Capítulo 14. Alex
Si Ophelia no hubiera estado tan preocupada por que Clementina entrara, nos habríamos quedado en esa aula toda la noche.
—Una vertical. Dos palabras, cuatro y siete letras. La primera empieza por o y la segunda por eme. —La incorporo para darle un beso entre los omóplatos. Huele a café, a chimeneas y a algo únicamente suyo —. «Una obra de arte extraordinaria, nuestra mejor creación».
—Una obra maestra —susurra con una risa. El lienzo que se alza frente a nosotros es una prueba condenatoria de nuestras transgresiones, cubierto de huellas de manos naranjas y marrones, manchas y marcas de uñas de los delicados dedos de Ophelia.
No tiene precio.
Aparto la vista antes de que me dé por tumbarla sobre la mesa otra vez.
La giro para que me mire y le coloco un mechón cobrizo ondulado que se le ha escapado detrás de la oreja.
Sus pecas se pierden en el rubor de su piel y tiene los ojos color whisky bien abiertos cuando rompe el tranquilo silencio.
—Te quiero.
—Yo también te quiero.
Recojo los siete dibujos, tratando el último con especial cuidado al tiempo que ella se viste en silencio detrás de mí.
El silencio no es incómodo, no está lleno de palabras no dichas ni de la tensión sofocante de aquel día en mi coche.
Es un silencio satisfecho y agradable, como si estuviéramos exactamente donde deberíamos estar.
Cuando me doy la vuelta, Ophelia lleva una especie de vestido largo de tirantes, verde y con flores, combinado con unas medias tupidas y botas.
Los tirantes son finos, el escote bajo. Me paso una mano por la boca en un intento de pensar algo que decir que no sea totalmente inapropiado para un momento tan dulce.
—Ese vestido es nuevo.
Se me corta la voz en la última palabra, como si tuviera catorce años. Ella, claro está, se da cuenta y se ríe de mí como si fuera un idiota. Lo soy.
—Me costó dos libras en una tienda benéfica.
Se inclina para atarse los cordones y el gesto hace que se le tense el fino algodón alrededor del culo. Casi pierdo la cabeza. Otra vez.
—Es precioso. Tú eres preciosa.
Se le dibuja una pequeña sonrisa en el rostro y hace girar el vestido ligeramente, como si empezara a verse a sí misma como yo la veo. Está recuperando su confianza, despacio, pero con firmeza. Me levanta el ánimo.
—Fue Colette quien lo eligió.
Voy a tener que empezar a pagarle una comisión a esa mujer.
Saca el móvil del bolsillo y lee un mensaje.
—Eike llevó a Colette de vuelta al hotel.
—¿Quieres que te deje allí? —ofrezco, aunque probablemente acabaré clavándome uno de estos pasteles en el ojo si me dice que sí.
Por suerte para mis retinas, niega con la cabeza con una sonrisa dulce.
—¿Cenamos algo? Estoy a quince minutos de morirme de hambre.
«Mierda». Cuando Ophelia tiene hambre se pone como una fiera.
—Entonces será mejor que vayamos a por pasta antes de que empieces a pegarle a la gente por la calle.
—Cuando de verdad tienes que preocuparte es cuando empiezo a destrozar coches.
Me arreglo el pelo y me aliso la camisa para intentar conservar al menos un mínimo de discreción por el bien de Ophelia, aunque no hay universo en el que Clementina no la haya oído pedirme, hace menos de cinco minutos, que la follara más rápido.
Sin embargo, Ophelia parece convencida de que podemos mantener nuestra fachada inocente, así que cuando abro la puerta y encuentro a nuestra anfitriona vestida con colores brillantes en el pasillo, aparentemente compitiendo con mi novia por ver quién se pone más roja, intento contener la risa ridícula que amenaza con salir.
Con los dibujos bajo el brazo, le dedico mi sonrisa más encantadora —la sonrisa de las ruedas de prensa— y le dejo una propina de cuarenta libras sobre la mesita del pasillo.
—Un evento fantástico, Clementina. Muchísimas gracias.
«Y perdón por follarme a la modelo».
—Que durmáis bien... durmáis juntos... que tengáis una buena noche juntos... que tengáis buena noche —balbucea, completamente acalorada y nerviosa.
Ophelia consigue decir un torpe «muchas gracias» y creo que está a punto de sangrarme el labio de tanto mordérmelo para intentar no sonreír.
«Joder, cuánto la he echado de menos».
Los primeros tres restaurantes en los que paré estaban llenos, y el cuarto me ofreció una mesa a cambio de una publicación en redes sociales sobre lo buena que está la comida.
El humor de Ophelia pasó de exuberante a hambriento y malhumorado.
Le molestaba la lluvia, los tirantes del sujetador, el tráfico.
El plan de tener una cena elegante se canceló. Ahora está en el asiento del copiloto de mi coche, abrazando dos cajas de pizza humeantes contra el pecho, robando trocitos del borde cada treinta segundos cuando cree que no la estoy viendo.
Su música triste suena por los altavoces, su muslo golpea rítmicamente bajo mi mano. La oscuridad de mi interior se ha reducido lo suficiente como para permitirme respirar hondo.
—Te he visto —digo cuando quita un trozo de pepperoni de mi pizza y se lo come.
—¿Visto el qué?
—Me estás robando los toppings .
Me mira con el ceño fruncido; el semáforo rojo frente al que estamos parados le ilumina el rostro. Es etérea.
—Te estás haciendo viejo. Habrá que llevarte al oculista a que te hagan una revisión.
Entrecierro los ojos.
—¿Quién ha dicho eso?
Se ríe cuando el semáforo se pone en verde.
Tararea suavemente mientras conduzco bajo la lluvia intensa y el tráfico de la tarde hacia la casa de mi padre en Kensington.
Es una casa de cinco dormitorios al final de una hilera de casas adosadas en una calle bien cuidada, amueblada de forma tan hortera como cabría esperar de un CEO multimillonario que cree que el terciopelo gris sigue estando de moda.
Aparco en la calle sin dejar de mirar a mi alrededor mientras lo hago. Sé que a mi padre le encantaría atrapar a Ophelia. Los alrededores están tranquilos, los setos perfectamente podados e inmóviles. No se ve nada raro.
—Otra casa de repuesto —murmura mientras giro la llave en la cerradura e introduzco el código de seguridad—. Para personas como vosotros, esto es como el Monopoly en la vida real.
—Y tú eres la mejor carta de Suerte que me ha tocado.
Pone los ojos en blanco, aunque se pone roja como un tomate.
—Vale, Corbeau. Relájate.
La casa está fría y silenciosa, y trato de recordar la última vez que los ochos nos quedamos aquí. En París hemos pasado mucho tiempo, pero Londres dejó de ser un lugar al que venir cuando mi padre dejó de preocuparse por ser padre.
—¡Enséñame tu habitación! —grita Ophelia emocionada—. ¿Tienes pósteres? ¿Fotos bochornosas de tu infancia?
Me río, aunque un poco tenso.
—No es ese tipo de casa, mi amor.
«Ni ese tipo de infancia».
Ni yo me molesto en hacerle un tour ni ella me lo pide.
Me sigue escaleras arriba hasta la habitación en la que suelo dormir.
Las paredes son blancas y el baño de mármol.
Las estanterías están llenas de esos libros encuadernados en tela que nadie jamás leería.
Colecciones de bolsos de lujo de los noventa .
Ese tipo de cosas. No hay ni una foto ni un póster ni un juguete ni un toque de color en toda la casa.
—Oh.
—Ya.
Se deja caer sobre la cama y me quita su pizza de las manos.
—Podemos colgar tus dibujos en la pared.
Me tumbo a su lado y abro la tapa de mi pizza . Parece que la hubiera mordisqueado un ratón.
—Ese dibujo lo pondré en mi despacho para poder mirarlo todo el día.
Dobla un trozo por la mitad y se lo come de un bocado. «Esa es mi chica».
—Me parece un poco inapropiado para un entorno corporativo.
—Pues como tener sexo telefónico contigo mientras estoy sentado en mi escritorio.
Se pone roja como un tomate.
—Ups.
—Sí, ups.
Nos quedamos tumbados sobre la cama, tirados sobre el edredón mientras nos zampamos dos pizzas gigantes.
Saco el móvil del bolsillo para ponerme al día con el chat grupal de mis hermanas. Mia ha documentado muy a fondo el proceso de hornear sus galletas de pistacho, con un selfi de ella y Evie con las mejillas llenas, como si fueran dos hámsteres.
Mia Te lo estás perdiendo, Alex.
Miro a la chica que se encuentra a mi lado, con el pelo alborotado por lo que hicimos en esa clase y una mancha de salsa en el labio inferior rosado.
Creo que sobreviviré.
Alex ¿Todo bien por ahí? Guárdame una galleta, M.
Mia Todo bien. Mamá le está contando al jardinero que vuelves a tener novia.
Evie Le va a romper el corazón.
Alex Estoy seguro de que George es feliz con su esposa de veinticinco años.
Mia ¿Te ha perdonado Ophelia por ser un idiota?
Alex Puede que me haya salido con la mía.
Evie Foto o no me lo creo.
Me río y les envío una foto borrosa de los dos en la cama.
Élé Bonito vestido.
Mia Mándasela a mamá. Le alegrará el año.
Hago justo eso y luego dejo el teléfono a un lado para poder hacerle el amor de nuevo a mi chica.
Me despierto de golpe, como si algo me hubiera sobresaltado.
Ophelia está tumbada sobre mí, sus extremidades desnudas enredadas con las mías. Su cabello permanece extendido, ardiente y salvaje, en la franja de luz de la luna que se cuela a través de la cortina blanca.
Le acaricio la mejilla mientras espero que mi corazón acelerado vuelva a la normalidad.
Está aquí. Estamos a salvo. Entonces, ¿por qué me siento tan inquieto?
Cojo mi móvil de la mesilla de noche, con cuidado de no despertar a Ophelia, y le escribo un mensaje a Fleur.
Alex ¿Todo bien en casa?
Fleur ¿Allí no son como las dos de la madrugada?
Alex Me desperté con un mal presentimiento.
Fleur ¿¿No será la depresión??
Resoplo en la casa silenciosa. «Sí, podría ser».
Fleur Todo bien. Las demás están viendo una película antes de irse a la cama.
Alex ¿Qué tal Freddie?
Fleur ¿De verdad te importa?
No me la podría sudar más el imbécil de su novio aunque lo intentara, pero sí que me importa Fleur, y si encuentra a un chico que la haga feliz, intentaré superar mi miedo irracional a que mis hermanas crezcan.
Alex Me importan todos los elementos de tu vida, Fleur.
Fleur Excepto mi seguridad cuando a papá le da uno de sus arrebatos, claro.