Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 14. Alex #2
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Capítulo 14. Alex #2

Cierro los ojos y suelto una exhalación lenta. Si vuelvo a disculparme, será la millonésima vez que lo haga. Pero lo haría de nuevo. Mientras mi padre estaba al frente de una empresa de mil millones de dólares, era intocable. Ahora no tiene nada.

Fleur Freddie está bien. Quizá tenías razón sobre él.

En menos de un segundo tengo el teléfono pegado al oído y el suspiro exasperado de Fleur resonando al otro lado.

—¿Qué hizo?

—¿Por qué estás susurrando enfadado?

—Porque estoy enfadado, pero Ophelia está durmiendo. Dime qué ha hecho.

—No es nada, es que... no le gusta mi ropa.

No. Se tiene que ir. No voy a permitir que una de mis hermanas caiga en una relación que termine como la de mis padres, donde la fase de luna de miel se pudre hasta convertirse en una dinámica retorcida en la que uno de los dos le chupa la vida al otro.

—Eso es terreno resbaladizo, Fleur.

—Pero su padre es un agente de modelos muy bueno. Le consiguió una campaña a Bea para Dior.

—Y nuestra madre es una de las supermodelos más famosas de todos los tiempos. No necesitas pegarte a él para hacer contactos en la industria.

—Ya veré.

—¿Y si uno de los sicarios de Rocco lo empuja accidentalmente por un puente?

Su risa es un bien tan raro en la actualidad que a veces desearía poder embotellarla.

—Ni se te ocurra. Buenas noches, Alex.

Me cuelga antes de que pueda seguir despotricando sobre su novio, pero le escribo a Brendan y le pido que me consiga el número de Freddie, por si acaso.

Ahora estoy incluso más agobiado que cuando me desperté. Me zafo del agarre de Ophelia, la tapo con una manta, me pongo unos pantalones de chándal y cierro la puerta con suavidad detrás de mí.

Mientras reviso algunos correos de trabajo en la oscuridad, camino hasta la cocina a por un vaso de agua.

La casa está en silencio. Tanto que hasta resulta inquietante, especialmente para un distrito londinense tan concurrido. Siento la tentación de mirar debajo de todas las camas, pero evito ceder a la paranoia. No quiero seguir el mismo camino por el que cayó mi madre.

Enciendo las luces en el recibidor ostentoso y el despacho. El enorme póster que mi padre tiene de un helicóptero de Green Aviation detrás del escritorio me revuelve el estómago.

En la cocina, saco un vaso de cerveza del armario mientras me froto los ojos para espabilarme. Miro mi reflejo por encima del hombro en la ventana que hay sobre el fregadero para comprobar que allí no hay nadie, como cuando de niño me quedaba despierto hasta las tantas viendo películas de miedo.

Abro el agua fría y, en ese preciso instante, el cristal de la ventana se hace añicos con un chasquido horrible.

El sonido ensordecedor de la alarma invade la casa de forma tan brusca que parece venir del interior de mi cabeza, sacudiéndome los huesos del cráneo.

Me giro de golpe para evitar que los miles de cristales me acierten en la cara. La luz me arde detrás de los párpados cerrados y cuando los abro y corro hacia la puerta, los focos del sistema de seguridad inundan el pequeño jardín con una luz blanca.

En el extremo más lejano, una figura vestida de negro trepa apresuradamente por el enrejado del muro de ladrillo.

Abro de un tirón la puerta de cristal y cruzo el jardín justo cuando la figura encapuchada salta al otro lado del muro. Lo escalo con facilidad, pero cuando me impulso sobre el ladrillo frío, el callejón cubierto de maleza que se extiende a mis pies está desierto y en silencio.

Me hierve la sangre, mi pecho sube y baja con frustración contenida.

Si Ophelia no estuviera en casa, registraría las calles. Maldigo entre dientes mientras vuelvo a saltar al jardín y me fijo en el guante negro que cuelga del enrejado, enredado en la hiedra.

Lo libero de las hojas oscuras y regreso a la casa con una sola persona en mente.

Está pálida y con los ojos abiertos de par en par en el umbral de la cocina mientras la alarma de seguridad sigue sonando con tanta fuerza que ni siquiera consigo formar dos frases. Permanece descalza sobre las baldosas, demasiado cerca del cristal roto.

Paso junto a ella y reinicio el sistema en el pasillo. El silencio que se instaura hace que me piten los oídos.

—Es culpa mía —dice. Ambos miramos el cristal, que parece una capa de nieve sobre la encimera de la cocina. Hay un ladrillo en el fregadero.

—No —respondo, pero estoy demasiado cabreado como para decir mucho más. Les envío un par de mensajes rápidos a Mack y Brendan.

Quienquiera que haya sido morirá por haberla asustado.

Cojo nuestras chaquetas de la puerta, me guardo la cartera en el bolsillo y me pongo la sudadera.

—Brendan nos está buscando una habitación.

Niega con la cabeza.

—Debería volver a Sorrowsong.

—No.

—Me lo advirtieron varias veces.

—Ophelia.

—No estás a salvo conmigo. No hasta que descubra quién está haciendo esto.

—Lo más probable es que fuera un adolescente intentando entrar a robar. Esto no tiene nada que ver contigo —la tranquilizo, aunque ni siquiera me convenzo a mí mismo. Quienquiera que fuera claramente esperó a que yo estuviera en la cocina antes de... ¿qué? No entiendo su motivo.

No previó el sistema de seguridad. Eso está claro.

—Vamos a intentar dormir, dejemos que la policía registre la zona.

Tiene una mirada distante en los ojos, los hombros tensos como si estuviera esperando que algo más nos golpee. Exhalo un suspiro lento para tranquilizarme y la atraigo hacia mí. Entierro la nariz en su pelo y, por muy fuerte que la abrazo, no me parece suficiente. El corazón le late desbocado.

—Estás a salvo, Twist.

—Ojalá tuviera un hogar al que volver.

Es una confesión susurrada, quizá ni siquiera estaba destinada a que yo la oyera, pero es como un hierro al rojo vivo contra mi pecho, porque tiene razón.

Yo me bajaré del avión y volveré a casa, y esa casa estará llena y bulliciosa. Mi madre estará esperándome, mis hermanas estarán listas para burlarse de cualquier aparición pública que haya hecho esta semana. Mi habitación estará caliente y Josie estará roncando en la habitación de al lado.

Haría cualquier cosa para que ella pudiera vivir esa sensación.

Enrosco los dedos en el pelo que le cubre la nuca, como si así pudiera impedir que se desmorone.

—Debería llamar a Colette.

—Ophelia...

Se aparta, con la mirada clavada en el pequeño corte que siento justo debajo del labio inferior. Me lo acaricia con suavidad. Sus ojos son un mar de emociones, ardiente y revuelto.

—Te amenazaron, Alex. Casi... casi... Si te pasara algo por mi culpa, no lo soportaría.

—No pasó. No pasará.

Me gira las palmas de las manos, raspadas por el cristal roto y la pared de ladrillo.

—Me advirtieron de que me mantuviera alejada de ti, pero todo el mundo me dijo que lo ignorara.

—Es que es lo que debes hacer. No dejes que quienquiera que esté haciendo esto te despoje de todo lo bueno de tu vida.

—Lo único bueno de mi vida eres tú, Alex —susurra, y veo cómo le tiembla el labio inferior—. Podría haberte perdido. Tus hermanas podrían haberte perdido.

Saco el guante del bolsillo.

—Se le cayó esto.

Frunce el ceño al ver lo mismo que yo. Dudo que mi mano cupiera en ese guante ni aunque estuviéramos media hora intentándolo.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Mantiene la mano suspendida sobre la tela negra. Parece de su talla.

—No es mi padre, Ophelia —digo, repitiéndole lo que ya le han dicho cien veces—. Sé que crees que podría ser él, pero no lo es. Este acoso es chapucero, caótico. Amenazas suaves, como si quisieran hacerte daño, pero no pudieran lograrlo. No es propio de Cain.

Hunde los hombros, como si mi planteamiento la hubiera hecho volver a la casilla de salida en este maldito juego de mesa que nos han obligado a jugar.

Sé que no es que esté desesperada por que su acosador sea mi padre, sino que está desesperada por descubrir algo, lo que sea, que sugiera que estamos avanzando.

—No hagas nada de lo que te pida, Ophelia. Los hombres de Rocco lo atraparán en Sorrowsong.

—No lo harán —responde mientras se limpia la nariz con la manga—. Es como si se tratara de alguien invisible, una persona olvidada y de la que no se tiene constancia.

—Aguanta un poco más. Y ven a un hotel conmigo.

—Vuelve a Nueva York.

—No.

—Por favor. Hasta que no atrapemos a esta persona, hasta que sepa que no puede hacerte daño.

Sus labios son suaves como almohadas, su rostro cálido entre mis manos.

Inspiro por la nariz, intentando llenarme los pulmones de ella para que el tiempo que pase sin verla se me haga más llevadero.

«Te quiero», dicen sus ojos.

«Eres la razón por la que agradezco estar vivo», espero que respondan los míos.

Le aparto un mechón de pelo de la frente mientras le sostengo la mirada con intensidad en la casa silenciosa y oscura, algo que me parece más íntimo que cualquier otra cosa que pudiéramos hacer.

—Ni se te ocurra volver a decirme lo de «sin ataduras».

Me dedica una sonrisa temblorosa.

—Las ataduras que nos unen están cosidas a mi corazón, Alex. No puedo deshacerme de ellas aunque lo intente.