Capítulo 16. Ophelia
Alejarme de Belladonna me parece una idea horrible, pero no puedo arrastrarla conmigo más de lo que ya lo he hecho. Este desastre es cosa mía.
El corto camino hasta los árboles es como una maratón.
Tengo demasiado tiempo como para pensar, demasiado tiempo para que mi corazón caiga en un ritmo frenético.
Cada susurro del viento o rama desnuda que se estira hacia mis piernas hace que me dé la vuelta bruscamente para enfrentarme a una persona que no está ahí.
Cuando llego al Golf abandonado, apenas puedo distinguir el vehículo de Belladonna.
Echo un vistazo a mi alrededor. El mundo está tan silencioso que mi respiración suena ensordecedora y mis pasos parecen lo bastante fuertes como para oírse a kilómetros de distancia.
Me atrevo a encender la linterna del móvil y miro a través de las ventanillas amarillentas.
El coche está sucio, tanto por dentro como por fuera.
No hay nadie en el asiento del conductor.
El asiento del copiloto está cubierto de botellas de agua vacías y envoltorios de comida.
El pequeño asiento trasero tiene una almohada manchada y una manta.
Quienquiera que sea vive dentro del coche.
Las coordenadas que me envió conducen hacia la masa de pinos que se extiende frente a mí, pero cuando examino la línea de árboles, no hay rastro de nada ni nadie.
Camino alrededor del vehículo, con la navaja apretada entre los dedos sudorosos. No encuentro ninguna pista en el coche, pero mi mirada se detiene en la matrícula, la cual está tan cubierta de suciedad que casi no se puede leer.
Saco el móvil y hago una mueca por el brillo de la pantalla mientras me apresuro a bajarlo antes de que alguien me vea.
Creo que el informático de Mack no me lo va a coger, pero, para mi sorpresa, lo hace. A saber qué hora es donde sea que esté.
—¿Brendan? —susurro, tan bajo que apenas me oigo a mí misma. Miro a ambos lados por encima del hombro y me agacho para esconderme detrás del coche—. Soy Ophelia. Si te doy una matrícula, ¿puedes decirme a quién pertenece el coche?
Debe de notar el miedo en mi voz, porque no me pregunta para qué necesito saber eso.
—¿De qué país es el coche?
—Del Reino Unido.
Oigo un cajón abrirse y cerrarse al otro lado de la línea, y después el sonido de él tecleando.
—¿Por qué estás en medio de la nada?
Miro debajo del coche en dirección al grupo de árboles de la lejanía, sin ver a nadie.
—Es una larga historia.
Suspira.
—Dime la matrícula.
—MG01 ARJ.
—Espera.
En algún lugar entre los árboles, una ramita se rompe. El pánico me atraviesa. Oigo a Brendan murmurar entre dientes, como si estuviera teniendo algún problema.
—¿Cuánto tardarás en tener un resultado?
—¿Estás en peligro?
Supongo que ahora no es momento de endulzar la verdad.
—Creo que sí.
—¿De quién es el coche? ¿De la persona que te envía los mensajes?
Miro de nuevo debajo del vehículo, vigilando la línea de árboles como un halcón.
—Sí.
—Ophelia, sal de ahí y déjanoslo a nosotros.
—Llevo meses dejándooslo a vosotros. No puedo quedarme sentada de brazos cruzados esperando a que alguien mate a Alex.
—Bueno, pues cuéntame quién es el acosador si sobrevives. El coche tiene la ITV caducada. Tampoco ha pagado el impuesto de circulación. Probablemente sea robado.
Maldigo a causa de la frustración y no le cuelgo mientras camino hasta un pequeño arbusto redondo, a la espera de que alguien aparezca.
Pero nadie lo hace.
No me queda otra opción que dirigirme hacia los árboles, haciendo una mueca cada vez que una rama u hoja crujen bajo mis Dr. Martens.
Me castañean los dientes cuando exhalo y me quedo sumida en una oscuridad absoluta.
La respiración constante de Brendan y el sonido de su teclado al otro lado del teléfono son mi única compañía.
Al igual que en el Bosque Solemn que rodea los muros derruidos de Sorrowsong, la arboleda me arrebata los cinco sentidos. Pierdo el sentido de la orientación y avanzo a tientas entre los troncos agrietados hasta que oigo un segundo par de pasos delante de mí. ¿O detrás?
Cada sonido reverbera por el bosque y llega desde todas las direcciones.
Camino hacia los pasos, cuchillo en mano, y justo parece que podría haber alguien caminando a mi lado... el bosque se queda en completo silencio.
Un sudor frío me recorre la piel.
Lo siento de nuevo, igual que en aquel bosque con Bancroft: una sensación nauseabunda y aplastante de terror.
Sin embargo, de algún modo, me siento más fuerte que entonces.
—Lo tengo —masculla Brendan, y su voz me sobresalta—. El año pasado, el coche estaba registrado en Inverness a nombre de una tal señorita L...
Algo —alguien— se lanza contra mi espalda, haciendo que el teléfono salga volando.
El suelo me recibe con un golpe seco; el sabor de la sangre y la tierra mojada me invaden la boca.
Sigo aferrada al cuchillo y lanzo un golpe hacia atrás cuando un par de rodillas se estrellan contra la parte baja de mi espalda.
Pero en cuanto esas rodillas caen sobre mí, sé que no es una pelea justa.
No hay peso que las acompañe.
Cuando rodeo con la mano el antebrazo que se desliza alrededor de mi cuello, no es más que piel y huesos.
La voz que me llega está ronca por la enfermedad y la fragilidad, pero el acento escocés me resulta familiar.
—Te odio, Ophelia.
Cierro los ojos contra las espinas y la tierra, y maldigo mi propia estupidez.
No sé cómo no me he dado cuenta antes.
Solo conozco a una persona que quiera ver caer a Green con las mismas ganas que yo.
—Laura —consigo decir con dificultad.
—Te di la cinta de mi padre —escupe mientras presiona su escuálido antebrazo contra mi cuello—. Me engañaste para que te diera lo último que me quedaba de él.
Recuerdo su casa, su desesperación cuando me entregó la confesión que nos daría la venganza con la que ambas habíamos soñado durante tanto tiempo. Era información crucial en mi caso contra Cain Green. Era su posesión más preciada y yo le prometí que entregarla valdría la pena.
Pero en lugar de eso, decidí perseguir un final feliz.
«Y no volví a pensar en ella».
—No fue así —jadeo, con las vías respiratorias comprimidas. Aprieto la navaja, aunque podría tirarla a los arbustos.
No mataré a Laura. No puedo matarla.
—¿Cómo te sobornó tu novio para que robaras la prueba que podría acabar con su familia?
Me suplicaste que te la diera, fingiste odiar a los Corbeau-Green.
—Se ríe como una loca y me clava las rodillas huesudas en la columna—.
Te envié esa cinta, y luego desapareciste.
Y pensé que quizá te habías olvidado de mí, como hace todo el mundo.
Pero encontré a Alex en internet. Riéndose contigo, pasando la Navidad contigo.
—No, no, no —suplico para intentar que lo entienda, para intentar apagar las llamas de culpa que me están devorando por dentro.
—Fui a verte. Te observé. Fui a Sorrowsong porque seguro, seguro , que la chica que vino a mi casa no podía ser mala. Seguro que se trataba todo de un malentendido. ¿Y qué me encuentro? A ti y a él enterrando a ese hombre. ¿Le pasó lo mismo que a mí? ¿También lo engañaste?
—Laura, por favor —consigo decir—. No quise engañarte. Me enamoré de él después, te lo juro. Siempre tuve la intención de acabar con Green.
—Lo único que haces es mentir.
Logro quitármela de encima lo suficiente como para rodar y ponerme boca arriba. Está demasiado oscuro como para distinguir sus rasgos, pero la silueta de su pelo grasiento cuelga lacia entre las copas de los árboles iluminadas por la luna.
—Te la envíe de vuelta. La cinta —jadeo—. Puedes recuperarla.
—¡Vendí la casa para pagarle a una hacker para que terminara lo que tú me prometiste empezar! —grita mientras busca mi cuello con las manos. Hunde los dedos delgados en mi piel, pero no es ninguna amenaza, no tiene fuerza.
Entonces oigo un clic mecánico a nuestro lado y me quedo inmóvil con los ojos muy abiertos.
—¡Belladonna, no dispares!
Un rayo moteado de luz de luna se refleja en las líneas metálicas inconfundibles de una pistola que apunta directamente hacia nosotras.
Pero eso lo único que consigue es que Laura entre en pánico y agite las manos de forma frenética.
—Tiene un cuchillo, Ophelia.
—No dispares —le suplico mientras intento agarrarla. Posa el cuchillo contra mi cuello, pero mi mano alrededor de su muñeca evita que se me hunda en la piel—. Laura, escúchame.
—¿Escucharte? Escucharte fue mi última esperanza.
—Lo siento muchísimo.
Lo digo en serio. Aunque un perdón no basta. La culpa me acelera la respiración y hace que se me hiele la sangre.
Laura soy yo, y yo soy Laura. Dos mujeres traicionadas por el mismo hombre. Dos mujeres unidas por el mismo trauma. Dos mujeres olvidadas por la ley.
Pero yo también me olvidé de ella.
Envuelvo la otra mano alrededor de la hoja y esta se me hunde en la palma mientras la aparto con cuidado de mi cuello. La sangre me gotea sobre la ropa.
—Te conseguiré ayuda. Te ayudaré.
—Me hiciste creer . Pero eres igual que ellos.
—Lo siento muchísimo. No pretendía enamorarme —me lamento, desesperada por que las dos salgamos vivas de aquí. No me hace falta mucho esfuerzo para apartarla y ponerme de pie, y por su silueta veo lo esquelética que está.
«Es culpa mía».
No soy mejor que las personas que juré destruir.
Su respiración se calma apenas un poco. Le acaricio los nudillos con el pulgar mientras le sostengo ambas manos entre las mías.
—Eso es —susurro, como si estuviera domesticando a un animal salvaje—. Respira. Te ayudaré. Lo siento muchísimo.
Se aparta de mí, y por un segundo creo que está funcionando.
Pero entonces comete un error fatal.
Se lanza hacia Belladonna.
—¡No! —exclamo, pero siempre he admirado a Belladonna por su capacidad de ponerse a ella misma por delante.
Un solo disparo atraviesa el aire denso, implacable y preciso. Ilumina el bosque con un resplandor anaranjado apenas un instante.
Luego Laura se desploma en el suelo en un amasijo de ropa manchada y extremidades largas y desgarbadas.
—No —gimoteo al arrastrarme hasta ella. Incluso en la oscuridad, con un objetivo en movimiento, el disparo no podría haber sido más certero.
Presiono ambas manos sobre la sangre que le brota de la herida justo a la altura del corazón, como si así pudiera arreglar algo, como si no hubiera matado a Laura hace cinco meses cuando elegí el amor en lugar de la venganza.
—Lo siento mucho —susurro.
«Madre mía, lo siento muchísimo».
El blanco de sus ojos parece brillar en la oscuridad, abiertos como platos por el shock . Su sangre forma un río carmesí que se filtra en la tierra y si a ella le hubieran ofrecido una beca, si hubiera conocido a alguien a quien amar, si nuestros papeles estuvieran invertidos, sería la mía.
—No quiero ir a la cárcel —susurra, como si de verdad pensara que puede sobrevivir a esto.
La estrecho contra mí y le sostengo la cabeza con la mano.
—No lo harás. No dejaré que eso pase.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —respondo mientras tomo su mano demacrada entre las mías. Algo se rompe dentro de mí—. Belladonna es buenísima ocultando pruebas.
—¿Sí?
Le aparto el pelo del rostro. Una lágrima me resbala por el labio superior y me cae en la lengua.
—Sí.
Muere rápido. Más rápido que Bancroft. Muere con su mano en la mía y mi sudadera cubriendo su cuerpo tembloroso.
Creo que una parte de mí muere con ella.
—Siento que haya muerto —habla Belladonna después de cinco minutos de silencio en los que permanezco arrodillada junto a Laura con su cabeza entre mis manos.
Mi voz suena extraña, distante y amortiguada.
—No habría querido que te pusieras en peligro.
—Probablemente esté mejor así —añade, y su comentario rompe la ilusión que tenía de convertirme algún día en alguien como Belladonna, porque es algo demasiado frío y despiadado. Si ser fuerte significa apagar tus emociones ante cosas como esta, entonces creo que paso de serlo.
Solo pasan cinco minutos antes de que algunos de los hombres de Rocco Morello lleguen, iluminando la horrible escena con linternas, iluminando lo que le hice a una mujer que merecía mucho más. Y mientras empiezan a limpiar los restos de su existencia, un único pensamiento me retumba en la cabeza.
«Debería haber sido yo».