Capítulo 21. Ophelia #2
—Perdón, Ophelia. Que poco tacto por mi parte.
—No, no. Tranquila. No pasa nada, en serio.
—Si te sientes abrumada, puedes subir a la habitación de Alex para despejarte un poco.
—Me parece perfecto.
Llego al final de las escaleras y una chica que reconozco como Josie sale disparada de la puerta de la cocina, como si hubiera estado vigilando, esperándome.
—¡Feli!
Me río y acepto su abrazo sorprendentemente fuerte.
—¿Feli? ¿Vincenzo te ha enseñado eso?
—Sí. —Me aprieta otra vez—. Alex me pidió que no te asustara.
Le devuelvo el abrazo y entierro la nariz en sus ondas rubias.
—¿En serio? No podemos dejar que se salga con la suya con esos comentarios.
—¡Vamos a bajarle los humos!
—Trato hecho.
Me arrastro hasta la cocina, donde veo a Evie, quien es clavadita a su hermana gemela, pero con el pelo más claro; a Éléanor, quien tiene doce años y es la más tímida de todas; y a Charlotte, quien, con diez años, me da el apretón de manos más eficiente y formal que me han dado jamás.
Ingrid también está aquí, y un hombre de pelo canoso que asumo que es su marido.
También hay otro hombre, con una chaquetilla blanca de chef.
Es un auténtico caos. Vitorean varias versiones de mi nombre y cada una de sus hermanas me envuelve en un cálido abrazo.
Evie se queda abrazándome durante un segundo más.
—Siento como si ya te conociera, hemos oído hablar mucho de ti.
—Ay, no. No quiero saberlo.
Se ríe y me coloca una bebida en la mano.
—¡Todo cosas buenas!
Todas están de buen humor, pero parecen agotadas. No sé cómo consiguen soportarlo.
Sin embargo, a medida que avanza la tarde, empiezo a entenderlo un poco mejor. Se apoyan unas a otras. Todas participan, todas están incluidas. Cuando alguna parece decaída, todas se vuelcan en animarla, incluso Ingrid, quien parece querer a Elise como si fuera su hermana.
Y aunque Alex no está aquí para guiarme, me siento bien. Bienvenida.
No obstante, hay una ausencia que me ronda la conciencia. Le doy un codazo a Mia mientras empezamos a sacar cuencos de pasta y vasos de los armarios para la cena.
—¿Dónde está Fleur?
—Ni idea. Supongo que en su habitación.
—¿Es por mi culpa?
—No. Ya casi nunca pasa tiempo con nosotras. Ayer tampoco cenó con nosotras. No es por ti, te lo prometo.
Odio empezar con ella con tan mal pie. Ojalá todo hubiera sucedido de otra manera.
El chef deja una gran fuente de risotto en el centro de la mesa del comedor, junto con una montaña de parmesano rallado y un poco de ensalada. Aparto una silla y me siento para disfrutar de mi primera comida familiar en años.
Se me viene a la cabeza el recuerdo de Laura y de pronto me siento culpable. El frío y el silencio de su casa en Inverness no era muy diferente al de la mía.
Esto... esto es lo único que ella quería.
«Dios, Laura. Lo siento muchísimo». Siento como si la hubiera usado como un trampolín para llegar hasta aquí.
Lo que Alex piensa de mí es cierto: me repugna la riqueza que tienen. Es más de lo que nadie necesita. Pero si de repente descubriera que mi padre era millonario y que solo intentaba que creciera siendo humilde, lo primero que haría sería contratar a alguien para que me cocine.
Intenté hacerle una ensalada de pollo a Alex el año pasado y los dos acabamos con un «virus estomacal», como él se empeña en llamarlo.
Fue una intoxicación alimentaria.
Pero ¿este risotto ? Es increíble.
Me da pena que Alex no esté aquí, aunque también entiendo que su madre necesita compañía.
—¿Te quedas el fin de semana, Ophelia? —me pregunta Mia mientras se sirve por segunda vez.
—Sí, si no os importa.
La voz de Josie resuena a mi lado a todo volumen al posar su mano sobre la mía.
—¡No nos importa!
—¡Podemos preparar una tarta para el cumple de Alex!
«Mierda». El cumpleaños de Alex. No tengo ni idea de qué regalarle. Tiene suficiente dinero como para comprarse una isla, pero lo que realmente quiere no se puede comprar.
—Me parece genial. Una red velvet , por ejemplo.
—Bueeeeno... —dice Charlotte, intentando parecer casual—. ¿Ya habéis vuelto?
Resoplo sobre mi limonada.
—Sí, hemos vuelto.
—¿Vais a romper otra vez?
—¡Josie! —Mia se pellizca el puente de la nariz y fulmina con la mirada a su hermana.
—¿Qué? Íbamos a preguntárselo.
—Íbamos a interrogarla con más sutileza —añade Mia entre risas.
—Llevábamos siglos esperando que Alex se echara novia —interviene Evie, con expresión solemne—.
Nos preocupaba que nunca fuera a ocurrir.
Luego te dejó y claro... obviamente le queremos, porque es nuestro hermano, pero nos dieron ganas de estrangularlo.
Nunca pensamos que fueras tú quién filtró el artículo. Bueno, ninguna de nosotras excepto...
Otra voz se suma, suave y melodiosa como la de Elise, pero con acento estadounidense en lugar de francés.
—Vaya, E. Muchas gracias.
La mesa se queda en silencio. Espero que no se den cuenta de cómo se me tensan los hombros. Sé de quién se trata antes de girarme. «¿Debería levantarme? No, no es una maldita condesa». «¿Darle un abrazo? No quiere abrazarme». «¿Un apretón de manos?».
Me vuelvo hacia Fleur. La he visto en fotos, vallas publicitarias y revistas, pero en persona impone mucho más.
Tiene el pelo oscuro como su hermano, lo bastante largo como para rozarle el cinturón.
Lleva un conjunto que me hace ser consciente de que el problema no son los vaqueros de tiro bajo, sino yo.
Tiene los mismos ojos verdes penetrantes que su hermano, y eso me tranquiliza. Es difícil sentir hostilidad hacia alguien que comparte los ojos de Alex.
Aun así, cualquiera que pueda lucir unos vaqueros de tiro bajo hace que me suden las manos.
—Hola, Fleur —saludo, en voz baja—. ¿Qué tal estás?
Pregunta tonta. A pesar del ambiente alegre de la casa, es bastante evidente que todas están pasando por un mal momento.
—Pues tengo una semana de mierda, la verdad —responde, antes de sentarse en la silla vacía a la cabecera de la mesa. Se sirve ensalada mientras el ambiente se vuelve un poco más gris.
Alex ya me había avisado de lo que Fleur opina de mí, así que no sé muy bien qué decir.
—¿Cómo viste a mi madre?
—Creo que bastante animada.
Se lleva un bocado de comida a la boca mientras golpea la pantalla del móvil con las uñas color nude . Tiene la piel luminosa y el pelo brillante, pero las ojeras igual de marcadas que las de Alex.
—Porque Alex por fin ha encontrado a alguien dispuesto a aguantarle.
Mia se ríe.
—Temíamos que fueras un robot.
Evie asiente.
—Siempre ha tenido mucha imaginación.
—Pero construye los mejores fuertes de almohadas.
Sonrío mirando a Josie. Teniendo en cuenta cómo equipó el coche de alquiler el día de Navidad, me lo creo.
Siempre supe la de cosas que ha hecho por sus hermanas, lo mucho que se esfuerza por mantener cierta normalidad en sus vidas, pero presenciarlo... me dan ganas de meterme bajo su piel y sostener su corazón suave entre mis manos.
Pero como no puedo hacer eso, me conformo con un mensaje rápido.
Ophelia Te quiero.
Ophelia Muchísimo.
El resto de la cena pasa con una conversación tranquila. Fleur no vuelve a decir nada y es la primera en levantarse de la mesa. Aun así, siento que nuestro primer encuentro podría haber sido mucho peor, teniendo en cuenta que hace un mes quería arrancarme la cabeza.
El resto nos quedamos comiendo el helado casero de Mia cuando me vibra el móvil en el regazo.
Alex Mi amor por ti mantiene mi corazón latiendo.
Me pongo roja. Nunca sé qué responder a estas cosas, igual que no sé cómo he podido tener tanta suerte. Le mando el emoji del pulgar hacia arriba, solo porque sé que le hará reír. Cree que se me da mal comunicarme con mensajes.
Probablemente tenga razón.
Me paso las primeras horas de la noche despierta, observando mi horrible obra de arte en el techo. Un espeso manto de silencio cae sobre la cama, el murmullo del mundo exterior apenas es audible.
Bajo descalza hasta la cocina con mi nuevo pijama —marrón, por supuesto— a por un vaso de agua, susurrando un saludo a los guardias de seguridad del recibidor. Doy un sorbo y estudio el entorno.
El lavavajillas zumba suavemente, lleno hasta arriba tras una noche de comida casera. Más dibujos infantiles decoran la pared y hay una carpeta repleta de recetas escritas a mano.
En la oscuridad silenciosa de la cocina, veo una silueta en el jardín, sentada en el banco con la frente apoyada en la mano.
Lleno un segundo vaso de agua y abro una de las puertas dobles. El camino de piedra está frío bajo mis pies descalzos, y el pijama apenas me protege del fresco. El viento susurra entre los arbustos y me alborota el pelo mientras camino hacia la figura abatida del banco.
Alex exhala una larga bocanada de humo, con la mirada clavada en el cielo carente de estrellas.
—Esta noche soy mala compañía, Twist.
Está intentando que me vaya, pero no funciona. No funcionará. Ya lo hicimos una vez y fue un error.
—Para mí no. Nunca. —Me siento a su lado y observo cómo brilla el cigarro cuando le da otra calada—. Has vuelto pronto.
—La siguiente enfermera era más estricta con el horario de visitas.
Le acaricio la espalda y siento el calor de su piel incluso a través de la sudadera. Él vuelve a bajar la cabeza. Ojalá pudiera quitarle algo de peso de encima.
—¿Está bien?
—Sorprendentemente, está bastante animada. Pero empiezan a fallarle el corazón y el hígado.
Apoyo la cabeza en su hombro, que sube y baja al compás de su respiración lenta. Aquí fuera hay paz. El caos de la ciudad no es más que un murmullo lejano. El aire es fresco, pero no frío. Entiendo por qué a Elise le gusta pasar el día en este banco.
—Lo dejaré —dice antes de llevarse un segundo cigarro a los labios. El mechero pelea contra el viento, iluminado la mano que Alex ahueca a su alrededor. Parece agotado—. Lo haré. Pero no esta semana.
Le quito la cajetilla, porque con dos es suficiente, y me la guardo en el bolsillo. Me ofrece el que tiene entre los labios.
—No, gracias. Me gusta el sabor del aire. Aire fresco, original, sabor vainilla.
Se ríe.
—Pues que me den.