Daytona 2
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El rugido de los coches se comió el ambiente y la alcanzó como si estuviese escuchando un millón de guitarras eléctricas en el mismo segundo.

No era un sonido elegante ni contenido; era casi animal.

Salvaje. Sintió la vibración bajo los pies, en el estómago, en la sangre que empezaba a recorrerle el cuerpo deprisa.

Mientras, el público estalló en aplausos, silbidos, gritos de pura excitación por lo que estaban presenciando y lo que sabían que vendría justo después.

Ella sonrió. Sebastian se inclinó ligeramente en su dirección.

—Esto no es exactamente sutil —comentó burlón.

Hadley no apartó la vista de la hilera de coches junto a la línea de salida.

—Creo que no tiene que serlo —respondió divertida.

Los coches salieron disparados y, en cuestión de segundos, ella dejó de pensar en todo lo demás. Aquella batalla por la velocidad, el riesgo y esa lucha constante por el espacio eran casi hipnóticos.

Y entonces lo vio.

El coche número 46.

No necesitó que nadie se lo señalara. Se movía distinto. Más cerca del límite. Más agresivo. Donde otros dudaban, él empujaba. Donde otros levantaban el pie, él lo mantenía en el acelerador.

—Ese —dijo Hadley—. Tiene que ser ese.

No había dudas.

Sebastian frunció el ceño tratando de ver lo que era obvio que ella había notado ya.

La carrera estaba siendo una verdadera pasada. Veinte coches a trescientos kilómetros por hora, tan pegados que se habían transformado en una especie de serpiente que se movía con una maestría brutal a través de una coreografía imposible.

No era la última carrera, pero daba igual. En la NASCAR siempre se lo jugaban todo.

El Daytona Speedway se venía abajo. El público gritaba, los vitoreaba, aplaudía enardecido, exaltado, sintiendo cada segundo. Era como una carrera de cuadrigas romanas y aquel era el circo, lleno de pan, sangre y gloria en toda su extensión.

Entonces pasó.

El número 46 hizo el primer movimiento.

Arriesgó más que los demás. Lo arriesgó todo.

Mientras las gradas contenían la respiración, se salió de la fila, adelantó a uno, a dos. El segundo aceleró. Pasó al primero.

Los motores rugieron como si de verdad fuesen caballos libres, las ruedas se llenaron de chispas doradas, saltaron los fuegos artificiales iluminando la playa.

Y todo ocurrió en un segundo.

El choque fue descomunal. Un Chevrolet contra otro, los dos contra el lateral y más de diez vueltas de campana antes de acabar a orillas de la pista.

El resto de vehículos frenaron, se apartaron, el miedo jugando su papel en la dinámica de la supervivencia, pero eso no iba con el 46.

Él dio más gas, esquivó el pánico y los trozos de metal en la calzada.

El último acelerón hizo que sus ruedas giraran rojizas, como si el fuego lo impulsara, pasó el accidente, al segundo clasificado y enfiló la cola del primero.

Ya solo era cosa de ellos dos.

Una vuelta más y todo habría acabado. El safety car no los atrapó. No tenían que frenar. La victoria, entre ellos.

El circuito se elevó creando una pendiente imposible.

Hadley se levantó hasta quedarse casi pegada al cristal sin poder apartar la mirada de lo que estaba pasando.

Velocidad.

Temeridad.

Valentía.

Otra curva. Los rivales casi tocándose. El coche de seguridad se retiró. Los que iban detrás recuperaron velocidad.

El Chevrolet. El Ford.

Serpentearon, esquivando a los demás corredores.

El 46 pisó el acelerador. Era peligroso, casi ilógico, pero por eso no podías dejar de mirar.

Llegó el instante crítico donde se debía frenar, respirar para no salirse del circuito; sin embargo, él no lo hizo.

El primero tampoco tenía intención, pero en el último segundo dudó.

El 46 no. Salió disparado. Y, una recta después, atravesó la meta a trescientos veinte kilómetros por hora.

—Eso ha sido una inconsciencia —comentó Sebastian—. Ha entrado demasiado fuerte.

—Es valiente —dijo Hadley.

—Temerario —la corrigió.

—Ambas cosas suelen ir de la mano y creo que necesitamos las dos —replicó con esa sonrisa que siempre significaba que había tomado una decisión.

Hadley no esperó un solo segundo más, giró sobre sus peeptoes de Louboutin y se dirigió a la salida del palco vip.

Sebastian suspiró preocupado.

—Hadley —pronunció despacio—, es imprudente —le recordó, bloqueándole el paso pero sin invadir su espacio—. Un piloto así trae problemas.

Ella negó con la cabeza.

—Un piloto así trae hambre —replicó aún más convencida que antes—. Pasión. Fuerza. Justo lo que nos hace falta.

—La Fórmula 1 no funciona así.

—Pues haremos que a nosotros nos funcione.

Theodore siempre decía que su hija era testaruda y no se equivocaba. Si Hadley no lo fuese, ni siquiera habría acabado haciéndose cargo de ese lío enorme, en primer lugar. Una vez que tomaba la decisión de apostar por algo o por alguien, no había marcha atrás. Iba con ello hasta el final.

Así que no esperó a que Sebastian respondiera.

—Quiero hablar con él —sentenció.