Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 21. Ophelia
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Capítulo 21. Ophelia

Sonrío al leer la notificación que me llega al móvil mientras uno de los seguratas de Alex se abre paso entre el tráfico del mediodía en un cómodo silencio dentro del brillante coche negro.

De: Alex Corbeau-Green

Para: Ophelia Winters

Asunto: Solitario (adjetivo): «Triste porque no se tiene compañía»

Fecha: Miércoles, 9 de abril, 12:03 EST

¿Has llegado ya?

P. D.: Mia guarda los mejores aperitivos en el armario junto al lavavajillas.

Así que el plan de datos que le ha puesto a mi móvil funciona. Sigo impresionada con este pequeño trasto de seis años, con la pantalla rota y lleno de golpes.

Me imagino la cara que pondría Alex si dijera esa frase en voz alta. Ya piensa que soy una cavernícola.

De: Ophelia Winters

Para : Alex Corbeau-Green

Asunto: Impaciente (adjetivo): «Molesto porque te toca esperar»

Fecha: Miércoles, 9 de abril, 12:04 EST

Aún no. Por si no lo sabías, esta ciudad es bastante traficosa .

Bloqueo la pantalla para contemplar la locura de la ciudad que me rodea, pero me llega su respuesta al momento.

De: Alex Corbeau-Green

Para: Ophelia Winters

Asunto: Traficosa (error): esa palabra no existe

Fecha: Miércoles, 9 de abril, 12:05 EST

¿Ahora nos inventamos palabras? Avísame cuando llegues, cariño.

El coche se detiene poco después frente a una enorme casa adosada de piedra rojiza en una calle impecable.

—Guau —articulo mientras alzo el cuello para abarcar las cuatro plantas.

El segurata me abre la puerta. Ya me he olvidado de su nombre. Son demasiados como para aprendérmelos todos.

—Iré a aparcar el coche, señorita. Suba los escalones hasta la puerta.

Forcejeo con el asa y salgo a la acera con mi bolsa al hombro.

—Gracias.

Por algún motivo, entro en la casa como si fuera una ladrona, conteniendo la respiración y caminando de puntillas.

El recibidor es enorme, con suelos de madera pulida y una escalera blanca con una alfombra beige .

El armario para los zapatos que veo a mi lado está hasta los topes y numerosos dibujos infantiles enmarcados en blanco decoran la pared de detrás de la escalera.

Hay calidez en el ambiente, el olor de algo horneándose me llega desde algún lugar.

Esto es un hogar. La casa de Londres era una carcasa fría y pulida. Esto es acogedor de una forma que he echado muchísimo de menos. Me vuelvo hacia el mueble, me quito las botas y las coloco en uno de los estantes, junto a las zapatillas de Alex.

Un alegre «hola» rompe el silencio y yo suelto un grito espantoso, dejando caer la bolsa.

La mujer frente a mí se ríe y levanta las manos a modo de disculpa. Es bajita y regordeta, con el pelo castaño entrecano.

—Perdona por haberte asustado. Soy Ingrid, el ama de llaves.

—Yo soy...

—Ophelia. Alex me dijo que llegarías en cualquier momento —termina por mí con una sonrisa amable. ¿Todas las personas presentes en la vida de Alex están igual de emocionados de que tenga novia?

—Yo... esta casa es preciosa.

—Lo es. Me encanta mi trabajo. Ven, que te la enseño.

Coge mi bolsa y me guía hasta una cocina amplia y luminosa, con suelos de madera clara y encimeras de piedra blanca.

Al fondo, unas enormes puertas de cristal conducen a un pequeño jardín lleno de plantas y árboles.

Una bandeja de muffins de arándanos se enfría sobre la isla y si no me diera tanta vergüenza, le pediría uno. Huele que alimenta.

—¿Las niñas están en casa?

—Emily las recogerá del colegio en unas horas, así que tienes tiempo para ti antes de que lleguen.

—Definitivamente necesito una ducha.

—Ven, te enseñaré el baño de Alex. Me pidió que te comprara un par de cosas. Después te enseño el resto de la casa, si quieres. Supongo que estarás bastante cansada.

La habitación de Alex se encuentra al final del pasillo de la segunda planta.

Una enorme alfombra color crema cubre la mayor parte del suelo de madera, con un armazón para la cama hecho en madera de teca en mitad de la pared del fondo.

Quizá se deba a lo cansada que estoy, pero ese mar blanco y mullido me parece lo más cómodo del mundo.

Como en todas sus habitaciones, todo está impecable menos el escritorio, que es un absoluto caos: montones de cuadernos de dibujo, libros, cartas para su madre, apuntes, revistas de arquitectura. Hay al menos una docena de bocetos de mí desperdigados entre todo eso.

En el gigantesco baño en suite —nunca entenderé por qué un baño necesita dos lavamanos— hay una cesta de mimbre con champú, jabón del bueno, un cepillo, tampones, unos pantalones de chándal suaves, un pijama, galletas y un paquete de Jelly Babies.

Ophelia Me siento una mimada. Gracias.

Alex ¿Has conocido a Ingrid?

Ophelia Sí, es encantadora.

Alex Tengo pesadillas en las que se jubila. Lleva con nosotros quince años.

Ophelia Igual me caso con ella en vez de contigo.

Alex Su marido también trabaja para nosotros como chófer.

Ophelia Jolín. Pues nada. Voy a darme una ducha y a echarme una siesta.

Alex Manda foto.

Aparece ese estúpido emoji, el de los ojos grandes y llorosos. Me río y me hago una foto en la que la toalla apenas me cubre.

Alex Estás buenísima, cariño.

Ophelia Esta ducha es lo bastante grande para ambos.

Alex Si mi madre se encuentra bien, me iré a casa en cuanto pueda. Qué ganas tengo.

La ducha es justo lo que necesitaba. Se lleva el estrés, el vuelo, el pánico. Cuando salgo envuelta en la toalla esponjosa y veo que Ingrid me ha dejado un muffin caliente y una taza de té en la mesita, creo que podría quedarme aquí acurrucada para siempre.

Me siento en el borde de la cama, desenvuelvo el papel marrón y le pego un bocado.

Madre mía, es lo mejor que he probado en mi vida. Me dejo caer sobre el edredón blanco y gimo con la boca llena de comida.

El cuadro está en el techo, sobre la cama de Alex. Mi cuadro. El revoltijo de dedos y huellas que hice mientras me follaba en Londres.

Ophelia Bonitas vistas desde la cama.

Alex Algo tendrá que hacer que las noches solitarias sean menos solitarias.

Ahora se me vienen a la cabeza todo tipo de imágenes de Alex en esta cama, así que me entierro bajo el edredón y dejo que mi imaginación vuele.

Un golpe en la puerta me sobresalta. Las cortinas son lo bastante buenas como para que no tenga ni idea de qué hora es, pero el móvil me dice que son poco más de las cinco. Suelto un «hola» ronco.

—¡Hola!

Nunca he conocido a Mia, pero reconocería su voz en cualquier parte después de todas las videollamadas que hemos hecho.

—¡Ya estáis en casa! Pasa —respondo mientras me acomodo un poco el pelo.

La puerta se abre y una ráfaga de extremidades largas y pelo oscuro se abalanza hacia mí como una ardilla voladora. Cae sobre la cama con un golpe seco, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Madre mía, es una pasada que estés aquí.

—No me puedo creer que haya sobrevivido al vuelo.

—Ya, eh. Porque para nada es el medio de transporte más fiable de todos —dice con tono burlón.

—Vaya, veo que el carácter de Alex viene de familia.

Se ríe y se deja caer a mi lado.

—Él es el peor de todos.

—¿Qué tal el insti?

Menea los pies, cubiertos con unos calcetines blancos de deporte.

—Bien. Hoy tuve entrenamiento de atletismo.

—¿A Evie también le gustan los deportes?

Sonríe ante la mención de su hermana gemela.

—No mucho. A ella le gusta bailar. Bueno, en realidad le gusta el patinaje artístico. Tiene muchas ganas de conocerte.

—Estoy un poco nerviosa. —Más que nerviosa. ¿Conocer a un montón de empresarios y directores ejecutivos gruñones? Chupado. ¿Conocer a un grupito de chicas adolescentes? Aterrador.

—No lo estés. Podemos comer palomitas y ver una peli juntas. ¿Has visto a mi madre? ¿Parecía...? A ver, obviamente no está bien, pero ¿parecía estar bien?

La preocupación le frunce el ceño y se me encoge el corazón.

—No sé qué decirte, no sé cómo está normalmente. Pero estuvimos hablando un rato. Parecía animada, dentro de lo que cabe.

Mia se mira los pies y se muerde el labio inferior. Mientras que Evie, Josie y Charlotte tienen el pelo rubio y la tez clara de su padre, Mia tiene los ojos verdes, el pelo oscuro y la piel ligeramente bronceada. Aunque, a mi lado, cualquiera parece estar moreno.

—Nuestra madre es la mejor.

—Lo es.

—No es justo que ella esté enferma y mi padre no.

Asiento a la vez que jugueteo con la pulsera de la amistad morada que me rodea la muñeca. No sé qué decir. No sé cómo hace Alex esto: responder a las preguntas de las seis, todas en distintas etapas de la infancia, todas en distintas fases de comprensión sobre lo que realmente significa la muerte.

—Tampoco es justo que Alex esté lidiando con todo esto.

—No, no lo es.

Tengo cientos de preguntas. Sobre Alex de niño, sobre cómo era la vida cuando su padre aún vivía en casa, sobre cómo ha estado en estos últimos meses. Pero ninguna de ellas me parece apropiada para una chica de dieciséis años que intenta sobrevivir a una de las peores semanas de su vida.

—Uf, ¿qué estamos haciendo? —pregunta Mia—. Hemos ido directas a la conversación triste. Deberíamos levantarnos y ser positivas. Hay muffins de arándanos abajo. Y para cenar toca risotto . Y hay helado en el congelador. Lo hice yo.

Me levanto y me pongo la sudadera de rugby de Alex. Ojalá estuviera allí, jugando con Vincenzo.

—¿Sabes hacer helado?

—Y me queda buenísimo, he de decir.

Puedo oír el bullicio de la vida en el piso de abajo desde lo alto de las escaleras. La voz de Ingrid, pero también otra más. La de un hombre. Y muchas risas, a pesar de la situación.

Es un hogar. Es un hogar y una familia, y un fregadero lleno de platos y paredes que no están frías por dentro.

Me obligo a no emocionarme. Aunque es emotivo. Sea lo que sea esto, es lo opuesto a la soledad.

—Vaya jaleo —digo, nerviosa.

—Vienes de una familia pequeña, ¿verdad?

Tartamudeo, como siempre que hablo de mi familia, atrapada en ese horrible espacio entre el «soy» y el «éramos».

—Sí. Bueno, ahora solo estoy yo. En casa solo soy yo... eh... antes éramos tres. Pero no, nunca he tenido una familia grande.

Se sonroja, como si se estuviera castigando por haberme hecho esa pregunta.