Capítulo 22. Alex
[BORRADOR]
De: Alex Corbeau-Green
Para: Ophelia Winters
Asunto: Babeo (sustantivo): babeas en la almohada, que lo sepas. Y hablas en sueños.
Si todos mis cumpleaños van a empezar como este, entonces me gustaría vivir para siempre.
Es mi cumpleaños. Veinticuatro.
No sé por qué, pero me parece importante.
A lo largo de los años, he rezado por no llegar a los veinticuatro y aquí estoy.
Vivo, respirando, sintiendo y envejeciendo, como todo el mundo.
Por raro que parezca, me gusta mi cumpleaños.
No soy de regalos ni de fiestas, pero sí de pasar tiempo con mi familia.
Soy de la mirada de orgullo y alivio en los ojos de mi madre al saber que ha sobrevivido otro año.
Mi depresión es una enfermedad y cada cumpleaños es tanto un logro como una prueba de resistencia agotadora.
Este cumpleaños en particular me siento afortunado.
La presencia de Ophelia en Nueva York ha puesto mi semana patas arriba.
Cuando no esté arrancándome los pelos por el estrés e intentando hacer malabares con cuatrocientas cosas a la vez, me sentaré y apreciaré lo que hizo por mí al subirse a ese avión.
Es demasiado para procesarlo ahora mismo, una bondad demasiado grande que mi cerebro no puede asimilar.
En cuanto abrí los ojos esta mañana, prometí que no pensaría en mi padre en todo el día. No se lo merece. De todas formas, no guardo recuerdos de ningún cumpleaños en el que estuviera presente a partir de los diez años. Green Aviation, su hijo favorito, le ocupaba demasiado tiempo.
Y después de una ducha increíblemente intensa con mi chica para empezar mis veinticuatro, me tiré la segunda mitad de la mañana en una habitación de hospital estrecha con las ocho mujeres que dan sentido a cada una de mis acciones y propósito a cada uno de mis respiros.
La recuperación de mi madre está siendo lenta, pero hoy se va a casa. Ophelia no parece tener prisa por regresar a Escocia. Fleur ha vuelto a hablarme.
Hoy me siento rodeado de razones por las que seguir adelante.
Ahora estoy revisando el correo en mi despacho de casa mientras Ophelia me prepara «la mejor comida de mi vida», lo cual bien podría ser un código para referirse a algo que me hará cagarme encima; no sería la primera vez.
Quiero a Ophelia con locura y creo que es maravillosa, pero es la peor cocinera del mundo.
En el futuro que estoy construyendo para nosotros en mi cabeza, soy yo el que cocina. Ella se limita a sentarse en la isla mientras se queja del estado del mundo y de cómo todo se está convirtiendo en un código QR.
Quizá sea mi buen humor, pero limpio la bandeja de entrada en tiempo récord.
El informe semanal del equipo de ventas no me parece tan seco como de costumbre.
La estrategia de marketing que me han enviado tiene sentido.
Las negociaciones con los aeropuertos franceses van viento en popa.
Los guerreros excesivamente ambiciosos de LinkedIn no me dan ganas de estrellar la cabeza contra el escritorio.
La carpeta de «papelera» me mira fijamente; ahí dentro hay un correo que me tienta, no me lo saco de la cabeza en toda mi jornada laboral. Carmichael no mentía cuando me escribió. El programa de arquitectura de Sorrowsong está ganando cada vez más popularidad.
Ophelia aparece en la puerta, con un delantal blanco sobre el vestido verde que compró en Londres.
Me encanta ese vestido. Me encanta la chica que lo lleva. Me encanta lo que hacen juntos.
Deja frente a mí un líquido naranja con una pequeña reverencia antes de colocar un paraguas de cóctel dentro.
—Su bebida, mademoiselle .
Me llevo la mano a la boca para ocultar mi risa. La pobre se está esforzando un montón.
—¿Sabes lo que significa « mademoiselle »?
—No.
Intento mantener los ojos abiertos al darle un sorbo, pero uno se me cierra levemente mientras mi esófago parece derretirse. No estoy del todo seguro de que no sea un vaso de ácido de batería.
Le brillan los ojos, emocionada.
—¿Te gusta?
—Me encanta.
—Entonces, ¿a qué viene esa mueca? —Me lo arrebata, le pega un trago y lo escupe tosiendo por todo mi escritorio—. Está asqueroso.
—Está delicioso —respondo mientras intento contener la risa. Ella abre la receta en el móvil con furia. Le cambia la cara—. Uy. Era una cucharadita de zumo de limón, no una taza. Lo haré de nuevo.
—Pero dáselo a Rocco. Siempre está buscando nuevas formas de derretir candados.
—Capullo —murmura de camino a la puerta.
Pasan diez minutos, luego veinte. No aparece ninguna bebida. Tras ponerme al día con el trabajo, sigo el leve olor a quemado hasta la cocina y encuentro el MacBook de Ophelia abierto en la isla con «cómo desquemar un filete» escrito en la barra de búsqueda.
La encuentro en la cocina de atrás, sacando algo del microondas. Lleva el pelo recogido en un moño, aunque tiene más mechones de pelo rojo fuera que dentro. Parece estar de un humor de perros, lo cual me divierte muchísimo.
—Que te den por estar de cumpleaños. Que le den al filete.
Que le den a la comida como concepto. Que le den a las sartenes y a las páginas de recetas.
¿Por qué tengo que leer sobre las piedras en la vesícula de tu tío para saber cuánto tiempo cocinar un filete?
Y que le den a los fogones también. Mienten sobre estar a temperatura media. Está alta.
Me apoyo en el marco de la puerta, un sentimiento de calidez se me extiende por la sangre. Esto es lo que quiero. Esto es lo que quiero para siempre .
—Va bien la cosa por lo que veo.
Sirve judías verdes en un plato con mucha más fuerza de la necesaria.
—¡Una vaca ha muerto por esto, Alex!
—Seguro que no está tan mal.
Me lleva a la cocina principal, donde veo dos filetes que parecen trozos de carbón en la sartén de hierro. Cuando pone uno en cada plato, también suenan a carbón.
—Es...
—Cállate. —Está haciendo un puchero tremendo mientras añade unas patatas a los platos y les echa sal y pimienta, como si así fuera a salvar este desastre.
Me siento en la isla de la cocina, acercando el plato hacia mí y mordiéndome el carrillo.
—Feliz cumpleaños de mierda —murmura al sentarse a mi lado.
Veo que también está intentando no echarse a reír.
Las patatas no están tan mal. Las judías verdes son casi comestibles.
—¿Ni siquiera vas a probar el filete? —pregunta sin apartar la mirada de la masa ennegrecida del plato con expresión desanimada.
—Estoy bien, gracias. Me gustaría terminar el día con las muelas intactas.
Me gano un golpe con un paño de cocina.
—¡Alex!
Engancho un dedo en el tirante de su vestido verde y la acerco a mí. Ella me aparta de un manotazo, como si fuera una mosca.
—¿Así es como tratas al personal en los restaurantes?
Le dedico mi sonrisa más encantadora.
—Solo a las pelirrojas buenorras y gruñonas.
—Más te vale dejar buena propina.
—Oh, tengo la propina perfecta para ti —susurro, y observo cómo se tapa la cara con las manos.
Cuando vuelve a mirarme, está roja como un tomate y tiene las comisuras de los labios ligeramente curvadas.
—Ligas de pena.
Hago un puchero y apoyo las manos en su culo. Las suaves curvas de su cuerpo me vuelven loco, tengo la cabeza tan en las nubes que ya se me han olvidado todos los problemas.
—Coquetea conmigo, sígueme el rollo... es mi cumpleaños.
—Solo si me dejas una buena reseña en Tripadvisor.
Sonrío contra su cuello.
—Cinco estrellas. «La chef estaba tan buena que hasta el filete fue incapaz de aguantar el calentón y acabó carbonizado».
Se inclina hacia mí y yo enredo las manos en esos mechones color cobre brillante que tan hondo se han enterrado en mi pecho y que mantienen unido mi corazón frágil.
—Seis letras —susurra—. Empieza por eme. La chef podría hacerte una, si tienes suerte.
Me remuevo en el taburete. La idea de Ophelia de rodillas, aquí, hace que se me quede atascada la siguiente frase. Me ha cortocircuitado el cerebro.
Entonces, el sonido de unos pies descalzos atravesando el vestíbulo me recuerda por qué mis pensamientos deben seguir siendo justo eso, pensamientos. Josie se cuela por la puerta con cara de asco.
—Puaj. ¿Os estabais besando?
—Jamás haríamos eso —respondo, escandalizado. La levanto con un brazo. Lleva un papel arrugado en la manito sudada—. ¿Qué traes ahí?
—Es para Feli.
—Hala, ¿en mi cumpleaños? —La dejo en el suelo—. Pues venga, dáselo.
Josie arrastra a Ophelia hasta el extremo de la isla de la cocina y deja un dibujo hecho a mano sobre el mármol blanco. Hay una figura de palitos que claramente soy yo, y otra con una masa de pelo naranja.
«Bienvenida a nuestra familia, Ophelia» está escrito arriba.
Puede que sea un dibujo infantil caótico, pero en cuanto lo leo, sé que va a sentir como si le pegaran un puñetazo en el estómago. Apoyo la mano en la parte baja de su espalda, solo para que sepa que estoy aquí.
Se queda mirando el dibujo, sin palabras.
—Yo... eh...
El dedito grasiento de Josie señala el caos naranja que sobresale de la cabeza de una de las figuras.
—Esa eres tú.
Ophelia bate las pestañas con parpadeos rápidos, aprieta los labios en una fina línea.
—Es...
—¿No te gusta?
Revuelvo el pelo rubio de Josie.
—Dale un segundo, J. Tiene que asimilarlo.
—Es... —Ophelia empieza a hablar y se detiene de nuevo, pero lo sé. Es la razón por la que ha aguantado todos estos años—. Me encanta, Josie. ¿Puedo quedármelo?
—¡Sí! —exclama esta antes de abrazar a Ophelia y salir corriendo de la cocina como si no acabara de lanzar una barra de dinamita contra los muros que Ophelia tantos años ha pasado construyendo alrededor de su corazón.
El silencio es pesado. El ambiente es pesado.
Su respiración es pesada, cargada de lágrimas no derramadas.
Aprieta el dibujo con fuerza, como si alguien fuera a venir a arrebatárselo en cualquier momento.
Para ser una chica llena de comentarios sarcásticos, pronuncia su siguiente frase en voz baja. Insegura.
—¿Puedo pasar las navidades con vosotros este año?
La envuelvo entre mis brazos y siento el temblor de un sollozo recorrer su espalda.
—Me decepcionaría que no lo hicieras, Twist.
—¿Este año? O sea... ¿dentro de ocho meses? —repite contra mi pecho, como si no se pudiera creer que le haya dicho que sí, que haya logrado atravesar la soledad y haya salido por el otro lado.
Hay algo en este momento que lo hace parecer un amanecer. El primer rayo de sol tras una noche larga y oscura. El primer destello de esperanza, iluminando a dos personas que estaban a punto de rendirse.
—¿Por favor? —añade, interpretando mi silencio como indecisión. Algo dentro de mí se rompe. Me hace querer meterme bajo su piel y coser todas sus grietas una por una.
Entierro el rostro en su pelo e inhalo ese olor a café con canela tan suyo.
—Este año y todos los años hasta la medianoche.
Hasta dentro de cien años.
Mi madre está en casa, incorporada sobre una enorme pila de almohadas y empujando la pequeña porción de comida de su plato sin llevarse ni un bocado a la boca.
He dejado a Ophelia en el cómodo ambiente del salón, jugando al Scrabble online con algún programa de televisión cutre de fondo. No Masterchef . Cocinar se ha convertido en un tema delicado desde el escándalo del filete.
No sabía que el Scrabble fuera la clase de juego con el que uno se altera con facilidad, pero ella lo consigue. Todas las noches. Si «Destroza-Palabras98» pudiera oír todo lo que dice de él, lo más probable es que no volviera a mirarse al espejo en su vida.
Qué graciosa es. Mi Ophelia.
Pinchando un tomate con el tenedor, mi madre sonríe al oír a Mia y Evie gritar por algo en el jardín. Ojalá comiera. Dudo que pueda adelgazar mucho más.
Estoy a punto de convencerla para que dé un bocado cuando señala con la cabeza el dibujo enmarcado sobre su mesilla. Lo hice hace años, no es más que un garabato que hice en el reverso de una servilleta en una cafetería de París.
—Ya nunca hablas de arquitectura.
Me encojo de hombros. Hace mucho que no tengo tiempo para pensar en mi futuro.
—Era un sueño imposible.
—¿Y eso quién lo dice?
—Yo. Tengo que centrarme en Green. No tengo ni idea de arquitectura.
—Pues de eso se trata, Alex. Tu padre hizo que lo olvidaras, pero no tienes que saberlo todo. Vas a la universidad para aprender. Eliges algo que te inspira y lo estudias.
Bueno, dicho así, parece obvio. Una verdad sencilla que mi padre me arrancó a golpes. No se tomó muy bien la primera vez que le dije que no quería formar parte de Green.
«Desde el momento en que naciste supe que me decepcionarías».
—Siempre decías que dirigirías un estudio de arquitectura. Sé que no has tachado de tu lista de cosas por cumplir el construir una biblioteca pública, a no ser que seas un experto en guardar secretos.
Jugueteo con el anillo de mi meñique, deseoso de que deje de llenarme de esperanza con sus palabras.
—Quizá cuando las niñas estén en la universidad.
—Dejarás Green pronto. Podrías volver a la universidad, termina la carrera que empezaste en Yale. Incluso podrías montar una empresa mientras estás allí.
Ha descrito el sueño que tanto me esforcé por olvidar. Sin embargo, es demasiado complicado. Con mi madre tal y como está y las niñas en casa... añadir algo más a mi horario probablemente acabaría conmigo.
Pero mi madre me observa con esa expresión esperanzada, y se ha colado en el rincón más oscuro de mi pecho, avivando un fuego que creía extinto desde hace mucho.
—Me lo pensaré.