o enfadado, ese no era el caso, sino porque la gente de gran ciudad con grandes ínfulas que pensaba que los demás ardían en deseos de ser como ella no le gustaba.
No se podía confiar en esa clase de personas.
Además, una parte de él estaba disfrutando poniéndole las cosas complicadas justo a ella.
—Me da igual quién sea Jesse James, tú o él. —Hadley dijo exactamente lo que quería decir—. El trato era para el piloto del coche 46 y sigue en pie.
Jesse le sostuvo la mirada antes de perderla completamente a propósito a un lado mientras volvía a esbozar una sonrisa a la vez que se humedecía el labio inferior.
—¿Y si no me interesa? —planteó provocador, volviendo a llevar su vista hacia ella.
Eso era lo que Jesse era y lo que mejor sabía ser, incluso se le daba mejor que pilotar coches a toda velocidad: un maldito provocador. Con los hombres normalmente terminaba en pelea y una cerveza fría después; con las mujeres, en la cama... y una cerveza fría después.
—Obviamente puedes hacer lo que quieras —respondió Hadley—, pero, si lo rechazas, creo que estarás de acuerdo conmigo en que dejarás clara una cosa.
—¿Cuál, si puede saberse?
—Que tienes miedo —sentenció sin dudar. Jesse dio un trago a su cerveza y se levantó mientras la tragaba con esa expresión engreída, divertida e irritante.
Cadencioso, caminó hasta quedarse a unos pocos pasos de Hadley—.
Puede que seas muy valiente montando en un coche, pero no lo eres en la vida real.
Él guardó silencio un momento, marcando el tempo, asegurándose de que las cosas pasaban cuando él quería que pasasen.
—Señorita Carmichael —le dijo, no por sonar educado, sino para recordarle de dónde venía sin siquiera mencionarlo.
A Hadley le picó más que si la hubiese llamado «princesita de Nueva York»—, solo hay dos cosas en las que creo: Dios y el estado de Tennessee, y puedo jurar por ambas que el miedo no tiene nada que ver con mi decisión respecto a este asunto.
—Entonces... —dejó ella en el aire.
—¿Qué? —replicó torturador él sin darle tiempo a pensar, sin apartar los ojos de ella cuando ya estaban tan cerca.
Hadley no pudo evitar sumergirse en ellos. Dependiendo de la luz eran azules, verdes, grises; eran increíbles.
Jesse olía a gasolina y a metal caliente, y por un momento, solo una fracción de décima de segundo, Hadley se preguntó a qué sabría.
—Te estoy ofreciendo una oportunidad por la que muchos matarían —le recordó.
Él negó con la cabeza dando un paso más, casi acomodándola contra él sin llegar a tocarla. Hadley notó chispas, notó calor.
—El día que entendáis que lo que os importa solo os importa a vosotros... —comentó Jesse con ese acento acariciando cada palabra.
—¿Otra vez generalizando?
Jesse torció los labios.
—Puede ser —confesó sin remordimientos—. ¿Otra vez dando por hecho que voy a correr a decir que sí?
Hadley le mantuvo la mirada. Aquello era un duelo y ella no podía perderlo. Lo que estaba en juego era demasiado importante. Pensó. Rearmó las bases.
—¿Qué necesitarías para aceptar? —cambió de estrategia.
Fuera lo que fuese, ella se encargaría. Jesse la miró entendiendo exactamente eso. Y Hadley frunció el ceño al darse cuenta de que esa podía ser la idea por la que justamente se negase.
Trató de reelaborar el plan y decir algo más, pero él no le dio tiempo. Se separó de ella, se volvió y echó a andar hacia la parte trasera de la zona de los garajes. En cuanto llegó a la altura de Cody Lee, este se levantó y se colocó a su lado.
—No me has contestado —le recordó Hadley.
—No lo sé —respondió al fin sin darse la vuelta ni dejar de caminar.
—Eso significa que tienes que pensarlo, lo entiendo...
—Eso significa que no pienso hablarlo aquí, Nueva York —la interrumpió Jesse de nuevo sin parar ni mirarla—. Si quieres convencerme, tendrás que venir a buscarme.
Hadley frunció el ceño.
—¿A dónde?
—A Tennessee.