Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 19. Ophelia
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Capítulo 19. Ophelia

Saber que Cain Green no está en Escocia me resultaría tranquilizador si no supiera que se encuentra en Nueva York. Alex debe de estar harto de que le escriba cada cinco segundos para comprobar que tanto él como sus hermanas siguen vivos.

Su última actualización me llega en forma de una foto de su brazo cubierto de muestras de sombras mientras tres manos distintas prueban diferentes tonos de morado en los pocos huecos que le quedan libres.

Alex Ayuda. Son las tres de la madrugada.

Sonrío y escribo una respuesta en mi portátil desde uno de los rincones oscuros y polvorientos de la biblioteca Nightshade, donde estudio frente a Divya.

Ophelia El morado podría ser tu color.

Me responde con una foto ampliada y, aunque está borrosa, sé que es un recorte muy de cerca de mi pelo.

Alex Mi color es este.

Ophelia Cuidado, Corbeau. Te noto un poco intenso.

Alex La obsesión que tengo contigo se me está yendo de las manos.

Alex Hazme videollamada cuando te vayas a duchar.

Casi me sangra el labio inferior de tanto mordérmelo para evitar sonreír. Y por un hombre, nada menos. Qué bajo he caído.

Cierro la pestaña antes de añadir «suspender todos mis exámenes» a la lista de cosas que estoy haciendo por un hombre. Divya me lanza una mirada cómplice, burlona, pero sonriendo de oreja a oreja mientras está sentada con los cascos puestos, concentrada en un libro de cardiología.

Creo que lleva ahí sentada trece horas. Las carreras de Medicina no son para débiles.

Fuera está nublado, como siempre. El cielo tiene una base oscura y estrepitosa que se extiende sobre los pinos descuidados.

Una fina llovizna difumina las torres del castillo, pero dentro, la chimenea junto a la barra de la biblioteca desprende un calor constante.

El resplandor acogedor procedente de las lámparas de latón de la pared baña las estanterías polvorientas y los escritorios que crujen con una luz suave.

La estancia está tranquila gracias a alguna fiesta que se alargó demasiado anoche, así que la sensación de inquietud que se cierne sobre mi hombro mientras redacto mis apuntes sobre el duelo en la infancia no tiene sentido.

Odio la distancia. Siento impotencia la mayor parte del tiempo. Cuando Alex tiene un mal día, lo único que puedo hacer es escribirle.

Solo espero que eso sea suficiente para aguantar los próximos dos años.

Me encuentro a Divya dormida sobre el teclado de su portátil cuando vuelvo del entrenamiento de natación, justo donde la dejé.

Le coloco mi chaqueta sobre los hombros y la dejo descansar.

Me quedo en la biblioteca hasta que las líneas de mi trabajo sobre percepción multimodal dejan de tener sentido, hasta que he mirado la palabra «cognición» durante tanto tiempo que ya me parece una combinación extraña de letras sin ningún significado.

Es entonces cuando empiezo a notar las miradas raras.

En realidad, nunca han desaparecido. No puedo cruzar el campus sin que la gente se me quede mirando, pero ahora parecen intensificarse.

Las dos chicas en el sofá Chesterfield marrón que se encuentra junto a la chimenea, vestidas como si fueran a montar a caballo y no a estar sentadas en un castillo polvoriento en las Tierras Altas de Escocia, se vuelven hacia mí.

Una le susurra algo a la otra, lo cual no es nada raro.

Normalmente es algo sobre mi ropa o mis dientes un poco torcidos o mis pecas.

Esperaba pasar desapercibida este año, pero mi plan se ha ido al garete al volver con Alex.

Ahora debaten públicamente todo lo que hago y lo clasifican en «se merece a Alex» o «no se merece a Alex».

Pero esta vez, nadie parece estar riéndose. Si acaso, parecen... ¿compresivos? ¿Preocupados? ¿Enfadados? No estoy segura, se me da fatal leer a la gente.

Cuando echo un vistazo a mi alrededor, entre las estanterías de madera combadas y los techos abovedados llenos de polvo, un montón de gente me está mirando.

Abro la cámara de mi MacBook para ver si tengo restos de salsa de tomate en la barbilla, pero tiene puesto un filtro tonto que hace que se me vean los ojos más grandes que el resto de la cabeza.

En la galería de fotos de la esquina inferior izquierda, me devuelven la mirada las fotos de Alex y mías en la cama de la casa de mis padres, con los ojos gigantescos como de insecto y las mejillas llenas de lágrimas de tanto reír.

El dolor que siento en el pecho es hueco y pesado al mismo tiempo. La distancia es dura. Especialmente en tardes como esta, cuando no consigo contactar con él y me pregunto si es porque tiene miles de reuniones o porque está tumbado en la cama luchando por encontrar motivos para seguir adelante.

El nombre de Colette aparece en la esquina superior de mi pantalla.

Colette Hola, cielo. ¿Estás bien?

Ophelia ¿Voy hecha un cuadro hoy o algo?

Colette ¿No te has enterado?

«Alex». Las náuseas me invaden. Se me vienen cientos de imágenes a la cabeza. Madre mía. Una llamada de Colette hace que me vibre el móvil sobre el escritorio, pero la rechazo y recojo mis cosas.

No puedo perder a nadie más.

Ophelia Escríbemelo.

Salgo de la biblioteca tambaleándome y cruzo el vestíbulo. Las paredes parecen cernirse sobre mí, los retratos deteriorados se ríen de mi pánico.

Colette me envía el enlace a una noticia.

Elise Corbeau, la exmodelo y esposa del magnate de la aviación desaparecido, se encuentra en estado crítico tras desplomarse frente a su casa en Manhattan.

No.

«No, no, no».

—Ophelia, ahí estás. —Vincenzo entra corriendo, mojado por la lluvia, con el teléfono pegado a la oreja.

Se lo aparta un momento para volver a marcar—.

Vamos, colega, contesta —susurra antes de rodearme suavemente con el brazo mientras me arrastra hacia la oscura escalera de caracol.

Tengo que correr para seguirle el ritmo, con un pitido agudo taladrándome los oídos—.

No responde —dice—. Llevo veinte minutos intentándolo.

Ni siquiera tengo que pararme a pensar lo que estará viviendo Alex. Lo sé perfectamente. Lo revivo cada noche, cada vez que me aburro, cada vez que veo hamburguesas, fichas de Scrabble, helicópteros, cualquier cosa que me recuerda a ellos.

Tengo que ir a Nueva York. Tengo que estar a su lado.

—Bella. —La voz de Vincenzo atraviesa la niebla, con el teléfono en altavoz mientras escribe y habla a la vez, guiándonos escaleras arriba.

—¿Te has enterado de lo de Elise? —La voz de Belladona suena tensa al otro lado.

—Sí. Voy a pillar un vuelo.

—Los exámenes, Vincenzo.

—Los repetiré, volveré a cursar el trimestre si hace falta. Esto es más importante que unos exámenes.

—¿Sabes algo de Alex?

—No. —El pánico tiñe su respuesta.

—Voy contigo. Te llamo en un minuto.

Yo llamo a Alex mientras Vincenzo llama a su padre. Me concentro en el ritmo constante de sus botas sobre el suelo de piedra para evitar pensar en lo que esto significa.

Significa viajar en avión, y ni siquiera el miedo que siento por Alex y por su madre es suficiente para distraerme.

Apenas puedo respirar.

Me salta el buzón de voz. Intento no venirme abajo. «Por favor, que no le pase nada».

Ophelia Mantente a flote, Alex. Mantente a flote hasta la medianoche. Ya veremos cómo salir de esta.

Nos detenemos en lo alto de las escaleras y Vincenzo alarga la mano hacia la puerta, pero la deja suspendida sobre la manija, como si se le hubiera olvidado algo. Me atrae hacia él y me abraza con fuerza.

—¿Estás bien?

Trago con dificultad y me encojo de hombros. Su presencia es reconfortante, firme y segura, como de costumbre. Agradezco que esté al lado de Alex, que siempre lo haya estado.

—Estoy preocupada por él.

Se aparta y me coloca las enormes manos sobre los hombros, como si intentara evitar que me rompa.

—Estará bien. Te tiene a ti. Lo vuestro es auténtico.

—Me tiene a mí —repito, asintiendo. Tengo que estar a la altura. No soy la chica que se sumió en la desesperación durante cuatro años. No soy la chica que huye, que cierra su corazón. He crecido—. Vamos.

Vincenzo se queda en la puerta mientras vacía sobre la cama el pozo sin fondo de trastos que es el cajón superior de mi mesita de noche. Encuentro mi pasaporte, todo pringoso por un Haribo derretido. Servirá.

—No puedo llevar líquidos, ¿no? —pregunto mientras guardo un revoltijo de ropa en mi bolsa sin prestarle demasiada atención. El vuelo es un secreto a voces. Soy capaz de ver que Vincenzo no cree que exista ningún universo en el que yo realmente me suba a un avión.

Yo tampoco, pero espero ser capaz de hacerlo cuando llegue el momento.

—Claro que puedes.

—¿Qué?

—Es un avión privado. Puedes llevar lo que quieras.

—Yo... —Ay, no. Un jet privado. Me tiemblan las manos cuando intento cerrar la cremallera—. Puedo... puedo...

—Deja la preocupación para luego, Feli.

—Vale —logro decir a la vez que cierro la cremallera. Vincenzo se cuelga mis bolsas y las suyas al hombro mientras responde otra llamada.

Me guía fuera de la mansión, hacia el sendero oscuro que conduce al aparcamiento. Me detengo junto a su inconfundible Maserati, pero él sigue caminando hasta el Bronco de Belladonna.

—Ella conduce más rápido.

Belladonna llega acompañada de Jack, uno de los amigos de Alex del equipo de rugby cuyos padres forman parte del equipo médico de Elise.

No he visto a Belladonna desde aquella noche en el bosque, aunque suele aparecer en mis pesadillas, en un bucle interminable entre la muerte de Laura y mis manos cubiertas de sangre.

La tensión entre nosotras es palpable. No hemos hablado, salvo por alguna pregunta puntual que me hace llegar a través de sus hombres para confirmarme que han borrado todo rastro de la existencia de Laura y enterrado la última copia de la foto que empezó todo esto.

No tengo derecho a enfadarme por que interviniera o por que matara para protegerse, pero lo estoy.

Ella también tiene todo el derecho del mundo a enfadarse conmigo por haberla puesto en esa situación; y por la mirada que me lanza, sé que sigue cabreada.