Capítulo 15. Ophelia #2
Golpea la pantalla del salpicadero con las uñas. El interior del vehículo es una combinación de negro y rojo oscuro. Es un trayecto de poco más de treinta minutos, así que pulsa el botón verde para iniciar la ruta, sale del aparcamiento y atraviesa el camino irregular que conduce a las puertas.
Tamborileo los dedos en el muslo, nerviosa ante el silencio incómodo. Ahora mismo me vendría de perlas un manual: Guía de cómo mantener una conversación trivial con la hija de un famoso capo para principiantes .
—¿Cómo se encuentra tu familia? —Lo intento.
—Se supone que debo denunciar como sospechoso a cualquiera que pregunte por mi familia.
—Todo bien, entonces.
Volvemos a quedarnos en silencio. Belladona mira constantemente por el retrovisor para asegurarse de que estamos solas.
Me limpio las palmas sudadas contra las mallas y suelto aire despacio. No soporto estar en silencio cuando estoy nerviosa.
—¿Qué tal Raigmore?
—Bien.
—¿Tienes alguna... especialidad favorita? ¿De Medicina?
—Neuro.
Tiene sentido. Me la imagino desempeñando esa labor.
—¿Es lo que vas a elegir?
Se le tensa la mandíbula y aprieta los labios.
—No. Médico de urgencias.
—Ah.
No suelo percibir emociones en Belladonna, pero ahora lo hago. No insisto, aunque estoy desesperada por hablar de lo que sea para poder distraerme de lo que puede llegar a ocurrir dentro de treinta minutos.
—Es mejor para el negocio familiar —añade finalmente.
—¿Médico de urgencias?
—Sí. Trabajaré para la familia.
Me pregunto si realmente tiene elección.
Cierro la boca cuando giramos hacia una carretera menos invadida por la vegetación. Me lo tomo como una señal de que no soy alguien con quien quiera abrirse.
—¿Cómo haces para tener el pelo así de brillante? —intento de nuevo.
—Genética.
—¿Me estás diciendo que no debería untarme la cabeza con un mejunje de semillas de lino, plátano y coco, como decía ese vídeo de YouTube?
Reprime una sonrisa mientras me mira de reojo.
—Embadurnarte con granola no te servirá de nada. —Se frota el músculo del hombro y hace una mueca—. La industria de la belleza se aprovecha de las cosas que no puedes cambiar. Por eso sigue siendo una industria.
Puede que la tía parezca una mosca cojonera, pero mis problemas de apego y yo empezamos a verla como una hermana mayor.
—¿Por qué no te caigo bien?
—¿Estás intentando mejorar como persona o algo?
—Sí —respondo con sinceridad.
Se ríe y se frota las manos como si pensara: «¿Por dónde empiezo?».
—Me pareces inmadura. Y quizá estoy siendo un poco dura porque yo también era como tú a tu edad, pero, aun así, me resulta molesto. Y eres egoísta, no tienes en cuenta cómo tus acciones afectan a los demás.
—¿Como qué?
Hace un gesto amplio con la mano a su alrededor.
—Como esto. Hacer algo así sin pensar en cómo le afectaría a Alex si te pasara algo. La única razón por la que te acompaño es porque, si fueras sola, cometerías alguna estupidez como resbalarte y hacer que te dispararan de inmediato; y entonces él se tiraría lo que le queda de vida deprimido.
Probablemente tenga razón.
No estoy acostumbrada a tener a alguien que se preocupe por mí.
—Quizá haga algo superchulo como... darle una patada voladora en la cabeza.
Ella se ríe.
—Literalmente eres el típico personaje de película que siempre... muere.
Genial. Me está subiendo muchísimo la autoestima.
«Madre mía, esto es una idea malísima».
—Espero que Alex y tú podáis arreglarlo —dice, después de unos minutos de silencio. Sé lo importante que es Alex para ella, así que puede que sea lo más amable que me haya dicho nunca.
—Yo también.
—Cuando acabe esta noche, te sentirás mucho mejor —añade, con la misma confianza despreocupada que tiene Alex respecto a su propia seguridad.
Quizá sea un subproducto de esa combinación vertiginosa de dinero y poder, pero todos en Sorrowsong parecen creer que son invencibles.
—Bueno, ¿cuál es el plan? ¿Nos encargamos de tu acosador y tú y Alex os arregláis? ¿Así de fácil?
Arreglarnos no..., pero quizá tendríamos la oportunidad de empezar a hacerlo, de empezar a construir las enormes escaleras que necesitaremos para superar los obstáculos que hay entre nosotros.
Siento que unas rocas enormes nos bloquean el paso, que tal vez existe un final feliz para nosotros en algún punto del camino, pero ninguno de los dos es capaz de verlo.
Solo necesitamos creer que está ahí.
No digo nada de eso.
—¿Tan mal pinta la cosa? —me pregunta cuando el silencio se alarga.
Me aferro con fuerza al cinturón de seguridad cuando derrapa en una curva a demasiada velocidad.
—Tenemos muchas cosas a las que adaptarnos. Muchas cosas que no serán fáciles. Pero lo conseguiremos. Sé que lo haremos.
La pantalla frente a nosotras se ilumina, bañando su ceño fruncido y las flores tatuadas de su brazo izquierdo con un brillo azul. El sonido de su móvil retumba por los altavoces del coche e interrumpe lo que iba a decir.
—Papá —saluda con cariño—. Siempre es un placer hablar contigo.
La voz de su padre es grave y ronca, como si se hubiera tirado demasiados años fumando puros.
—Belladonna, cariño —empieza con tono empalagoso—. Luca me acaba de informar de que tu coche no está en el aparcamiento del castillo.
—Siempre tan observador.
—¿Qué estás haciendo a las cuatro de la mañana sin seguridad?
—Un favor para una amiga. Si vamos con escolta, se nos chafa el plan.
Intento no emocionarme ante la palabra «amiga» por si decide retirarla. La frustración en la voz de su padre se ve eclipsada por el cariño.
—Me estás llenando de canas, piccola .
—Estoy a salvo, te lo prometo.
—¿A quién vas a enterrar?
Belladonna se ríe. Su rostro normalmente hosco se ilumina igual que el de Vincenzo cuando habla de su familia.
—Te lo contaré dentro de una hora.
—Belladonna Luigia Francesca Morello.
—¿Qué?
—Si se lo cuento a tu madre, te cortará la cabeza.
—Quienquiera que sea intentó cargarse a Alex la semana pasada.
Se produce una pausa cargada. Puede que las historias de Alex sobre cómo su padre lo trataba me hayan marcado, porque espero una retahíla de insultos, algún comentario hiriente.
Pero Rocco simplemente suspira, como si fuera la tercera vez en lo que va de semana que Belladonna pone su vida en peligro.
—Que no se te escape por ser ingeniosa. Pégale un tiro en el corazón y ya me encargo yo del resto.
«Madre mía, creo que me está dando un ataque de pánico».
Dejo de prestar atención al resto de su conversación y me quedo mirando el paisaje negro que se eleva sobre los arbustos. Las montañas, los campos y los pinos de las Tierras Altas de Escocia están teñidos de tonos oscuros de enebro y pizarra, agitados por el viento bajo un cielo negro y nublado.
Belladonna me observa por el rabillo del ojo. Estoy segura de que el pánico se me refleja en la cara porque añade:
—¿Quieres que dé la vuelta?
—No lo sé.
—No dejaré que te pase nada. Alex es mi familia, lo que te convierte a ti también en mi familia. Creo que eres una cabeza hueca, pero está claro que él no opina lo mismo.
—Gracias —susurro mientras me mordisqueo las uñas—. Solo estoy cansada de todo esto. No recuerdo la última vez que dormí. Dormir en condiciones.
—Pues vamos a hacerlo —declara con tono definitivo.
Baja la intensidad de los faros en la carretera desierta. Sé que no estamos lejos de Lochinver porque apenas puedo distinguir la solitaria silueta del Suilven sobresaliendo entre las colinas y los lagos.
La pantalla indica que estamos a escasos minutos de nuestro destino, así que reduce la velocidad hasta avanzar casi a paso de tortuga, inclinándose un poco hacia delante para examinar cada arbusto, roca y árbol junto al que pasamos.
Está inquietantemente silencioso, inquietantemente desierto.
La ubicación del mensaje nos saca de la estrecha carretera y nos conduce a una llanura cubierta de hierba que parece no llevar a ninguna parte. El viento azota el coche y agita el mar de zarzas afiladas y helechos marrones que cubren la tierra.
Ahora apaga las luces y las ruedas se hunden en el terreno pantanoso mientras avanzamos a ciegas en dirección a un denso grupo de pinos en la distancia.
Dios, espero que el coche no se quede atascado.
No me hace nada de gracia todo esto, y por la forma en la que Belladonna se inclina sobre mí para abrir la guantera y coger su pistola, sé que a ella tampoco.
Hay un coche aparcado junto a los árboles.
—Al menos no nos han dejado plantadas —suelto con una risita nerviosa.
Intento distinguir el coche plateado en la oscuridad. Parece barato, abollado y estropeado.
—¿Ves la matrícula?
—No. El coche da pena, lo más probable es que sea robado.
Tiro de la manija de la puerta con la mano temblorosa lo más silenciosamente que puedo y el suave silbido del viento se cuela en el coche.
—Tengo miedo —susurro mientras empujo la puerta para abrirla. De repente, la idea de estar cara a cara con mi tormento me resulta abrumadora. La lista de sospechosos desfila por mi mente, una pequeña procesión de todas las personas a las que alguna vez he cabreado.
—Yo no —responde ella con toda la calma—. Podemos con ello.
—¿Y si es Cain?
—No lo es. Pero si lo fuera, nos ocuparemos de él.
—¿Y si es Carmichael?
—No lo será. Sería una estupidez monumental. Le encanta este trabajo.
—¿Quién crees que es?
Abre los ojos de par en par, como si estuviera a una sola pregunta más de abandonarme a mi suerte para que la palme en un pantano espinoso de las Tierras Altas de Escocia.
—Y yo qué coño voy a saber, si apenas te conozco.
—¿Podría ser Shawn?
—Podría partir a Shawn en dos. ¿Vas a seguir nombrando gente toda la mañana?
—Vale. Eh... no. Voy.
Se me hunde la bota en el barro, el frío despiadado se cuela por el cuello de mi sudadera.
—Espera aquí.
Entonces aprieto la navaja con fuerza y cierro la puerta del coche.