Capítulo 17. Ophelia #2
—Le ha puesto romero al roux —comento, porque no quiero hablar de nada más.
Sus piernas se unen a las mías sobre la mesa de centro antes de levantarme la sudadera para comprobar el estado de los moratones que me salpican las costillas a causa de mi pelea con Laura.
—¿Qué cojones es un roux ?
—Ni idea. Pero me juego un brazo a que no se le echa romero.
—Qué idiota.
—Y que lo digas.
Mira la televisión con leve desinterés, observando cómo un concursante pasa patatas por un colador con tanto entusiasmo que el sudor le perla la frente.
Alex está inquieto; se le tensan los músculos bajo los cuervos tatuados mientras gira el anillo dorado de su dedo índice.
Percibo una oscuridad en él que me recuerda al primer día que nos conocimos fuera de las puertas de Sorrowsong, como si una tormenta estuviera cobrando fuerza bajo su piel.
Me inclino para acariciarle el pelo y veo cómo cierra los ojos y desaparece la tensión de sus hombros.
—Háblame.
—Nunca atraparemos a mi padre.
—Claro que sí. Solo es un poco escurridizo.
—Es demasiado listo. Tiene demasiados contactos. Dudo que exista una fuerza policial, aeropuerto, autoridad gubernamental o grupo criminal en el que él no tenga un contacto... ¿Por qué está aplastando patatas con un colador?
—Dejé de intentar entender este programa cuando ibas por el primer cigarro. Ese tipo pelirrojo acaba de comprimir un tomate.
Suspira, como si de verdad fuera el programa lo que le molestara y no todo lo demás.
—¿Qué sentido tiene todo esto?
—No lo sé —respondo, y me llevo una galleta a la boca—. Atraparás a tu padre, Alex. Es cuestión de tiempo.
—Solo quiero acabar con él de una vez por todas. Hemos pasado por demasiadas cosas. Hemos esperado demasiado tiempo.
—Lo parece, pero en realidad, tres meses no es tanto tiempo.
—Cuando tuviste que esperar tres meses para que saliera un libro nuevo dijiste que tres meses era el período de tiempo más largo del mundo. Y cuando te dije: «¿Y cuatro meses?», me mandaste a freír espárragos.
Lo hice, pero me niego a admitirlo.
—Ay, cariño. Además de pérdida de visión, también sufres pérdidas de memoria. Eres una causa perdida, Corbeau.
—Lo soy.
Sin saber cómo, acabamos tumbados, acurrucados en el sofá demasiado estrecho con el televisor a todo volumen. Un silencio satisfactorio se instala en el salón abierto mientras vemos a Clare emplatar de pena su dauphinoise y fingimos que el mundo no está ardiendo a nuestro alrededor.
Cuando el juez dice que aprecia el romero que puso en el roux , Alex apaga el televisor como un aficionado al fútbol indignado, tapándome los oídos hasta que el sonido se para, como si fuera una niña y no quisiera que escuchara algo inapropiado.
—Vaya gilipollez. No les hagas caso, cariño. Tenías razón sobre el roux , son ellos los que se equivocan.
—Pienso enviarles un correo para quejarme.
Suspira, tiene el cuerpo tenso detrás de mí. Me doy la vuelta en el sofá para mirarlo a la cara. Creo que ambos estamos delirando por la falta de sueño.
—Superaremos esto, Alex. Y luego superaremos la siguiente cosa. Y la siguiente.
Sonríe, y hace que el corazón me dé un vuelco.
—Estoy cansado de las «cosas».
—Pues mala suerte. La vida está llena de cosas.
Me dedica una sonrisa dulce y me acaricia la nariz con el dedo.
—Gracias por ser mía.
—Gracias por ir a aquella clase de dibujo.
—Soy irracional. No soporto pensar en que otra persona te dibuje.
Me muerdo el labio.
—¿Celoso, Alex?
Baja la mano y me presiona el punto del cuello donde me late el pulso con fuerza.
—Siento envidia hasta del viento que se cuela por los agujeros de tus jerséis de lana, Winters. «Celoso» se queda corto.
—No necesitas estarlo.
Mi sonrisa es involuntaria, pero me hace sentir genial. Me gusta el Alex celoso.
Vuelven a brillarle los ojos, ya no son esos pozos sin fondo de desesperación. Paso el dedo por la cicatriz bajo su ceja. Obra de su padre.
Odio a Cain Green por muchas razones.
Se le mueve la garganta al tragar, tiene la mirada clavada en el mundo más allá de mis cortinas amarillentas. El sol se está poniendo, fragmentos de luz cobriza iluminan las casas deterioradas de mi calle.
Un avión atraviesa la niebla y como si me leyera la mente, dice:
—Tengo que volver a casa.
—Lo sé.
—No sé cuándo volveré a tener tiempo para venir a verte.
—Te mereces mucho más de lo que yo puedo darte. —He intentado escuchar pódcast para superar el miedo a volar e ir a visitarlo, pero mi miedo es tan profundo, está entrelazado con tanto trauma, que apenas hago ningún avance—. La distancia solo es otra cosa más, Alex. Lo superaremos.
Está tenso, tiene los músculos rígidos, como si se estuviera guardando algo.
—Necesito que sepas en dónde te estás metiendo al estar conmigo. Necesito que estés segura.
—Lo estoy.
Me acaricia los labios con los suyos, suaves y tiernos.
—Vengo con una madre enferma.
—Lo sé.
Un beso cae sobre mi mandíbula.
—Y con la custodia de seis niñas con las hormonas revolucionadas y que a veces pueden llegar a ser crueles. Cuando te gradúes, cuando por fin podamos estar juntos, las más pequeñas todavía seguirán conmigo.
—Lo sé.
Otro beso, esta vez en la clavícula.
—Y un cerebro cansado y triste.
—Lo sé.
—No sé si quiero tener hijos.
—Yo tampoco.
—Puedo llegar a ser insoportable cuando tengo un mal día.
—Te quiero. Y quiero todo lo que venga contigo. Quiero a tu madre. Quiero a tus hermanas. Quiero todo de ti.
La sensación de alivio que se le refleja en el rostro casi hace que me arrodille. Cree que no lo entiendo, que me iré cuando su vida familiar se vuelva complicada o cuando su depresión empeore.
—Quiero una vida caótica, Alex. Las peleas gordas, las pequeñas, las lavadoras que tienen fugas, los coches que se estropean y las adolescentes gruñonas. Quiero una vida normal, llena de gente y de todos sus problemas.
Ahora sonríe de oreja a oreja.
—Yo también quiero eso.
—¿Sí?
—Sí. —Traga saliva y me limpia una lágrima de las pestañas inferiores.
Ni siquiera me había dado cuenta de su presencia—.
Quiero una cabaña con un jardín enorme. Quiero pasarme tardes enteras entre tus muslos.
Quiero verte envejecer. Quiero flores frescas y una esposa anciana.
Y si tuviéramos hijos, nunca temerían el sonido de los pasos de su padre.
Siento caer una segunda lágrima, lenta y silenciosa. Para alguien que se niega a pensar en su futuro porque le cuesta creer que tendrá uno, la magnitud de su confesión no me pasa desapercibida.
—Podemos tenerlo todo. Solo necesitamos superar las cosas .
—Aguantaré.
—Aguanta hasta la medianoche. Mantente a flote hasta la medianoche.
Siento su sonrisa contra mi coronilla mientras me abraza con fuerza.
—Hasta la medianoche.
Cuando me despierto, Alex está sentado al borde de la cama con una sudadera negra y esos pantalones cortos de rugby . Tiene las maletas hechas a los pies. Entonces, una decepción que no tengo derecho a sentir me invade.
Estoy agotada. Me he tirado toda la noche soñando con Laura y con el bosque, lo que me ha dejado peor que cuando me fui a dormir.
—Tengo que irme en media hora para coger el vuelo.
—¡Vale! —exclamo en un intento de mantener un tono alegre—. No pasa nada.
Algo en su expresión me dice que hay más.