Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 20. Ophelia #2
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Capítulo 20. Ophelia #2

La enfermera fue lo bastante amable como para dejar que pasáramos la noche acurrucados en una cama de hospital minúscula y sobreviviendo a base de patatas fritas de una máquina expendedora y bebidas energéticas.

Aunque no estoy segura de que Alex realmente duerma. El estrés irradia de su cuerpo en oleadas, hasta el punto de que me sorprende que las ventanas de la habitación no se hayan hecho añicos.

Son más de las diez de la mañana cuando me despierto. Alguien del equipo de seguridad le ha traído una bolsa con cosas para pasar la noche y se ha cambiado la ropa por otra más informal: una chaqueta negra y unos vaqueros holgados que no tienen ningún derecho a quedarle tan bien.

—Hola.

—Hola.

Me acaricia el labio inferior con el pulgar.

—¿Notas el jet lag ?

—¿Por eso me siento hecha un trapo?

Sonríe.

—Podría ser una de las diez razones. ¿Quieres conocer a mi madre?

—Ay, Dios. Debería lavarme el pelo.

Pone los ojos en blanco.

—Sois iguales. No le va a importar ni se va a dar cuenta.

Salgo de la cama y estiro los brazos cansados por encima de la cabeza, intentando enviar un poco de vida a mi cerebro atontado.

Me cepillo el pelo y los dientes a toda velocidad y me pongo unos vaqueros y uno de los viejos jerséis de mi padre.

Es uno verde de punto, con un agujero en la manga, al que le vendría bien un lavado, pero me da igual.

Necesitaba traérmelo, necesito sentirlo cerca.

De alguna forma, es como llevarlo conmigo a conocer a la madre de Alex.

—Se va a decepcionar —digo al mirarme en el pequeño espejo sobre el lavabo.

Alex aparece detrás de mí y me agarra por la cintura.

—Va a ver lo que veo yo.

—¿Que es...?

—Lo mejor que me ha pasado en la vida.

Me doy la vuelta para mirarlo.

—A mi padre le habrías encantado.

Eso le hace sonreír. Casi nunca hablo de ellos delante de él, ni de nadie. Es una herida demasiado reciente.

—¿En serio?

—Sí. También le gustaba el rugby . En realidad, le gustaban todos los deportes.

—¿Te veía nadar?

—Siempre. Era chef. Le encantaba cocinarnos, así que yo era una nadadora bastante mediocre de doce años que zampaba como si estuviera a dos semanas de ganar el oro olímpico.

Le brillan los ojos con diversión.

—Vaya. Entonces lo de cocinar no es genético, ¿eh?

—Que te den, Corbeau, algún día agradecerás mis tostadas quemadas.

Aprieta las manos sobre mis caderas y me acerca a él.

—Uy, sí, seguro. Debió de ser un gran hombre para criar a una hija tan maravillosa.

—Oh... —Miro al suelo con la cara como un tomate sin ningún motivo—. Qué bonito.

Entrelaza su mano con la mía.

—Vamos.

Espero fuera de la habitación en otro pasillo mientras Alex entreabre la puerta.

— ¿ Maman ?

No oigo la respuesta, es demasiado suave.

—Ophelia está aquí, pero sin presión.

Otra respuesta, igual de baja.

—Tienes el pelo perfecto, mamá.

La oigo pedirle un corrector y veo cómo Alex me lanza una mirada cómplice antes de desaparecer dentro de la habitación. Me muerdo las uñas, nerviosa.

No estoy a la altura.

Imagino las cosas que podría preguntarme. ¿A dónde he viajado? A ningún sitio. ¿Qué tal mis notas? Aprobados raspados. ¿Cuáles son mis objetivos profesionales? Ninguno.

Alex me llama para que entre y asomo un ojo por la puerta, como si eso pudiera salvarme del pánico.

Siento que ya conozco a la mujer de la cama. No solo por las revistas que mi madre tenía cuando yo era niña, sino por la forma en la que se refleja en Alex.

Aunque claramente está enferma y muy frágil, Elise es igual de hermosa que en las fotos. Lleva un camisón de satén blanco, que debe de haberse traído de casa, y tiene el pelo cepillado y brillante.

—Hola —digo con voz ronca desde el marco de la puerta, como alguien que nunca ha sociabilizado en su vida.

—Ophelia —responde, y no sé cómo alguien es capaz de infundir tanto cariño y afecto en siete letras, pero lo consigue. Tiene un acento marcado con ese ligero toque francés que también tiene Alex.

Hay algo en ella que me obliga a acercarme. Es segura, amable, y sonríe como lo hace Alex. Sus ojos son piscinas brillantes de un verde pálido, igual que los suyos.

—Estás preciosa.

—Parece que me he electrocutado. Dos veces —bromeo, antes de dejarme caer en la silla junto a su cama. Me tiende la mano mientras se ríe con suavidad. Siento sus dedos fríos y delgados entre los míos.

—Claro que no. Para nada. Y nadie está en su máximo esplendor después de un vuelo tan largo.

—No sé cómo Alex es capaz de volar tanto. Yo estaba segura de que nos estrellaríamos en cualquier momento.

—¿Te vas a quedar unos días?

Miro a Alex. No lo hemos hablado. No tengo ni idea de cuáles son mis planes. Solo me he traído ropa interior para tres días. No sé si quiere que conozca a sus hermanas. No sé si Fleur me dejaría entrar en su casa sin matarme.

—Eso espero —es lo único que dice, lanzándome una mirada cargada de emoción. Felicidad amarilla, pasión roja y el azul intenso de su lealtad inquebrantable.

Me encanta cuando no está gris.

—Estaba perdido sin ti.

—Mamá.

—¡Es la verdad!

—Creo que necesitábamos un tiempo separados para resolver algunas cosas por nuestra cuenta —respondo mientras disfruto de la sensación de su mano sobre la mía. Alivia la ausencia de mi madre y la hace mucho peor al mismo tiempo.

Alex sale para atender una llamada urgente de trabajo. Acerco mi silla al borde de la cama para enseñarle a Elise algunas fotos de la ropa que compré en las tiendas benéficas con Colette. Al menos parece distraerla un poco.

Es fácil hablar con ella. No me hace ninguna de las preguntas que me temía. Por el contrario, me pregunta qué tal me lo pasé con Colette, cómo me va la natación, si me apetece una taza de té.