Capítulo 17. Ophelia
La casa está como la dejé justo después de Año Nuevo, salvo por las facturas atrasadas que se acumulan en la puerta y la nueva capa de moho de los alféizares húmedos.
Fuera hay once grados, pero dentro hace mucho más frío. Me envuelvo con fuerza mi fina chaqueta marrón, los calcetines blancos gorditos que llevo sobre las medias no hacen nada por aliviar el escozor.
Ya me dolía volver a casa antes de Navidad, con las estanterías vacías y los muebles cubiertos de polvo, pero ahora, donde los recuerdos de Alex y yo se mezclan entre el duelo y la decadencia, es muchísimo peor.
No vi lo que hizo la gente de los Morello para limpiar la escena. Me limité a caminar, muda y rígida, de vuelta al coche de Belladonna.
Dejé que sus preguntas me pasaran por encima. «¿Estás herida? ¿Es posible que Laura trabajara con alguien? ¿Tiene familia a la que tengamos que silenciar? ¿A dónde quieres ir ahora? ¿Podemos limpiarte el corte de la mano?».
Solo tenía una respuesta: «Por favor, no me lleves de vuelta a Sorrowsong».
En su lugar, hice que los hombres de Belladonna me trajeran algo de ropa y mi portátil y me dejaran aquí, aunque ni siquiera me he molestado en cambiarme. Tengo las mallas cubiertas de barro y tanta sangre bajo las uñas que dudo que pueda limpiármela jamás.
Estoy asqueada conmigo misma. Asqueada por lo que le hice. Asqueada por haber estado tan desesperada por salir del nido de víboras de la soledad, la pérdida, la rabia y la desesperación, que salí trepando y me llevé la escalera conmigo.
Ignoro el teléfono que no deja de sonar sobre la encimera descascarillada. Me lleva uno, dos, tres intentos con los dedos temblorosos enchufar el hervidor, otros dos intentos abrir la caja oxidada de bolsitas de té y poner una en la taza favorita de mi padre.
No sé qué hacer.
Un perdón no bastaría ni aunque siguiera viva para poder pedírselo.
Mis lágrimas caen sobre los sobres blancos mientras los abro. Agua, gas, electricidad, impuestos. La suma es ridícula, pero mi saldo bancario también.
Y ahora mismo no estoy en condiciones de llamar a la residencia para pedir trabajo.
Sollozo mientras me llevo la taza a los labios; el vapor me quema la nariz, roja y en carne viva de tanto llorar.
El té sin leche es un asco.
Le doy la vuelta al móvil y me atrevo a mirar la pantalla. Diez llamadas perdidas de Colette. Otras diez de Divya y Magda. Cuatro de Vincenzo. Tres de Mack, dos de Brendan. Una de Belladonna.
Infinitas llamadas de Alex.
Debería reconfortarme. Es todo lo que he deseado.
Pero es un recordatorio de Laura, de cómo debía de verse su teléfono: vacío, salvo por los mensajes anónimos dirigidos a una chica que la decepcionó.
Dejo el móvil antes de que las lágrimas lleguen.
Antes de que el arrepentimiento, la desolación y el odio hacia mí misma que he contenido durante las últimas ocho horas por fin me golpeen.
Las rodillas se me vuelven gelatina en el pequeño rellano cuadrado al final de las escaleras, me doblo por la mitad y me invade una migraña que parece una olla de aceite hirviendo derramándose por todo mi cráneo.
Por primera vez en cuatro años y medio interminables, me tambaleo hasta el dormitorio más grande de los dos, aparto las sábanas impecables y me deslizo bajo el edredón con los ojos hinchados y el corazón roto. Mi grito de frustración queda ahogado por la almohada.
—Os necesito —sollozo contra la tela polvorienta—. Os necesito a los dos, y no estáis aquí.
Deambulo por la urbanización de viviendas sociales con una botella de leche de la tienda de la esquina colgando del meñique y una piruleta en la boca.
Aguanté cuatro horas sin una taza de té decente antes de rendirme y arrastrar los pies calle abajo con lo que estoy segura de que es una combinación la mar de favorecedora de los pantalones de chándal de Alex y las viejas sandalias de mi madre.
Por primera vez desde que murieron mis padres, no tengo preguntas.
Sé que mis padres murieron como resultado de algún trato barato y atroz para mantener en secreto una de las numerosas aventuras de Cain.
Sé que Bancroft y mi madre tuvieron una aventura.
Sé quién me envió la foto de Alex y de mí junto al cuerpo de Bancroft.
Sé que Brendan pudo recuperar el teléfono de Laura y borrar todo rastro de él.
Lo sé todo .
Entonces, ¿dónde está la satisfacción? ¿Dónde está la sensación de victoria que he perseguido sin descanso durante cinco años?
He rellenado las respuestas a todos mis interrogantes como los baches de estas horribles carreteras escocesas, pero siento que ahora están en peor estado.
Solo necesito sobrevivir hoy. Mañana ya me preocuparé por ducharme, comer y estudiar.
Saludo a la señora Smith, que vive en la esquina, vestida con una bata y un cigarrillo entre los labios. Ella me devuelve el gesto antes de dejar su taza de té sobre el contenedor verde con ruedas que se encuentra a su lado.
—¿Te sobra alguna pastilla para el lavavajillas, Winters?
—No tengo lavavajillas, Mary.
Tose, una tos húmeda y profunda que le sacude todo el cuerpo.
—Pues deberías comprarte uno.
—Probablemente.
—¿Es cierto? ¿Fuiste a ese colegio pijo en un castillo?
—Sí.
—¿Y cómo es?
Me detengo al pasar junto a su casa, casi tan deteriorada como la mía. Un suspiro pesado hace que se me hundan los hombros.
—La comida está buena.
—Me lo imagino. —Exhala una nube espesa de humo—. Si ves a Steve, pregúntale si le sobra alguna pastilla para el lavavajillas.
No sé cómo hice esto durante cuatro años, cómo sobreviví a base de pan de gasolinera y mis propias lágrimas. Cuando doblo la esquina hacia la hilera de casas grises a la que llamo hogar, mis pies se detienen.
Debería alegrarme de verlo, de descubrir que todavía no se ha ido a casa, pero siento algo raro ante la presencia de ese coche.
Un vehículo de cien mil libras aparcado entre casas que cuestan lo mismo.
Ruedas que probablemente cuestan un mes de alquiler cada una, mientras Mary intercambia cosas de su despensa por pastillas de lavavajillas.
Cuando llego al ridículo Land Rover, está vacío, pero veo las luces encendidas dentro de casa, algo que yo no me molesté en hacer.
La puerta está abierta. Me quito las sandalias sobre el suelo desgastado y me arrastro hasta la cocina.
Alex se gira para mirarme, la habitación se sume en el silencio. Parece cansado. Me recorre el cuerpo con la mirada, y lo que sea que ve basta para que se le llenen los ojos de algo que se parece mucho a la tristeza.
«Genial».
—Por el bien de mi huella de carbono, Ophelia, vamos a tener que trabajar en nuestros problemas de comunicación.
Me arrodillo para guardar la leche en la nevera, pero ahora el gesto me parece ridículo al estar rodeada de fruta fresca, yogur, queso y comidas preparadas que Alex ha metido ahí.
La luz amarilla de la bombilla se distorsiona a causa de las lágrimas que no puedo contener, la culpa me aplasta con tanta fuerza que no soy capaz de ponerme en pie.
Apoyo una mano en el suelo abombado frente a la nevera y me llevo la otra al pecho, porque me duele. Si fuera cualquier otra persona la que estuviera detrás de mí, me daría vergüenza el sollozo destrozado que se me escapa de la garganta.
—No puedes encender todas las luces de par en par —lloro, como si ese fuera el problema—. Necesito reducir gastos.
Una mano se posa en la parte baja de mi espalda y me acaricia en círculos suaves.
—Déjame ayudarte...
Me dejo caer sobre los talones, los dos arrodillados frente a la nevera en esta cocina diminuta.
—No puedes arreglarlo todo con dinero —le espeto, aunque sé que no es justo. Nunca me ha hecho sentir así, nunca me ha incomodado de esa forma.
—Cuéntame qué ha pasado.
—Me olvidé —hipo entre lágrimas.
—¿De qué?
—De esto. —Hago un gesto hacia la casa, luego hacia la foto descolorida de mis padres colgada en la puerta—. Me olvidé de ellos. Me olvidé de Mary, la vecina, y me olvidé de Laura. Vosotros vivís desconectados del mundo, y yo me acostumbré tanto a los lujos que también me desconecté.
—Ophelia, no tienes objetos de lujo.
—No me refiero a eso.
No me refiero a los coches, los bolsos o los zapatos.
Me refiero a lujos de verdad. Amigas que se preocupan, que aparecen con pizarras y comida cada vez que hay que planear algo, amigas que te llevan en coche a las cuatro de la mañana solo porque se lo pides.
Alex. Alex, que me quiere tanto que las cadenas de mi pasado ahora son más ligeras.
Lujos que Laura podría haber tenido si yo no la hubiera abandonado.
Su mirada se suaviza con compresión.
—Ser querida y aceptada por quién eres no es un lujo que no merezcas.
—Alguien murió por mi culpa.
—No sé quién es Laura, pero sé que tú no eres la villana de su historia. No decidiste su destino. Te estás atribuyendo demasiado poder en su vida.
—Para.
—No vamos a hacer eso. No vas a privarte de la bondad solo porque creas que no la mereces.
Me tiemblan los hombros, me duele el pecho.
—Por favor, para.
—Dime qué pasó.
—Renuncié a la venganza por una relación contigo, eso fue lo que pasó —le espeto, más cabreada con él de lo que realmente me siento. Solo hay una persona con la que de verdad estoy enfadada—. Dejé que me consumieras.
—¿Quién es Laura?
El odio que siento hacia mí misma es como una hoja sin filo abriéndose paso de dentro hacia fuera.
—Soy yo. Es lo que sería yo si no te hubiera conocido.
Se pone en pie y escucho el golpe de una taza contra la encimera, el chisporroteo del hervidor. Luego se va, sus pasos resuenan escaleras arriba antes del sonido del agua llenando la bañera.
Eso solo hace que lo que he hecho me parezca aún peor.
Voy por el tercer episodio seguido de Masterchef . Me burlo de cómo Clare de Birmingham ha hecho un roux , aunque no tengo ni la más mínima idea de qué es un roux , cuando Alex por fin se une a mí en el sofá tras cientos de reuniones de trabajo.
Después de lo que solo puede describirse como un colapso catastrófico durante la noche, hoy no me quedan fuerzas para luchar, como la calma inmóvil después de la tormenta, cuando el cielo ya no puede llover más.