Capítulo 19. Ophelia #3
Trece letras, cinco sílabas que marcan la tumba boscosa de mis padres. Posiblemente las dos últimas palabras que leyeron.
Las hélices metálicas del motor parecen feroces. Las ventanas de la cabina de mando se curvan como un gruñido. Las alas parecen demasiado finas, demasiado frágiles como para soportar el despegue.
Vincenzo se da la vuelta un par de pasos por delante y me hace señas para que avance.
—Vamos. No podemos perder nuestro turno de despegue.
El pánico me oprime el pecho, todas las demás emociones racionales quedan relegadas. Trece segundos para ellos. Una agonía interminable para mí.
—Lo siento —digo al dar el primer paso hacia atrás.
Belladonna se da la vuelta en las escaleras del jet. Tiene el rostro más tormentoso que el cielo que se extiende sobre nosotros. Le entrega su portátil y su café a la azafata y vuelve a bajar.
—¿Te vas a rajar? —me pregunta, como si creyera que se tratara de un desafío que voy a aceptar.
—Es que... mis padres murieron en un helicóptero Green —tartamudeo. Apenas puedo pronunciar las últimas palabras.
Si las miradas mataran, yo estaría desangrándome en el asfalto.
—Bajo el mando de otro CEO.
Observa mi expresión vacilante antes de alzar los ojos al cielo nublado y maldecir en italiano. No hay amabilidad en su mirada, se le ha acabado la paciencia.
—Dios, dame paciencia, porque como me des fuerza, la mato.
Ophelia, tu chico está teniendo el peor día de su vida y lo único que te estamos pidiendo es que vayas con él.
Por una vez en tu puta vida, te estamos pidiendo que pongas sus problemas por delante de los tuyos.
Una vez. Así que súbete a ese dichoso avión y deja los lloros para otro día.
Y entonces ocurre algo impensable. Yo... me subo a un avión. Lo único que juré que nunca haría, toda una vida de asustarme a mí misma y aceptar mi destino parece romperse en dos cuando mis botas avanzan por los escalones metálicos.
Es como una experiencia extracorporal: se ve a alguien que se parece a mí atravesar la puerta y entrar en el jet . Me mantengo al margen y me debato entre animarla y aplaudir o suplicarle que se dé media vuelta.
Estoy tan aturdida que no asimilo del todo lo que ha pasado hasta que mis botas se detienen sobre una moqueta clara y mullida mientras Belladonna le pide al personal que cierren la puerta.
Vincenzo se deja caer en uno de los cuatro asientos de cuero color crema que hay alrededor de una mesa pequeña. Yo me quedo plantada en medio del pasillo, inmóvil.
—Te has pasado, Bella.
Belladonna se sienta a su lado.
—Se nota que nadie le ha dado nunca un golpe de realidad.
Recorro el interior del avión con la mirada de forma frenética.
Está decorado en suaves tonos crema y madera natural.
La moqueta es suave. Hay una pantalla integrada en la pared junto a la mesa en la que se han sentado Bella, Vin y Jack.
También veo un sofá a la derecha y dos asientos vacíos más al fondo, cada uno con su propia pantalla.
Cuatro seguratas permanecen sentados alrededor de una mesa.
Dos azafatas están ocupadas junto a la puerta.
Para tratarse de una máquina asesina de aluminio, es bastante cómodo.
Corro hacia la ventana como un perro que observa a la gente jugar en el jardín, con la nariz pegada al cristal. Veo unos parches plateados en las alas que hacen que se me revuelva el estómago.
—Ay, Dios —consigo decir—. Está sujeto con un puto trozo de cinta adhesiva.
Los tres miran por la ventana y se ríen antes de abrocharse los cinturones.
—¿A nadie más le preocupa eso?
—Es cinta de velocidad —responde Jack, observando cómo implosiono.
—No quiero más velocidad. Quiero volar a una velocidad normal y segura.
Un par de tacones azul marino se detienen detrás de mis pies.
—Tiene que sentarse para el despegue, señorita.
Me giro para mirar a la azafata. Leo «Caroline» en su placa, su tono es educado y paciente.
—Hay cinta en las alas.
—Sirve para mantener en su sitio pequeñas reparaciones.
Me paso las manos por la cara, mi voz es apenas un chillido.
—¿Pequeñas reparaciones?
—¿Le da miedo volar? Le traeremos una bebida en cuanto estemos en el aire.
Un chupito de vodka no me vendría mal.
Me dejo caer en el asiento que está al lado de Jack, enfrente de Belladonna, los cuatro alrededor de la mesa. El avión avanza a paso de tortuga, parece que nos quedamos ahí sentados media vida.
Se oyen ruidos extraños debajo, al lado, detrás. Vincenzo se limita a repetir la palabra «normal» una y otra vez después de cada ruido.
Y entonces me hundo contra el asiento, con un rugido ensordecedor en los oídos. Me apresuro a tapármelos, subo el volumen de la música al máximo, pero, aun así, puedo oírlo. Abro los ojos de golpe, alarmada, y me encuentro con el azul glaciar de los de Belladonna.
Vamos por la pista a toda velocidad. Demasiado rápido, demasiado ruidoso, demasiado fuera de control.
Ella está tranquila. Serena. Aburrida, incluso.
El avión acelera todavía más y casi se me queda incrustada la cabeza en el asiento.
Aprieto los ojos con fuerza mientras se me escapan dos lágrimas.
Me dejan un rastro ardiente por las mejillas, mantengo los puños apretados.
Permanezco en silencio e inmóvil, con la respiración atrapada en los pulmones, cada músculo del cuerpo tenso.
Esto es horrible. Peor de lo que me había imaginado. No me puedo creer que Alex hiciera esto casi todas las semanas a finales del año pasado. «Alex. Lo estoy haciendo por Alex». Espero que esté bien. Espero que su madre esté bien.
Una mano fría rodea la mía. Los dedos de Belladonna se entrelazan con los míos.
Una mano cálida se posa sobre la otra y me atrevo a entreabrir un ojo.
Jack me sostiene la mano izquierda mientras Belladonna se inclina hacia delante y me sujeta la derecha.
Tiene la otra mano sobre la de Vincenzo en la mesa.
Estamos conectados en una especie de círculo extraño: ellos tres, tranquilos y serenos, y yo, luchando por respirar.
Casi hace que me venga abajo, pero una horrible sensación de caída me distrae, como si nos estuviéramos precipitando.
«Ya está».
«Trece, doce, diez».
Le aprieto las manos a Belladonna y a Jack con tanta fuerza que temo romperles los dedos.
«Nueve, ocho, siete».
Se me caen las lágrimas por la mandíbula, pegajosas e incómodas en el cuello. Se me revuelve el estómago. Todo parece hundirse.
«Seis, cinco, cuatro».
Mi nombre, gritado por la voz de mi padre, me resuena en los oídos.
«Tres, dos, uno».
El golpe nunca llega. Abro los ojos y me encuentro de nuevo con la mirada de Belladonna. Esta vez es amable. Orgullosa, incluso.
—Eso ha sido muy valiente —sentencia antes de coger su café.
No respondo, no puedo responder. Aprieto los dientes con tanta fuerza que temo partírmelos cuando el avión se inclina hacia la izquierda.
Y entonces, un único y ominoso «tilín» suena en la cabina.
La azafata aparece con cuatro copas y una botella de vino espumoso, dedicándome una sonrisa tranquilizadora y un ligero apretón en el hombro.
Esto es de locos. Vamos a precipitarnos desde el cielo en cualquier segundo y ella está ocupada descorchando una botella de vino.
Pero supongo que prefiero morir borracha que sobria, así que acepto la copa con mucho gusto cuando me la ofrece.