Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 20. Ophelia #3
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Capítulo 20. Ophelia #3

—Desde el principio supe que eras buena para él —comenta, sonriéndole a la pantalla de bloqueo de mi móvil cuando termino de enseñarle todas las fotos aleatorias de mi galería para no tener que pensar en otro tema de conversación.

Miro la foto del diciembre pasado. Un selfi borroso delante de la mansión Nightshade, con nieve en las pestañas y las mejillas rojas por el viento.

—A veces pienso que él es extraordinario y yo soy...

—Ni se te ocurra decir que eres ordinaria.

—Para mí, una taza de chocolate caliente es un capricho enorme. Ir caminando a la tienda de la esquina me parece un planazo.

Mi respuesta la hace reír.

—Eres extraordinaria, Ophelia. No caigas en la misma trampa que yo, no dejes que te hagan creer que es la riqueza o la fama lo que define a una persona. Es lo que haces en los momentos tranquilos.

Pienso en mi último momento tranquilo. Creo que me lo pasé intentando equilibrar un bote de Pringles y mi móvil sobre el estómago.

—Supongo.

—Volvió a dibujar en color.

Levanto la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Después de conocerte. Volvió a dibujar en color, no solo en blanco y negro.

Recuerdo los bocetos que vi cuando conocí a Alex. Desordenados, caóticos, a menudo repetitivos. Siempre a carboncillo.

Y después recuerdo la primera vez que me dibujó, en un color naranja pastel. Y los cuadros de las clases de dibujo en vivo: retratos a color en tonos suaves.

—No lo sabía.

Me aprieta la mano mientras me observa con una mirada pesada, soñolienta y suave.

—A mí eso me hace verte bastante extraordinaria.

—Tiene mucho talento.

Mira en dirección a la puerta, como para comprobar que Alex sigue al teléfono.

—No voy a estar aquí para siempre, Ophelia. Estos últimos meses, justo cuando mi mente empieza a mejorar, puedo sentir cómo me está fallando el cuerpo.

Trago con dificultad, me arden las fosas nasales.

—Lo sé.

—Josie tiene casi ocho años, Charlotte tiene diez —dice, como si fuera algo que quizá desconozco—. Si me muriera mañana, Alex...

Sería la única figura parental en sus vidas.

—Lo sé.

—Sé que criar niños no es lo que alguien de veintiún años querría en su relación.

—No tienes que preocuparte por eso —la tranquilizo—. Las niñas no son un problema. Quizá son una curva de aprendizaje. Al venir de una familia tan pequeña, tendría que adaptarme. Pero no estaría con Alex si planeara huir en cuanto las cosas se pusieran difíciles.

Me dedica una sonrisa amable, transmitiéndome con la mirada más gratitud de la que podrían expresar las palabras.

Pero se equivoca. Es Alex quien me está salvando a mí, por mucho que desde fuera parezca lo contrario.

Cada segundo que Alex sigue respirando es una promesa de ese final feliz al que tanto renuncié hace tiempo.

Es el bálsamo para el dolor que llevo cuatro años sintiendo en el pecho. Es la esperanza de una familia. Es la aceptación total y absoluta de quien soy. Sin necesidad de cambiar nada.

Elise se queda dormida con el sonido rítmico de los pitidos de las máquinas junto a la cama. Le acaricio el pelo y le cuento cualquier cosa que se me ocurre, haciendo un crucigrama en voz alta hasta que la voz de Alex me interrumpe.

—Te adora.

Levanto la vista, con la cara como un tomate. No me había dado cuenta de que estaba ahí.

—Yo a ella también. ¿Ha ido bien la llamada?

—Sí, solo aburrida.

—Echo de menos a mi madre —confieso en voz baja. No sé por qué no paro de pensar en ellos hoy. Mi madre engañó a mi padre. Le engañó con el hombre equivocado, un hombre horrible. Pero, aun así, la echo de menos. Todo el tiempo.

—¿Alguna vez deja de doler? —susurra, lo bastante bajo como para que su madre no lo oiga.

Quiero ser sincera con él y no soltarle el «con el tiempo será más fácil» que todo el mundo repite en piloto automático.

—Siempre duele. La conmoción, la injusticia.

Es absurdo... es como una película que has visto cien veces, pero que aun así sigues pensando que quizá esta vez tendrá otro final.

Cada día es como... «tal vez me encuentre a mi padre en la cocina haciendo tortitas, tal vez todo esto solo haya sido una pesadilla».

Posa la mano en mi hombro para masajearme los músculos tensos.

—Suena a cliché, pero no se vuelve más fácil. Simplemente aprendes a sobrellevarlo mejor. No duele menos, pero el dolor ya no me asusta tanto como antes.

Cuando levanto la cabeza para mirarlo, su sonrisa es suave, agradecida.

—Lo soportaré.

—Estaré a tu lado en todo momento.

Me da un beso en la frente.

—¿Quieres venir a mi casa? Así podrás ducharte, comer algo decente, dormir en mi cama.

—¿Quién está en casa?

—Las niñas vendrán por la tarde. Y el ama de llaves, las niñeras, el chef y el equipo de seguridad.

Se me da de pena ocultar la preocupación que me tiñe la voz.

—¿Las seis?

Su suspiro me roza la coronilla.

—Fleur se comportará.

—No debería tener que hacerlo. Su casa es su lugar seguro. No quiero invadirlo y que sienta que no puede estar allí. Especialmente ahora.

Acerca las manos a mi pelo y me rasca el cuero cabelludo de esa forma que tanto le gusta.

—La llamaré y le preguntaré qué le parece que te quedes.

A mí me encantaría, pero, por si acaso, no me hago ilusiones.