Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 26. Ophelia #2
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Capítulo 26. Ophelia #2

—Odio esas máquinas. ¿Qué tenían de malo las cabinas de toda la vida?

Observo cómo una mujer mete el pasaporte del revés.

—Opino igual.

—Y ahora todo se hace con una aplicación.

—Madre mía, ¡gracias! —respondo llevándome las manos a la cara—. Nadie más lo entiende. ¿Por qué necesito una aplicación para un cruasán gratis? ¿Por qué no me lo dan sin más?

—El mundo se ha ido a la mierda —refunfuña.

Un hombre uniformado la conduce a otra máquina.

Yo escaneo mi pasaporte y me doy la vuelta para ver dónde está Mabel.

Establece contacto visual conmigo mientras finge pegarse un tiro en la cabeza cuando le piden que pase por una cabina en lugar de por la máquina.

No quiero irme sin despedirme, así que me saco el móvil del bolsillo, me siento y espero a que deje de ligar con el caballero que le revisa el pasaporte.

Con el pulso aún por encima de las ciento cincuenta pulsaciones, quito el modo avión y escribo a toda velocidad.

Ophelia ¡¡Lo he conseguido!! Y solo he llorado dos veces.

Tarda un poco en enviarse, pero cuando lo hace, la respuesta me llega al instante. Allí pasan de las cinco de la mañana.

Alex Te echo de menos. Orgulloso de ser tuyo.

La foto adjunta muestra la pequeña vaca de las Tierras Altas de Escocia que le regalé descansando en la almohada a su lado. Donde debería estar yo.

Mabel aparece y me dedica una sonrisa.

«¿Por qué tengo ganas de llorar? ¿Es triste que se me dé mucho mejor hacerme amiga de gente mayor?».

—Es curioso lo rápido que te encariñas de alguien después de solo unas horas —comenta, dándole voz a mis pensamientos.

Le doy un abrazo bien fuerte mientras el murmullo constante de la gente continúa a nuestro alrededor.

—Me siento muy sola desde que murió mi hija —admite con voz temblorosa—. Quizá podríamos ser amigas por teléfono.

—Me daba demasiado miedo proponértelo —respondo entre risas.

—¿Por si pensaba que intentabas apoderarte de mi herencia?

—¡Mabel! ¡No!

Se ríe. Se aparta y me tiende su móvil con la agenda abierta. Sonrío al ver el nombre que me ha puesto: «Ophelia cagueta a volar».

Yo también guardo su número. «Mabel no cagueta a volar».

—Tendrás que venir a tomar el té la próxima vez que estés en Yorkshire.

—Lo prometo.

Toma mi mano entre las suyas, su piel morena y con manchas por la edad, y me mira.

—Si es el hombre adecuado para ti, sobreviviréis a la distancia.

La abrazo una última vez antes de dejarla ir hacia la recogida de equipajes. Yo me dirijo a Llegadas, intentando convencerme de gastar mis últimos ahorros de emergencia en varios billetes de tren, aunque me estaba guardando ese dinero para las clases de conducir.

Deambulo sin rumbo por el recibidor del aeropuerto.

Si te gusta observar a la gente, esto es el paraíso.

Hombres con trajes impecables y pinganillo que sostienen iPads con nombres escritos en letra ridículamente pequeña.

Estoy segura de que no es la forma más eficaz de hacerlo. Y Mabel estaría de acuerdo conmigo.

Una chica con una mochila enorme pasa corriendo a mi lado y se lanza a los brazos de sus padres.

Una pareja se besa bajo las luces cegadoras del aeropuerto mientras le quita la bolsa de tela del hombro a su marido.

Una mujer y tres niños pequeños chillan de emoción cuando un hombre se les acerca corriendo con una sonrisa de oreja a oreja.

Hace un año, hace un mes, probablemente me habría hecho llorar. Hace un año encontraba tristeza en la felicidad de otros, inseguridad en la belleza de mis amigas.

Espero que aparezcan la miseria y la envidia, pero no lo hacen. Lo único que siento es calidez en el corazón, como si recuperara un poco de fe en el mundo. O quizá es que estoy tan feliz de no estar a doce mil metros de altura que me he vuelto loca.

Un destello naranja capta mi atención: un ridículo conjunto de globos dorados, naranjas y amarillos, y otro con forma de estrella. Cada globo tiene una letra.

«HAS SObrEIVIDO».

Estoy tan concentrada en el mensaje que casi no veo las manos que los sostienen y que se agitan de forma frenética. Me cuesta darme cuenta de que Colette, Magda y Divya están dando saltos para llamar mi atención con una pancarta de cartón que dice «Bienvenida, Ophelia» en grandes letras rosas.

Las miro boquiabierta como un pez, como si mis pies hubieran echado raíces en el suelo del aeropuerto.

Yo... ¿qué?

Y entonces soy como esa chica de la mochila enorme: echo a correr hacia ellas. Nos chocamos en un abrazo grupal tan entusiasta que me deja sin aire durante unos instantes. Entonces me doy cuenta de que volver a casa ha sido lo correcto. El perfume Chanel de Colette me invade los pulmones.

—¡Lo has conseguido!

—¡Lo he conseguido!

—¿Te gustan los globos? —Los recolocan de nuevo.

—He sobreivido .

Colette hace un puchero.

—Solo les quedaba una uve en la tienda de fiestas por la que pasamos.

Divya suspira y me pone un vaso de té para llevar en la mano.

—Al parecer, alguna cabrona llamada Vivian está de cumpleaños.

—Zorra —murmura Magda, con su característico pintalabios negro.

Colette da una palmada y nos guía hacia la salida. Su minivestido de satén lleva una especie de pañuelo incorporado al cuello del mismo tono crema que sus tacones. «¿Cómo es posible que no se esté congelando?».

—¡En marcha!

Eike está fuera, junto a un coche más grande de lo habitual, en la zona de recogidas, enfrascado en lo que parece una llamada bastante tensa.

—¿Qué tal está Eike? —le pregunto a Colette mientras nos acercamos.

—Para que te hagas una idea, me sorprende que haya conseguido escaparse de mi padrastro el tiempo suficiente como para llevarnos a casa.

—¿Vas a cambiar de chófer?

—Son todos una mierda, Ophelia. El siguiente también lo será. En realidad, no son chóferes. Son espías que le informan de cada uno de mis movimientos.

Miro a Eike, que camina de un lado a otro con el teléfono pegado a la oreja. No puedo evitar sentir cierta pena por él; seguro que el padrastro de Colette, con ese aspecto de ricachón vestido con tweed , es un cliente horrible.

—Lo siento. Ya nos pondremos al día en Sorrowsong.

—Me encantaría. Al parecer, Hemlock va a abrir una cafetería monísima en su sala común para el resto de las casas.

—Se nota que ha sido un mes aburrido en Sorrowsong cuando esto es lo que nos emociona —interviene Divya mientras Eike se acerca y me quita la bolsa del hombro.

Magda se sienta delante, se pone los cascos morados sobre las trenzas y creo que se queda dormida incluso antes de que salgamos del aeropuerto.

Colette pulsa un botón para subir una pantalla que nos separa de Eike y luego se vuelve hacia mí como si llevara días guardándose un cotilleo.

—Pillé a Belladonna enrollándose con el jardinero.

—¿Qué?

Divya asiente, y parece estar a punto de explotar de la emoción por estar todas juntas de nuevo.

—¡Y yo pillé a mi profesor liándose con la nueva asistente de Carmichael! —Hace un gesto con la mano, como quitándole importancia—. ¡Pero eso da igual! Venga, tú primero. ¡Cuéntanoslo todo!

Me recuesto en el asiento de cuero y le doy un sorbo al té. La madre de Alex, la pelea con su padre, lo bien que están las cosas entre Alex y yo, los vuelos, Mabel, Fleur. Madre mía. De repente, me alegro de que el viaje dure dos días.

—Tengo un montón de cosas que contaros.