Epílogo
CUATRO AÑOS DESPUÉS
Una de mis cosas favoritas de Ophelia es lo roja que se pone cuando le canto el Cumpleaños Feliz cada año.
Este año no es una excepción. Entierra el rostro en las manos mientras le canto la última frase y enciendo unas velas cutrísimas de una gasolinera clavadas de cualquier manera en galletas de mantequilla y Jelly Babies.
—Veinticinco. ¿Qué se siente?
Se pone todavía más roja cuando se inclina hacia delante para soplarlas. El vestido de flores —un regalo de cumpleaños de mi parte— se le ajusta de una forma que hace que desee con todas mis fuerzas que no tuviéramos planes esta noche.
—Siento... —Se tumba en la hierba, mirando las hojas color cobre del árbol que se alza sobre nosotros con un suspiro de satisfacción—. Paz.
Nuestra escapada de fin de semana para celebrar su cumpleaños tenía que ser en Escocia. La hemos echado mucho de menos desde que nos fuimos tras graduarnos hace dos años.
Los primeros hilos del otoño empiezan a coserse en el paisaje. El sol pinta su pelo de tonos rojos y dorados, las hojas pasan del amarillo al naranja.
El naranja es mi color favorito.
Es Ophelia. Es mi estado de ánimo en muchos días.
Es el tono del pequeño diamante que tan bien le queda en el dedo anular.
Es el atardecer en el que me casé con ella el año pasado, las flores que sobresalían del traje de Vincenzo mientras la llevaba al altar.
Es el fuego que crepita en la chimenea de nuestra casa de campo de la campiña inglesa, nuestra cabaña medio derruida y mal aislada.
Es el estúpido plato de alubias con tostadas que Josie, Charlotte y Élé comen antes de ir al colegio.
Es el petirrojo que se posó en el alféizar de la ventana de mi madre durante sus últimas semanas.
Sobreviví a la muerte de mi madre. De algún modo, todos sobrevivimos.
Pensé que no lo haría, pero aquí estoy. Vivo y agradecido.
Si creía que sabía lo que era el dolor después de que mi padre fuera a la cárcel, estaba muy equivocado.
Esta pena era ineludible, insoportable, completamente abrumadora.
Me ahogaba el delicado tejido de los pulmones en alquitrán, me llenaba el cráneo de plomo, me encadenaba las extremidades a la cama.
La mayoría de noches no podía respirar, no podía trabajar, no podía hablar mientras intentaba darle sentido a un mundo en el que mi madre moría y mi padre vivía.
Fue Ophelia quien nos obligó a comer, fue Ophelia quien se lo explicó a Josie una y otra vez con la paciencia de una santa, fue Ophelia quien estuvo a mi lado en el velatorio y terminó de dar el discurso que yo no pude.
Fue Ophelia quien me dijo que el mundo nunca tendría sentido y que cuando antes lo aceptara, mejor.
Cuando las niñas se iban a la cama por la noche, yo me derrumbaba y era Ophelia quien volvía a reconstruirme como si fuera un rompecabezas que conociera a la perfección hasta el punto de hacerlo del revés y con los ojos vendados.
En esos días en los que la echamos tanto de menos que nos resulta insoportable, sigue siendo Ophelia quien nos guía.
Los pacientes de la clínica donde trabaja como terapeuta del duelo infantil no podrían estar en mejores manos.
En algún lugar, en algún momento, debo de haber hecho algo bueno.
—Malditas velas. Menuda pérdida de tiempo —gruñe mientras me pasa una galleta de mantequilla salpicada de cera naranja.
—El mundo se ha ido a la mierda —murmuro, repitiendo la frase favorita de Mabel, que vive en la pequeña cabaña al final de nuestro jardín. Solo Ophelia sería capaz de hacerse amiga de una señora mayor en un avión y de encariñarse tanto con ella que acabaría adoptándola como nuestra abuela.
Rodea la galleta con los labios, torturándome sin pretenderlo. La he cagado haciendo planes para hoy. Preferiría recrear los de anoche.
—Toda la razón.
Me tumbo a su lado, el sol de principios de septiembre como una manta cálida y suave sobre mi piel. Todo esto me parece irreal. Cada día que paso con ella me lo parece.
Acaricio la funda transparente de su móvil, la página arrancada de un crucigrama que vive dentro.
Recorro todas las letras que están en las casillas sombreadas en gris, escritas a toda prisa en uno de los mejores días de mi vida.
Solo que Ophelia se equivocó en una pista, por lo que las letras sombreadas dicen: «CÁTASE CONMIGO».
De todas formas, tuvieron el mismo efecto.
—Salud —dice al chocar su galleta contra la mía, como si se tratara de una copa de champán.
—Por tus veinticinco.
—¡Y porque Raven Architecture haya conseguido su primer gran proyecto!
Eso también me parece surrealista. Construir un edificio universitario en Londres me parecía un proyecto demasiado ambicioso cuando solo llevábamos tres años como empresa, pero recluté a algunos de los mejores arquitectos, me tomé el tiempo de levantar los cimientos del negocio con calma y después de un primer año lento y dos más intentando demostrar mi valía, empieza a dar sus frutos.
Si el apellido de mi padre tenía que ir ligado a la empresa que le pudrió la mente, que pudrió nuestra vida familiar y mi infancia, entonces sería el nombre de mi madre el que representaría la caída de la última ficha de dominó en la idea que mi padre tenía para su primogénito.
No he vuelto a visitarlo. Ni una sola vez. Acepto su llamada en navidades y escucho sus disculpas. Le deseo feliz Navidad y cuelgo; y al igual que el día que salí de aquella sala de visitas la última vez que lo vi, no siento nada.
—¡Y por el compromiso de Robert y Jacqueline! —canturrea Ophelia, lo que me devuelve al presente. Maldito Robert. Me robó a mi asistente y luego se casó con ella.
—Y por Mia y su primer trabajo en un restaurante.
Lloré tanto cuando Mia se fue de casa hace dos meses que Ophelia creyó que alguien había muerto.
—Y por Evie actuando en el mismísimo West End —añade, como si no pudiera creerse que todavía no lo hubiéramos mencionado.
Hemos tenido muchas victorias este año. Ojalá mi madre estuviera aquí para verlas.
—He reservado la primera fila para nosotros. —Dejo escapar un suspiro exagerado al cielo sin nubes—. Y brindemos también por Fleur, supongo.
Ophelia aprieta los labios para evitar echarse a reír. Fleur se ha comprometido. El tema me ha quitado unos diez años de vida. A este paso, tendré canas antes de los treinta. No lo apruebo, pero Ophelia sí, así que supongo que, en cierta manera, es un poco reconfortante.
Se apoya sobre un codo y me observa. Tiene el pelo más largo, las uñas más largas, las pecas más oscuras a causa de la exposición al sol.
Un pequeño tatuaje de trazo fino le adorna la clavícula, idéntico al de mi dedo anular: un pequeño círculo con una línea que se extiende desde el centro hasta arriba. Un reloj marcando la medianoche.
Sigue siendo aquella chica pesimista y gruñona a la que casi atropellé fuera de las retorcidas puertas de Sorrowsong. El sol la pone de mal humor, las pajitas de papel le dan ganas de asesinar a la gente. Los musicales y el ambiente festivo hacen que no quiera salir nunca de casa.
Sin embargo, ahora percibo cierta seguridad en ella, un brillo saludable bajo la piel pálida que antes tenía un tono azulado. Las sombras bajo sus ojos están ahí por nuestra predilección por las duchas nocturnas, no por las pesadillas que solían atormentarla.
Criar a las niñas es mucho más fácil con un modelo tan perfecto como ella en casa.
Me aparta el pelo alborotado de la frente con una pequeña sonrisa.
—¿En qué piensas?
Me incorporo para darle un beso suave en los labios.
—En que me gustaría que vivieras hasta los ciento veinticinco.
—Estaría arrugada como una pasa.
—Me encantaría.
Resopla antes de dejar caer la cabeza entre mi bíceps y mi pecho.
—No, claro que no.
Apenas consigo reprimir la sonrisa el tiempo suficiente para besarla.
—Ajá. Me llevaría esa pasa a casa. La besaría. Le daría una manta. Le untaría mantequilla en la tostada.
Su risa hace que el sol parezca apagado mientras me da un empujón juguetón.
—Estás como una cabra, Corbeau.
Pero no es verdad. Vi morir a mi madre sin una sola arruga, y los padres de Ophelia murieron antes de tener el pelo gris, así que poder presenciar cómo el tiempo dibuja líneas en su precioso rostro es mi deseo de cumpleaños todos los años.
Se incorpora, murmurando algo sobre que los pelirrojos no están hechos para el sol. Me da la oportunidad perfecta para mirar el móvil. Tengo un montón de mensajes sin leer en el grupo para la fiesta sorpresa de esta noche.
Bueno, puede que «fiesta» sea un poco exagerado. Vamos a sentarnos todos con música a un volumen razonable alrededor de cuencos enormes de patatas fritas de distintos sabores, justo como a ella le gusta.
Aunque Divya sigue en Sorrowsong terminando la carrera de Medicina y no ha tenido que viajar mucho, para los demás —Colette, Fleur, las gemelas, Vin, Belladonna, Madga, Mabel, Jack, todos sus amigos del trabajo— venir a Escocia es un viaje largo.
Espero que ayude a Ophelia a darse cuenta de lo importante que es para tanta gente.
Que las familias no tienen que estar unidas por la sangre.
Que ha tejido su pequeño hilo de cobre en los corazones de muchos, una red que se extiende por todo el mundo.
Colette envía una foto del salón de la casa que hemos alquilado para el fin de semana, decorado con cojines, globos y cupcakes de frambuesa que tienen tal pintaza que solo pueden ser obra de Mia.
Alex No dejéis que Vincenzo se los zampe todos.
Vincenzo Me ofendes.
Fleur Literalmente tiene uno en la boca mientras escribe.
Divya Alex, venid ya. Estos me están volviendo loca.
Evie Tenemos hambre.
Mia Mabel lleva cuatro jereces. Quiere saber si hay karaoke.
Alex Si hubiera karaoke, Ophelia huiría de su propia fiesta.
Vincenzo ¿Porque canto de locos?
Jack Si Vinnie cogiera el micro, hasta yo huiría con ella.
Belladonna Si Vinnie cogiera el micro, nos sangrarían los oídos y la palmaríamos todos.
Reprimo una sonrisa y bloqueo el móvil ante la avalancha de mensajes.
—¿Quieres que nos vayamos?
Se vuelve hacia mí, el pelo de la nuca le brilla con la luz del sol. Los mechones más rebeldes parecen prenderse, un brillo cálido baña su vestido. Ojalá tuviera mis pinturas conmigo, pero me conformo con hacerle una foto rápida con el móvil.
Desliza su mano en la mía cuando nos levantamos y se sacude las hojas de la falda.
—Será mejor. Me muero de hambre.
El tictac del reloj de la cocina parece demasiado fuerte en la casa silenciosa. Son más de las dos de la madrugada.
Todos están durmiendo menos nosotros, repartidos de cualquier manera por las habitaciones de invitados y los sofás del salón. Esta casa está tan llena de amor y risas que me sorprende que las paredes no se doblen bajo su peso.
Echo de menos a las peques, eso sí.
Ophelia suspira con nostalgia.
—¿Es triste que eche de menos a Jo, Élé y Charlotte?
Me río mientras dejo una taza de té delante de ella.
—Justo estaba pensando lo mismo.
Me dedica una sonrisa somnolienta y algo ebria desde la mesa de la cocina. Tiene la máscara de pestañas corrida y salsa de tomate en el tirante del vestido.
Enamorarse no es la forma correcta de describirlo.
Llevo cayendo en picado desde que la conocí, y no he dejado de hacerlo.
Cada día, cuando creo que ya he tocado el fondo, que lo que siento por ella no puede volverse más intenso, hace algo que vuelve a conseguir que el suelo bajo mis pies desaparezca.
—Ha sido una de las mejores noches de mi vida —admite, con una voz tan suave que apenas rompe el silencio.
—Y de la mía.
—Gracias.
—Gracias a ti.
Se le marcan las arrugas alrededor de los ojos, llenándose de calidez.
—Nos merecemos el uno al otro.
No estoy seguro de llegar a merecerla, pero, aun así, asiento.
—Así es.
Me apoyo en la encimera de roble y echo un vistazo alrededor de la cocina.
El fregadero está lleno de platos, cuencos, cubiertos, botellas de vino, copas, vasos.
El desorden se extiende por el escurridor y la encimera.
Un montón de papel de regalo y sobres abiertos rodea el cubo de basura a rebosar.
Hay tantos zapatos y abrigos en la puerta de entrada que no podría abrirla aunque quisiera.
Últimamente evito quejarme del desorden, evito desear que desaparezca o de apresurarme a recogerlo.
Nunca olvidaré la casa de los padres de Ophelia aquella primera Navidad. La ausencia de desorden, la ausencia de cosas, la ausencia de cuencos en el fregadero. Por la forma en la que mira con los ojos vidriosos los platos de la encimera, sé que está pensando lo mismo.
Le prometí que nunca volvería a conocer ese horrible silencio que devora los huesos y aplasta el alma, y es una promesa que no romperé.
Me acerco a la mesa, me coloco detrás de ella y deslizo los brazos alrededor de su cintura. Apoyo la barbilla sobre su cabeza.
—Esta noche estabas preciosa.
—Si lo estaba, es gracias a ti.
Le doy un beso en la coronilla en medio de ese silencio tranquilo, mientras recorro la curva de su cintura con las manos.
—Quiero casarme contigo.
Inclina la cabeza hacia un lado para darme acceso a su cuello.
—Ya lo hiciste.
Hundo las manos en la suavidad de sus caderas y le doy un delicado beso bajo la oreja. Soy avaricioso cuando se trata de ella, egoísta y hambriento.
—Quiero hacerlo otra vez. Para siempre.
Sé que está sonriendo por la forma en la que se le mueve el cuello. Conozco su cuerpo igual de bien que el mío; podría esculpirla en arcilla de memoria. Es un camino que llevo recorriendo cinco años, cada giro más tentador que el anterior. Cada cumpleaños, deseo más tiempo para seguir caminándolo.
—Sigue trayéndome tostadas cada mañana y quizá te deje.
Giro la silla para que me mire, las patas chirrían sobre el suelo irregular de terracota. La levanto sin esfuerzo y la siento sobre la mesa, deslizando las manos por sus muslos hasta subirle el vestido a la altura de la cintura.
«Joder».
Debe de ver la desesperación en mi expresión, porque una risa borracha le burbujea en la garganta.
—Soy la misma que ayer. Y que el día anterior.
Niego con la cabeza y paso el dedo por el pliegue donde se le unen los muslos y la cadera.
—Eres incluso mejor. Otra vez. Creía que habíamos acordado que dejarías de volverte más guapa. No es justo para mí.
Su risa suena más fuerte, es tan dulce que no me importaría despertar a todos los demás. Engancha los dedos en las trabillas de mis vaqueros para pegarme a ella.
—Dos palabras. Dos y seis letras. Podría decirlas cien veces y no sería suficiente.
Le bajo el vestido de nuevo y la levanto en brazos, llevándola en silencio hasta el dormitorio por la escalera vieja y desvencijada. Está dormida en cuanto termino de desmaquillarla.
Mis labios rozan los suyos mientras apago la lámpara, que a duras penas se mantiene estable sobre sus libros de crucigramas y mis cuadernos de bocetos. La habitación se queda sumida en la oscuridad, pero el mundo a mi alrededor estalla en colores tan vivos que casi puedo saborearlos.
—Yo te quiero muchísimo más.