Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 19. Ophelia #2
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Capítulo 19. Ophelia #2

Vincenzo tira todas nuestras bolsas al interior del maletero y los cuatro nos subimos al coche. Belladonna hace que Eike parezca lento. Apoyo una mano en el techo y otra contra la ventanilla mientras saca el coche derrapando del largo camino boscoso de Sorrowsong.

El lado bueno es que hace que le tenga un poco menos de miedo al vuelo, porque a este paso, ninguno va a llegar vivo al aeropuerto.

Todos hacen llamadas: Belladonna a su padre, Vincenzo a sus hombres de seguridad, a su madre, al aeropuerto. Jack a su madre, a su novia.

Todos llaman a su gente, pero mi persona, mi única persona, está a casi cinco mil kilómetros de distancia, en algún lugar donde no puedo abrazarlo ni consolarlo, como él tan bien hace conmigo.

Lo único que tengo que hacer es subirme a ese avión. No puedo bajarme una vez esté en el aire. Solo tengo que sentarme, ya entraré en pánico después.

Sin embargo, miro el tiempo restante del trayecto en el salpicadero de Belladonna como si fuera una cuenta atrás hacia mi propia muerte. Me froto las palmas sudorosas contra las medias, intentando pensar en cosas que puedo ver, oler, oír, saborear.

El agua gris y las colinas cubiertas de niebla del lago Glascarnoch desaparecen en el espejo retrovisor. Me aterra que, llegado el momento, me dé media vuelta y decepcione a Alex.

Un poco más de trece segundos. Ese es el tiempo que mis padres estuvieron en caída libre. No parece mucho, pero seguro que lo fue. Me pregunto si estaban conscientes. Si sabían lo que se avecinaba. Si les parecieron los trece segundos más largos de sus vidas.

Probablemente sean incluso más largos en un avión.

Creo que darle vueltas a esto no es la mejor idea ahora mismo.

Cuando una luz de advertencia nos obliga a parar para echar gasolina a unos quince minutos del aeropuerto, estoy paralizada por el miedo.

Vincenzo se baja de un salto para llenar el coche de Belladonna, pero antes tira de mi puerta para abrirla y asoma la cabeza.

—¿Quieres algo para el... eh... el viaje en autobús?

—¿El viaje en autobús? —repito, con la voz distante y la mirada al frente a través del parabrisas. Me castañean los dientes, me tiemblan las manos, se me dispara el pulso.

—Te traeré chocolate —responde, aunque suena lejano.

Creo que nunca había estado tan asustada.

—Ophelia, eh —me llama Jack, como si intentara distraer a un niño. Me coloca su sudadera sobre las piernas—. Tráele algo para que se entretenga, Vin. Como un libro de pasatiempos. Y un paquete de chicles.

—Oído. —Da un portazo.

Jack se vuelve hacia mí.

—Descarga una película y algo de música, o un pódcast o lo que sea para el vuelo. Te ayudará.

Belladonna me mira con el ceño fruncido, pero no dice nada.

Cuando Vincenzo vuelve al coche, lo hace con lo que parece la compra semanal para una familia de cuatro. Deja caer una bolsa de plástico en el asiento trasero libre entre Jack y yo.

—Te he comprado esas gominolas asquerosas con sabor a vino que tanto te gustan, Bella. Y un Red Bull.

—Gracias, Vinnie.

—Solo son siete horas de autobús, Feli. Nada más.

—A doce mil metros de altura.

Mientras Belladonna arranca el coche, Vincenzo se gira en su asiento y me aprieta la mano con suavidad. Sus escoltas nos siguen en un SUV negro.

—Puedes con esto. Lo sé.

Al igual que Colette, parece que tengo una especie de tara que provoca que me ponga triste cuando la gente es buena y amable conmigo.

—No puedo.

Rebusca en la bolsa, con el cinturón casi estrangulándolo, y deja caer un paquete de Werther’s Originals sobre mi regazo.

—Por lo visto, son caramelos de viejo. Sé que te encantan las cosas de viejo.

—Serás impertinente —refunfuño. Pero no lo es en absoluto. Es amistad y compañía, y es justo lo que necesitaba.

Vincenzo me dedica una sonrisa torcida, con los ojos brillantes y los dientes astillados.

—A ver... te gustan las natillas y los crucigramas. Y la paz y el silencio. Además, crees que los cargadores portátiles son la cúspide de la tecnología.

De algún modo, ha logrado arrancarme una sonrisa a regañadientes.

—Son mis caramelos favoritos.

Se ríe victorioso y se da la vuelta para mirar al frente.

—Lo sabía, joder. —Echa la mano hacia atrás, como hacía mi padre cada vez que me oía abrir un paquete en el coche—. Dame uno para probar.

Dejo caer uno sobre su palma y veo cómo se pelea con el envoltorio con esas manazas.

Se lo mete en la boca y lo aspira. Nos echamos todos a reír, incluso Belladonna.

Casi me pregunto si se va a ahogar, pero entonces consigue tragarlo.

Su mano reaparece al instante, moviendo los dedos con un gesto impaciente.

—Otro. No me ha dado tiempo a saborearlo.

—¿También vas a dejar que se te atasque este en la tráquea?

—No es mi plan, no.

Le doy otro, y por fin entiendo por qué Alex quiere mantener a Vincenzo a su lado a pesar de querer cortar lazos con ese mundo. En cualquier situación, él es quien mantiene a todos en pie.

Parecen gustarle los caramelos, porque su mano aparece cada poco delante de mí durante todo el trayecto al aeropuerto.

Los últimos quince minutos han sido mucho mejores, pero lo primero que veo cuando Belladonna entra en el aparcamiento es un helicóptero despegando.

—Mierda —susurra Vincenzo. Me pone sus cascos en cuestión de segundos, con la música a todo volumen, pero ya es tarde.

Me encojo sobre mí misma, esperando el golpe, esperando el estruendo ensordecedor.

Cuento hasta trece y, cuando no llega, empiezo de nuevo.

Me imagino el helicóptero cayendo en espiral hacia el accidentado paisaje escocés.

En mis pesadillas, es mi nombre el que grita mi padre mientras cae.

Si no les hubiera dicho que se dieran prisa por volver a casa para la noche de hamburguesas, quizá seguirían vivos.

Salgo tambaleándome del coche, con los ojos clavados en mis Dr. Martens embarradas.

He venido hasta aquí para nada.

No hay forma de que yo me suba a ese avión.

Le escribo una disculpa a Alex, pero luego decido que es lo último que necesita.

La borro con furia, todo el sonido exterior amortiguado por la música de Vincenzo.

Jack y él cogen todo nuestro equipaje. Vin me levanta uno de los cascos para hablarme mientras inclina la cabeza en dirección a los hombres de su padre.

—Quieren registrarte antes de subir, lo siento. No están del todo convencidos de que estés estable.

Se me escapa una risa al imaginarme mi aspecto desaliñado, la máscara de pestañas corrida, el pelo alborotado.

—Pues no sé por qué tienen esa impresión.

Él sonríe con pesar.

—Aun así, lo siento.

Entramos en el aeropuerto. Está más tranquilo que la última vez que estuve aquí. Es un día en el que no puedo pensar. Un día en el que Alex y yo creímos que estar separados dolería menos que estar juntos.

—Señorita —dice uno de los hombres de Vincenzo antes de apartarme de los demás. Miro a Vincenzo, con los ojos abiertos de par en par, presa del pánico.

Me guiña un ojo y levanta el pulgar. «Estarás bien».

—Nos vemos al otro lado.

Parece que para los aviones privados, la cosa es distinta; o al menos para los Morello. Nos saltamos la corta fila de seguridad. Los hombres de Vincenzo y un trabajador del aeropuerto me registran en una sala aparte, me vacían el equipaje y la bolsa de tela en unas bandejas.

—¿Le da miedo volar? —me pregunta el trabajador del aeropuerto mientras intento volver a atarme las botas. Asiento, y me encuentro peor a cada segundo que pasa.

¿En qué momento se me ocurrió que sería capaz de hacer esto?

—Venga, que no es nada. Es el medio de transporte más seguro. Nadie muere nunca —añade mientras mastica un chicle. Casi le lanzo la bota a la cabeza.

Fiel a su palabra, Vincenzo me espera fuera.

—El autobús está repostando, estará listo en nada.

Asiento y me trago la bilis que me sube por la garganta.

—Vale.

—Esos caramelos están buenísimos.

—Sí.

—¿Preferirías que tus dedos fueran caramelos o que cada vez que compres una bolsa haya un dedo dentro?

Me arranca otra sonrisa.

—Vincenzo, no tengo ni idea.

—Yo preferiría que mis dedos fueran caramelos.

El temblor parece haberse extendido desde mis manos al cuerpo entero, me cuesta respirar.

—Yo también, creo.

—¿Te cuento un secreto? —me pregunta, y percibo algo en su tono de voz que me hace levantar la mirada.

—No —refunfuño, sin parar de temblar. Estoy harta de secretos.

—Me dan miedo los disparos.

Se me escapa una risa suave antes de darme cuenta de que lo dice en serio.

—¿A ti? —Por muy amable y divertido que sea con las personas a las que quiere, vive y respira violencia.

—Sí, a mí. Mi madre recibió un disparo en la espalda cuando tenía diez años. Se puso delante de mí y le dio en la columna. Está vivita y coleando, pero las armas perdieron su atractivo después de eso.

Y así, de repente, descubro que Vincenzo no es el alegre rayo de sol que quiere hacer ver.

—Practicas tiro casi todas las semanas.

—Si sentir miedo es lo que tengo que hacer para mantener a mis padres a salvo, para mantenerla a ella a salvo —inclina la cabeza hacia Belladonna, quien recoge un café para llevar—, entonces me pasaría el resto de mi vida aterrorizado.

—Siente el miedo y hazlo igualmente —susurro, asintiendo.

Puedo hacerlo. Puedo hacer cualquier cosa. Especialmente por Alex.

—Así se habla, Winters.

Siento como si acabáramos de hacer un pacto. «Yo seguiré siendo valiente, si tú también lo eres».

Uno de los hombres de traje negro y pinganillo le da un toquecito a Vin en el hombro.

—El jet está listo, señor Morello.

Salimos a la pista. Ojalá no hiciera viento ni lloviera. Ojalá las nubes no fueran tan densas. Nada de eso calma mis nervios.

Lo del tiempo lo llevo mejor de lo que esperaba. Soporto el suave zumbido de los motores en reposo y a los trabajadores con chalecos reflectantes sosteniendo cosas que parecen raquetas de tenis.

Lo aguanto todo, hasta que leo el logotipo negro que recorre el lateral del jet blanco: Green Aviation.

Mis pies se detienen.

Toda la valentía que sentía se disuelve en el aire helado. Un terror puro, sin diluir, se filtra para llenar el vacío.