Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 29. Alex
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Capítulo 29. Alex

Doy marcha atrás para meter el coche en la plaza de aparcamiento libre de Carmichael justo cuando empieza a llover. La lluvia llena el aire templado de septiembre con el rico olor de la tierra húmeda.

Se tarda un poco más de tres horas en llegar desde nuestra nueva casa al Castillo Sorrowsong, y en ese tiempo he experimentado las cuatro estaciones.

No me puedo creer que haya pasado un año desde la última vez que aparqué mi coche en este mismo lugar, con una pelirroja desaliñada y miserable en el asiento del copiloto.

Mi vida es irreconocible respecto a entonces. El gris se ha dividido en todos los demás colores. Ophelia ha cosido un forro plateado en el nubarrón que vive en mi cabeza.

Las primeras seis semanas en Escocia han sido tan caóticas como me esperaba.

Las niñas se están adaptando, algunas mejor que otras.

Fleur y Evie se han aficionado al senderismo.

Mia recolecta ingredientes para cocinar en los extensos jardines de nuestra casa.

Charlotte y Élé están nerviosas por el colegio.

Mi madre está más en paz de lo que jamás la he visto, libre de la sombra en la que mi padre la mantenía, libre de los recuerdos que atormentaban la casa de Manhattan.

No está curada, ni mucho menos. Yo tampoco lo estoy, ni mucho menos. Pero es como si estuviéramos en aguas poco profundas, sin necesidad de mantenernos a flote.

Dejo las maletas en el coche y me encuentro a Belladonna esperándome en el puente levadizo, casi sonriendo.

Es una perfeccionista crónica, la mejor de su clase —la mejor de toda la universidad—, así que tener que quedarse aquí un trimestre a mayores porque no entregó un trabajo por viajar a Nueva York cuando mi madre se puso muy mal no es algo que me tome a la ligera.

Los Morello representan todo lo que intento eliminar de mi vida y, aun así, preferiría morir antes que perderlos.

Me tiende un juego de llaves, seguido de una tarjeta de acceso a la mansión Nightshade.

—Puede que haya reorganizado un poco las habitaciones. ¿Se lo has dicho ya?

—No, pero espero que le guste.

—Le gustará. Lleva de bajón toda la semana.

Sí, es mi chica.

Nunca odié Sorrowsong, no de la misma forma en que Ophelia lo hace. Pero supongo que tiene sentido: construyeron este lugar para gente como yo, gente lo suficientemente rica como para no temer a la ley.

Los bosques que me rodean se desvanecen en cientos de tonos cobre y dorado, llenos de ciervos rojos y zorros.

El castillo es una obra maestra de la arquitectura gótica: techos sujetados por bóvedas de crucería y ventanas que se arquean en puntas de lo más afiladas.

Las sombras se aferran a las estatuas cuando la luz del día comienza a desvanecerse.

La piscina climatizada de estilo victoriano brilla con la lluvia cuando asoma entre los pinos y las bisagras de hierro chirrían al abrir la puerta. Dentro está aún más oscuro, pero la veo enseguida. Se desliza por el agua, perdida en su propio mundo, como siempre que nada.

No sé cuánto tiempo la observo. Nunca he sido capaz de controlar el tiempo cuando estoy con ella. Cuando mi mente embriagada de amor finalmente convence a mis piernas para que se muevan, Ophelia se ha parado para mirar el tiempo en su reloj.

Se sobresalta, la alarma se convierte en sorpresa cuando ve que soy yo.

—Yo... eh... ¿qué?

—Hola —digo sin intentar ocultar la sonrisa que se me forma en los labios—. Soy Alex.

—No me digas, Sherlock. ¿Qué haces aquí?

Mi adorable novia. Siempre tan encantada de verme.

Debe de leerme la mente, porque lanza las gafas al borde de la piscina y añade:

—O sea, hola, claro. Pero... ¿qué?

Me inclino y le ofrezco la mano para que me la estreche, como si fuéramos desconocidos. Como si ella no fuera el aire en mis pulmones y la razón por la que siguen funcionando.

—Soy nuevo aquí.

Se echa a reír, como si me hubiera vuelto loco. Y creo que así es. Es el efecto de las carreteras británicas. Desliza su mano en la mía.

—Tú... ¿que tú qué?

—Acabo de empezar mi segundo año. Se me ocurrió venir a pedirle una cita a la chica más guapa.

—En Edimburgo, Alex. Estás a unos trescientos kilómetros.

—En Sorrowsong.

Se pone pálida. Veo lo que siempre veo cada vez que algo bueno aparece en su vida: un destello de esperanza que se eleva y que ella misma apaga, por si acaso.

—No lo entiendo.

—Me tragué el orgullo hace tiempo. Llamé a Carmichael y le supliqué que me dejara terminar aquí la carrera que empecé en Yale.

Si la piscina no fuera lo bastante poco profunda como para que hiciera pie, me preocuparía que entrara en shock y se ahogara. Cuando habla, las palabras le salen entrecortadas y confusas.

—Pero tu madre. Tus hermanas. El viaje dura más de tres horas.

Su mano sigue en la mía, permanece paralizada.

—Volveré a casa todos los fines de semana y en vacaciones.

Iré siempre que mi madre necesite apoyo.

Pero ahora mismo se encuentra bien y las chicas empiezan las clases esta semana.

Fueron ellas quienes me animaron a hacerlo.

Y es mejor que un vuelo de siete horas a Nueva York.

Solo son dos años. Sobreviviré a dos años de trayectos pintorescos a las cinco de la mañana si eso significa que puedo despertarme y dormirme a tu lado.

Abre la boca. La cierra. La vuelve a abrir. La cierra. Se ríe. Levanta la mano libre en un gesto de «¿qué coño?».

Me tira a la piscina antes de que pueda impedirlo y todo mi cuerpo se hunde bajo la superficie.

Se supone que está climatizada, pero el frío me atraviesa la ropa y me corta la respiración.

Cuando salgo, está sin aliento y riendo.

Las pecas le desaparecen bajo el rubor rosado que le tiñe las mejillas.

La agarro por la cintura y la atraigo hacia mí. El calor de su piel se filtra en la mía, descongelando mi corazón, calentándome la sangre. Apoya su frente contra la mía, y nuestros labios están dolorosamente cerca de tocarse.

—Si esto es una broma, es de las crueles —articula, su voz apenas audible sobre el agua que nos rodea.

—¿Y si es real?

—Entonces es mucho más de lo que merezco.

Sonrío. Sostengo su cara entre mis manos, con las palabras de mi madre resonándome en la cabeza.

—Nos merecemos el uno al otro.

El agua se desliza por su labio inferior y por sus pestañas marrones.

—¿Te quedas en la mansión Nightshade?

Bajo las manos por su espalda y la levanto para que me rodee la cintura con las piernas.

—Nos he conseguido una habitación increíble, pero también te quedarás con la tuya por si necesitas estar sola.

—Esto no puede ser real.

Lo veo en su mirada: la incredulidad de que merezca un final feliz, la necesidad de negarse a sí misma las cosas buenas, de levantar muros alrededor de su corazón.

Pero no pasa nada, porque soy paciente. Desmontaré esos muros ladrillo a ladrillo si hace falta. Que añada más si así se siente segura. Si me lleva dos años, setecientas treinta medianoches convencerla de que se merece ser feliz, serán setecientas treinta medianoches bien invertidas.

—Te quiero —murmuro. Tengo esas dos palabras tan presentes en la punta de la lengua estos días que parecen estar ahí tatuadas.

Ella me cubre de besos, como si no pudiera tener suficiente de mí. Cada uno es como una mano que viaja atrás en el tiempo, reparando al niño que solo quería que su padre lo aceptara.

Me recorre la tela mojada de la espalda con las manos.

—Joder. Yo te quiero más.

Su boca se vuelve más hambrienta, me muerde el labio inferior. Me trago su gemido, dejándolo descender hasta convertirse en un ardiente nudo de deseo en mi abdomen.

Se aparta, con los ojos llenos de deseo.

—¿Cómo de mal visto está follar en una piscina comunitaria?

—¿Cómo voy yo a saberlo?

—Tú eres el que tiene... experiencia.

—Me olvidé de todo lo anterior a ti la noche en que te vi con aquel vestido de espalda descubierta para tu cita con Shawn.

—Ah, cómo olvidarlo. El gran sermón de criptomonedas de primer curso.

—Oye, Ophelia —comienzo, en un intento de imitar a Shawn lo mejor que puedo—. Sé que a ti te va lo de vivir día a día, pero ¿has probado a diversificar fuera de los activos financieros habituales?

—No lo sé, Shawn —responde aleteando las pestañas—. ¿Has probado a doblarte por la mitad y meterte en una trituradora de papel?

Mi risa resuena por la enorme estructura de cristal mientras el suave tintineo de la lluvia cae sobre nosotros.

—Creo que Belladonna me metería en una trituradora si supiera que hemos follado aquí —expongo, para gran decepción de Ophelia—. ¿En los vestuarios?

—Genial, ¿quién no querría empezar el año pillando el tétanos? —Baja la mirada a mi camisa mojada con la respiración agitada. Acaricia la tela de mi hombro y frunce el ceño al percibir una sombra desconocida debajo—. ¿Qué es esto?

—Míralo —susurro. Me desabrocha algunos botones más con suavidad hasta que consigue apartar la tela de mi piel. Abre los ojos como platos al ver de qué se trata, pero yo no consigo apartar los míos de ella.

Acaricia el petirrojo de mi hombro izquierdo, con las alas extendidas en pleno vuelo junto al resto de pájaros que me cruzan el cuerpo. Es el único con color: una franja naranja en el pecho.

—¿Cuándo?

—Hace un par de semanas.

—Alex...

—Has pintado mi mundo de color, Ophelia. Es lo menos que podía hacer.

—Y tú me has enseñado a volar —murmura. Sus ojos regresan a los míos, llenos de vida—. Estás pillado hasta las trancas, Corbeau.

Irremediable y catastróficamente pillado.

—Igual que tú, Winters.

Su boca vuelve a encontrarse con la mía, caliente y húmeda.

—A la mierda —murmura antes de bajarse los tirantes del bañador.

Ophelia lo es todo. Es las palabras, las pistas, los espacios en blanco que sostienen todo el puzle. Es todos los colores de mi paleta y el pincel que los convierte en algo bonito.

Y es lo único que una vez tuve demasiado miedo de soñar que sería: mía.