Capítulo 26. Ophelia
El dolor de rodilla me despierta, como lo ha hecho cada mañana durante los últimos siete días. Y, como cada día de esta semana, Josie, quien no para de roncar, duerme como un tronco entre Alex y yo.
Vuelvo a casa esta noche.
Intento no pensar en ello.
Vuelvo a casa. No paro de repetirlo, pero ya ni siquiera sé dónde está mi hogar. Cuando digo la palabra en mi cabeza, no viene acompañada de ninguna imagen ni lugar. En realidad, solo estoy volviendo a Escocia antes de que me expulsen.
También echo de menos a Colette, Magda y Divya.
Me apetece muchísimo una noche de peli con ellas para hablar de todo lo que ha pasado en estas últimas semanas entre palomitas y cervezas.
Me petan el móvil a mensajes todos los días, no paran de preguntarme cómo estoy por nuestro chat grupal.
Alex duerme a mi lado; alguien tan enamorado de mí que hasta compró el coche en el que pasamos nuestra primera noche juntos.
Ahora me siento como si tuviera seis hermanas pequeñas.
Elise es como una tercera madre en mi vida, siempre me da los mejores consejos.
Cain Green está en el hospital, probablemente su última parada antes de acabar en una prisión de máxima seguridad para pasar allí el resto de sus días.
Nunca volverá a destrozar a otra familia.
Es surrealista. Es absurdo.
La paz es lo único que Alex y yo siempre hemos deseado, y empiezo a sentirla.
Está aquí, en esta habitación. Está en la forma en la que su ceño fruncido se relaja mientras duerme.
Está en la decisión de Elise de elegir para sí misma una vida más feliz, aunque sea más corta.
Está en que Cain por fin ha desaparecido de sus vidas.
Está en las primeras cajas de cartón que ha empezado a preparar, listo para mudarse a cualquier sitio que no sea este.
Se mueve ligeramente y abre un ojo. Ya se le está yendo el moratón de la ceja y, aunque solo ha pasado una semana, lo ocurrido en su oficina también empieza a desdibujarse.
Cain Green ha estado atado a mí durante años. Lo he arrastrado como un peso muerto, convirtiendo incluso los días más tranquilos en una cuesta arriba. Sin embargo, cuando Fleur le disparó, por fin lo solté.
Puede que Cain muera pronto o dentro de treinta años. Pero al verlo en el suelo, suplicando por su vida, entendí que verlo perder a su familia, perder a sus hijos, perder a su mujer... es castigo suficiente para mí.
—¿En qué piensas?
—Adivina.
Sonríe.
—Conociéndote; o es en la inutilidad de la vida y la decadencia de la sociedad moderna, o en cruasanes.
Suelto una risa suave.
—Me siento bastante... positiva.
Frunce el ceño, genuinamente alarmado, mientras me toca la frente para comprobar si tengo fiebre. Mi risa se vuelve lo bastante fuerte como para despertar a Josie.
Alex le da un codazo suave a su hermana antes de señalarme.
—Ophelia está de buen humor, Jo.
Ella frunce el ceño y se vuelve hacia mí.
—Qué raro. —Dos bracitos me rodean, envueltos en un pijama azul chillón de Spider-Man—. No quiero que te vayas.
—Lo sé. Lo siento. Pero Alex ha sido muy amable y le ha pagado a un médico muy bueno para ayudarme a tratar mi fobia a volar.
—¿Para que puedas venir a visitarnos?
—Exacto.
Se aprieta contra mí. «No llores, no llores, no llores».
Me encanta tener una familia grande.
Alex se levanta y se pone una camiseta. Señala a Josie.
—¿Mantequilla y mermelada?
Ella grita de alegría al saber que nuestra fiesta de tostadas en la cama hace su aparición por cuarta mañana consecutiva.
Observo a Alex salir al pasillo y me deleito con sus hombros fuertes, su cintura estrecha y con cómo se le ven los muslos con esos pantalones de chándal grises.
Me encanta tener a Josie como mi bolsa de agua caliente personal en la cama, pero hoy necesito pillar a Alex a solas. Quizá en la ducha.
La puerta se abre despacio y Charlotte aparece a nuestro lado.
—¿De verdad te marchas hoy?
—Tengo que irme, pero volveré.
—¿Promesa de meñique?
—Promesa de meñique.
—¿Doble promesa de meñique? —dice otra voz desde el pasillo. Elise se apoya en el marco de la puerta, con una sonrisa cálida en el rostro—. Te voy a echar muchísimo de menos, Ophelia.
—Yo a ti más —respondo, sorprendida de lo cierto que es. Llevo semanas aquí. No he pasado tanto tiempo en un sitio que no sea Sorrowsong o la casa cerca de Inverness desde hace años.
Aquí las mañanas son caóticas, las tardes están llenas de recitales de baile, partidas de tenis, noches de películas, discusiones, lágrimas, cenas familiares y rutinas desesperantes de irse a la cama.
En un mes, Sorrowsong cerrará por las vacaciones de verano y yo volveré a casa de mis padres.
Y aunque he disfrutado mi tiempo aquí, sé que el silencio va a doler más.
Aun así, me mantendré a flote, como le digo a Alex, porque esta distancia es temporal. Tendremos nuestro momento y será aún más dulce cuando llegue.
Doy unas palmaditas al otro lado de Josie y Charlotte, invitando a Elise a sentarse.
Se le ilumina el rostro y le sostengo la mano mientras se deja caer en el colchón.
Salvo por un día especialmente malo a principios de semana, su estado de ánimo se ha mantenido estable.
Las subidas no son tan altas, las caídas no son tan profundas.
Pero años de trastornos alimenticios, consumo de drogas, cirugías, estrés y problemas de salud en general le están pasando factura.
Se la ve muy frágil.
Me coge de la mano.
—Si te sientes sola en esa casa, llámanos todas las noches. Pondremos el teléfono en la mesa durante la cena si hace falta.
—Intentaré venir a veros antes de que acabe el año.
Me guiña un ojo, como si supiera algo que yo no.
—Ya veremos.
Charlotte se incorpora, tiene el pelo hecho una maraña.
—¡A lo mejor podemos ir nosotras a visitar a Ophelia!
Ella le da un beso en la frente.
—Quizá podamos, mon chou .
—¿Papá va a volver? —pregunta Josie por millonésima vez en lo que va de semana.
—No, mi amor.
—Pero...
—Tu padre no se portó bien con Alex, ni con Fleur ni conmigo. Y tampoco se portó nada bien con Ophelia. Por eso no puede volver.
—Ni siquiera terminamos de jugar al Animal Crossing en navidades.
No sé cómo lo hace Elise. Ni frustración ni impaciencia ni enfado ni tristeza. Solo una calidez amable en su mirada mientras les promete que aprenderá a jugar con ellas.
Alex entra en la habitación haciendo equilibrios con tres platos de tostadas.
Sé que uno era para él porque tiene mantequilla de cacahuete, pero le dedica una sonrisa a Charlotte y se lo da.
Después le ofrece a Josie la mermelada de fresa y a mí la mantequilla.
Los cuervos tatuados de su piel parecen moverse cuando estira los brazos por encima de la cabeza, dejando a la vista una franja de los músculos de su cintura.
Si no consigo hoy una hora a solas con él, cancelo el vuelo.
«Ay, Dios. El vuelo». Me paso las manos por la cara. Alex aparece a mi lado en cuestión de segundos y niega con la cabeza.
—No pensamos en el viaje hasta las diez de la noche, ¿recuerdas?
—Vale —respondo con voz ronca antes de secarme las manos sudadas en los muslos.
En mi cabeza, una vocecita me dice que me quede. Que ya me preocuparé por los estudios, que puedo ponerme al día con mis amigas por teléfono.
Pero mañana las niñas vuelven al colegio y Alex al trabajo. Este capullo en el que hemos estado, esta calma tras la tormenta, va a romperse.
Le debo a mi pequeña yo volver a casa.
No fui capaz de subirme al primer avión.
Pero un discurso motivacional de Alex y un mensaje amenazante de Belladonna si me perdía el campeonato de natación de la semana que viene fueron más que suficiente para que me montara en el siguiente vuelo una hora después, prometiéndole a Alex que le devolvería el dinero de ambos billetes (o de los cuatro, si contamos los que se compró solo para acompañarme hasta la puerta de embarque).
El vuelo de vuelta se me hizo mucho más corto que el de ida a Nueva York, tan corto que cuando veo que las ruedas tocan tierra con la nariz pegada a la ventana, todavía noto las lágrimas secas en mis mejillas y el recuerdo de los labios de Alex sobre los míos.
—Creo que voy a perder un dedo en cuestión de un minuto —dice la mujer de setenta y tantos años a mi lado mientras la gente se levanta para coger sus maletas antes de tiempo.
Bajo la mirada y, efectivamente, no le está llegando la sangre a la mano.
La suelto lo más rápido que puedo con la cara como un tomate.
Mabel es mi nueva mejor amiga. Me ha sujetado la mano durante todo el viaje, me ha cambiado mi ensalada rara por su panecillo.
Cuando me convencí de que el ala parecía estar en malas condiciones, me recordó que no tengo ni puta idea de lo que hablo.
Le conté lo de mi pánico a volar y luego nos pasamos seis horas criticando a su exmarido.
—Buen viaje a las Tierras Altas de Escocia —se despide con una sonrisa amable.
—Gracias —respondo, mordiéndome el labio mientras le echo un vistazo a los precios de los trenes.
No es el trayecto de catorce horas lo que me preocupa —gran parte de mis viajes han sido un calvario desde que perdí a mis padres—, sino el precio.
No hay ningún motivo para que un tren sea así de caro.
Mabel también mira la pantalla de mi móvil con desprecio.
—Son una panda de ladrones.
Me cuelgo la bolsa del hombro y la sigo fuera de esta horrible lata voladora.
—No podría haberlo descrito mejor.
Cuando piso el asfalto, estoy a punto de besarlo. Me siento como en esos vídeos de astronautas regresando a la Tierra. Nunca volveré a menospreciar la tierra firme.
—¡Lo he conseguido! —exclamo, desbordada por la emoción. Y entonces Mabel y yo saltamos como dos futbolistas que acaban de marcar el gol de la victoria.
—No puedo saltar más, me voy a hacer pis encima —dice al pararse de golpe—. No tengas hijos nunca.
Recojo también su bolsa y entramos en la terminal del concurrido aeropuerto de Londres Heathrow. Mi compañera se queja cuando nos colocamos en la fila para el control de pasaportes.