Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 21. Ophelia #3
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Capítulo 21. Ophelia #3

Le devuelvo la sonrisa bajo la suave luz anaranjada del porche.

—Pues que te den.

—Evie me ha escrito para decirme que eres guay.

Ahora soy yo la que se ríe. Si tuviera que elegir un adjetivo para describirme, no sería «guay».

Cuando tenía doce años, mi madre le pidió a mi abuela que me dijera algo bonito, y la mejor palabra que se le ocurrió fue «robusta».

Me dio una palmada en el muslo como la que un jubilado le da a su viejo coche y dijo: «A esta no se la lleva ni la racha de viento más fuerte».

Nada como un familiar para bajarte los humos desde pequeña.

Aunque ahora los echo de menos a todos.

—Tus hermanas son increíbles. Me caen todas muy bien, incluida Fleur.

—Lo son. No sé cómo no se han vuelto personas horribles.

Balanceo las piernas; el jardín está en silencio salvo por el sonido ocasional de mis pies al rozar el suelo.

—Puede que nunca mejore, Ophelia.

Esto no es propio de él. He visto muchas facetas de Alex, pero nunca la de la inseguridad.

—Alex, yo soy miserable, cínica y gruñona. Soy de las que ven el vaso medio vacío. En el futuro que imaginas para nosotros, ¿soy una chica optimista y alegre que baja las escaleras dando saltitos por las mañanas?

Casi se estremece, lo que me hace reír. No sé por qué le encanta tanto mi mal humor.

—Ni de coña. Te pasas el día quejándote.

Apaga el cigarro en el brazo metálico del banco y me sienta sobre su regazo, enjuagándose la boca con el vaso de agua.

Me acaricia los muslos por encima de la suave tela que los cubre.

Se inclina hacia la curva de mi cuello y respira hondo, como si me necesitara en el torrente sanguíneo más que a la nicotina.

—Me asusta lo mucho que te quiero.

—A mí me asusta la idea de no comerme una tostada en los próximos cinco minutos.

Su risa es cálida y grave contra mi cuello. Hunde los dedos en mi caderas, como si no pudiera soltarme.

—Un minuto más.

Le doy un beso rápido en la coronilla.

—Si lo único que pudieras ofrecerme fueran fines de semana tranquilos y mañanas complicadas, sería más que suficiente.

—Tú solo eres gruñona. Yo estoy deprimido. No está al mismo nivel. La depresión es agotadora para los demás. El mal humor no.

—Sé que no está al mismo nivel, pero es el mismo amor.

Por fin me mira a los ojos. Los suyos están llenos de preocupación, pero no necesito un espejo para saber que los míos están llenos de certeza.

—El mismo amor —repite, como si fuera un concepto desconocido. Como si nunca se hubiera planteado que yo pudiera quererle de la misma forma incondicional.

A lo lejos suenan dos cláxones. Alguien grita. Pero permanecemos quietos, mirándonos a los ojos, como si no existiera nadie más.

—¿Quieres algo por tu cumpleaños? —pregunto, sentada en el taburete de la cocina mientras Alex mete cuatro rebanadas de pan en la tostadora.

—A ti. De espaldas. De frente. De lado. En la ducha. En mi escritorio.

En su escritorio. «Joder». Junto las piernas.

—¡Alex!

—Eres regalo suficiente para los próximos cien cumpleaños, Ophelia.

—Si no dices nada, tendré que improvisar. Te apuntaré a clases de danza contemporánea.

Está sonriendo cuando saca un tarro de crema de chocolate del armario que claramente pone «Mia – NO TOCAR» y lo abre.

—Puedo bailarte cualquier día de la semana, Twist. No te hace falta pagar clases.

Mete un cuchillo en el tarro y luego, de pie entre mis piernas, lo sostiene en alto para que lo lama.

Paso la lengua por el metal frío, observando cómo se le dilatan las pupilas.

Soy hiperconsciente de cada centímetro donde nuestros cuerpos se tocan.

Hiperconsciente de mi pulso desbocado en el cuello.

Hiperconsciente de cómo la anchura de su cuerpo me obliga a separar los muslos, de lo ásperos que son sus vaqueros.

El tiempo parece ralentizarse, el tictac distante de un reloj en el pasillo suena como si estuviera sumergido en melaza.

Cuando llego a la punta de la hoja y rodeo con los labios el extremo para recoger el chocolate, se le escapa una maldición ronca.

Una corriente eléctrica desciende desde mi garganta hasta algún lugar profundo de mi vientre.

Aprieta una mano alrededor del cuchillo con tanta fuerza que se le marcan las venas del antebrazo, la otra la desliza por mi cuello.

Mi respiración se vuelve más superficial, cada bocanada de aire infla este globo de tensión que hay entre nosotros.

—Joder, Ophelia —susurra mientras me trago el chocolate con un leve gemido. El aire es denso, como si estuviéramos en la espesura de una selva tropical. Su exhalación es animal. La mía, frenética.

Esto es lo que me hace. Me desarma.

—Dame una buena razón para no follarte aquí mismo, en esta isla.

Intento apretar los muslos, pero con él entre ellos, no puedo.

—No me amenaces con pasarlo bien.

Engancha un dedo en la parte delantera de mi camiseta del pijama y tira de ella, bajando la mirada a la abertura que acaba de crear.

Su expresión es de cualquier color menos gris.

Abro más las piernas para quedar pegados el uno al otro, con la respiración agitada, el control a punto de romperse.

Pero la tostadora salta y nos hace sobresaltarnos.

Tomo aire con desesperación, como si acabara de correr una maratón. Alex se aparta, se pasa ambas manos por el pelo y abre un cajón para sacar un cuchillo limpio.

—Dios, Ophelia. Soy incapaz de pensar con la cabeza cuando estoy contigo.

—Yo estaría más que dispuesta a follar en la isla de la cocina.

Se da la vuelta, con los hombros fornidos tensos mientras unta mantequilla y chocolate en las cuatro tostadas antes de pasarme dos.

—Una noche, cuando estemos los dos solos. Sin niños.

Dejo el cuchillo en el fregadero mientras me sirve una taza de té. Si la atmósfera que nos rodea tuviera color, sería un lila suave: los primeros matices del atardecer en una tranquila mañana de primavera.

Se extiende una especie de felicidad amarillo-anaranjada por todos los rincones oscuros y polvorientos de mi cuerpo.

Hay algo extraordinariamente cotidiano en nosotros, en sentir que mi alma se enciende mientras vacío el lavavajillas a su lado, en sentir que las grietas de mi corazón se sellan mientras esperamos los dos minutos para que los fideos instantáneos estén listos.

Alex devora su tostada en cuatro bocados, prácticamente saltando de un pie a otro mientras yo me como la mía, como un perro a la espera de que se me caiga alguna miga. La tostada no logra ocultar mi diversión.

—¿Qué?

—Tú.

Otro pequeño cambio de peso de un pie a otro.

—¿Qué pasa conmigo?

—Que quieres que acabe para que podamos subir y follar.

Se queda quieto, como si lo hubieran pillado con las manos en la masa, y un leve rubor le tiñe las mejillas.

—¿Quieres?

Doblo la segunda tostada y me la meto en la boca como si fuera un origami de pan, esperando que esa respuesta sea suficiente. Él suelta una risa maravillosa, me carga sobre su hombro, me saca de la cocina y sube las escaleras de tres en tres.