Capítulo 18. Alex
—Alex.
Esta casa tiene ventanas de estilo Tudor. Quizá sean las ventanas originales de cuando se construyó, con el cristal ligeramente deformado. Hay una terraza cerrada con vistas panorámicas a un paisaje verde y escarpado y al mar del Norte, una estampa que parece sacada de un cuento de hadas.
Pulso Guardar. Ya sabes, por si acaso.
La siguiente cuenta con nueve habitaciones. Es una antigua casa señorial situada entre hectáreas de árboles, hierba y arroyos brillantes. Un estudio de arte que podría gustarle a Evie. Una habitación con vistas al jardín que sé que a Fleur le encantaría.
«Guardar».
—Alex.
—¿Qué? Joder, perdón.
—Tengo otros clientes que sí aprovechan mi tiempo.
Cierro la página de propiedades en mi portátil, donde la ubicación en el filtro desplegable ha acabado accidentalmente en Escocia, en lugar de en Nueva York.
Cosas que pasan.
Robert me mira por encima de las gafas como si quisiera tirarme la libreta a la cabeza.
—Perdona, me he distraído.
—¿Ha pasado algo en particular esta semana?
—Todas las semanas pasa algo en particular —refunfuño. Él levanta una ceja, como si no le sirviera mi respuesta—. Creí ver a mi padre.
—¿Cuándo?
—Antes de ir a Londres. Estaba en una cafetería y... estaba segurísimo. Y sentí como si hubiera venido para... no sé, provocarme... y salí corriendo y me enfrenté a ese tipo en mitad de la puta calle. Obviamente no era él, y entonces me sentí como...
—Como tu madre.
Asiento y trago saliva con dificultad.
—¿No te preocupa? ¿Que me esté volviendo paranoico? ¿No es así como empieza?
Parpadea antes de soltar un largo suspiro que le hunde los hombros.
—No, Alex. No me preocupa que vayas por ese camino. El estrés es capaz de hacerle cosas increíbles a nuestro cerebro y, ahora mismo, tú estás hasta arriba.
—¿Crees que es genético?
—¿El qué?
Me paso una mano por el cuerpo, por lo agotado que debo de parecer.
—No sé... esto. Si tuviera hijos, ¿también estarían deprimidos?
Lo odiaría.
—¿Es algo que te preocupa? ¿Tus futuros hijos?
«Madre del amor hermoso».
—¿El examen final para convertirte en loquero consiste en responder cada puta pregunta con otra pregunta?
Se ríe y le da un sorbo a su té.
—Más o menos. Nunca habías mencionado lo de los hijos.
Nunca había considerado que pudiera tener un futuro. Me encojo de hombros.
—Si Ophelia quisiera hijos y yo... Si tuvieran... Creo que tengo ciertos traumas por culpa de mis padres. No quiero que ella... No quiero...
Dejo la frase a medias, sin saber ni siquiera qué estoy diciendo. No quiero acabar como mis padres. «No quiero que ella acabe con un hijo como yo». No quiero ese futuro para Ophelia.
—Creo que tus dificultades tienen mucho que ver con tu entorno y tus experiencias.
Trago con dificultad. Me obligo a asentir.
—Vale.
No paran de llegarme correos al portátil, pero un remitente en concreto llama mi atención. «Harris Carmichael». Antes de poder leerlo, Robert me lo quita del escritorio y lo cierra.
—Estaba leyendo un correo.
—¿Quieres seguir pagándome casi cuatro cifras por sesión para que te vea leer tus correos en silencio?
—No es mi problema que cobres una salvajada.
Su sonrisa es sincera, aparecen unos calcetines color mostaza cuando estira las piernas delante del sofá y cruza un tobillo sobre el otro. Repaso un garabato en mi cuaderno por millonésima vez.
—¿Un mal día?
De los peores. Uno de esos en el que no sé cómo voy a llegar a la medianoche.
Uno en el que el dinero ha perdido todo el significado, la comida no tiene sabor y los problemas del trabajo no me provocan ni una sola reacción.
Siento que el mundo es como un incendio forestal que me persigue y la muerte es una piscina fría y nítida.
—No entiendo por qué me quiero morir.
—¿Cuando por fin has recuperado a Ophelia? —Completa mi frase.
—Sí.
—Una relación no te curará la depresión, Alex, por mucho que la quieras.
—Pues en las películas pasa.
—En las películas los ratones cocinan dentro de los gorros de los chefs, Alex. No es una buena referencia.
—Es una rata. Literalmente se llama Ratatouille .
Hace un gesto con la mano como si fuera un detalle sin importancia. Ophelia tendría algo que objetar sobre eso.
—Tienes depresión, Alex. Puede que Ophelia no lo arregle, que tu madre mejore puede que no lo arregle, dejar Green puede que no lo arregle, que atrapen a tu padre puede que tampoco lo arregle.
—Qué tranquilizador. Gracias.
—La visión que tienes de Ophelia no es que sea muy saludable, como ya hemos hablado cientos de veces.
Ella no es la solución a tus problemas. Aunque sentirte apoyado y querido hará que te resulte mucho más fácil apoyarte a ti mismo.
En estos momentos no eres capaz de cuidarte porque piensas en tu padre cada minuto de tu vida que pasas despierto.
—Es que no puedo seguir manteniéndome a flote para siempre. —Estoy cansado.
—Tarde o temprano, caerá la primera ficha de dominó.
—Da igual cómo caiga la última ficha, será una mierda para las niñas. Josie todavía piensa que su padre es un superhéroe. Está convencida de que va a volver a casa. Estoy intentando prepararlas.
—¿Para que su padre muera? ¿O para que vaya a la cárcel?
Mi bolígrafo traza una línea larga y curva hasta que el dibujo se parece a las caderas de Ophelia. Espero que se encuentre bien. Espero que nunca llegue a sentirse tan mal como yo.
—Para cualquiera de las dos cosas. Para ambas.
Fleur va por el mismo camino que yo. Lo último que necesita es más drama, pero lo tendrá. Probablemente lo que le queda de vida.
El resto de la sesión con Robert es igual: yo desesperado, él ofreciendo respuestas sensatas y racionales que me niego a escuchar. Lo único a destacar fue descubrir que tuvo una cita con Jacqueline la semana pasada.
Me vibra el móvil cuando se va. Ophelia. Rechazo la llamada y le envío un mensaje.
Alex Hoy soy mala compañía, cariño.
Ophelia Para mí no. Solo llamaba para decirte que ya estoy de vuelta en Sorrowsong sana y salva.
Alex ¿Pruebas?
Me recompensa con una foto suya en su horrible habitación de Sorrowsong, con la capucha de mi sudadera puesta como cuando me fui. Se le dibuja una sonrisa en la cara cubierta de pecas.
Es el recordatorio perfecto de por qué sigo manteniéndome a flote.
Alex Qué mona eres. Te llamo luego.
Ophelia Me pondré medias con liga.
Se acabó. Lleva demasiado tiempo provocándome con eso. Pulso el botón de FaceTime en su contacto. Contesta, pero cuelga al momento, lo justo para que la oiga reír.
Ophelia Tengo que irme a clase. Luego hablamos.
Alex Genial, ahora estoy deprimido y empalmado.
Ophelia ¿Y cuándo no?
Estoy sonriendo al móvil cuando lo bloqueo. Es una pesadilla. Mi pesadilla. Pero ha inyectado una chispa cobriza en un día negro como el carbón.
Vuelvo a abrir el correo. Carmichael ha puesto fin a su silencio de meses para reenviarme un artículo de noticias de hace tres años, como si intentara recordarme algo.
La Universidad Sorrowsong amplía su limitada oferta académica con la incorporación del grado de Arquitectura en una inusual ruptura con la tradición.
Viniendo de Carmichael, es como una bofetada.
Ni una sola disculpa por cómo me trató, por cómo trató a mi chica, solo esto.
Me coge el teléfono casi al momento.
—Alex, cuánto tiempo.
—Eres un desgraciado, Harris.
—Antes de borrar mi correo, yo le daría una vuelta. —Está tranquilo. Amable, casi. Como si fuera mi padre dándome una charla de hombre a hombre sobre mi futuro. Lo que solo consigue enfadarme más.
—Hay que tenerlos bien puestos para escribirme.
—Siento mucho cómo terminó todo, Alex.
—Votaste en mi contra —mascullo entre dientes mientras me levanto de la silla para pasearme por el despacho.
El cielo está plagado de nubes negras, diría que tienen el mismo tono que mi estado de ánimo—.
Casi haces que pierda el puesto de CEO. Fui a Sorrowsong para nada. Nunca pensabas votar a mi favor.
—Iba a hacerlo. —Me río con amargura, y debe de notar que estoy a punto de colgar porque prosigue—. Iba a hacerlo, hasta que te conocí de verdad. Sinceramente, no podría dormir tranquilo si aceptara elegirte CEO de Green.
Vaya, qué grosero. Todavía no he llevado a la empresa a la quiebra.
—Lo estoy haciendo bien.
—No es una cuestión de capacidad, Alex. Sabía que te las apañarías.
—Más te vale empezar a hablar claro antes de que mande a uno de los hombres de Rocco a dejarte inconsciente.
—Pregúntale a tu madre.
—Mi madre no recuerda ni qué día es la mitad del tiempo.
—Me pidió que votara en tu contra, Alex. El mismo día que te fuiste de Sorrowsong. Sabía por qué ibas y me pidió que, llegado el momento, hiciera todo lo posible para evitar que ocuparas el puesto de tu padre.
Abro la boca y la vuelvo a cerrar. Confusión, dolor, traición, negación. Se me pasa todo por la cabeza.
—Ella nunca haría eso.
—Me hizo prometérselo.
—Estás mintiendo.
—¿Cómo se encuentra?
—No tienes ningún derecho a preguntar por ninguna de ellas.
—Nuestro programa de arquitectura ha ganado mucha fama, Alex.
Le cuelgo. Me hierve la sangre. Si pudiera agarrarlo por el chaleco morado y tirarlo desde la torre más alta de Sorrowsong, lo haría.
Pero eso me convertiría en mi padre.
Así que borro su correo sin responder y dejo caer la cabeza entre las manos sobre el escritorio.
Mis hermanas están en el colegio cuando vuelvo a casa. Me fui del trabajo para acabar el día desde aquí, demasiado alterado como para hacer cualquier otra cosa.
Me resulta raro no verlas. Hace demasiado frío, hay demasiado silencio en esta monstruosidad moderna que tenemos por casa. Las paredes blancas parecen de hospital, las luces son brillantes, cegadoras, y los espejos me hacen sentir miserable.
No veo la hora de dejar atrás esta casa, estos recuerdos. Me hago una nota mental para escribirle a mi agente inmobiliario.
Mi madre está en el pequeño jardín con una de sus cuidadoras, recogiendo flores y poniéndolas en un jarrón. Está saliendo de un bajón muy fuerte. Cada día come menos, parece más frágil. Abro las puertas correderas haciendo ruido para no asustarlas y salgo al aire frío.
A mi madre se le ilumina el rostro cuando me ve, como siempre. Su cuidadora entra en casa para dejarnos a solas.
—Has vuelto.
—He vuelto.
Me siento a su lado en el banco y suelto un largo suspiro.
Ella me inclina la cara hacia la suya para examinarme.
—Ha pasado algo con tu padre.
—¿Cómo lo sabes?
—Ophelia y tú estáis bien. Yo estoy hecha polvo, pero eso no es nada nuevo. Las niñas están bien. No sé qué otra cosa podría hacer que parezcas tan agotado.
—Está cerca. Nos vigila, puedo sentirlo.
Ella suspira y abre con cuidado los pétalos de una flor antes de colocarla en el jarrón.
—Tiene muchísimos contactos en la ciudad y en el sector turístico.
—Ya. Qué pena que no se dedicara a hacer pan.
Su risa es melodiosa, le brillan los ojos sobre las ojeras oscuras.
—Si se dedicara a hacer pan, se habría colado en casa dentro de un saco de harina. Ya sabes cómo es.
—Me siento inútil.
Pasa los dedos por la superficie dorada de mi dedo índice, el anillo de su padre.
—Yo le dije lo mismo a mi madre cuando tenía tu edad.
—¿Y qué te dijo?
—No eres inútil, solo tienes veintitrés años. A veces es difícil notar la diferencia. No podría estar más orgullosa de ti ni aunque lo intentara. Y no le tengo miedo a tu padre.
—Yo sí.
—Háblame de tus días con Ophelia.
Saco una foto de mi chica sosteniendo las cajas de pizza en el coche con cara de pocos amigos. Mi madre se ríe.
—Amplíala.
Amplío la imagen y se la enseño. La alegría de mi madre es casi infantil. Las mujeres de mi vida están demasiado metidas en mi vida amorosa.
—¿No es maravillosa? Tiene un pelo increíble. Qué cantidad de pecas. Y qué vestido más bonito.
—Se lo compró en una tienda benéfica. Le costó dos libras —digo antes de pasar a la siguiente foto. Sale Ophelia en mi cama, en nuestra casa de Londres, abrazándose las rodillas mientras come un trozo de pizza . En esa se la ve más feliz. La sonrisa de mi madre se ensancha, si es que es posible.
—¡Alex! Comiendo pizza sobre sábanas blancas. Yo no te crie para que fueras un cavernícola.
—Pues eso parece.
Paso a otra imagen: Ophelia está hecha un ovillo en el edredón y solo se le ven los ojos y la nariz. Mi madre se lleva una mano al pecho y suspira.
—Ay, Alex. Me muero de ganas de conocerla. Debe de quererte muchísimo para ser capaz de ver más allá de lo que hizo tu padre.
Soy consciente de ello. Me sorprende cada día que pasa conmigo.
—Lo sé.
Me mira con dulzura.
—¿Qué tal la casa de Londres?
—Bien —respondo y bloqueo el móvil. No le cuento los detalles del allanamiento. No le haría ningún bien.
Sé que a mi madre no le hace mucha gracia Nueva York.
—¿Te gusta esa casa?
Se toca una herida en el labio inferior agrietado, perdida en sus pensamientos.
—¿Te mudarías allí? —aclaro, antes de que algún antiguo recuerdo la altere—. ¿Cuando todo esto termine?
Dobla las piernas sobre el banco y se las abraza.
—Tal vez. Sí que me gustaría irme de esta ciudad algún día. Nunca me ha gustado mucho la metrópolis. Prefiero el campo.
—¿En Escocia? —digo, medio en broma, medio esperanzado.
—Me encantaría, Alex. Pero convencer a las niñas sería más complicado.
—Ahí tienes razón. —Convencer a Fleur de dejar Nueva York sería el logro de toda una vida.
—Pero no renuncies a la idea. Las niñas saben cuánto has sacrificado por ellas, no me sorprendería que vivieran allí por ti durante dos años mientras estudias. Hemos pasado por muchas cosas aquí en Nueva York.
Me pregunto si el brillo, el glamur y los recuerdos que llenan estas paredes se han estropeado hasta convertirse en algo podrido para alguna de mis hermanas. Si los pasos de mi padre resonando en los pasillos o los gritos de mi madre también les hacen temblar las ventanas.
Yo crecí entre París, Londres y Nueva York. Para mí esto nunca ha sido mi hogar, pero seguro que para Josie sí, pues solo ha vivido aquí. Necesito que estén todas de acuerdo antes de mudarnos.
—Además, Mia haría cualquier cosa por ti.
Sonrío cuando deja el jarrón con las flores en el suelo de piedra a nuestros pies.
—Adoro a esa pequeña idiota.
—Tiene lo mejor de tu padre. —Juguetea con los dedos—. Quizá después del próximo ingreso en el hospital, cuando no esté atravesando uno de estos bajones, pueda volar para conocer a Ophelia.
No sé yo si es una buena idea, pero no la descarto.
—Lo consultaré con los médicos.
Suspira, contenta y feliz bajo la luz moteada del sol sobre los pies descalzos, y se queda dormida con la mejilla apoyada en mi hombro. Le pongo mi chaqueta por encima y me prometo no olvidar nunca momentos tranquilos como este.