Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 24. Ophelia
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Capítulo 24. Ophelia

—¿Seguro que es una buena idea? —le pregunto a Russell, el chófer de los Corbeau-Green, cuando se detiene frente al edificio de oficinas de Alex.

Son las nueve de la noche, Alex todavía no ha vuelto a casa y la ubicación de su móvil me indica que sigue en el trabajo.

Así que aquí estamos Fleur y yo; o bien viniendo a asegurarnos de que se encuentra bien, o a rescatarlo de una montaña de papeleo. Lo que haga falta. Solo espero que no le moleste que lo interrumpa cuando claramente está desbordado.

—Mejor eso a que se tire la noche en su escritorio.

Fleur y yo hemos conseguido mantener no una, sino dos conversaciones durante el trayecto.

Me ha estado hablando de campañas de moda de marcas que nunca había oído, y yo me he limitado a asentir y a decir cosas como «ya, los vaqueros barrel están pasadísimos de moda» (tengo dos pares), y «sí, la belleza celular definitivamente es el futuro» (no tengo ni la más remota idea de qué es eso).

Aunque he tenido que buscar en Google a cada persona y lugar que me ha mencionado para seguirle la corriente, creo que puedo considerarlo una pequeña victoria.

En la parte delantera, Russell se desabrocha el cinturón.

—La acompaño, señorita.

Me imagino a Alex en su peor momento, o dormido como un tronco sobre el escritorio. Lo más probable es que no quiera que Fleur ni el personal se presenten allí.

—No, no. Quédate con Fleur. Puede que no quiera compañía. Saldremos en unos minutos.

Me bajo del coche e inhalo profundamente un aire denso con olor a lluvia y algo muy propio de la ciudad de Nueva York. Estoy nerviosa. «¿Por qué estoy nerviosa?».

Puede que el logotipo plateado de Green Aviation sobre las puertas no ayude mucho.

Cuando el portero me conduce al silencioso vestíbulo, sé que no podría parecer más desubicada ni aunque lo intentara.

Aquí dentro brilla todo. El suelo es de mármol y el mostrador de la recepción cuenta con el ramo de flores más grande que jamás he visto colocado sobre un pedestal . Madre del amor hermoso.

Este sitio debe de consumir una cantidad de limpiacristales descomunal.

El mostrador está vacío, lo cual me parece extraño. Pensaba que siempre tendría que haber alguien aquí. Por tercera vez, me salta el buzón de voz al llamar a Alex.

«¿Estará en una sesión con Harwood?».

En la fila de ascensores, pulso el brillante botón de la pared con un mal presentimiento.

Uno de los ascensores está parado en el sexto piso, un pequeño triángulo rojo parpadea junto al número. Cuando un par de puertas doradas se abren, pulso el botón del ático, pero el lector de tarjetas junto al panel se ilumina con una luz roja.

«Genial». Necesito una tarjeta de acceso. Pues claro que necesito una tarjeta de acceso.

Echo un vistazo a mi alrededor. ¿Dónde se ha metido la gente? Pensaba que en esta ciudad todos eran adictos al trabajo.

Recorro el pasillo de los ascensores de un lado a otro en busca de...

lo que sea. Un empleado, una tarjeta de acceso perdida, un conserje.

Encuentro una sala de conferencias, lo que narices sea eso, y una cafetería, ambas igual de desiertas que el resto del edificio.

Solo cuando me doy la vuelta para salir a la calle y pedirle ayuda al portero, veo un papel doblado encajado en la puerta sin ventanas al final del pasillo.

Ay, Dios. Esto parece una película de miedo. Meto el pie en la puerta para que no se cierre y despliego la nota con dedos temblorosos. Va a ser una nota de rescate, va a ser una foto horrible, va a ser...

Está en blanco.

Es un tope para la puerta. Es una decepción y un alivio a partes iguales.

Vuelvo a llamar a Alex, pero no obtengo respuesta. Me asomo a la escalera, no es de mármol pulido con esa absurda iluminación led como la del vestíbulo. Más bien, esto parece una escalera de mantenimiento, sin color salvo por la fregona y el cubo abandonados a mi lado.

Miro de nuevo hacia el pasillo de los ascensores y mi mirada se detiene en ese que sigue parado en el sexto piso.

Me siento unida a Alex de una forma que ninguno de los dos ha sido capaz de explicar. Todo el tiempo que me he pasado intentando romper los hilos que nos unen solo ha servido para que se vuelvan más fuertes.

Por eso sé que algo va mal.

Mi preocupación por su estado de ánimo se transforma en otro tipo de preocupación completamente distinta. Subo los primeros escalones en silencio, pero para cuando llego al sexto piso ya estoy corriendo y, efectivamente, la puerta de acceso está lo bastante entreabierta como para no cerrarse.

Aunque no hace frío, me castañean los dientes y me tiemblan los dedos cuando marco el 911 y me llevo el teléfono a la oreja.

Silencio.

En este piso no tengo cobertura suficiente para pedir ayuda.

Miro hacia la escalera. Tenía cobertura en el vestíbulo, pero no puedo dar la vuelta. No si Alex está aquí arriba y en peligro.

En algún lugar profundo de mi pecho, sé exactamente qué —exactamente quién— está detrás de esto.

Este es el momento que tantas veces me he imaginado. Esto siempre ha sido entre Cain y yo.

Me deslizo por la puerta hacia el pasillo sin luz, mis pasos silenciosos sobre el suelo blanco mientras paso junto a una sala de descanso vacía, una sala llena de cables y luces brillantes, y luego un armario con suministros de limpieza.

Hay un silencio mortal.

Abro un armario y hago una mueca por el chirrido de las bisagras mientras reviso los estantes en busca de cualquier cosa que pueda usar como arma.

«Una palanqueta». Prometo no volver a decir que tengo mala suerte, porque hay una maldita palanqueta en el estante inferior, encajada entre dos recogedores. Está fría al tacto cuando la aprieto contra mi pecho, más pesada de lo que imaginaba.

Marco el 911 una y otra vez, pero la llamada sigue fallando a la vez que avanzo por el pasillo hasta detenerme frente al ascensor.

Cristal roto. Metal abollado. El teléfono de Alex boca abajo en un charco de sangre.

Y, curiosamente, una extraña sensación de entumecimiento me invade.

Mi miedo por su seguridad disuelve todo lo demás, todas las posibles decisiones y los «¿qué debería hacer?

» convergen en un único plan. Soy una mujer poseída.

Sigo el rastro de sangre con la palanqueta frente a mí como si fuera un bate de béisbol hasta que oigo voces.

Hostia puta, que de verdad lo estoy haciendo.

Una voz grave cargada de furia rompe el silencio:

—Libera el jet, Alex.

Oigo un golpe seco desagradable, un gemido ahogado que sé que proviene de Alex.

Me detengo junto a la puerta con la espalda pegada a la pared.

—Te daré una última oportunidad, Alex, porque preferiría no hacerte más daño del necesario. Consígueme un jet , sácame de Estados Unidos, y estarás en casa a tiempo para el desayuno.

Contengo la respiración y me inclino hacia la pequeña ventana de la puerta de lo que parece una sala de mando y... mierda. Son dos. Un hombre bien vestido con la cara destrozada y una figura encapuchada de espaldas a mí que solo puede tratarse de Cain Green.

Cain da un paso a la izquierda y el corazón me da un vuelco.

Alex está atado a una silla y... no tiene buen aspecto.

Tiene el pelo alborotado, le cae sobre la frente lo justo como para que se le vea el corte de la ceja. La sangre le resbala por la sien y lo único que oigo es el martilleo de mi corazón.

Estoy tan consumida por la rabia que casi cruzo la puerta sin pensarlo. Tengo una mano alrededor del pomo y la otra aferrando la palanqueta cuando Cain se gira ligeramente.

Una pistola le brilla en la mano izquierda.

Toda la confianza que tenía se evapora. Esto me supera.

Me estremezco cuando agarra por la mandíbula a su hijo para obligarlo a levantar la vista.

«Oh, Alex. Siento no haber venido antes».

Se le ve tan herido. Le gotea sangre de la boca, pero es la tristeza que le nubla la mirada lo que me deja sin aire.

Cain le planta un móvil delante de la cara a Alex, apretando con más fuerza la pistola. Alguien habla al otro lado de la línea. Yo solo observo, impotente, cómo el último rastro de lucha abandona su cuerpo.

—¿Alex?

—Hola, Dan —jadea—. Necesito un jet que no esté registrado. Para un pasajero. Lo del pasaporte ya está arreglado. ¿Puedes tenerlo solucionado para esta noche?

—Pensaba que Green ya no se dedicaba a esas cosas, Corbeau.

Alex cierra los ojos. Su padre presiona el cañón de la pistola contra su sien para obligarlo a espabilar.

—Ya, bueno... ha surgido algo.

—¿Y cómo me lo vas a recompensar?

Deja caer la cabeza hacia delante, derrotado, con la sangre goteándole sobre el regazo.

—Quinientos mil.

—Ochocientos.

—Los cojones —escupe con voz ronca. Cain le quita el seguro a la pistola. Me tapo la boca para acallar el grito ahogado que se me escapa, pero Alex levanta la cabeza de golpe.

Nuestros ojos se encuentran durante apenas un segundo, e incluso en la oscuridad, veo el miedo en los suyos, el horror de que yo esté aquí. «Vete», me dicen. «Jamás», responden los míos.

Me quedo quieta y respiro hondo por primera vez desde que me bajé del coche. Puedes hacerlo, Ophelia. «Piensa».

Me aparto mientras elaboro un plan. Como última esperanza, le escribo a Russell: «911». Miro el final del pasillo en forma de ele, rezo una oración, y doblo la esquina corriendo.

Rodeo el pomo de la puerta de la habitación de al lado con las manos sudadas y la abro.

Después, la cierro de un portazo.

Apoyo la espalda contra la pared, con la respiración agitada mientras espero.

Oigo abrirse una puerta al final del pasillo, oigo al otro hombre decirle a Cain que investigará el ruido, que silenciará a cualquier conserje que haya cometido el error de subir aquí tras haber finalizado su jornada de trabajo.

«Tap, tap, tap».

Los pasos se acercan. Aprieto con más fuerza la palanqueta. Espero y espero y espero lo que me parece una eternidad.

«Ahora».

Me lanzo desde la esquina, estampándome contra algo... alguien. Ambos caemos al suelo y un dolor ardiente me sube por el muslo cuando mi rodilla absorbe el impacto.

El hombre de traje se arrodilla frente a mí, con el rostro rojo de ira. Abre los ojos como platos al encontrarse con los míos, y entonces hace justo lo que quiero. Grita el nombre de Cain.

Espero mi indecisión habitual, un segundo de duda, pero no llega. Le estampo la palanqueta contra el cráneo con un crujido sorprendentemente suave. Entonces no es más que un estropicio jadeante y rabioso de cachemir azul marino y cuero pulido tendido en el suelo.

Siento las piernas como si fueran de gelatina; aun así, me llevan hasta el armario de suministros que se encuentra a mitad del pasillo.

Me escondo entre las estanterías de productos químicos, observando la fina franja de cristal esmerilado de la puerta mientras una sombra se detiene al otro lado. Me tapo la boca con ambas manos, no me atrevo a parpadear, no me atrevo a respirar.

Se me hunde el estómago, con miedo y alivio a partes iguales, cuando finalmente suena el inconfundible sonido que me confirma que a Russell le ha llegado mi mensaje.

Durante un segundo horrible y enfermizo, creo que Cain sabe que estoy aquí dentro. Y entonces oigo un gemido ahogado que proviene del tipo tirado en el pasillo.

Cain sale corriendo.

«Alex». Solo puedo pensar en llegar hasta él y ayudarlo.

Con el corazón a punto de salírseme por la garganta, abro la puerta poco a poco, intentando ignorar el dolor que siento en la pierna. Escucho como retumban los pasos de Cain al doblar la esquina en dirección al segundo pasillo mientras corre hacia su cómplice.

Cuando entro en la sala, la desesperación de los ojos de Alex casi me hace caer de rodillas. Escupe sangre, una súplica desesperada en la voz.

—Vete, Twist. Vete, por favor.

—Voy a salvarte —susurro, aunque dudo que eso lo consuele.

Me agacho detrás de su silla y le desato las manos con urgencia.

—Vete. Volverá.

—No pienso dejarte aquí. —Suelto una cuerda, forcejeo con la otra. A Alex se le cae la cabeza hacia delante, le cuesta respirar. Cuando hablo, mi voz refleja más seguridad de la que de verdad siento—. Quédate conmigo, Corbeau, voy a sacarte de aquí.

Su respuesta apenas es audible.

—Construyó un tren en miniatura conmigo por mi undécimo cumpleaños.

Me tiemblan las manos, me arden los ojos, pero obligo a las lágrimas a no derramarse.

—Lo siento mucho, Alex.

—Construyó un tren conmigo y ahora me hace esto .

La segunda cuerda cae al suelo salpicado de sangre.

Rodeo la silla para colocarme delante de él después de echar un vistazo rápido por encima del hombro.

Le está saliendo un moratón enorme sobre el ojo derecho.

Joder, daría cualquier cosa por quitarle el dolor.

Sufriría toda una vida si eso significara que él fuera feliz.

—¿Puedes andar?

—Vete, Ophelia.

Paso mis brazos por debajo de los suyos y lo levanto. Lo agarro por la cintura mientras lo arrastro con piernas temblorosas hacia el pasillo. Los ascensores. Solo tengo que meternos en un ascensor.

—¿Estás herida?

No puedo evitar soltar una risa crédula cuando nos acercamos a las puertas plateadas. Lo dejo apoyado contra la pared y me tambaleo para pulsar el botón del ascensor, rebuscando en su cintura para sacarle la tarjeta de identificación del cinturón.

—Preocupémonos por ti antes de...

Una voz arrastrada y perezosa me acaricia la espalda, una voz demasiado similar a la de su hijo.

—Ophelia Winters. Qué agradable sorpresa.

Me quedo paralizada y cierro los ojos un instante.

—Cain.

—No estarás intentando llevarte a mi hijo, ¿verdad?

Me vuelvo hacia él, enderezo los hombros y mantengo la mirada firme incluso cuando levanta la pistola. Alex se coloca delante de mí.

—Apártate, Alex. No pensaba matarla, pero ya que ha venido hasta aquí...

Intento moverme, intento empujar a Alex hacia el ascensor, pero, a pesar de estar herido y aturdido, es una pared de puro músculo.

A Cain se le ensancha la sonrisa, y con solo verlo me entran ganas de vomitar. Ha sido el núcleo podrido de mi vida durante mucho tiempo, el epicentro de todo lo malo.

—Te advertí sobre las distracciones, hijo. Mira en lo que te ha convertido. Apártate, Alex, no me obligues a tener que pasar por encima de ti.

—Alex, vete —suplico—. Esto siempre ha sido entre tu padre y yo. Esto no tiene nada que ver contigo.

—Tiene todo que ver conmigo.

Cain tiene un brillo en los ojos: desquiciado, loco, un hombre sin nada que perder.

Dice que le dispararía a Alex para llegar hasta mí y, en ese momento, lo creo.

Doy un paso a la derecha. Cain tiene vía libre para disparar. Alex no se da cuenta. Las autoridades deben de estar cerca. Si consigo mantener a Alex con vida un poco más...

Un disparo resuena en el aire, y espero. Espero el dolor, espero la sangre, espero el fuego ardiente de una bala en mi piel.

Y sin embargo...

Al final del pasillo, Cain se desploma contra el suelo, un charco de sangre se forma bajo su pierna izquierda.

Con un pitido agudo taladrándome los oídos, busco un arma en las manos vacías de Alex, él busca una en las mías, y luego ambos levantamos la vista con lentitud.

Al final del pasillo blanco y frío, Fleur baja su arma.