Capítulo 25. Alex
—Es bastante divertido —digo mientras coloco uno de los radios diminutos en las ruedas del tren con unas pinzas.
Mi padre se recuesta en la silla y admira nuestro trabajo.
—Pues claro que lo es. Es una pérdida de tiempo. Todo lo que es divertido es una pérdida de tiempo.
En este último año, mi padre ha estado...
distinto. Todo empezó con cenas tensas, conversaciones con pies de plomo y demasiadas copas de vino.
Ahora tenemos suerte si aparece para cenar.
Las gemelas parecen ser lo único que evita que pierda el control.
La fiesta de la semana pasada por su segundo cumpleaños fue la primera vez que lo vi sonreír en... meses, en realidad.
—Tu único hijo no cumple once años todos los días —dice. Ese leve, aunque casi imperceptible, deje de orgullo en su voz me hace sentir enorme.
—A menos que el nuevo bebé sea un niño.
Se le tensa la mandíbula. Por algún motivo, he metido la pata.
Deja caer la mano sobre mi hombro con tanta fuerza que, de no ser porque temo su reacción, le diría que me duele.
—Yo empecé a acompañar a mi padre a la oficina los fines de semana cuando tenía tu edad.
—Ah, yo...
—Te gustará. Algún día serás un gran CEO para Green.
—Bueno...
Otra palmada en el hombro, esta vez lo bastante fuerte como para darme cuenta de que sabe perfectamente lo que está haciendo.
—Sé que no me decepcionarás, hijo.
—Alex.
Me despierto de golpe, sobresaltado por sonidos y olores que ya me resultan demasiado familiares después del año que he pasado con mi madre. Tengo la respiración agitada, el sueño sobre mi padre es un recuerdo que casi había olvidado.
Abro los ojos y, joder, ¿desde cuándo levantar un párpado duele tanto?
—Hola. —Una mano suave se posa sobre mi hombro cuando intento incorporarme. Sigo con la mirada borrosa ese brazo delgado y bronceado.
—¿Fleur?
De pronto, recuerdo todo. La pelea en el ascensor, el puño de mi padre, la aparición de Ophelia, Fleur disparándole a papá.
«Fleur disparándole a papá».
Creo que voy a vomitar.
—Respira, Alex, estás a salvo. Ingrid y las gemelas vendrán enseguida. Mamá no está lo bastante lúcida como para venir.
—Ophelia —logro decir, con la garganta en carne viva.
—Creo que se la han llevado para hacerle unas pruebas.
Es como si todos los fragmentos de mí mismo se unieran de repente en un solo pensamiento cargado de pánico.
—¿Está herida?
«No, no, no, no, no».
Intento incorporarme en la cama, pero Fleur me empuja suavemente.
—Solo es una radiografía de rodilla. Puede apañárselas sola.
—Tú... madre mía, Fleur, tú...
—Ya no aguantaba más lo que os hacía a ti y a mamá, Alex. Diecisiete años me parecen más que suficientes.
—Pero tú...
—Russell y yo estábamos fuera cuando oímos la alarma. Sabía que Russell llevaba un arma en el coche desde que papá desapareció, por si acaso. El resto lo tengo borroso.
—¿Está...?
Dios, ni siquiera puedo formar una frase. Estoy demasiado alterado, demasiado preocupado por Ophelia, demasiado dolido.
—Está en otro hospital. Lo más probable es que se tire toda la vida en la cárcel. Mike está aquí, en alguna parte.
«Está vivo».
El alivio me invade, por Fleur, no por él. No quiero que ese peso caiga sobre ella.
Quiero que se pudra entre rejas.
—¿Qué quería?
Entorno los ojos hacia el paisaje oscuro de la ciudad tras la ventana, como si fuera a encontrar respuestas allí.
—Intentaba conseguir un vuelo a Grecia.
Se había montado una vida nueva. La última esperanza desesperada de un cobarde que se había quedado sin opciones. Estaba teniendo problemas para sobornar a un contacto en el aeropuerto, necesitaba que yo le garantizara la huida.
La cabeza me da vueltas, el dolor es casi cegador.
—Ophelia... su rodilla... ¿se ha hecho daño? ¿Es grave?
—Madre mía, estás obsesionado.
—¿Está sola?
«No puedo perderla».
—Le pidió a Brendan que le pasara la grabación en la que sale pegándole un buen golpe a Mike en la cabeza con una palanqueta para tenerla de trofeo. Creo que está bien.
Me río, pero me provoca una punzada de dolor en las costillas.
—¿Tú estás bien?
Se arranca las cutículas, con la vista clavada en su regazo.
—Eso creo.
—Eso crees, pero... —la animo al oír la palabra que no dice pero que queda suspendida al final de la frase.
—Creo que soy como él.
—¿Como papá?
Se pone recta, como si fuera un pensamiento al que lleva intentando enfrentarse mucho tiempo.
—Hay algo mal en mí —confiesa.
Le cojo la mano, desesperado por evitar que siga por ese camino, como me ha pasado a mí durante demasiados años.
—Fleur, no.
—Llevo tiempo pensando en dispararle. Lo veía despotricar en la mesa del comedor, lo oía gritarte en el piso de abajo y solo pensaba en lo fácil que sería hacer que simplemente... se callara.
—Eso no...
Me interrumpe dándome un apretón en la mano, y el pánico que veo en su mirada me destroza.
—Te consideras la rama podrida. Crees que heredaste lo malo de él.
—Le tiembla el labio inferior y, Dios, hay pocas cosas peores que ver llorar a tu hermana pequeña—.
Pero soy yo. Yo tengo lo peor de él. La rabia, los pensamientos oscuros, esa emoción retorcida que me provoca ver caer a los demás.
Apretar ese gatillo es lo único que ha hecho que todo eso... se calme.
—Fleur —susurro, y apenas noto el dolor que me sube por las costillas cuando la atraigo hacia mis brazos. «¿Cuándo fue la última vez que la abracé?»—. Yo también pensaba eso. Todavía lo pienso a veces.
Su voz suena amortiguada, con los brazos alrededor de mi cuello.
—¿De verdad?
—De verdad. ¿Qué te parece si buscamos a alguien con quien puedas hablar de esto?
—Te has vuelto un adulto aburrido —se queja, claramente con ganas de cambiar de tema—. ¿Tú estás bien?
¿Lo estoy? Hace mucho tiempo que no me siento bien. Pero empiezo a verlo como algo cercano.
—Lo estaré.
Fleur se levanta y se inclina para coger mi teléfono de la mesa.
—Tienes más de cien llamadas perdidas de Vincenzo.
Recibo otra justo cuando gira la pantalla hacia mí.
—Cógelo o no parará nunca.
Lo hace, y la cara enorme, ridícula y llena de ansiedad de Vincenzo ocupa toda la pantalla.
—Joder, Alex.
Frunzo el ceño para intentar enfocar la vista.
—¿Dónde estás?
Mira por encima del hombro y me doy cuenta de que está en un coche. Se detiene a un lado de la carretera y se pasa ambas manos por la cara. Se me encoge el pecho.
—Estaba de camino al puto aeropuerto porque no me contestabas y Ophelia me dijo que estabas herido y mi padre no te encontraba en el hospital y...
Deja escapar un gruñido. Parece destrozado, con los hombros hundidos bajo esa costumbre de toda una vida de culparse cuando alguien a quien quiere resulta herido.
—Estás hecho una mierda, Alex. Joder.
—Vaya, gracias —bromeo en un intento de aligerar el ambiente lo suficiente como para deshacer esta bola de emoción que me oprime la garganta.
—No tiene gracia.
Trago saliva.
—Estoy bien. ¿Te llamo luego?
Se le relaja todo el cuerpo con un enorme suspiro de alivio.
—Sí. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Fleur le hace un pequeño gesto con la mano a Vincenzo y cuelga.
—Tienes como otras mil...
En la puerta, un destello cobrizo capta mi atención. Fleur se calla y sale de la habitación, dejándonos a solas a Ophelia y a mí.
Y está preciosa, y está... ilesa.
Y entonces, todo me golpea a la vez. Una década de gris da paso a todo aquello que he estado ignorando.
Pienso en Josie, llorando por un padre del que no conoce nada malo.
En mis primeros recuerdos de mi padre, haciendo girar a mi madre en la cocina, animando desde la banda en mis primeros partidos de fútbol.
Nuestras primeras vacaciones antes de que mi padre se hundiera en la oscuridad, antes de que mi madre empeorara de golpe. Navidades que no se vivían en tensión.
Esa vida murió hace mucho tiempo, pero este momento es como el cierre definitivo del telón. Esperaba rabia. Me imaginaba al otro lado de la celda de mi padre, riéndome de él. No sabía que sería el dolor lo que me dejaría tan destrozado.
El sollozo que se abre paso por mi garganta es silencioso, pero oigo cómo Ophelia toma una bocanada de aire suave cuando corre hacia la cama y me envuelve entre sus brazos.
—Ay, Alex.
Aspiro su aroma a canela.
—Estoy agotado.
Ella me acaricia el pelo.
—Lo sé.
—Creo que no habría sido capaz de dispararle —consigo decir, como si estuviera confesando mi peor pecado. El aire huele a desinfectante y a asco—. Incluso después de todo lo que ha hecho, creo que no habría podido.
Me abraza con más fuerza y hunde el rostro en mi cuello. Siento sus lágrimas en mi hombro.
—No pasa nada, es tu padre. Es normal. Has sufrido mucho.
No sé qué hice para merecerla. Esta chica, capaz de pasar por alto los pecados de mi padre por un futuro conmigo.
—No lo siento como una victoria. —Muerto o vivo, en prisión o huyendo, arrepentido o no. Nada me hace sentir mejor.
Desliza los dedos por mi pelo y me acaricia la espalda con la otra mano mientras dejo escapar un suspiro tembloroso. El cansancio me vacía la vida de los huesos.
—Es que no es una victoria, Alex. Quien te haya hecho creer que esto era una situación en la que se podía ganar o perder, te mintió.
—Se aparta un poco y me lanza una mirada sincera, como si necesitara que de verdad la escuchara—.
Hay más fuerza en la compasión que en la crueldad.
Te enfrentaste al hombre que intentó convertirte en un monstruo y le demostraste que todo lo que hizo fue en vano.
—Lo sé, pero él...
Un mano suave me aparta el pelo de los ojos y juro que siento como una grieta en mi corazón empieza a cerrarse.
—Perdónate.
Bajo la mirada de su labio inferior hinchado hasta su pecho, que sube y baja con respiraciones firmes y seguras.
—¿Qué tal la rodilla?
No puede contener la sonrisa.
—Bien. No hay nada roto. Y olvídate de mi rodilla, deberías ver lo que soy capaz de hacer con una palanqueta.
«Podría pedirle que se casara conmigo ahora mismo».
No es romántico, Alex.
Dios, la quiero con locura. Las quiero a todas. Las quiero tanto que duele. Me muero de ganas de tener a las ocho entre mis brazos.
Las protegeré de esto. No pienso permitir que ninguna de ellas vuelva a sentir un miedo así nunca más.