Capítulo 23. Alex
Los rayos de sol que se cuelan por las cortinas bañan a Ophelia en tonos sepia, inundando la habitación con una luz suave y cálida. Tras un par de semanas de mañanas grises y lluviosas en la ciudad, la de hoy me parece todo un lujo.
Mi móvil marca poco más de las siete de la mañana. Ya he entrenado, me he duchado y he tenido una llamada con Harwood. La diferencia entre mis mañanas buenas y mis mañanas malas es abismal.
Cierro la puerta del baño en silencio, me pongo unos pantalones cortos y me meto bajo las sábanas, desbloqueando el móvil.
Las pestañas abiertas de mi buscador son una representación bastante fiel de todo lo que tengo en la cabeza: anuncios de casas en Nueva York, Edimburgo y Londres, información sobre cursos de arquitectura en Yale, médicos para mi madre y colegios para las niñas en Nueva York y el Reino Unido, un montón de escuelas de cocina para Mia, una búsqueda desesperada de algo, cualquier cosa, que haga recapacitar a Fleur sobre lo de cambiar la universidad por el modelaje con el padre de su horrible novio como representante.
Mi mente se ha vuelto un plato de espaguetis. Sin rumbo ni control. Solo caos y una necesidad de cambio. Demasiadas decisiones y, aun así, todas ellas me paralizan.
Ophelia se mueve a mi lado y murmura algo ininteligible contra la almohada.
Solo llevo despertándome así una semana, pero no quiero que se acabe nunca. Sin embargo, es un secreto a voces: las vacaciones de Pascua de Sorrowsong están llegando a su fin y los exámenes finales se le echan encima.
Tendrá que marcharse pronto.
Le acaricio la mejilla con el pulgar. No puedo contarle las pecas por mucho que lo intente. Son demasiadas, amontonadas sobre su nariz y sus mejillas.
Le revolotean las pestañas al abrirse, tiene los ojos hinchados por el sueño.
—Hola.
Le aparto el pelo de la cara.
—Buenos días. ¿Has dormido bien?
Hace un puchero y frunce el ceño.
—Sabes perfectamente que no he dormido bien.
—Qué curioso. Por lo que recuerdo, eras tú la que me suplicaba otra ronda anoche.
Se gira y entierra la cara en mi pecho.
—Ya, bueno, pero tú estás mayor y te falla la memoria.
Deslizo los dedos por la curva de su espalda mientras disfruto de su contacto. Ese nubarrón que vive dentro de mí permanece tranquilo.
—Ayer me encontré una cana.
Emite un pequeño sonido de aprobación.
—Estarás muy sexi cuando tengas el pelo gris...
¿Vas al gimnasio? —murmura. La luz del sol le besa los pechos, le pinta los muslos, le hace brillar el pelo con un tono ardiente.
Hay algo precioso en ella. Sé que no es la palabra más original, pero es la que se me viene a la cabeza cada vez que la miro.
—Ya he ido.
Se aparta, cabreada.
—La gente como tú me da asco.
—De todas formas, no podía dormir.
Se apoya sobre un codo, más espabilada de repente. Yo aprovecho para disfrutar de las vistas.
—¿Un mal día?
—No, me siento bien. Pero me cuesta dormir hasta tarde contigo a mi lado.
Bate las pestañas en mi dirección.
—¿Porque soy demasiado guapa?
Puede que lo diga de broma, pero ha dado en el clavo. Si fuera por mí, no la dejaría dormir nunca. Deposito un rastro de besos por su pecho, disfrutando de cómo mueve las caderas cuando le rodeo el pezón con la lengua. Esto es un juego peligroso. Voy a llegar tarde.
—Nah, es por los ronquidos.
Se tapa la cabeza con la sábana, indignada. Irme a trabajar nunca me había resultado tan difícil. No sé cómo lo hace la gente.
—No vuelvo a ponerme lencería nunca más.
—No —suplico, y el sonido de su risa resuena por toda la habitación—. Es un castigo demasiado cruel.
Han pasado tres días desde que Ophelia se compró un conjunto de lencería en una salida de compras con las niñas a la que yo no estaba invitado. Yo le he comprado otros dos y he añadido «Ophelia con encaje rojo» a la lista de cosas que tengo, pero que nunca mereceré.
Presiono mis labios contra los suyos, sostengo su cara entre mis manos y me trago su gemido suave. Hunde los dedos en mis bíceps doloridos y me separa los labios con la lengua. Juraría que hace diez minutos no me costaba tanto pensar con claridad.
Enreda su pierna con la mía, mi muslo entre los suyos.
El movimiento descarado de sus caderas contra mi pierna musculosa me hace sonreír. Creo que Ophelia está igual de obsesionada con mis muslos que yo con ella. Mi nombre escapa de entre sus labios como un jadeo. Le pego un pequeño mordisco en la oreja, con tantas ganas de hundirme en ella que duele.
—Estás empapada, Ophelia.
—Solo para ti —gime, condenándome a un día improductivo de ensoñaciones detrás de mi escritorio.
En el futuro al que me aferro, así empiezan todos mis días.
—Tengo que irme —logro decir con lo que quizá sea la mayor muestra de autocontrol de la historia.
Dejaría de lado cualquier otra reunión por una mañana en la cama con Ophelia, pero esta no.
Llevo meses preparando la primera cita de mi agenda de hoy.
Cuando empecé a valorar las opciones para mi sustituto, Mike era la única persona que tenía en mente.
Hoy le preguntaré a Luis si quiere mi puesto.
He detectado un error bastante grave por parte de Mike hasta en tres ocasiones en estas últimas semanas y le he visto perder los nervios en reuniones de una forma que me pone los pelos de punta, ya que me recuerda a las noches horribles en casa con mi padre.
—No —susurra, como si la hubiera traicionado.
Le muerdo el hombro. Con fuerza.
—Después.
Llevo revisadas veinte páginas del contrato de nuestro equipo legal para un nuevo acuerdo con un aeropuerto francés —un acuerdo que me ha llevado aproximadamente el triple de tiempo del que debería haber tardado— cuando Ophelia me llama.
Miro la hora. Mierda. Ya pasan de las siete de la tarde. Le escribo a Jacqueline para disculparme y decirle que se vaya a casa.
La voz de Ophelia es un consuelo bienvenido, suave y ronca a través de mis AirPods.
—Señor Corbeau.
Ni siquiera logro forzar una sonrisa a través de la culpa que me aplasta el pecho.
—Señorita Winters.
—¿Qué tal el trabajo?
—He perdido la noción del tiempo por completo.
—Tranquilo. ¿Te sientes menos estresado?
—Sí, hoy he avanzado bastante con el acuerdo francés y la rueda de prensa.
—Pues eso es lo único que importa.
Pero no es lo único que importa. De hecho, es justo lo que menos debería importar.
—¿Cómo te fue con Luis?
—Bien. Muy bien. Su visión de Green coincide con la mía.
—¿Y Mike?
Me reclino en la silla y estiro los brazos por encima de la cabeza. Esa conversación la he dejado para mañana y, la verdad, no me apetece nada.
—Todavía no le he dicho que no va a conseguir el puesto.
—¿Cómo crees que se lo va a tomar?
—Me imagino que fatal.
—Yo lloraría mientras se lo digo.
—A este paso, puede que yo también.
—Tengo que volver, Alex.
Dejo el bolígrafo y cierro los ojos. Sabía que, tarde o temprano, diría esto. Lleva una semana rondándonos.
—No tienes que hacerlo —expongo, aunque intento luchar contra esa parte irracional de mí, esa que mi padre alimentó, la que quiere encerrarla en el sótano y no dejarla salir.
—Lo sé.
Quiero ser egoísta. Quiero decirle que ya no necesita dinero ni volver a esa casa cerca de Inverness. Que podría estudiar en cualquier universidad de cualquier sitio. Que le pagaría la matrícula. Le compraría una casa.
Pero va en contra de todo lo que ella representa. Está intentando construirse su propia identidad.
Interpreta mi silencio como una pregunta y me explica su decisión.
—Me he planteado lo de quedarme, Alex. Te lo juro. Pero llevo toda mi vida rezando por tener amigos, por la oportunidad de estudiar una carrera, tener una vida que no esté alimentada por la venganza. Una vida que sea mía. Tengo un grupo de amigas, una beca, un puesto en el equipo de natación.
—Lo sé.
—Le debo a la Ophelia de diecisiete años algo mejor que renunciar a todo eso.
«Como he hecho yo, en dos ocasiones».
Me pesa la conversación que tuve con mi madre.
Durante un horrible e injusto segundo, casi pienso que tiene suerte de tener tanta libertad.
Pero después recuerdo el abrazo que me dio Josie al salir por la puerta, el café que me dejó mi madre en la mesita, la forma en la que Mia se asoma por la ventana para darme los buenos días todas las mañanas, la manera en la que esas siete mujeres me han dado un propósito durante los últimos veinticuatro años, y me enfado conmigo mismo.
Recuerdo cómo el frío de su casa se había metido hasta en los cimientos, las cajas de cartón con sus pertenencias que Ophelia había empaquetado sola. La habitación doble impoluta en la cima de las escaleras. La palabra «suerte» se me agria en la boca.
—No me refería a que tú hubieras hecho eso —añade Ophelia cuando el silencio se alarga.
—Lo sé, cariño. Haces bien en volver a casa.
—En el peor de los casos, solo serán algo más de dos años a distancia. Podemos con ello. Cuando me gradúe, podría venir aquí.
Se me vienen a la cabeza todas esas casas en el Reino Unido que he estado mirando. Aunque no sé si las niñas estarían de acuerdo. Y mi madre necesita estabilidad, no otro cambio enorme en su vida. Dios, lo que daría por vivir cerca de Ophelia.
Solo estar a cinco centímetros de ella ya me pone de mal humor, así que imagínate a cinco mil kilómetros. Con muchas llamadas nocturnas y duchas largas... quizá podría sobrevivir.
—Puedes volver en jet .
—Voy a intentar volar en un avión normal.
—Luego te ayudo a reservar el vuelo.
—Gracias. Te quiero —dice, con voz temblorosa. Está alterada. Empiezo a recoger mis cosas de inmediato.
—Yo también te quiero. Dime qué pasa.
—No lo sé. Me ha bajado la regla. Charlotte me ha regalado una pulsera para el tobillo. —Se le rompe la voz y su siguiente frase revela lo que realmente le pasa—: Maté a Laura. Me acuerdo de ella cada vez que estoy feliz.
—¿Quieres que te compre un chocolate caliente de camino a casa?
Oigo un sollozo ahogado.
—Sí. Tal vez eso me ayude.
—Y si no, encontraremos otra cosa.
Mantengo a Ophelia al teléfono hasta que me toca coger el ascensor, así que le prometo que en nada nos vemos.
Mike entra un piso más abajo y me saluda con un leve asentimiento. Pulsa el botón del garaje, aunque yo ya lo he hecho.
—Enhorabuena por el contrato.
—Pensaba que no lo conseguiríamos nunca.
El ascensor se sume en el silencio mientras baja. Mike silba una melodía y me lanza una mirada rápida.
—¿Qué tal te va con tu chica?
Es una pregunta bastante rara. De hecho, hay un ambiente bastante raro en el ascensor. Mike tiene la mandíbula tan tensa que me sorprende que no se haya partido las muelas.
—Bien.
Cuando Mike se inclina hacia delante y pulsa el botón del sexto piso, que solo lo usan los conserjes y para almacenamiento, percibo el leve tufo a alcohol de su aliento.
Mientras el número rojo del piso desciende en la pequeña pantalla a sus espaldas, se me enciende una alarma al fondo de la mente.
Se me eriza la piel, esa horrible sensación de asfixia y miedo me suben por la garganta.
Aquí pasa algo.
Todo ocurre en menos de un segundo. Me lanzo hacia el botón rojo de emergencia, pero el puño de Mike choca con el mío y luego lo lanza directo hacia mi cara. Bloqueo el golpe, pero la fuerza hace que me estrelle contra el espejo. Siento un dolor tan intenso en la espalda que se me nubla la vista.
Su siguiente golpe es torpe, fácil de esquivar.
Rompe el espejo agrietado con el puño y los fragmentos de cristal caen al suelo.
Le asesto un porrazo brutal en el lateral izquierdo de la cara y logro estamparlo contra el otro extremo del ascensor.
Se revuelve cuando le rodeo el cuello con las manos, su anillo me corta la mejilla.
Pero no aflojo mi agarre. No cuando está en juego una vida con Ophelia.
—¿Esto es cosa de mi padre? —gruño mientras sus golpes pierden fuerza. El ascensor se detiene con un traqueteo en el piso de mantenimiento, pero no lo suelto.
—No planeabas nombrarme CEO nunca, ¿verdad? —jadea mientras le arrebato el oxígeno con las manos.
—Desde luego que ahora no. —No puede respirar, suplica por su vida. Aprieto con más fuerza—. Contéstame.
Echa un vistazo por encima de mi hombro ante el chirrido de las puertas al abrirse, y su expresión de miedo se convierte en algo parecido al alivio.
Una mano áspera me aprieta un paño sobre la boca. Mi siguiente bocanada de aire es como una bola de fuego que me baja por la garganta hasta los pulmones, noto los químicos contra la piel delicada. Siento como si todo el edificio se inclinara.
En algún lugar de la niebla que me invade la mente, oigo la voz de mi padre.
Y entonces entiendo que esto no es un arrebato repentino por el puesto de CEO. Esto es un plan mucho más elaborado.
Echo la cabeza hacia atrás con fuerza y siento cómo impacta contra carne y hueso, pero la mano que me tapa la boca no se mueve.
—¿Me echabas de menos, hijo ?
Aunque el mundo me da vueltas, las palabras que mi padre susurra en mi oído atraviesan la niebla densa. Un dolor agudo en medio de un entumecimiento apagado y pixelado.
Las náuseas me revuelven el estómago. Me siento igual de indefenso que cuando era niño.
«Muerto no le sirvo de nada».
Es la frase que me he susurrado al espejo en mis peores días, en mis momentos más bajos. Me mantuvo con vida entonces, y me mantendrá con vida ahora.
La consciencia se me escapa de entre los dedos. Y lo único en lo que puedo pensar mientras el mundo se vuelve negro es en esa extraña y maravillosa chica que me espera en casa.