Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 20. Ophelia
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Capítulo 20. Ophelia

Sorprendentemente, y contra todas las probabilidades estadísticas, el avión aterrizó. Después de siete horas, las siete horas más duras y agotadoras de mi vida, me encuentro en Nueva York.

Al ser una chica que apenas ha salido de la Escocia rural en los últimos años, todo me parece una pasada.

Los edificios son más grandes, los coches son más grandes.

Los taxis son amarillos. La ciudad está plagada de cafeterías, hoteles y restaurantes elegantes.

Pizzerías por todas partes y parques verdes y frondosos.

Bares horteras en los que ver los deportes y boutiques de lujo.

Mientras cruzamos un puente sobre un río brillante, contemplo la densa masa de rascacielos al otro lado como si hubiera aterrizado en la luna. No me extraña que Divya diga que Sorrowsong es aburrido.

Rocco envió a un conductor a recogernos en el Aeropuerto LaGuardia. Ahora nos encontramos en la parte trasera de un enorme SUV negro, equipado de forma similar al avión privado. Hay un pequeño minibar en la parte de atrás que ni siquiera hemos tocado.

Nadie ha tenido noticias de Alex. Ni yo ni Vin ni Belladonna. El ambiente en el interior del coche es sombrío y decaído.

Sea cual sea el estado en el que se encuentra su madre ahora mismo, sé perfectamente lo que Alex estará haciendo: echarse más culpa sobre sus ya cansados hombros, sobreanalizar todo lo que podría haber hecho para evitarlo.

Estamos atrapados en un atasco enorme a diez minutos del hospital cuando Vincenzo por fin consigue hablar con Fleur.

—¿Vin? —pregunta ella, con la voz entrecortada, a través del altavoz. Se está aguantando las lágrimas.

—Fleur, ¿dónde estáis?

—Seguimos esperando en el hospital. Acabo de cargar el móvil.

—¿Quiénes estáis?

—Alex y yo. Él está preguntando si hay alguna novedad. Quiere que me vaya a casa a comer y dormir.

Alex está bien. Está con Fleur y está bien. El alivio que me invade es abrumador.

—Llego en diez minutos.

—¿Estás en Nueva York?

—Sí. ¿Quieres que te lleve a casa?

Oigo su parte de la conversación, oigo a Alex convencerla de que se vaya a descansar, le oigo prometerle que la llamará en cuanto sepa algo.

Suena fuerte. Firme y tranquilo.

Pero dudo que sea así como se siente en realidad.

—¿Puedes llevarme a casa? —pregunta Fleur, y suena como si tuviera menos de diecisiete años.

—Nos quedaremos a pasar la noche —interviene Belladonna—. Ayudaremos al personal con las chicas.

Hay tantísimo amor dentro de este coche.

Lo veo en la forma en que Vincenzo ayuda a Fleur a controlar la respiración, en la forma en la que Belladonna llama a su padre para avisarle de que no pasará la noche en casa, en la forma en que Jack se ha pasado todo el viaje leyendo sobre cómo ayudar a Alex y a su madre.

Nunca un sentimiento así me había golpeado tan fuerte, nunca lo había tenido delante de mis narices con tanta claridad.

A Alex lo baña el amor, está nadando en él. Y de repente, entiendo su lucha interna más que nunca. Lo frustrante que debe de ser para él sentirse tan mal con una red de apoyo así a su alrededor, tener familia y amigos y, aun así, sentirte solo.

Debe de ser agotador.

El coche se detiene frente a un hospital cerca de Central Park.

—Llámanos si necesitas algo, ¿vale?

Le asiento a Vincenzo y salgo del SUV en dirección al ajetreo de una ciudad desconocida. Los coches pasan a toda velocidad, pitando como si eso hiciera que los semáforos se pusieran en verde más rápido. La gente camina a un paso acelerado, como si tuviera sitios a los que ir.

Para tener una vida llena de traumas, apenas he pisado un hospital. Antes del accidente de helicóptero, mi vida era muy poco emocionante. Aun así, todo parece más brillante, más nuevo, más lujoso que los hospitales de la ciudad. Diría que se parece más a una tienda de tecnología.

Voy a tres recepciones distintas, paso de una a otra como una pelota de pinball . La cuarta mujer me mira de arriba abajo mientras mastica un chicle.

—¿Eres periodista?

—No, soy... familia.

—¿Eres la chica que filtró el artículo?

Mi exasperación alcanza nuevos niveles.

—No, no fui yo. Pero por favor, necesito ver a Alex.

—La verdad es que nunca me gustó Cain Green —añade—. ¿Tienes nuestra app ?

—No —respondo, y siento que la poca paciencia que me quedaba se me escapa hacia las concurridas calles de abajo.

—Tiene un mapa.

¿Por qué se empeñan en meterlo todo en una app ? Si no lo he dicho mil veces, no lo he dicho ninguna. Ahora convierten todo en una aplicación.

—Por favor, ¿podrías simplemente indicarme el camino?

Tardo otros diez minutos, pero por fin llego a un pasillo más tranquilo unos cuantos pisos más arriba. Sé que estoy en el lugar correcto porque hay un tipo alto, corpulento y calvo con un pinganillo plantado en el pasillo.

Por algún motivo, me reconoce.

—Señorita Winters.

—¿Alex se ha ido con Fleur?

Niega con la cabeza y me señala una puerta a su izquierda.

Es una sala con poca luz, separada por una cortina de papel. Bajo la manija suavemente y entro.

Rodeo la cortina y lo veo sentado en un sillón, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos.

—Alex.

Levanta la vista y «joder». Un dolor agudo me retuerce el estómago.

Se le ve completamente destrozado. Y está claro que no ha leído ninguno de los mensajes que le he enviado, porque no se cree que esté aquí.

Por un segundo, veo en su mirada todas las preguntas que está demasiado agotado como para hacerme. El porqué, el cómo y el cuándo.

—No eres real.

Me agacho frente a él y entrelazo mis dedos con los suyos.

—Soy real.

—No estás aquí.

Por él, contengo las lágrimas.

—Estoy aquí.

Y como si hubiera estado esperándome sin darse cuenta, deja caer la cabeza hacia delante y entierra la cara en mi pelo.

El primer sollozo silencioso que sacude su cuerpo traza una fina grieta en mi corazón, el segundo lo parte en dos. Lo abrazo y uso toda la fuerza que me queda en los músculos agotados para mantenerlo unido.

—Estoy cansado de mantenerme a flote, Ophelia. Solo quiero dejarme llevar.

Le paso los dedos por el pelo.

—Lo sé.

—Se me han acabado las fuerzas. No lo soporto más.

—Lo sé. Pero estoy aquí para mantenernos a flote a los dos.

Y nos quedamos así. Yo de rodillas, él en la silla. Él desmoronándose, yo manteniéndome entera. Él convencido de que el mundo se acaba y yo, por una vez, convencida de que tenemos un lugar en él.

Permanecemos inmóviles mientras el sol se pone fuera, hasta que él es capaz de respirar con normalidad y yo estoy segura de que debo de tener las rodillas moradas.

Hasta que se aparta y pasa las manos por mis labios, mi nariz, mis cejas y mi mandíbula para comprobar que soy real. Me da un beso suave.

—Estoy agotado, Ophelia. Y no hablo de un cansancio pasajero.

—No pasa nada. Yo también lo estoy.

Me mira, y el fantasma de una risa se cuela en su siguiente exhalación.

—Sabes que te quiero, ¿verdad?

—Sí, ¿por qué?

—Estás hecha un asco.

Mi risa resuena en la fría habitación.

—No he llevado muy bien el vuelo. —Observo las arrugas de cansancio alrededor de su rostro, el tono rojizo de sus ojos. Es hermoso—. Tú también tienes mala cara.

—No lo dudo.

—Tu madre... —dejo la frase en el aire, sin saber siquiera qué le estoy preguntando. Obviamente, no se encuentra bien.

—No lo sé —responde al pasarse el dorso de la mano por los ojos—.

No me han dicho nada. Su corazón está débil a causa del bajo peso en el que lleva tanto tiempo y los antipsicóticos que toma lo único que hacen es empeorarlo; y no sé cómo narices voy a explicárselo a las niñas cuando ni siquiera entiendo...

—Eh —lo interrumpo, y le paso las manos por el pelo para intentar evitar que entre en pánico. Yo más que nadie sé que no debo prometerle que su madre se pondrá bien o que él se sentirá mejor mañana. Así que le hago la única promesa que sé que es cierta—: Estoy aquí. Siempre estaré aquí para ti.

Me inclino hacia mi bolsa gastada, saco un paquete de Jelly Babies y lo dejo sobre el armario que hay a nuestro lado.

La pequeña sonrisa que se le dibuja en los labios me da esperanza. Me atrae hacia su regazo en el sillón. El calor de su cuerpo envuelve el mío, su olor familiar es como una manta sobre mis hombros.

—¿Hasta la medianoche?

—De dentro de cien años.

—Te quiero —susurra mientras se le cierran los ojos.

Creo que se ha quedado dormido. La arruga de su ceño se suaviza, su respiración se vuelve profunda, lenta.

Siento cómo su cuerpo se relaja debajo del mío mientras le paso los dedos por el pelo revuelto.

Así que contengo la respiración y las ganas de ir al baño que llevo horas aguantándome, contenta de escuchar el ritmo constante de su pulso.

Una médica con bata entra en la habitación poco después. Asiente en dirección a Alex.

—¿Vuelvo más tarde? Traigo buenas noticias.

Gracias a Dios. Niego con la cabeza y despierto a Alex con suavidad antes de ponerme de pie.

—Lleva un rato despierta —dice la médica antes de que Alex pueda preguntar.

Deja caer de nuevo la cabeza entre las manos y se le hunden los hombros de alivio.

Me disculpo para ir al baño mientras ella le explica todo lo que le está pasando al corazón debilitado de Elise.

No me parece bien escucharlo sin el permiso de su madre.

Cuando vuelvo, encuentro a Alex en el pasillo.

—Me dejan pasar a verla.

—¿Prefieres que espere aquí fuera?

Asiente y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Creo que sí. Le preocupa su aspecto. Creo que le gustaría tener la oportunidad de cambiarse, peinarse y maquillarse antes de conocerte.

El mundo no la merece.

—Voy a por unos cafés.

Me mira, y los músculos de la mandíbula se le relajan levemente. Me acaricia la mejilla con el pulgar, como un escultor dando su toque final.

—No me puedo creer que estés aquí.

Cierro los ojos y me inclino hacia su caricia.

—Estoy aquí.

Estoy aquí. Y siento que estoy exactamente donde necesito estar.