Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 27. Alex
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Capítulo 27. Alex

Decir que la tormenta mediática tras el allanamiento de la semana pasada ha sido intensa sería quedarse corto. Mi familia y yo nos hemos convertido en una especie de fascinación pública, un espectáculo que todo el mundo está deseoso de observar.

Estoy harto.

Tengo el portátil conectado al televisor sobre la chimenea y estoy sudando tanto que parezco un dónut glaseado.

Debo de haber dado unas treinta presentaciones este año —a políticos, directores ejecutivos, estudiantes sorprendentemente crueles, accionistas—, pero nunca había estado tan nervioso como en esta.

Josie deja su robot de juguete para coger un puñado de palomitas del cuenco de Mia.

—¿Y el cole?

—Bueno, esa es una muy buena pregunta, Jo. —Me apoyo en la estantería—. Tendrías que ir a un cole nuevo con gente nueva.

—¿Y Fleur y la universidad? —pregunta Evie, siempre defendiendo a sus hermanas.

—No voy a ir a la universidad —interviene Fleur sin apartar la vista del móvil.

Mia, Élé y Charlotte llevan tiempo queriendo mudarse al Reino Unido, incluso antes de que yo me fuera a Sorrowsong. Con Josie y Evie no lo tengo tan claro. A quien más me preocupaba convencer era a Fleur, pero parece que le da igual, se limita a hacer scroll en el móvil.

—Fleur, por favor, participa —le pide mi madre con dulzura.

Ella le lanza una mirada de fastidio.

—Estoy aquí, ¿no?

—No me refiero a eso.

—Sí, vale, Alex. Me parece bien. —Se encoge de hombros—. En menos de un año cumplo dieciocho y podré irme a donde yo quiera. En realidad, esto no me afecta.

Me dejo caer contra las estanterías. Quiero arreglar mis rencillas con Fleur. Quiero saber su opinión sincera. Las seis son niñas. Y las seis tienen que ir por delante de Ophelia. Se lo merecen. Si alguna de ellas quiere quedarse, nos quedamos.

—Claro que te afecta, Fleur.

—No te ha importado ni una sola opinión mía en los últimos años, Alex.

Cierro los ojos un segundo y suelto un suspiro largo.

—Bueno, estoy intentando arreglar las cosas.

—¡Vuelve al jardín! —me pide Élé, y le doy para atrás hasta llegar a la mansión de ocho habitaciones a unos kilómetros de Escocia.

Esto es ridículo, pero mi madre me animó para que lo intentara.

Charlotte asiente con aprobación al ver el enorme jardín y el prado.

—Podríamos tener gallinas.

Mi madre se inclina para limpiarle un poco de helado del labio inferior.

—Escocia no sería para siempre. Solo unos años. Luego nos estableceríamos de forma definitiva en algún lugar de Inglaterra o Francia.

—Odio esta casa —dice Mia, y hace un gesto a nuestro salón de Nueva York. Se oyen algunos murmullos de aprobación.

Cuando veo el recibidor, veo a mi madre hecha un ovillo al pie de las escaleras, convencida de que el personal quiere hacerle daño. El despacho me deja un sabor metálico en la boca, el golpe seco del puño de mi padre cuando no podía golpear a la economía, así que yo era su mejor opción.

Una pequeña sonrisa aparece en el rostro de Evie, ese diminuto destello de impulsividad bajo su personalidad reservada, tan distinta a la de su hermana gemela.

—A mí me parece bien.

Se me escapa un suspiro convertido en una pequeña risa incrédula.

—¿En serio?

—¿Por qué no? Suena divertido. En el instituto todos nos miran a Mia y a mí como si fuéramos unos perritos abandonados, así que... no es que lo vaya a echar de menos. Y Escocia me parece guay. Además, en dos años nos iremos a la universidad, así que... sí, me apunto.

Mi madre muestra su acuerdo y luego otras tres la siguen. Fleur se limita a encogerse de hombros. Josie es la que más duda de todas.

—Pero... ¿y si queremos ir a Francia de vacaciones?

—Podemos seguir yendo. Desde allí está incluso más cerca.

—¿Y... la pizza ?

—También hay pizza allí. Puede que no sea tan buena como la de Nueva York, pero sigue estando rica. ¿Qué te parece si dejamos que las demás se vayan a dormir y lo hablamos con unos cereales?

Se baja del sofá y me coge de la mano. Mia me guiña un ojo con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en la cara.

Mi madre está doblando unos trapos en la despensa cuando voy a por una caja de cereales, con Josie sentada en la isla de la cocina.

—Me encanta esa casa, Alex.

—A mí también.

—Hablaré con Fleur.

Cojo la caja de cereales de la despensa y me doy media vuelta para regresar a la cocina, pero una mano invisible me detiene junto al umbral de la puerta. No me saco una pregunta de la cabeza desde hace semanas. He estado esperando a que el estado de ánimo de mi madre se estabilizara un poco.

—Mamá, ¿puedo preguntarte algo?

—Pues claro. Siempre.

—Carmichael me dijo que fuiste tú quien le pidió que convenciera al consejo de que no me dejaran hacerme cargo de Green.

Se queda quieta con un trapo a medio doblar en la mano.

—¿También te dijo que le pedí que no te lo contara nunca?

—Sí.

—No acabo de decidir si ese hombre me cae bien o no.

—No es cierto, ¿no?

—Lo es.

—¿Te das cuenta de lo que podría habernos costado?

—Calculé los riesgos perfectamente. Hice lo mejor para ti.

—¿Y dejar que papá siguiera sin oposición es lo mejor para mí?

—Ser el CEO de Green es lo que nunca quise para ti. Cuando cumpliste seis, siete, ocho años, dieciséis años, veintitrés años, me dijiste que hacerte cargo de la empresa de tu padre te parecía el mismísimo infierno.

—Hasta que se convirtió en una cuestión de supervivencia. Una decisión que volvería a tomar otras cien veces más si hiciera falta.

—Hice lo que creí que era mejor para mi hijo.

—Pero podrías habérmelo consultado.

Se vuelve de nuevo hacia los trapos, dándome la espalda. Dándole la espalda a la conversación. La culpa llega y opaca mi enfado.

—Maman.

—Laisse-moi tranquille.

Una vocecita se filtra desde la cocina.

—Me va a dar un patatús del hambre que tengo.

Nuestra risa rompe la tensión.

—¿De dónde saca esas cosas?

—Puede que Ophelia tenga algo que ver.

Le doy un abrazo a mi madre e inhalo el aroma del perfume que ha usado desde que tengo uso de razón.

—Lo siento.

—Solo quiero lo mejor para ti, Alex. Y no creía que Green lo fuera.

Cojo la caja de cereales y sirvo dos cuencos antes de desarrimar un taburete para sentarme junto a mi hermana pequeña, la cual está dejando de ser pequeña de una forma alarmante.

—Cereales después de la hora de dormir. Para que digas que no te trato bien.

—Deberías hacerlo todos los días.

—Entonces, ¿no te convence lo de Escocia?

—Bueno... tengo mil millones de preguntas.

—Ay mi madre, vamos a necesitar más cereales.

Se ríe, apoya la cabeza en mi brazo y empieza a hacerme preguntas hasta pasada la medianoche.

Los tres guardias tienen el semblante serio mientras el del medio empuja a mi padre en silla de ruedas hacia la sala de visitas de la prisión de máxima seguridad. Reprimo la marabunta de emociones que me suben por la garganta y me esfuerzo por mirarlo a los ojos.

No me puedo creer que esté vivo. Que haya vivido mientras el tiempo de mi madre se agota.

—Cain —saludo cuando el guardia acciona el freno de la silla y da un paso atrás.

Se le ve pálido. Cansado. Tiene los ojos azul hielo apagados y el pelo blanco.

—Alex. Pensaba que no vendrías a verme. —Casi parece esperanzando, como si pudiera haberle perdonado. Mejor quitarle esa idea de la cabeza cuanto antes.

—He venido a despedirme, a decirte que no volveremos a visitarte. Si las chicas quieren venir cuando cumplan los dieciocho, allá ellas. Pero yo no me haría muchas ilusiones.

Mi respuesta lo hace callar. Abre y cierra la boca, la abre otra vez, la vuelve a cerrar. Parece devastado, pero no me importa.

Me crujo los nudillos, frustrado por el silencio, aunque muy consciente de que solo me cabrearía si hablara.

—He acabado contigo.

—¿Sobrevivió? ¿La chica?

—Ophelia está bien.

—Quiero hablar con Fleur.

—Fleur ya está sufriendo bastante.

—Quiero arreglar las cosas con ella—dice, pero le brillan los ojos con malas intenciones.

He visto su forma de «arreglar» las cosas.

Las amenazas susurradas, la brutalidad de sus palabras que duelen mucho más que sus puños y las disculpas borrachas y empalagosas que hacían que mi madre, demasiado buena, lo perdonara cada noche.

No permitiré que le meta su veneno a Fleur.

Mi risa es amarga, ácida.

—Vas tarde para eso. Lo que le hiciste a mamá es irreparable. —Niego con la cabeza. Por una parte, quiero irme de aquí enseguida, por otra, quiero entender cómo llegó a convertirse en alguien tan horrible—. Recuerdo que la querías.

—Por supuesto que la quiero, pero...

—Querías más a Green. —Intento dejarlo pasar, pero no puedo—. Te dijeron que estaba enferma, pero tú les dijiste que simplemente era muy exigente. Yo la llevaba al hospital con veintiún años mientras tú te follabas a tus secretarias.

—Lo siento, Alex —espeta, pero ese característico movimiento de sus dedos me indica que lo único que realmente siente es que los guardias y las esposas le impidan tocarme—. ¿Qué más quieres que diga?

No lo sé. Lo único que puede hacer es disculparse, pero no me parece suficiente. Es poco satisfactorio. Apenas reconozco al hombre que está sentado delante de mí, apenas entiendo cómo alguien podría pensar que me parezco a él.

Me levanto, sin saber qué podría decir alguien para hacer que esto sea menos horrible.

—Bueno. Que tengas una buena vida.

—Aún estás a tiempo de cambiar. Deja a la chica, corta las distracciones. Podrías merecer la pena, Alex.

Se me viene Ophelia a la cabeza. La forma en la que se le iluminan los ojos marrones al encontrarse con los míos. El rubor que le tiñe la nariz cuando la elogio. Mi voz es suave y segura cuando respondo.

—Ya merezco la pena, papá.

Es la respuesta más amable que podría haberle dado y, aun así, se estremece.

Como si realmente, por fin, entendiera que todos sus esfuerzos por convertirme en él hubieran sido en vano.

Y durante un breve segundo, es como si los últimos diez años de emociones le cruzaran el rostro al mismo tiempo.

Desaparece al instante, pero tiene los hombros un poco más hundidos que cuando entró.

Es el castigo que merece, y no siento ninguna culpa.

Estoy a medio camino de la puerta cuando su voz me detiene. Espero un último golpe, algo hiriente. Un comentario que me persiga en mis peores días. Pero solo es un apagado y resignado:

—Cuida de las niñas.

—Lo llevo haciendo desde hace mucho tiempo.

Y entonces, salgo, y dejo atrás el peso aplastante que tanto tiempo he cargado sobre los hombros.

Desbloqueo el móvil mientras cruzo el recibidor en dirección al aparcamiento soleado, llenándome los pulmones con una bocanada desesperada de aire fresco. Por fin. Me llevo un cigarro a los labios y escribo un mensaje.

Alex Ya está. No creo que vuelva a verlo nunca más.

Robert Harwood Un día del que llevamos años hablando. ¿Cómo te sientes?

Alex La verdad es que no siento nada.

Robert Harwood Creo que ya llevabas mucho tiempo pasando el duelo por su pérdida.

Probablemente tenga razón.

Queda una cosa más en mi lista de tareas para este domingo, algo que parece que arrastro día tras día.

Abro mis contactos, pero recibo una llamada de Ophelia antes de llegar al nombre que buscaba.

—¿Cómo ha ido?

—No lo sé, la verdad. No sé muy bien cómo ha ido ni cómo me siento.

—Tranquilo, es normal. Si estuvieras dando saltos de alegría, lo entendería. Si estuvieras llorando a moco tendido en el coche, también.

No sé cómo Ophelia acabó en mi vida. No es solo una razón para mantenerse a flote, es un bote salvavidas entero.

—Joder, te echo de menos.

—¿Te duele el corazón? —me pregunta en tono burlón.

—Y la polla.

Su risa es suave y feliz, seguida de un bostezo. Allí debe de ser tarde.

—Qué pena.

—En realidad estaba a punto de hacer una llamada.

—¿Sí?

—Sí... es... no quiero gafarlo.

—Dímelo cuanto estés listo. Te quiero.

La llamada se corta y mi sonrisa en el reflejo del coche es ridícula, con un brillo en los ojos que nunca antes había notado.

No me parezco en nada a él.

Ya no me siento como él.

Apago el cigarro y me llevo el teléfono a la oreja, dejándolo sonar.

—Pensé que no volvería a saber nada de ti.

Respiro hondo y me trago el orgullo.

—¿Es demasiado tarde para aceptar tu oferta?