Daytona 3
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Antes incluso de que el piloto se bajase del coche, Hadley ya estaba de camino a los garajes.

En aquel lugar, no. Todos hablaban a la vez, olía a goma quemada y a gasolina y los mecánicos lo celebraban o ahogaban sus penas con una cerveza mientras la música no dejaba de sonar.

Un hombre estaba sentado junto a él, quitándose los guantes. Parecía agotado. Tenía el pelo castaño, bigote y barba de tres días. Los ojos, marrones y profundos.

—Jesse James —lo llamó con seguridad y una sonrisa sincera—, soy Hadley Carmichael.

Él no la miró de inmediato. Primero cruzó la vista con el mecánico que estaba con la cabeza metida en el Chevrolet. Durante un par de segundos parecieron tener una especie de conversación telepática y finalmente llevó su vista hacia ella.

—He visto la carrera y ha sido increíble —continuó Hadley—. Más que eso. Sé que muchos pensarán que ha sido temerario, pero yo creo que ha sido valiente. Mucho.

El mecánico sacó la cabeza del capó y se irguió, caminó hasta una pequeña nevera y sacó un botellín de cerveza helada. La abrió con la mano y lanzó el tapón a una pila a unos metros. Regresó al coche y se dejó caer hasta apoyarse, casi sentarse, sobre él.

Tenía la parte superior del mono atada a la cintura, dejando al descubierto la camiseta ignífuga, blanca y ajustada.

Llevaba el pelo húmedo castaño claro, prácticamente rubio, echado hacia atrás con las manos y la cara algo manchada de polvo y grasa, haciendo que sus ojos azules, casi grisáceos, casi verdosos, destacaran todavía más.

Con el primer sorbo barrió a Hadley con la mirada de arriba abajo, con descaro.

Ella frunció el ceño.

«¿De qué va? —pensó—. Es un maleducado. ¿Y por qué es tan ridículamente atractivo? ¿Y por qué me siento así?».

«No te distraigas», se riñó.

Ese hombre podía ser todo lo guapo que quisiera, y todo lo descarado también; ella, en aquel momento, estaba por encima de las circunstancias.

—Tiene una forma de conducir realmente buena —Hadley volvió a la conversación que importaba, centrándose en el piloto—. Ese empuje y esa fuerza es justo lo que busco. Me gustaría que se convirtiera en el nuevo piloto de mi escudería de Fórmula 1. Soy la propietaria de Legacy One.

Pronunciarlo, como cada vez, le dejó un regusto amargo en los labios, pero se negó a darle espacio a ese sentimiento.

Jesse la miró estudiándola. Hadley entendió que era justo darle un momento para asimilarlo antes de hablarle del contrato.

—¿Y qué le hace pensar que aceptará?

Las palabras llegaron moduladas a través de un suave acento sureño, pero no fue Jesse quien habló, fue el mecánico.

—No todo el mundo se siente obnubilado por la Fórmula 1 —añadió con una mezcla de desafío y engreimiento.

Hadley recogió el guante incluso antes de entender que lo había hecho. Era su cuerpo respondiendo por ella.

—No es mi intención que el señor James se sienta así —respondió—. Solo le estoy dando una oportunidad.

—Oportunidad —repitió haciendo que el south drawl , esa manera de hablar en sitios como Tennessee o Louisiana, convirtiera esa única palabra en algo sexy. Hadley lo notó, aunque no supo cómo ni por qué—, interesante palabra. Yo tengo otra para usted: arrogancia.

Hadley dejó escapar una risa mordaz.

—¿En serio, tú —hizo hincapié en el pronombre obviando las formalidades— me estás diciendo que yo estoy siendo arrogante?

Él la miró y una sonrisa torcida y perezosa se deslizó en sus labios.

—Sí, señora —respondió sin un gramo de arrepentimiento.

Solo dos palabras, pero Hadley las notó en cada hueso de su cuerpo.

Sintió como si hubieran embotellado el sur y se lo hubiesen dado, como si todas esas cosas que enseñaban las películas —un porche en verano con una cerveza en la mano mientras el sol se ponía, música country en una camioneta, la suave sensación del calor húmedo acariciándote la piel mientras los grillos cantaban al fondo de un campo de maíz— se hubiesen materializado por un segundo frente a ella, envolviéndola, y una conexión sin nombre ni motivo acabase de crearse llena de chispas.

—La Fórmula 1 es más que un deporte —contestó Hadley obligándose a estallar su propia burbuja—. No puedes decir que eres el mejor piloto de coches del mundo si no ganas allí.

El mecánico negó despacio, como si le estuviera regalando el esfuerzo de hacerlo, y Hadley entrecerró los ojos sobre él.

—Esto es lo real —afirmó señalando vagamente con su cerveza a su alrededor.

—La Fórmula 1 lo es.

—Aquí importa el coche, el piloto y nada más. Es salvaje —hizo una pequeña pausa dejando que esa palabra trepara por la piel de Hadley haciéndole cosquillas—, pero apuesto a que ya te has dado cuenta.

Por un momento se quedaron mirándose a los ojos.

Los de él, ella aún no lograba identificar si azules o grises o verdes, los de ella, castaños.

Hadley nunca había conocido a un hombre así.

¡Era odioso! Tan seguro de tener razón, tan encantado de conocerse.

Además, se había permitido juzgarla sin ni siquiera haber cruzado cuatro palabras con ella.

La estaba tratando como si fuera una cría rica incapaz de entender el mundo en el que se movía.

—Y también a que te ha encantado, ¿eh? —remató él la conversación mirándola por encima de su botellín. Otra vez descarado. Otra vez engreído.

—¿Quién te crees que eres? —planteó Hadley.

—El que te ha calado a la perfección.

—No me conoces —replicó.

—No lo necesito —respondió encogiéndose de hombros con tanta naturalidad que pareció casi un insulto—.

Me basta con ver tu vestido, tus zapatos, tu peinado y saber que no encajas aquí y no sabes nada de esto.

Tu sitio está en la gran ciudad, en una mansión y, por supuesto, en un paddock de Fórmula 1 —añadió como si eso fuera lo peor de todo mientras seguía luciendo esa irritante sonrisa.

—Jugar a analizar a las personas es barato y superficial —contestó sin achantarse.

Hadley era muy dulce y confiada e impulsiva y visceral también, pero ella elegía con quién serlo.

.. Criarse entre hienas de la alta sociedad le había dado el superpoder de no dejar que nadie la tratara como ella no quería que la tratasen—.

Yo podría hacer lo mismo contigo y decir que lo que pasa es que te asusta dar el salto a lo grande y jugar con los mayores.

Al oírla, se humedeció el labio inferior ocultando una sonrisa. Debería haber sido un gesto inocente, pero tenía mucho de peligroso, demasiado, y algo dentro de Hadley se tensó deliciosamente al entenderlo.

—No pasa nada, lo comprendo —continuó ella—. Aunque tampoco eres ningún niño, ¿no? Deberías tener en cuenta que la edad juega en tu contra para ser el mejor. ¿Tienes treinta? —planteó ladeando la cabeza sin levantar la mirada de él.

—Treinta y dos —respondió.

Ella asintió como si le estuviera dando el pésame.

—Y tú vienes de ¿Connecticut? —planteó él para dejar clara su teoría.

—Nueva York —sentenció Hadley.

La miró a los ojos y esa sonrisa torcida volvió.

—Fallo mío —sentenció, pero no sonó como si lo creyera, más bien fue todo lo contrario, como si cualquier cosa por encima de Carolina del Norte no tuviese ningún interés para él.

Hubo un poco más de desafío, de miradas, de chispa, de conexión.

Hadley se obligó a centrar toda su atención en Jesse James y pasar de ese mecánico demasiado atractivo para traer nada bueno.

—Entiendo perfectamente cuándo alguien conduce con instinto y estoy convencida de que podría ganar y ser un gran piloto en la Fórmula 1. No tiene que dudar. Puede con ello.

El mecánico alzó una ceja.

—Eso suena a alguien que cree que cualquier piloto correría en la Fórmula 1 como si nada.

—Y tú suenas como alguien que se tiene demasiado aprecio.

Soltó una risa baja.

—Eres tú quien ha venido aquí pensando que nadie diría que no.

Hadley cruzó los brazos.

—He venido a ofrecer una oportunidad.

Él volvió a asentir. Hadley sintió un tirón que no supo entender.

¿Por qué se comportaba así? ¿Quién demonios era ese hombre?

«Me da igual», refunfuñó Hadley.

«Pues no lo parece», le replicó la voz de su conciencia.

—¿Acepta o no? —volvió a centrar la conversación Hadley, olvidándose de ese tipo y centrándose en Jesse. Al fin y al cabo, estaba aquí por él.

—Eso tendrás que preguntármelo a mí —respondió el mecánico separándose por fin del coche.

—¿Y se puede saber por qué? —preguntó Hadley molesta volviéndose hacia él.

—Porque yo soy Jesse James.