Capítulo 15. Ophelia
Sorrowsong tiene la capacidad de convencerte de que se te está yendo la olla, como si la niebla que siempre abraza las torres se te hubiera infiltrado en el cerebro y te hubiera nublado el juicio.
«¿De verdad alguien intentó abrir la puerta de mi habitación anoche o solo fue parte de mi sueño?».
Aprieto el móvil contra el pecho, con un cuchillo en el bolsillo mientras subo la empinada colina desde la laguna hasta los gruesos muros de piedra del castillo.
«No permitas que quienquiera que te esté enviando mensajes te impida vivir una vida normal».
Es un consejo que me han dado Alex, Colette, Mack, Divya y Magda. Es un consejo fácil de dar cuando no eres tú quien está en esa situación.
Cuando vi a Alex en la cocina de aquella ridícula mansión en Londres el fin de semana pasado, con la sangre goteándole por la mandíbula, mis ganas de escuchar ese irritante consejo se redujeron y murieron.
Si fuera Alex quien recibiera esos mensajes, si fuera mi vida la que se viera amenazada por atreverse a pasar tiempo conmigo, estoy segura de que la historia sería distinta.
Mis botas chapotean en el barro que se acumula bajo mis pies, los helechos brillantes me rozan las espinillas.
Ha pasado una semana. Me pregunto qué estará haciendo. Qué habrá desayunado, qué habrá hecho en el trabajo. Cómo estará.
Ojalá nos hubiera tocado una mano de cartas distinta. Ojalá pudiéramos pasar las noches entre semana juntos, irnos de vacaciones y... poder llevarlo a casa para presentarle a mis padres.
Ojalá no tuviera miedo de que le hagan daño por mi culpa.
Las nubes parecen proyectar un filtro gris sobre el paisaje...
y sobre mi estado de ánimo. El campus que rodea al castillo está tranquilo, todos están de resaca, se han ido antes a casa por las vacaciones de Pascua o tienen la nariz enterrada en los libros porque los exámenes finales son el mes que viene.
Colette se va a Bora Bora toda la semana, y Divya irá a algún resort de playa lujoso en Sri Lanka un par de días después.
Intento no pensar en volver a la casa de mis padres. Necesito llamar a la residencia de ancianos y suplicarles que me den un trabajo. Mi cuenta bancaria está cayendo en picado.
Oigo un arbusto moverse detrás de mí, demasiado como para ser cosa del viento. Espero a que un ciervo emerja del follaje, pero todo vuelve a quedarse en silencio.
Una sensación punzante de inquietud me humedece las palmas.
Miro por encima del hombro por tercera vez en apenas unos minutos y obligo a mis piernas cansadas a moverse más rápido.
Juraría que oigo una inhalación brusca detrás de mí. Me giro de golpe hacia el bosque, con los dedos alrededor de la empuñadura del cuchillo mientras examino los árboles que cubren el sendero que conduce al castillo.
Mi voz suena más segura de lo que realmente me siento cuando rompo el silencio. ¿No ha sido siempre este mi plan? ¿Que la cosa quedara entre nosotros dos? Estoy cansada de esperar que otra gente solucione mis problemas.
—¿No era esto lo que querías? ¿Tenerme a solas?
Me adentro en el follaje espeso para intentar captar algún leve movimiento.
—Hagamos esto como adultos —digo a las sombras oscuras del bosque.
Puedo sentir la presencia de alguien. Alguien escuchando.
Mi móvil emite un sonido y resuena entre los troncos retorcidos. Me apresuro a ponerlo en silencio y el pulso me martillea en el cuello.
Desconocido Pilla pilla, tú la llevas.
En algún lugar entre los árboles, una figura vestida de negro echa a correr.
Antes de que pueda empezar a perseguirla, tres disparos con silenciador suenan a mi derecha. La figura vacila durante un segundo antes de adentrarse en el bosque y desaparecer de mi vista.
Uno de los hombres de Vincenzo emerge de la vegetación que se encuentra a mi derecha, con una pistola en ambas manos mientras dispara dos veces más en dirección a los árboles. Baja el arma con un suspiro de frustración, como si no estuviera acostumbrado a fallar.
—¿Te encuentras bien?
—Yo...
No estoy hecha para Sorrowsong. No estoy hecha para nada de esto.
Puede que a mis amigas no les desagraden las armas y el peligro y la fama y la riqueza, pero a mí sí.
El hombre —creo que se llama Luca— apoya una mano sobre mi hombro y me saca del estado de trance en el que me encuentro.
—¿Estás herida?
Niego con la cabeza, pero no parece convenido.
—Lo has visto, ¿verdad? —pregunto, desesperada por que alguien me confirme que Sorrowsong no me está arrebatando la cordura.
—No he conseguido verle la cara —gruñe mientras se lleva un móvil a la oreja. Doy un paso hacia el bosque, pero me agarra del brazo y niega.
El aire no es frío, pero me castañean los dientes con violencia y el interior de la chaqueta me rasca la piel erizada como un papel de lija.
—¿Por qué lo has hecho? —le espeto. De pronto me frustra que no estuviera sola, que no pudiera perseguir a mi acosador por el bosque y terminar con esto de una vez por todas.
Luca me observa durante unos instantes y se da cuenta de que lo digo en serio.
—¿Salvarte la vida?
—Intervenir. —Sueno como una loca cuando levanto una mano en el aire y me giro hacia el bosque, pero es inútil. Ya se ha ido.
Él se pellizca el puente de la nariz y suelta palabrotas en italiano.
—Belladonna tenía razón.
—¿Qué?
—Tienes el instinto de supervivencia de una polilla.
Permanezco en la linde del bosque durante lo que parece una eternidad, hasta que más hombres de los Morello desaparecen entre los árboles para buscar a mi acosador y mi ira hierve hasta alcanzar el punto de ebullición.
Me encuentro en una especie de trance mientras mis piernas me llevan colina arriba con un solo objetivo en mente. Cruzo el patio y atravieso la capilla vacía e inquietante.
Todas las emociones que habitan dentro de mí han sido reemplazadas por la rabia. Abro los mensajes y envío mi primera respuesta.
Ophelia Winters ¿Querías que me entregara?
Desconocido Podríamos acabar con esto de una vez.
Ophelia Winters ¿Mañana?
Me llega una ubicación: una pequeña zona del bosque no muy lejos de la gasolinera cerca de Lochinver.
Desconocido A las 5 a. m. Y esta vez no te traigas al tío de la pistola.
Ophelia Es una cita.
Obviamente no pienso ir sola. Ese es el primer error que comete toda heroína de película de miedo. En su lugar, marco el número de alguien que probablemente ignorará mi llamada.
El teléfono suena durante tanto tiempo que creo estar en lo cierto, hasta que la voz suave de Belladonna resuena por el altavoz.
Dudo que yo le caiga bien, pero espero que Alex le caiga lo bastante bien como para ayudarme.
—No creo que tengamos la suficiente confianza como para que empieces a llamarme, Winters. Te pega más ser de las que envían mensajes.
«Encantadora».
—¿Le dijiste a tus hombres que tengo el instinto de supervivencia de una polilla?
—Esa es la menor de tus preocupaciones. He dicho cosas mucho peores.
—Necesito un favor.
Debe de percibir la seriedad de mi tono, porque el ruido de fondo desaparece, como si acabara de cerrar una puerta.
—¿Qué pasa?
—Necesito que me lleves a un sitio mañana.
—¿Tengo pinta de taxista?
—Solo quiero que me lleves por la mañana y que te quedes a la espera. Te pagaré la gasolina.
—No me insultes. —Suspira, como si fuera una niña pequeña pidiéndole que jueguen otra ronda más de un juego—. Ophelia, si necesitas que alguien la palme, déjalo en nuestras manos. La vas a liar que flipas.
Debo de estar con las hormonas revolucionadas, porque que Belladona esté dispuesta a cargarse a alguien por mí no debería emocionarme.
—Solo voy a verme con alguien, nada más.
—¿Con quién?
—Pues... todavía no lo sé.
El silencio se alarga y prácticamente puedo oír cómo intenta tomar una decisión.
—¿Alex está al tanto de esto?
—No. Por eso te lo estoy pidiendo a ti y no a tu hermano. Escucha, la semana pasada... la semana pasada pasé una noche con Alex en Londres y alguien irrumpió en la casa.
—¿Os hirieron a alguno de los dos?
—Yo estaba arriba, pero Alex podría haber acabado muy mal. Quienquiera que me esté enviando estos mensajes... me advirtió de que le haría daño, pero no le creí.
Cuando vuelve a hablar, percibo en su voz un filo letal.
—Vale, y tu plan es...
—¿Sabes disparar?
Se ríe, como si la pregunta la ofendiera.
—Sea quien sea, no quiero que muera, solo quiero capturarlo. Pero se supone que debo ir sola y...
—Si contactas con la policía, no se presentará.
—Exacto.
—Sabes que es una idea malísima, ¿verdad?
Lo sé, pero no puedo seguir viviendo así.
—Es como si otra persona estuviera dictando mi vida. Necesito saber que hice todo lo que estaba en mis manos. Está claro que es imposible rastrear la ubicación de quienquiera que me esté escribiendo esos mensajes, de lo contrario, los detectives de Alex ya lo habrían hecho.
Su voz se suaviza.
—Lo entiendo.
—No te estoy pidiendo que te pongas en peligro. Si la cosa se pone fea, vete.
—No estaré en peligro. Soy el peligro. Me pasaré por tu habitación cuando vuelva de Raigmore.
Los jardines salvajes de Sorrowsong brillan con una capa fina de rocío cuando me encuentro con Belladonna fuera de la mansión Nightshade a las cuatro de la mañana.
Lleva unos pantalones de chándal negros y una sudadera con capucha.
Las llaves del coche le cuelgan del meñique mientras escribe algo en el móvil.
Ni siquiera levanta la vista, simplemente suelta un cortante «Vamos» y empieza a andar por el camino de grava.
Caminamos en silencio por los senderos envueltos en niebla en dirección al aparcamiento sur del castillo.
Estoy nerviosa, me castañean los dientes y me sudan las manos dentro de los bolsillos.
Si quedaba algo de cansancio dentro de mí cuando me sonó la alarma esta mañana, la adrenalina que hace que me retumbe el corazón contra las costillas se lo ha tragado por completo.
Belladonna abre su Ford Bronco, se desliza en el asiento del conductor y coloca un termo humeante lleno de café en el posavasos.
—¿Estás segura?
—Sí.