Capítulo 17. Ophelia #3
—Brendan ha visto a mi padre por las cámaras de seguridad, a unos quinientos metros de nuestra casa.
El miedo me golpea el estómago.
—¿En Nueva York?
—Sí. Anoche. Va enmascarado, pero es él.
—Joder, Alex.
—Tenemos seguridad en casa, pero...
—Me alegro de que vayas a estar allí pronto —digo antes de entrar en el baño para lavarme los dientes e intentar procesar la noticia.
Necesito con todas mis fuerzas que no les pase nada a Alex y a sus hermanas.
Me echo agua fría en la cara, ligeramente horrorizada por mi propio reflejo.
Alex y yo hemos estado un poco... desaliñados últimamente, y estoy siendo bastante generosa.
Solo que él lo luce bien. Lleva el pelo alborotado de una forma atractiva, como si se acabara de levantar, el cansancio que se le refleja en el rostro lo hace parecer mayor, más sexi, y ese toque gruñón y melancólico que tiene consigue ponerme un poco nerviosa.
¿Yo? Pues no lo luzco tan bien. Mi piel ha pasado de un blanco folio a un tono azulado, y me he estado toqueteando tanto ese pelillo rebelde que tengo en la barbilla que ahora tengo una herida enorme.
Sin embargo, cuando vuelvo al dormitorio y me recuesto contra las almohadas, Alex me mira como si fuera todo lo que ha deseado y más.
El colchón se hunde bajo su peso cuando apoya las manos a ambos lados de mi cabeza. Se inclina sobre mí, con los labios entreabiertos y las largas pestañas oscuras mientras recorre con la mirada mi camisón diminuto.
Nunca me cansaré de esta vista.
No deja de sonarle el portátil de trabajo en la mesita, por lo que se inclina hacia él y lo cierra con tanto entusiasmo que no puedo evitar reírme.
—¿Qué tal va el mundo de los jets privados y las bolas de cristal de la bolsa?
—pregunto mientras me retumba el pulso en la garganta.
¿Alguna vez dejará de provocarme esta reacción visceral?
La misma que tuve el primer día que lo conocí.
Como si hubiera caído directa en su trampa, y nunca quisiera salir.
Estoy poniendo papel pintado y muebles feos en esta trampa, convirtiéndola en un hogar.
A pesar del cansancio que veo en sus ojos y de la oscuridad que le consume, noto que está juguetón. Se quita la sudadera, la lanza a un lado y se deja caer sobre mí apoyándose sobre los fuertes antebrazos. Ha dejado de funcionarme el cerebro.
—Mi bola de cristal está resultando bastante útil.
—No me digas.
Se acurruca en mi cuello e inhala mi aroma. Lo noto empalmado contra mi muslo.
—Ajá.
—¿Y qué dice? —pregunto, esperando que me suelte alguna estupidez sobre cadenas de suministro y rotación de personal.
—Que deberías sentarte en mi cara.
Suelto una carcajada y le rodeo el cuello con las manos. Me arde un fuego en el vientre.
—¿Y?
—Y después en mi polla.
Restriego las caderas contra él, lo que provoca que su siguiente exhalación se convierta en un gruñido.
—Vaya, no parece muy útil para la bolsa. Igual está rota.
Coloca su pierna entre las mías y nos gira hasta que quedo a horcajadas sobre él.
—Cariño, la bolsa dejó de importarme el día que supe que usabas medias con liga.
Con las manos alrededor de mi cintura, me echa un poco hacia atrás y me dobla la rodilla para presionar su muslo, firme y duro, entre mis piernas. No puedo evitar sonreír. Es como nuestra primera noche juntos, la primera vez que nos dejamos llevar.
Siento como si hubiéramos avanzado mucho, pero, al mismo tiempo, nada. Seguimos enamorados, seguimos a un paso de un final feliz.
«Dios. Lo voy a echar mucho de menos».
Me conformaría con cualquier forma de Alex que pudiera tener, si tiene que ser en videollamadas y en noches robadas en sus escalas de aeropuerto, que así sea, pero no pienso fingir que no me duele no poder despertarnos juntos como todos nuestros amigos con pareja.
Me acaricia la mandíbula con el pulgar, tierno y respetuoso, como siempre es conmigo.
—¿Qué pasa por esa cabecita, Twist?
Dejo escapar un suspiro tembloroso y expulso con él todos los pensamientos negativos. No quiero estropear nuestra última media hora con mi pesimismo innato. Muevo las caderas contra él, con el corazón desbocado y el vientre tenso.
—Estaba pensando que podría ser muy peligroso desobedecer a la bola de cristal. No quiero tentar al destino.
Él inspira con fuerza y me aprieta los muslos con tanta fuerza que me provoca un dolor cálido y delicioso de cintura para abajo.
—Tiene sentido —jadea, siguiéndome el juego—. Por motivos de seguridad, deberías correrte en mi cara.
—Y en tu polla.
—Eres todo un ejemplo para la comunidad.
—Efectivamente —respondo. Mi risa se convierte en un pequeño grito cuando desliza las manos bajo mis muslos y me arrastra hacia arriba, hasta que mis rodillas quedan a ambos lados de su cabeza.
Se detiene un segundo, y una risa suave me hace cosquillas en la cara interna del muslo.
—Cuando Harwood me obliga a imaginarme mi lugar feliz... es justo aquí.
Y con ese comentario fortuito, que nada tiene de casual por cómo se me clava profundamente en el corazón, aprieta los brazos alrededor de mis muslos y hace que me olvide de todo.