Daytona
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—¿Estás segura de esto? —preguntó Sebastian.
Hadley lo miró y asintió.
—Sí —contestó sin dudar.
Él perdió sus profundos ojos color chocolate al frente.
Finalmente soltó un pequeño suspiro y sonrió, aquella sonrisa bonita y medida que siempre parecía decirle a Hadley «Es una locura, pero voy a cuidar de ti».
Con Sebastian siempre había sido así, incluso antes de que todo pasara, pero en ese momento parecía serlo un poco más.
—Es cierto que todo ha sido un poco... improvisado —añadió ella tratando de buscar la palabra adecuada.
Ni siquiera tenían que estar en Daytona Beach. El destino original era Kansas City, pero unos problemas técnicos habían provocado que la NASCAR tuviera que reubicar la carrera.
Daba igual. Hadley debía comprobar por sí misma si era verdad todo lo que le había contado sobre él porque, de ser así, había encontrado al hombre que necesitaba.
Dio una bocanada de aire y movió la mano hacia la manija de la puerta.
El chófer predijo el movimiento y se adelantó bajándose deprisa y abriéndole la puerta del Rolls Royce.
En cuanto puso los pies sobre el asfalto, el Daytona International Speedway entró en su campo de visión y por un momento se quedó embobada.
Era mucho más imponente de lo que imaginaba.
«Sabes por qué estás aquí, Hadley —se dijo—. No tienes un segundo que perder».
Sebastian se bajó con su gracia habitual y, abotonándose la chaqueta de su traje gris oscuro, rodeó el elegantísimo vehículo hasta colocarse al lado de ella.
Hadley lo miró de reojo y esbozó una sonrisa.
Lo conocía desde siempre, aunque no desde siempre habían sido amigos.
Era lo que solía pasar con los mejores amigos de los hermanos mayores, tardaban un poco en darse cuenta de que la hermana pequeña podía ser algo más que esa cría molesta que los seguía a todos lados.
Se dirigieron al circuito, pero, conforme más se adentraban en el enorme aparcamiento, más se daban cuenta, sobre todo Hadley, de que aquel lugar no era en absoluto como habían dado por hecho que sería.
El sitio estaba abarrotado de centenares de personas, pero lo más curioso de todo era que la gran mayoría de ellas estaban haciendo barbacoas.
La sonrisa de Hadley se ensanchó. El aire olía a carbón y a carne a la brasa y la música country se solapaba con charlas, risas y el sonido de botellines de cerveza chocando entre sí.
Había familias completas, con un montón de críos, con el portón trasero de su pick-up abierto.
Hablaban de los pilotos, de la carrera, de los coches... El ambiente era una pasada.
—¿Te lo imaginabas así? —le preguntó a Seb; solo ella lo llamaba así, con una sonrisa maravillada en los labios.
Hadley había nacido y se había criado en Nueva York. Una vida entre la mansión de los Carmichael en Glen Cove y los rascacielos de Manhattan. Con toda probabilidad, jamás había visto a tanta gente haciendo barbacoas a la vez en su vida.
Sebastian echó un vistazo a su alrededor. Nunca tomaba una decisión o emitía un juicio sin estar completamente seguro de cuál era la mejor opción. Para él, la información era poder.
—La verdad es que no.
Se giró hacia Hadley y la miró desde detrás de sus gafas estilo aviador de Prada.
—No sé si aquí vas a encontrar lo que buscas.
Esa frase hizo que Hadley se mordiera el labio inferior pensativa.
Hacía poco menos de un año que su vida se había transformado en un torbellino.
Había tenido que tomar muchas decisiones, muy rápido.
Confiaba en su intuición, pero a veces también le daba un vértigo increíble y dudaba de ella, de todo el maldito tinglado que había montado.
Era como si tuviera dos fuerzas opuestas tirando en su interior.
Sin embargo, solo le hizo falta un segundo para rearmarse. Todo lo que se había dicho antes iba en serio. Sabía por qué estaba allí. Debía encontrar una solución.
No iba a rendirse.
—Tengo que verlo. Si no, nunca sabré si es lo que necesito.
Sebastian seguía algo escéptico.
—Siempre dices que, antes de tomar una decisión, analice todas las opciones.
—Hadley se encogió de hombros con el inicio de una sonrisa.
Su voz sonó tan dulce como de costumbre, a pesar de que le estaba tendiendo una especie de trampa con sus propios consejos para salirse con la suya—. Pues es lo que estoy haciendo.
Sebastian le mantuvo la mirada.
—Deberías sentirte muy orgulloso de mí —insistió ella asintiendo.
Él no pudo contenerse más y acabó negando con la cabeza al tiempo que sonreía. Esa sonrisa tímida que solo aparecía cuando estaba con Hadley y que a ella le hacía sentir importante.
—Lo estoy —contestó sin dudar.
¿Resultado directo de aquellas palabras? Hadley se sintió feliz. No era ninguna tonta o una ilusa, sabía que Sebastian lo hacía por Calder, pero no le importaba. Prefería tenerlo cerca por él que no tenerlo en absoluto.
En ese mismo instante, Hadley notó cómo algunas miradas empezaban a caer sobre ellos.
Una chica vestida con un Carolina Herrera de tubo blanco ajustado y sin mangas y unos peeptoes de infarto y un hombre con un traje italiano y a medida, camisa impecable y corbata no tardaron demasiado en llamar la atención en aquel lugar. No podían culpar al público.
A pesar de todo, no se sintió incómoda. No había hostilidad, ni actitudes del estilo «No pertenecéis aquí», era solo una mezcla de confusión y curiosidad.
—Entremos —le dijo a Sebastian avanzando hacia el acceso principal.
Él la observó caminar unos segundos y echó a andar tras ella.
El cambio de ciudad había vuelto la situación bastante inesperada; aun así, Sebastian se las había ingeniado para conseguir un palco vip en exclusiva.
—Encantado de tenerlo con nosotros, señor Aldridge —lo saludó Dart Russell, uno de los máximos dirigentes de la NASCAR.
Sebastian le estrechó la mano, educado, al tiempo que inclinó suavemente la cabeza.
Sabía cómo funcionaban esas cosas. Lo hacía desde niño.
Era el heredero de los Aldridge, una de esas familias que pueden considerarse la aristocracia de Estados Unidos, ya que llevaban siendo muy ricos y muy poderosos desde hacía generaciones.
Dos años atrás, Sebastian se había convertido en el CEO de Aldridge Inc.
, así que había mucha gente, como el señor Russell, bastante predispuesta a hacerlo feliz.
—Permítame presentarlos —comentó Sebastian haciendo gala de sus perfectos modales—: señor Russell, ella es Hadley Carmichael. Hadley, él es Dart Russell.
En cuanto oyó su nombre, el alto ejecutivo de la NASCAR frunció el ceño y ella supo, sin margen de error, lo que quería preguntar. Lo único que le faltaba saber era si se atrevería.
—¿Carmichael? ¿La hija de Theodore Carmichael? ¿Esos Carmichael?
¡Bingo!
Hadley reconoció que le había echado valor. La mayoría prefería quedarse con la duda antes de pronunciar el nombre de su familia en vano.
Ella asintió.
—Sí, soy de esos Carmichael.
Su tono sonó divertido y supo que Sebastian estaba debatiéndose entre reprenderla con la mirada o sonreír también. A diferencia de los Aldridge, que eran una pieza angular de la alta sociedad de Nueva York y, con la misma facilidad, de todo el país, los Carmichael eran LA PIEZA.
Pero había más.
El señor Russell abrió mucho los ojos y una sonrisa admirada fue colándose en sus labios.
—Vaya —soltó al fin—. Theodore Carmichael es un hombre realmente extraordinario.
Hadley asintió y sonrió orgullosa. Aquella admiración estaba provocada por ese «más».
La empresa familiar, Carmichael Multinational.
Era uno de los trust más importantes del mundo y todo gracias a su padre.
Obviamente, no lo había levantado de la nada, pero sí hizo lo que ninguno antes que él se atrevió en la familia: lo expandió internacionalmente.
Resultó arriesgado, al principio tuvo que hacer frente a muchos detractores, incluso a su hermano pequeño, que trató de quitarle el poder como si estuviesen en un capítulo de Dinastía , pero Theodore nunca perdió el coraje, no se rindió y, al final, lo consiguió. Brilló.
Sin embargo, eso no era lo que Hadley más admiraba de su padre. Para ella, lo realmente importante era que logró todo aquello cuidando de sus empleados, tratándolos de forma justa y siendo igual de honesto con sus adversarios.
—Le contaré que lo tiene en alta estima —respondió.
—Gracias, señorita Carmichael.
—Señor —lo llamó su asistente acercándose a él con prudencia—, la carrera está a punto de empezar. La presentación de los pilotos ya ha terminado.
El señor Russell asintió y, cediéndole el paso a Hadley con un gesto de la mano, los tres se dirigieron hasta los cómodos sillones frente al enorme ventanal.
Hadley apenas tuvo tiempo de acomodarse en su asiento cuando Billy Ray Cyrus, el cantante country, se subió a un escenario de metal, rudimentario por elección, no por necesidad.
De repente un silencio casi sepulcral tomó el Daytona Speedway.
Él sonrió como si supiese exactamente lo que iba a pasar.
Una mezcla perfecta de anticipación y emoción marcó cada átomo de aire y entonces gritó:
—¡Pilotos! ¡Arranquen sus motores!